UN DIARIO POLÍTICAMENTE INCORRECTO DE MIS PERIPLOS POR EL SUDESTE ASIÁTICO
21.12.19
El Gran Thermae
27.5.17
Te dije que no montaras nada.
24.5.17
La muerte tenía un precio
3.5.17
NO a la corrupción de pegatina.
26.3.11
La isla del capitán Peter
¿Os acordáis de Righeira? Sí, era ese grupo de los 80 que cantaba aquello de Vamos a la playa, wo uo uo uo. Pues eso, les he hecho caso y me he ido unos días de playa. Por si alguien lo desconoce, Bangkok tiene una gran oferta lúdica, pero carece de costa, y el río que la divide en dos, no invita precisamente al baño.
Pero el problema no es grave. A un par de horas en autobús uno puede empezar a gozar de las aguas del golfo de Siam. Para esta escapada he elegido Koh Samet, un islote de menos de 20 kilómetros en su parte más ancha, pero que dispone de más de una docena de playas de fina arena blanca, con su respectiva oferta complementaria.
Se trata de un parque natural protegido que, por lógica, no podría acoger ninguna construcción y mucho menos alojamientos y negocios turísticos, pero estamos hablando de Tailandia y todo lo que ello conlleva.
Este tipo de viajes tiene un pequeño inconveniente: hay que madrugar. El madrugón va en contra de mis principios, pero hay ocasiones en las que debo doblegarme ante las circunstancias. Con el sol asomando entre los edificios de la ciudad, el taxi me lleva hasta la estación de autobuses. No hay prisas, sale uno cada hora. Pago unos 300 y pico bahts (8 euros) por un billete de ida y vuelta a Bang Phe, el puerto del que salen los barcos que transportan a los turistas hasta la isla.
No sé si porque es jueves o es que es demasiado pronto, pero el autobús no tiene aforo completo, y el 80 por ciento son extranjeros, sobresaliendo las suecas, en número y en volumen. Me pregunto si quedan suecos en Suecia, me los encuentro por todos lados, y no son una población precisamente abundante.
El trayecto hasta el puerto lo paso dormitando mientras echan por el televisor del autobús la película Ong Bak 3, un bodrio impresionante, heredero de la algo más aceptable Ong Bak. No hay quien aguante casi dos horas de artes marciales, y los diálogos se escribieron seguramente en la servilleta de papel de algún chiringo de los que tanto abundan por estos lares. Cada vez que abro los ojos sólo veo a un tipo que hace mucho que no pasa por la ducha y se esfuerza en hacer ejercicios propios del siempre añorado ballet ZOOM.
Nos detenemos justo frente al embarcadero. Me preparo para lo peor. En Tailandia son amantes de los olores fuertes (menos el del queso), y una de sus aficiones es poner a secar el pescado al sol. Como puede suponer el lector, al margen del espectáculo de los peces momificados, hay que contar con un olor que bien podría ser calificado de arma química. Pero no, para mi sorpresa sólo me encuentro con el viejo y destartalado embarcadero que dejé atrás hace 15 años, la última vez que estuve por aquí.
Por lo que veo en la “sala de embarque” (unos tablones de madera), aquí se lleva bastante el “rollo bollo”, cosa que confirmaré más adelante una vez llegado a la ínsula. ¿Estoy en la isla de Lesbos versión thai?
Un grito ininteligible de un thai nos indica que es hora de subir a bordo. Nada de sofisticaciones, un par de tablones con cuatro clavos oxidados se emplean a modo de pasarela. La precariedad de la plataforma y los vaivenes del mar hacen presagiar la tragedia en cualquier momento, sobre todo por lo que se refiere a mi persona. No soy especialmente torpe, pero esto es más propio del “Gran Prix” de Ramón García que de un lugar visitado por miles de turistas al año. Tal vez quieran mantener el encanto, o simplemente se resisten a reinvertir un baht, me inclino por lo segundo. Aquí, el asunto de los minusválidos, no lo llevan muy bien, o mejor dicho, no lo llevan. El que tenga alguna discapacidad física, se tiene que buscar la vida, no sólo para subir a bordo sino para moverse por cualquier centímetro cuadrado del país.
Toque de sirena y zarpamos rumbo a la aventura. Desde niño he sido muy sensible a los balanceos en el medio marino. Me agarro a la tabla que me sirve de asiento y miro a la lejanía oteando el horizonte como un viejo lobo de mar, espero mantener la pose el máximo de tiempo posible, y no hacer el ridículo frente a las vikingas.
Pasada media hora, ya se divisan siluetas humanas por los aledaños de la “estación marítima”, ya ha pasado lo peor, el donut y el té se han quedado en su sitio.
¿Como parque natural, el pago de entrada es obligatorio. 40 bahts (1€) para los thais, 200 (5€) para los demás, una vez más hacen gala de su sentido de la equidad y quintuplican nuestro valor. Gracias. El sistema de cobro es algo rudimentario, un tipo uniformado como los guardias que perseguían al oso Yogi por Yellowstone, con un fajo de billetes en la mano, va vendiendo las entradas a todos los que no tienen el aspecto de ser thais. Llego con el “pick-up” y el conductor me señala donde se encuentra mi hotel. Empiezo a caminar como Ingvar Kamprad por IKEA y no sé por qué suerte de lotería mi paso por el pórtico que delimita la zona de pago no resulta perceptible al uniformado. Le digo a la persona que me acompaña: “Vista al frente y paso ligero, ma non troppo”. La providencia quiere que me ahorre 240 bahts, será que algo me tiene reservado. En dos minutos llegamos al hotel. Tenemos el primer contacto en recepción con una gente que no es consciente de que vive del turismo, parece que nuestra presencia les molesta, y así lo hago constar en la reputada página de crítica hotelera Tripadvisor. Supongo que se estarán acordando de parte de mi familia. Pero nuestros desencuentros no hacían más que empezar. A la mañana siguiente de nuestra llegada, harto de los ruidos de la habitación. Me presento en recepción y explico el “problemilla”.
“Tiene ustedes allí arriba, junto a mi ventana, un aparato que parece ser una bomba de un depósito de agua que no para de conectarse y desconectarse toda la noche” le explicamos al tipo de recepción. Sin apenas desviar la mirada de la pantalla del ordenador, el hombre me da la razón: “Sí, allí hay un depósito de agua”. Y sigue tan pancho trabajando o haciendo lo que hiciera en ese momento. Mi acompañante, me repite lo mismo que ha dicho el pavo: “Es lo que te decía, es un depósito con motor”. Y tan pancha toma el camino de la playa. “¡Quieto todo el mundo! ¿Cómo que ya está? Estoy pagando 45 euros por noche y tengo una habitación con una ventana que no se puede abrir y un ruido insoportable. Quiero una solución ¡YA!” En Tailandia, cuando ven a un extranjero que empieza a ponerse nervioso, suelen reaccionar. Dejan su actitud Zen y se ponen un poco las pilas. Medio susurrando, se oye una voz desde detrás del mostrador: “Si quieren les podemos cambiar de habitación...”. ¡Hostias! No podía haber empezado por ahí.
Más vale que me vaya a la playa a disfrutar del día porque si no, acabaremos mal. ¡Habrase visto tanto mentecato junto!
Me apalanco en una tumbona junto a la orilla, no lejos del hotel de los bobos. A los pocos segundos aparece “el encargao”. “Son 50 bahts” suelta el hombre. “Hola, buenos días. ¿Tiene miedo de que salga corriendo con mis bolsas, las sillas, la sombrilla, la mesa y un poco de arena en los pies o qué? Le digo, con el humor que traigo después de discutir con el “atontao” de recepción.
El hombre se ríe por ver a un occidental hablar de esa manera, pero ahí sigue clavado en espera de los cuatro reales que le tengo que dar. Algo me queda claro. Ante tanta premura en el cobro de este bien intangible como es el uso del mobiliario, me abstendré de efectuar cualquier consumo en su negocio. ¡Vaya con el avaricioso presuroso! ¡Que le den! He amanecido bien. Me relajo y contemplo como van desfilando los rusos, uno detrás del otro delante de mí. Me duele la espalda sólo de pensar cómo tendrán la espalda esta noche. Su piel lechosa hace que yo parezca mozambiqueño. ¡Madre del amor hermoso! ¿Dónde va esta gente sin una simple camiseta? Si de todas formas, morenos no se van a poner nunca.
La relativa tranquilidad de una playa sobreexplotada se ve interrumpida por una estampida infantil. Un batallón de tiernos infantes toma al asalto el litoral. Una escuela thai ha decidido pasar el día haciéndoles compañía a inocentes turistas como yo. Es fácil adivinar su origen porque no dejan un centímetro de piel a la vista, no tanto por el miedo a que la melanina se ponga a cien revoluciones, sino por el paradójico pudor imperante en el país conocido por el “ping-pong show”. Lo que me preocupa al ver a la chiquillería tan abrigada, es una cuestión de seguridad. Tanta ropa empapada sólo pude llevarlos a las profundidades marinas, como Leonardo De Caprio en Titanic, igualito que un cuerpo plúmbeo e inerte. Algunas niñas llevan sujetador, camiseta para que no se vea el sujetador (que se ve), y bañador estilo buceador del ártico. “¿Para qué tanto lastre, criaturas? Si por mucho que os tapéis, acabaréis pasando por donde pasamos todos: LA PIEDRA.”. Y no me refiero a los hermanos La Piedra ni a la señora de Estrada (la del señor Pipi).
Bien embadurnado para que los rayos UVA, UVB y los del plutonio empobrecido de las radiaciones de un ataque nuclear de Corea de Norte no me causen el menor sarpullido, me sumerjo en las cálidas aguas del Pacífico, una calidez del agua algo sospechosa al estar rodeado de tanto niño.
Tras varios revolcones en la orilla y con las fosas nasales bien despejadas por toda el agua marina que ha pasado involuntariamente por ellas, regreso a mi hamaca a ver las mozuelas pasar. Mientras hago, para mí mismo, análisis pormenorizados de todo ser viviente del sexo opuesto en edad de merecer que pasa por delante de mí, detecto unos movimientos extraños en la orilla a unos 30 metros. Una moto acuática parece haber tomado vida propia y se ha rebelado contra sus captores que la obligan a pasear turistas en su lomo.
Si en los países civilizados, estas armas cargadas por el diablo, han creado cierta polémica relativa a su empleo, imagine el lector como anda Tailandia respecto a legislación relativa al uso de estos vehículos. Un cuadernillo Rubio tiene más contenido que el compendio legislativo thai en materia de actividades lúdico-marítimas. Por otro lado, no hace mucho, saltó la polémica en relación a las estafas que sufren los turistas de manos de las mafias que se ocupan del alquiler de dichos artefactos. A diferencia de otras, en esta ocasión, la fechoría quedó grabada para la posteridad, y para el disfrute de todos a través de YouTube.
Con el humor negro que me caracteriza, le digo a mi acompañante: “Mira, mira. Había un niño jugando en la orilla, y ya no está, jeje”. Pensando que es uno más de mis delirios, no me hace mucho caso y sigue tomando el sol. “Oye, oye. Que había un niño jugando con sus amigos, ha aparecido una moto y creo que el niño está debajo, jeje”, le insisto. Me sigue haciendo el caso habitual. Pero yo sigo disfrutando del espectáculo. Uno de los responsables de los vehículos malditos se precipita y mete sus manos debajo de la moto, que está prácticamente sobre la costa. Es decir que el muchacho no está simplemente bajo la moto, sino entre la moto y la arena. Pasan los segundos y de allí no sale nadie. Mi enfermiza mente me hace disfrutar del momento, tal vez porque, en el fondo, sé que no sucederá nada grave. Sin embargo, se debe reconocer que es impresionante ver cómo de pronto el angelito está y por arte de David Copperfield, bueno, de Yamaha, el protagonista involuntario desaparece súbitamente. Pasados los primeros momentos de desconcierto, surge, cómo de la nada, el chaval con el aspecto de haber estado toda la noche de copas, jajaja. No sabe dónde está la izquierda ni la derecha, como Zapatero. Sale del agua dando tumbos y riendo, no sé si por los nervios o porque ha disfrutado de la peculiar experiencia. No todo el mundo puede decir que ha sido atropellado por una moto acuática.
El que más aliviado se queda es “el encargao” que ve cómo se libra de una buena. Mi acompañante se cae de la parra y me pregunta: “¿Qué ha pasado?”. “Nada, nada, que casi se queda una plaza libre en el hotel”, le respondo mientras observo cómo atan con diversos cabos la pobre moto para que no se vuelva a rebelar.
Pasado el mediodía, después de sufrir las inclemencias del sol tropical, se impone disfrutar de un pequeño retiro en la habitación, la nueva habitación. “Me voy a echar 20 minutos” le digo a mi sufrida acompañante. Los 20 minutos se tornan en 150. Está claro que el sol tiene efectos soporíferos, pero en mi caso la cosa toma tintes exasperantes para quien me acompaña. Cuando me quiero dar cuenta, el sol ya se ha puesto. Es hora de echarle algo al buche. Por lo que he visto durante las horas de luz, la playa cuenta con numerosos establecimientos de restauración que en su mayoría presenta como mayor reclamo el marisco. ¿Marisco del Pacífico a alguien que se ha criado en España? Mal asunto. Tampoco es cuestión de pedir carne de caza. Pero el marisco no va a ser el centro del menú. El problema básico del marisco en Tailandia, reside en que no les gusta el sabor a mar que pueda tener el animal. Por lo tanto, limpian el bicho cinco veces hasta que pierde cualquier atisbo de origen marino, una gamba se convierte en..., en..., en un trozo de caucho alargado que parece..., no sé algo muy raro, alargado y de caucho. “Para eso están las salsas”, me dicen los thais para justificar su sacrilegio culinario. Claro, luego resulta que la renombrada cocina thai se limita a cuatro sabores, sin importar si en el plato tenemos pollo, ternera, pescado, cerdo, gambas o fideos. Todo sabe a la salsa que le hayan querido echar.
Los restaurantes de la isla se distinguen también por algo “muy guay”, hay que comer por el suelo. Debemos situarnos sobre unas alfombras puestas sobre la arena, estirados o en la posición que queramos, aunque genuflexos resultaría algo extraño. La cuestión es que es no hay sillas y las mesas son bajas, o sea que cada uno es libre de situarse como más le plazca, pero las opciones son pocas. Al cabo de unos minutos se te duerme un brazo, luego el otro, luego una pierna, luego la otra, acaba que no sabes muy bien cómo colocarte y terminas en posición fetal con medio cuerpo debajo de la mesa.
Hace ya un par de noches que acudimos al mismo restaurante, está bien situado, los precios no son abusivos, y el ambiente es agradable. La única pega es que está situado junto al restaurante/bar/discoteca más popular de la isla que cada noche cuenta con espectáculos diversos, entre ellos el de los malabaristas del fuego. Personalmente no les veo ninguna gracia, y el olor a gasoil desnaturalizado que van dejando por donde pasan, los hace algo repelentes, prefiero sin duda el olor a keroseno, tal vez por los años que trabajé en aviación.
En el restorán, sin embargo, el que se está ganando mi odio con creces, es el pretendido humorista que “actúa” cada noche. Ya lo tengo calado, cada noche cuenta los mismos chistes y sin molestarse en cambiarlos de orden, además lo hace con una desgana que invita a darle una colleja mientras se le dice: “Si no te gusta tu trabajo, pues cambias, pero no nos amargues la noche que estamos de vacaciones”. Al provenir de una zona turística, entiendo el sistema que consiste en no cambiar nada porque el que cambia es el público, pero todo tiene unos límites; el que viene hoy es probable que venga mañana y más si es sábado. Realmente consigue su objetivo, de lo malo que es...
Me voy a echar un pis, para matar el tiempo, más que nada. En una playa siempre estás ante el dilema: ¿tierra adentro o directamente a la orilla? Supongo que en España no llegaría apenas a plantearse la duda, pero en Tailandia siempre conviene guardar las formas. Me voy hacia lo que parece la cocina del bar. Veo una señora muy atareada que parece desbordada por su trabajo, que es contar billetes... sí, es un negocio con mucho beneficio. De repente, mi mirada se distrae y deja los fajos de billetes a un lado. Ha llegado “La Raja”, un monstruo peludo que asusta hasta a los más valientes. Sí, delante de mí hay un turista tambaleante que parece buscar lo mismo que yo, pero el hombre tiene un pequeño problema del que no es consciente, o sí. Su pantalón de deporte de satén bien brillante, propio de principios de los ochenta, va cayendo un milímetro por cada paso que da, y los pasos que da son muchos y no precisamente al frente. “La Raja” está ahí, amenazante, avanza sin rumbo determinado y acaba perdiéndose en el trastero haciendo caso omiso de los avisos del personal. Mientras me dirijo al excusado (bonita palabra) me pregunto cómo se puede llegar a estar en esas condiciones, cosa a la que me respondo casi de inmediato con sólo hacer memoria de mi propio pasado.
Una vez terminadas las labores propias del lugar, me apresto a volver a mi mesa. De un pasillo que viene y va hacia no sé dónde, hace su aparición nuestra estrella invitada. El olfato o el instinto han hecho que, de momento, haya llegado a buen puerto. Lógicamente, no voy a perderme el espectáculo hasta el final. Hago tiempo hasta que el hombre regresa a su asiento, o más bien desparrama sus posaderas sobre la pobre silla, dándole oxígeno a: ¡”La Raja”! No sé cómo, pero logra alcanzar su mesa sin que se le queden los “shorts” por las rodillas. Me río yo de los chavales modernos que llevan “los pantalones cagaos” para ser modernos, esos son unos aficionados al lado de “La Raja”. Todavía es un misterio la técnica utilizada para mantener unos pantalones de deporte enseñando medio culo, pero sin que llegue a ceder la goma en ningún momento, y deje libre a la bestia.
El hombre se acomoda, algo sofocado por la excursión, y pide el siguiente litro de cerveza.
Cuando regreso a mi mesa, le digo a mi acompañante: “No te vas a creer lo que acabo de ver, era espeluznante, es probable que esta noche tenga pesadillas”.
En la mesa de al lado, un amplio grupo de chinos celebra un cumpleaños. No saben lo dichoso que me hacen. Es la primera vez que oigo el “Cumpleaños Feliz” versión china, no me pregunten si mandarín o cantonés, hasta ahí no llego.
La mesa de los chinos ha sido motivo de discordia con mi sufrida “partenaire”. El ocio excesivo lleva a entablar discusiones y entrar en disquisiciones de lo más absurdo. La cuestión es que los chinos en cuestión han reservado las mesas con antelación. Llevamos más de media hora sentados cuando los hijos de Mao empiezan a hacer acto de presencia, y hay algo que no entiendo: ¿Por qué los camareros han puesto las coca colas y otras bebidas sobre la mesa, si van a estar a temperatura ambiente (tropical) durante más de una hora? “Es normal, en Asia es así. Para eso está el hielo”: me replica con un tono que interpreto como burlón y con ánimo de contradicción gratuita. “¿Que qué? ¿Que en Asia calentáis los refrescos al aire libre para luego enfriarlos con hielo que agua las bebidas? ¡Vamos hombre!” Le digo con cara de mosqueo porque interpreto que me quiere tomar el pelo. “Que sí, que las botellas de litro se ponen sobre las mesas y luego se trae el hielo”, insiste. “!Venga ya! O sea que las bebidas pequeñas van en nevera y las grandes al aire libre. ¡Anda y que te den! Que en España tenemos nuestras cosas pero tontos no somos.” Le digo algo airado mientras me doy la vuelta y, tumbado sobre la arena, miro a los “artistas” del fuego con la esperanza de que algo malo suceda, si no, ¿dónde está la emoción?
Me acabo riendo de la absurda “discusión”, pero todavía a día de hoy, no sé si me hablaba seriamente, más que nada porque en Asia, costumbres más raras he visto.
Amanece un bonito día, pero aquí “bonito día” es sinónimo de sol abrasador. Hoy es día de excursión. En cinco horas nos hemos propuesto recorrer cinco playas, algo aparentemente no muy arduo dados los 15 kilómetros de largo con que cuenta la isla, pero que en vista de estado de la carretera, en singular, no va a resultar un paseo. Algún tramo está peor que si el vietcong y los americanos hubieran montado una “rave” durante tres días consecutivos.
Mi acompañante está a los mandos de la moto. Yo no sé llevar moto. A la edad en que los jóvenes empiezan a llevar moto, yo vivía en Madrid, y los que vivíamos en Madrid no íbamos en moto, íbamos en metro y en autobús.
Para compensar lo infernal de la carretera, las playas son verdaderamente paradisiacas. El sol castiga sin piedad, sin embargo mi crema con factor de protección 90 no permite que mi epidermis padezca las malas consecuencias (ni las buenas) de exponerse al astro rey, claro que cuando vuelvo a casa, nadie se cree que haya pasado cuatro días en una isla del Pacífico.
Llegados a Ao Phrao estamos ya arrugados de permanecer tanto en remojo. Nado junto a unas adolescentes francesas. Como me han oído hablar en thai, no sospechan que pueda entender su idioma. ¡Santo Dios! ¡Qué conversación! Haría enrojecer al mismo Nacho Vidal. Antes de que salga el periscopio, me alejo y voy a cotillear con mi pareja para ponerla al día de cómo se las gastan las niñas occidentales. No se impresiona. Por lo visto, la globalización también ha llegado en este aspecto.
Nuestra primera intención era ver la puesta de sol, bueno, es intención de mi pareja, pero el cansancio y la sugerencia de que volviendo pronto al hotel podríamos ir a un masaje de pies, hacen que termine por renunciar a la vista de un paisaje romántico por una práctica más hedonista.
Han pasado casi cuatro días. Es hora de desplegar velas para regresar a la gran urbe.
Estoy algo inquieto porque desde niño le he tenido pánico al mareo. Creo que me mareo de pensar en el mareo. Se trata probablemente un trauma de infancia que habría que buscar en esos buques de Trasmediterránea que iban de Barcelona a Mahón, y que no eran ni ferrys ni nada que se les pareciera, pero eso, ya es otra historia.
10.8.10
Un día en comisaría 1
Dejando al margen lo que pueden ser los aspectos negativos de trabajar en una comisaría de cualquier parte del mundo (atender y consolar a víctimas, consolar a personas en momentos difíciles, etc.), prefiero comentar las anécdotas más llamativas y/o graciosas que me han sucedido en los últimos tiempos.
Tal y como es de esperar en uno de los distritos con más prostitución enfocada al turismo, la mayoría de casos llamativos, tienen relación con el instinto más básico del ser humano. Claro que como se suele decir: la realidad supera en muchas ocasiones a la ficción.
Sin ir más lejos, uno de los casos más recientes que registramos en el archivo, es el de un hombre occidental que vino a denunciar el robo de sus objetos personales por parte de unos “katoeys” (travestis) en un hotel de Bangkok. El caso no habría llamado la atención, y habría pasado a sumar un número más en el archivo, si no hubiera sido porque el hombre en cuestión vino acompañado de su mujer. ¡¿Quién va a una comisaría a denunciar que ha sido objeto de robo en un hotel por parte de dos travestís acompañado por su mujer?! ¿Le podía más la vergüenza de no hablar el idioma que asumir que se había ido con unos travestís de parranda dejando a su mujer en casa? ¿Espero la mujer a que se pusiera la denuncia para darle la paliza al marido? Y luego me pregunta la gente por qué les hacemos repetir las cosas en comisaría.
Siguiendo en la misma línea, apareció el otro día en comisaría, un sujeto italiano que no podía acercarse a una llama por el peligro que suponía que la combustión empezara en cualquier momento, dado el alcohol que desprendía por todos sus poros. Por su estado, sólo era capaz de repetir una frase. “Que detengan a la puta que me lo ha robado todo”. No había forma de sacarle dato alguno. Sólo quería que detuviéramos a la puta. Y claro, en una ciudad de 14 millones de habitantes, encontrar a 1 puta que le ha robado, sin más datos, resulta algo harto imposible. El asunto se resolvió con 100 bahts (2 euros) y un taxi que le llevó de vuelta a su hotel para que durmiera la mona. No volvió a aparecer. Supongo que por vergüenza.
Me llama sobremanera la atención la cantidad de casos de extranjeros objeto de robo por parte de profesionales del sexo. No por el hecho de que estas aves nocturnas busquen a su presa más fácil, sino por lo tonto que puede llegar a ser un hombre cuando huele a “chumino” (o lo que se supone que debería ser “chumino”).
Las denuncias por asuntos comerciales ocupan, a no mucha distancia, el segundo lugar en denuncias por parte de extranjeros (dejando de lado las sustracciones y robos con violencia, que no comento por no tener un ápice de gracia). Recuerdo a una nipona que acudió alarmada a las dependencias policiales porque había sido agredida con una calculadora en un comercio durante un regateo. Realmente, creo que en muchas ocasiones, los idiomas son un invento del diablo, excepto para los que vivimos de ellos. Más que nada por los desentendidos que se producen, y que pueden llevar a situaciones desagradables como el de la nipona agredida por una Casio.
No hace mucho vino una pareja de individuos muy alterados. Uno era un turista italiano, y el otro el vendedor de un puesto del mercado de Suan Lum. La cuestión es que el comerciante le reclamaba al visitante el importe de una bolsa supuestamente de cuero, y éste se negaba en rotundo, algo lógico si vemos lo chamuscado que estaba el complemento objeto de la disputa. Para entender la génesis de todo el asunto, hay que explicar que es práctica común por parte de los vendedores hacer delante del cliente “la prueba del mechero”, consistente en pasar un mechero por todo el bolso, en este caso, para que el potencial comprador vea por sus propios ojos de que se trata de auténtico cuero, y no de una falsificación. El problema residía en que la prueba no salió como era de esperar, y el bolso se tornó en antorcha. A pesar de todo el hombre quería su dinero. En el informe se señaló como dato importante que el mechero era del propio comerciante, no se fuera a pensar nadie que el turista llevaba consigo un mechero “trucado” con la facultad de quemar cuero auténtico. El italiano no pasó por el aro.
Está visto que los italianos tienen cierta tendencia a pasar por comisaría. En este caso, una pareja vino acompañada de los responsables de seguridad de unos grandes almacenes acusados de robar un secador de pelo. Es bastante común encontrarse con gente que fuera de su país hace cosas que no acostumbra a hacer en el suyo, y este parece ser el caso. La cuestión es que la pareja no entendía a qué venía tanto follón. Según ellos habían pagado todo lo que se llevaban, pero según los vendedores del establecimiento, entre los objetos que se llevaban al hotel, había un secador de pelo que no había pasado por caja. Ellos, muy indignados, pagaron el objeto en cuestión, y se atribuyó todo a un problema idiomático. ¡Viva la diplomacia!
El caso que más me ha sorprendido este mes, es el de un hindú que vino muy alarmado a la comisaría para denunciar que le habían hipnotizado, y posteriormente robado, claro. Curiosamente hacía dos días que había visionado un episodio de CSI Las Vegas en el que se trataba un caso similar. El hindú no podía haber visto el mismo episodio porque el mío estaba bajado de internet. De todas formas me llamó la atención la sincronicidad de los hechos. Estas cosas pensaba que sólo pasaban en las películas, pero observo día a día que es bien cierto que la realidad supera a la ficción con creces.
Lo cierto es que ya sabemos en la comisaría que la gente se inventa los disparates más grandes con tal de esconder un hecho vergonzoso, engañar a un seguro, buscar una coartada ante la pareja, etc.
He observado con el tiempo la influencia negativa que tienen numerosas series de televisión sobre la población en general, y los jóvenes en particular. Me explico. Hace menos de 48 horas, vino un grupito de jóvenes chinos pijos (sí, hasta los pijos han podido con el país de la Gran Muralla) a denunciar la pérdida de una cartera que contenía una tarjeta visa y poco más de 1000 bahts (unos 20 euros). Gracias a un guardia de seguridad del recinto habían logrado averiguar que un taxista había recogido la mencionada cartera y se la había llevado. Dicho guardia había logrado apuntar cuatro números de la licencia (que en Tailandia está en números grandes pegados en el cristal posterior del vehículo, algo prohibido en Europa). El grupo de jóvenes, influidos por Hollywood, nos pedían que con esos cuatro números localizáramos al taxista en cuestión. De poco servían mis explicaciones respecto al hecho de que en Bangkok hay alrededor de 100.000 taxis, y sin dos letras adicionales del alfabeto thai, que tiene 44 consonantes, era imposible localizar a nadie. Dada la insistencia de los chinos, y mi paciencia que es inversamente proporcional a los años que cumplo, no me quedó más remedio que decirles del mejor modo posible, aunque algo airado, que: “la localización de vehículos instantánea y las pruebas de ADN en 5 minutos siguen siendo patrimonio de los CSI, y que al mundo real todavía no han llegado”. Una vez sacado el genio latino, los asiáticos agradecieron la colaboración que amablemente prestamos durante casi una hora para cancelar la tarjeta VISA, dieron media vuelta y emprendieron el regreso al hotel. Sin embargo, la principal damnificada todavía tuvo fuerzas para dirigirse de nuevo a mí y decirme algo llorosa: “Es que era Christian Dior …”. “Lo siento, pero Christian Dior todavía no incorpora GPS en sus carteras” tuve que decir respirando profundamente para no levantarme y sacarla a gorrazos de la comisaría. Para trabajar en una comisaría, se impone mucha paciencia antes que mucha valentía.
29.7.10
Un día en comisaría 2
Pero aquí no nos vamos a ocupar de lo que nos irrita o entristece. Nos merecemos algo mejor. Y por esto, he rebuscado en los archivos para dar con los casos más sorprendentes y llamativos que creo pueden interesar al lector.
Hace pocos días se presentó en comisaría un ciudadano de Mali, bastante angustiado. Acababan de robarle un bolso con 14.600 dólares USA. Todo ocurrió mientras estaba en plena oración. Yo empezaría a plantearme la existencia de Dios, en el caso que nos ocupa, la existencia de Alá. Y peor lo tienen los musulmanes con sus cinco rezos diarios. No tenemos pruebas de momento, pero nos da la impresión de que el autor del robo debe de ser un correligionario, más que nada por el lugar en que ocurrió, una zona frecuentada mayoritariamente por seguidores del Islam.
Llegada la noche, sobre las 21:15, aparece un inglés borracho como una cuba. Dice que no sabe dónde vive. De momento, la policía está dotada de armas pero no de poderes paranormales que les permitan adivinar la procedencia de la gente con sólo tocarla.
Con la lógica y coherencia que caracteriza a las personas en estado ebrio, el británico sale de comisaría tal y como ha venido. Lo peculiar del caso es que al rato regresa tras haber ido a comer a un restaurante, y se queda a dormir en las dependencias policiales. Como no molesta y por lo visto es una práctica habitual entre los borrachos extranjeros (los thais huyen de las comisarías como los gatos escaldados huyen del agua fría), se le deja que duerma la mona.
La generosidad no conoce límites. Hace unas semanas apareció un ciudadano estadounidense con dos chalecos anti-balas. Se trataba de un ex – oficial de policía que quería donar las prendas a los agentes tailandeses. Dado que es prácticamente imposible que un policía tailandés rechace un regalo, ahí se quedaron los chalecos. ¿Tan necesitada vio el hombre a la fuerza de orden siamesa? Porque lo cierto es que estos chalecos pesan lo suyo y ocupan bastante espacio en las maletas.
Paseando por las dependencias policiales, veo en un trastero un gran paquete con un montón de cartoncillos negros. “Es un millón de dólares” me dicen. ¡Extraño lugar para dejar semejante suma de dinero! Realmente se trata del “botín” incautado a un grupo de africanos dedicados a las estafas. Estos individuos centraban su actividad en el timo de los billetes tintados, un engaño tan antiguo como el de la estampita, y que no conoce fronteras. Para el que no lo conozca, lo resumiré brevemente. Se presentan uno o dos africanos con aspecto impecable de hombres de negocios, y entablan conversación con su potencial víctima en un lugar como puede ser el lobby de un hotel o un restaurante. Tras ganarse su confianza con el paso del tiempo, que pueden ser meses, le proponen un estupendo negocio que hace perder la razón a cualquier avaricioso. Por cuestiones político-económicas de su país, se han visto obligados a sacar de su país una suma importante de dólares. Para hacerlo de forma ¿disimulada? Los han impregnado en una tinta negra especial que los hace indetectables en los escáneres de los aeropuertos. Para su limpieza se emplean líquidos también especiales y caros. Para acabar de convencer al primo de turno, lo llevan hasta su habitación, y ante sus ojos, efectúan la prueba definitiva. Cogen uno de los billetes tintados y lo limpian, convirtiéndose el cartoncillo en un flamante billete de 100 dólares. Como prueba de buena voluntad, y con el fin de que no existan dudas sobre la autenticidad de la moneda, se la entregan y le invitan a que vaya a un banco a cambiarlo. Dicho y hecho. Si el banco acepta el billete, no cabe duda de que los africanos tienen en su habitación una fortuna. El avaricioso está ya convencido. Pero los truhanes tienen un pequeño problema, se les ha acabado el líquido especial para limpiar billetes. Éste cuesta unos miles de dólares. Ni cortos ni perezosos, le piden el montante al primo con la promesa de compartir el dinero una vez limpiado. Reciben la suma, y como prueba de buena fe, le dejan al ingenuo el paquete con el millón de dólares. Como es de esperar, los africanos no vuelven a dar señales de vida, y el primo se queda con un montón de cartulinas negras, y una mala hostia que no le cabe en el cuerpo, supongo.
Parece increíble, pero sucede a lo largo y ancho de nuestro planeta. Todos queremos dinero rápido y fácil, pero parece inverosímil que haya gente tan ingenua, gente que no parece tonta en absoluto pero a la que la avaricia le anula el raciocinio.
Lo bueno del asunto, es que muchos se atreven a denunciar el hecho. Y claro, en comisaría, se les ve incrustado en el capirote un enorme neón multicolor parpadeante que reza: “Soy un tonto del culo”. Vivir para ver.
Allá por donde vaya me encuentro con muchos suecos, y Bangkok no es una excepción. A veces me pregunto si en Suecia queda algún sueco. Al margen de beber cantidades considerables de alcohol, los suecos no son excepción y son amantes de la amplia oferta sexual de la noche bangkokiana. Claro que cuando uno mezcla alcohol y putas, el resultado no siempre es el esperado, y eso lo sabe bien la policía tailandesa.
Hace un par de días se presentó un sueco a formular una denuncia por haber sido objeto de un robo por parte de dos hetairas que había tenido a bien invitar a sus aposentos. Craso error, nunca hay que llevar putas a la habitación del hotel. La cuestión es que el denunciante afirmó haber sido drogado mediante alguna droga que le mezclaron en la bebida. Todo un clásico. Supongo que el litro de vodka que se metió entre pecho y espalda no tuvo nada que ver. Yo lo entiendo, de alguna manera hay que justificar la enorme cogorza y sus consecuencias. El pobre hombre, además de no haber consumado, se quedó sin dos móviles, dos cadenas de oro, el anillo de CASADO y un reloj. Para hacer el trance más llevadero, el escandinavo venía acompañado de un amigo que era el que se ocupaba de relatar el percance. Por lo visto, además de los objetos de valor, le habían quitado el habla.
Los borrachos, descerebrados y demás gente de vida extraña, son aficionados a visitar las comisarías. Tal vez en éstas encuentren refugio de la dura vida callejera. La cuestión es que por aquí pasa todo tipo de elemento.
El último en “agraciarnos” con su visita fue un inglés que en estado totalmente ebrio y adicto a diversas drogas, apareció de pronto en la oficina afirmando que no sabía quién era ni dónde vivía, además no portaba ni teléfono, ni pasaporte, ni nada que pudiera identificarle. Interrogado, confundía las fechas y no sabía ni dónde estaba, pero había llegado al puesto policial por gracia de …… (rellene el lector lo que le venga en mente). Por lo menos sabía que era inglés, un buen punto de partida para contactar con la embajada. Realizadas varias gestiones, se nos aseguró que la madre iba a llegar en dos horas y media. Eso es puntualidad británica, y lo demás son tonterías.
Extrañas situaciones se viven en todas las comisarías del mundo. Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención desde que estoy en una comisaría thai es la carencia de medios materiales. Me parece asombroso que se sigan realizando las denuncias y demás trámites a mano, como los antiguos escribanos de la edad media. No es que no haya ordenadores, que los hay, pero la tradición se impone hasta ese punto. No me extraña que a la hora de tomar una denuncia, los agentes pongan cara de: “ya me toca otra vez escribir algo que no va a servir para nada”.
Así son las hojas de denuncias, a mano.
Ayer vi a un individuo esposado, con la camiseta manchada de sangre, y con aspecto de haber pasado una noche en el hotel gratuito que tengo al lado de la oficina. La explicación la pueden encontrar más abajo.
Se encuentran un marroquí, un tunecino y un árabe. El primero le dice a los otros dos que ha sido timado por un argelino, el segundo hace lo mismo y así el tercero. Deciden buscar al argelino. Lo encuentran y le dan una paliza que casi lo matan. No es un chiste. Pasó ayer.
21.7.10
Un día en comisaría 3
La llamada en cuestión me hizo recordar que contaba todavía con un cuaderno de apuntes sobre las horas pasadas en las dependencias policiales. He aquí algunos de los extractos.
Un día del mes de febrero se presenta en comisaría un individuo danés con el objeto de presentar una denuncia contra su mujer, dado que ha vuelto a ser objeto de malos tratos. Y digo “ha vuelto” porque no es la primera vez que aparece por aquí. En vista de la reiteración de los hechos se le aconseja que acuda a un abogado. El hombre no es un “Gran Danés” (chiste malo) y se tiene que ir con el rabo entre las piernas. Aquí no existen leyes sobre violencia de género. En España, teóricamente, se habría procedido a la inmediata detención de la mujer, aunque con lo de la discriminación positiva, no me atrevería a afirmarlo
Recuerdo el día en que una pareja de neozelandeses acudió a denunciar el robo del que había sido víctimas en el ya conocido soi 4 de Sukhumvit. Todo se desarrolla con la normalidad propia en este tipo de procesos, hasta el momento de rubricar el documento con la firma de los afectados. Éstos se niegan a estampar su firma por estar la denuncia redactada en tailandés. Nadie entiende nada. Nadie sabe cuál es el problema. Dado lo peculiar del hecho se llama al subteniente para que a través de un intérprete se les haga entender que como en cualquier otro país del mundo, los documentos oficiales se redactan en el idioma oficial; algo de cajón que los “Kiwis” se resisten a entender. Con paciencia (creo que demasiada) se les dan unas explicaciones que yo personalmente me habría ahorrado mandándolos a una calle cercana donde el rey es el “Anal Intruder”. Acceden los muy gilipollas, pero a regañadientes. ¿Qué creían? ¿Qué firmaban una autorización para ser sodomizados por cualquier funcionario thai?
Es corriente que en las comisarías exista “el otro cuarto”, “el cuarto oscuro”, “el sitio”, “la habitación sin nombre”, ese lugar que nadie quiere conocer, donde los segundos parecen horas y el silencio es atronador. En Bangkok, los ciudadanos originarios de Oriente Medio, en especial de Irán, suelen ser “estrellas invitadas” frecuentes de tan lúgubres y reveladores lugares. El narcotráfico es su actividad predilecta, y existe una auténtica mafia organizada que se mueve por los alrededores de los sois 3 y 5 de Sukhumvit. Muchos de ellos hacen sus “negocios” en los bajos del hotel Grace del soi 3. Y no son pocas las ocasiones en que son detenidos por ajustes de cuentas entre ellos.
En este día de enero, un iraní se presenta en comisaría en busca de un compatriota suyo que había sido detenido días antes por estar en territorio tailandés con el visado caducado (sí, en Siam se cumplen las leyes sobre inmigración). Nadie sabe nada sobre el paradero del individuo. Ha desaparecido. En un país “normal” no pasaría nada, pero en algunas naciones el hecho de “desaparecer” puede llegar a ser algo más que preocupante. En vista de que no hay rastro del “Jomeini” le invitamos a que se acerque a las oficinas de la policía de inmigración.
Foto: Bangkok Post
Hay ocasiones en que los desaparecidos no lo son. Como muestra el caso de un francés que un buen día apareció por la comisaría a denunciar su “no desaparición”. Unos días antes, un primo suyo se había presentando alarmado por la ausencia de su familiar y se había cursado el pertinente parte. Muchos son los que “desaparecen” en Tailandia. Es frecuente ver, sobre todo en la zona de Khao San, carteles fotocopiados pegados por familiares o amigos de alguno de estos desaparecidos, que acaban apareciendo en alguna isla “fumaos” y acompañados de alguna putilla. Las desapariciones voluntarias son harto frecuentes en un país en el que los placeres te hacen perder los sentidos.
Para algunos, una comisaría es un espacio multiusos donde pasar la tarde, refrescarse, charlar un rato, desahogarse, visitar al “psicólogo” gratis, etc. Para otros, se trata de un lugar donde creen que van a encontrar la panacea, el lugar donde todo se puede solucionar, desde los problemas más nimios hasta cuestiones más graves que requieren largas investigaciones. Otros creen literalmente que acuden a centros de beneficencia. Sin embargo, la realidad es bien distinta. En Bangkok, como en España o cualquier otro lugar del mundo, BÁSICAMENTE, una comisaría no deja de ser una dependencia administrativa en el que se transcriben y “oficializan” declaraciones efectuadas por individuos. Obviamente, de tanto en cuanto, se arregla algún que otro entuerto
Como ejemplo del uso terapéutico de una comisaría, tenemos el caso de un ciudadano noruego de 69 años que acudió todo enfurecido en busca de ayuda, a finales de enero. Según relataba, paseando por la calle Silom (zona de tenderetes para turistas), un vendedor de la calle le dijo: “Fuck you”. Además de insultarle, le iba siguiendo por la calle. El hombre estaba realmente indignado y pretendía que la policía limpiara las aceras de vendedores. Tras escucharle, disimulando las carcajadas con amplias sonrisas o bostezos, se le aconseja que acuda a la Policía Turística que es la que debe ocuparse de estos menesteres. Una vez desahogado el hombre, parece más relajado y contento, simplemente por haber tenido una audiencia de media docena de personas. Ya tendrá algo más que contarles a sus nietos.
Los que se creen que la policía es una sucursal de Cáritas son los borrachos occidentales. Acuden simulando haber sido atracados y piden dinero. Son despachados sin más contemplaciones, aunque con la sonrisa que caracteriza a los thais.
Algo más curioso es el caso de un británico que a principios de marzo se presentó en comisaría declarando que lo había perdido todo y que no se acordaba de nada. Con tan pocos datos y en vista de que se estaba convirtiendo en un bucle que no llevaba a ninguna parte, se contacta con la Embajada del Reino Unido para que se haga cargo del súbdito de su Graciosa Majestad. Aunque supongo, simples elucubraciones mías, que graciosa era la que se llevó anoche al hotel y se pasó echándole la droga en la bebida.
Una comisaría también puede hacer las veces de consultorio matrimonial. Muchas parejas thai/farang (las parejas thais no se molestan) vienen a dirimir sus disputas ante los agentes de la Ley. En esta ocasión, una chica thai acude para reclamar a su ex novio alemán la cantidad de 100 Euros. Obviamente, ante situaciones como ésta, que rozan el surrealismo, poco pueden hacer las Fuerzas del Orden, hay que limitarse a escuchar y a asentir con la esperanza de que las aguas vuelvan a su cauce de “motu proprio”.
El surrealismo parece ser algo que va aparejado a la comisaría indefectiblemente. A mediados de enero, un ciudadano birmano (el país se llama ahora Myanmar, pero no sé el gentilicio y seguro que suena raro) de 32 años viene a presentar denuncia contra una prostituta (sic) se ha quedado con sus 2300 bahts. El hombre no habla, ni inglés, ni chino, ni ningún idioma de los hablamos los allí presentes. Se intenta buscar un intérprete, pero no hay forma. A pesar de que en Tailandia hay multitud de birmanos aunque casi todos son inmigrantes ilegales que pocas ganas tienen de ver gente uniformada. El hombre se hace entender y se deduce que pagó pero no pudo meter el churro en el horno, o sea que su cabreo es monumental. A un hombre le cabrea que le roben, pero que le cierren las puertas del paraíso en sus narices, le saca de quicio. El hombre insiste en que se le devuelva el dinero. El oficial de turno empieza a estar cansado e intenta “derivarlo” a otra comisaría para que dé la tabarra allí. Pero el hombre erre que erre. Para que le quede más claro el asunto y nos deje en paz a todos, se le explica que la prostitución es ILEGAL en Tailandia, por lo que si denuncia el hecho, se está autoinculpando de un delito. Fin de la discusión. ¿Alguien ha visto nadie denunciar a su camello por la mala calidad de la droga suministrada? Pues el mismo principio es aplicable al caso del birmano birlado.
Curioso fue también el caso de una pareja de japoneses que venían desde el país nipón a denunciar a unos compatriotas suyos empleados de Panasonic porque la casa que les vendieron en Japón tiene defectos. Como es lógico, el oficial al mando no ve indicios suficientes como para cursar una denuncia, más que nada porque ni la casa está en Tailandia, ni la policía sabe de defectos de construcción. De todas formas, y para contentarlos, se redacta un escrito en el que se detalla lo expuesto por los súbditos del Emperador, y se les hace entrega. Tal vez les sirva el documento para tapar una grieta.
Hay gente que no escarmienta, y si no me creen vean el caso de Leroy T.H. un ciudadano estadounidense que se aloja en Raja Mansion, sugerente nombre para un hotel ubicado en una calle llena de prostitutas. Este ciudadano de color negro (nunca me ha gustado lo de “un hombre de color” ¿será violeta?) denuncia que fulanito le ha robado su móvil. No pasaría de ser una sustracción más si no fuera porque el mismo hombre denunció a la misma persona por el mismo hecho hace un tiempo. Si ya te han robado una vez, estate al loro y más si sabes que el que te ha robado anda por los alrededores.
En resumidas cuentas, las historias de comisaría no tienen fin. Si no fuera por el trasfondo trágico que tienen estos lugares, se podría decir que un establecimiento policial es un auténtico cabaret.





