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21.11.06

¡No estaba muerta, estaba de parranda!

Dentro de la inmensidad que supone el sudeste asiático, Phnom Penh es un gran pueblo pero una pequeña ciudad. Lejos está de asemejarse a cualquier gran urbe de un país avanzado, todo ello, en gran parte, a la política del dirigente comunista radical Pol Pot que eliminó al 50 por ciento de la población, y al resto la sumió en la más profunda de las ignorancias.
No en balde, ninguna gran multinacional (Mc Donald’s, KFC, o perico de los palotes) se ha atrevido a invertir en dicha urbe, por algo será. En este caso, “desgracia de muchos, consuelo de pocos”, de hecho existe un establecimiento de comida “rápida” en pleno centro de la ciudad. Se trata del ………….. , un establecimiento con un logotipo sospechosamente similar al de la cadena mundial.
No quiero andar con descripciones aproximadas y prefiero que sea el lector que corrobore mi sospecha de plagio, evidente a todas luces.


Un logotipo sospechoso

Pero ya os conozco, malandrines lectores. Lo que queréis saber es lo que sucedió en el “Zanzi-bar” y en los demás locales nocturnos de la noche camboyana, frecuentados por un inefable Herr Peter.

En los últimos dos años, ha surgido bares “de alterne” como setas. No son, propiamente dicho, bares de putas. Son establecimientos en los que se sirve alcohol, y de paso hay señoritas que te dan conversación. Lo que suceda luego, ya es cosa de los dos participantes en el contrato. Unas veces las señoritas están dispuestas al acercamiento, y en otras no. Nada que ver con lo que dicen ciertos periodistas mal informados acerca de la prostitución en el sudeste asiático, aquí nadie obliga a nadie. ¡Los reportajes se hacen con el tiempo necesario para la investigación! ¡No con una semana de vacaciones con los gastos pagados! ¡A ver si aprendemos, señores del Mundo TV! Parece mentira, tanto medios y tan poca cabeza.

El Zanzi Bar es uno de los bares de nueva generación. Todas las “azafatas” apenas tienen poca experiencia en el negocio, cosa que se agradece. Su labor se limita a dar conversación y, en su caso, a jugar a alguno de estos juegos insoportables y odiosos como el “cuatro en raya”. No sé, o soy raro o los demás son gilipollas. Para ser bueno, optaré por la primera posibilidad, aunque no entiendo como se lo pueden pasar bien metiendo fichas por una ranura, cuando podrían meter otra cosa por otra ranura, y pasarlo la mar de bien. No quiero hablar del amplio repertorio de juegos con los que cuentan estos bares porque lo mío es ir al grano. Sí, ya sé. No es lo correcto, no soy un caballero. Para ser un caballero, que me inviten a la Zarzuela y verán cómo despliego mis artes protocolarias. Pero estamos hablando de un semi-burdel e Phnom Penh, soy correcto y amable, pero no me pliego ante las sugerencias de las anfitrionas, supuestas putas de profesión.


El Zanzi- Bar, un lugar a visitar

Mi compañero de la noche se acomoda en un sofá, frente a mí, junto a una supuesta “novia” suya. Yo me preocupo de lo mío, de lo que nunca me abandona, de mi compañero fiel: Johnnie Walter Black Label. Sí, alguna atrevida se sienta junto a mi regazo. Sin embargo, yo, sin faltar a mi corrección caballeresca, le doy conversación sin halo de esperanza de un encuentro cercano ni futuro. No vengo aquí a buscar una relación con visos de futuro. Mete, saca, y a casa. Éste es el lema que predomina en Camboya. No con ánimo de menosprecio, sino con una perspectiva de la vida lo más realista posible. Es de tontos llevarse a engaños fatuos que no conducen a ninguna parte. La conversación es limitada, más que nada por cuestiones idiomáticas. Hago el paripé hasta que decidimos cambiar de local.
“Ahora vamos a un sito donde las tías son más marchosas, bailan incluso encima d ela barra” me dice mi acompañante. “¡Sorprendente …, eso lo veo cada día en Bangkok! Pienso en mis adentros.
Nuevamente subidos en dos motocicletas, nos desplazamos unos cientos de metros hasta otro tugurio. El aspecto no es malo. Es uno más de los nuevos bares que se han abierto en estos últimos años, coincidiendo con la aparente estabilidad que está alcanzando el país. Lejos está la posibilidad de llegar a tener bares como los que se pueden encontrar en Bangkok o Pattaya, pero a falta de pan, buenas son tortas.
Algunas de las jóvenes lucen una extraña indumentaria; una especie de vestiditos con minifalda pero mallas debajo, por lo que la visión de “paisajes interesantes” queda descartada.
- “Ahora empezarán un show” me dice excitado el americano.
- “¡Ah! ¡Qué bien! Le digo mientras miro algo extrañado a mi alrededor.
“¿Qué show van a hacer? ¿Dónde? ¿Para quién?” me pregunto al observar que no hay ni algo que se asemeje a un escenario, y el público se reduce a nosotros dos y un par de extranjeros más que probablemente no tengan a nadie que les espere en casa.
Yo, inmerso en mis pensamientos, me despreocupo de lo que sucede en mi entorno al tiempo que doy continuos sorbos a mi copa.
Súbitamente, tres mozuelas se suben a la barra y comienzan una coreografía en la que, como es habitual en Asia, cada una baila según le da, a pesar de que la intención primaria es bailar conjuntamente. Ni que decir que ni siguen el ritmo y tanto les da que la música se pare; ellas saben que tienen que moverse allí encima, y eso hacen. Indudablemente, la constante amenaza de que la policía se presente en cualquier momento a interrumpir esta actividad ilegal ¿?, no contribuye a que el espectáculo resulte distendido.


Seguridad ante todo, los taxis nos lo recuerdan

Bueno, hacen el numerito y yo ya empiezo a hartarme del “puterío light”. Le comento al americano que me parece que ya es hora de cambiar de ambiente. Apuramos las copas y nos aprestamos a dirigirnos hasta lo que debería ser la estación terminal de la noche: el “Martini’s”, un bar ya mítico en las noches de Phnom Penh.
El tan renombrado local ha cambiado de ubicación. Sin embargo, al entrar, apenas se perciben cambios. Todo parece igual: un patio central rodeado de chiringuitos con una oferta gastronómica diversa, una amplia barra, una mega-pantalla, diversos televisores, unos billares, y una reducida discoteca de la que entran y salen constantemente señoritas que buscan amigos.
No son de mi agrado las discotecas pequeñas, oscuras y ruidosas, justo lo que es la disco del Martini’s, pero por deferencia a Ed, el americano, hago una excepción y me meto en la cueva. Pedimos las copas y ya empiezan los follones, habituales con el servicio en Asia. Pido un whisky con Sprite “as usual”, y el pobre camarero me trae un whisky y un Sprite.
- “Muy bien chaval, pero te has equivocado”, le digo apelando a la paciencia que me infunde San Trankimazín.
- “¿Qué pasa? Whisky y Sprite es lo que me pidió usted” responde algo cariacontecido.
- “OK, OK, OK. Mira, ahora te llevas el vaso para el Sprite y me dejas la lata que yo me encargo de meterlo en el vaso del whisky y hago un whisky con Sprite. ¿Entiendes? ¿Sabes ahora lo que es un wisky con Sprite?” Le digo con cierto tono magistral.
- “Sí, sí, sí” se va diciendo el joven al tiempo que supongo que piensa en lo raros que somos los blancos.
Cierto es que tendemos a dar por obvio cosas que no tienen por qué serlo, aunque también es cierto que en ese local, el 99% de la clientela es occidental por lo que el joven debería estar acostumbrado a las “extravagancias” de los hombres blancos.

Mientras estaba con el toma y daca con el camarero, me ha parecido ver una cara conocida. Eso de que todos los asiáticos son iguales deja de ser cierto cuando uno lleva unos cuantos años por estas tierras. Es la bella Lii. La saludo haciéndole una seña tímidamente con la mano, pienso que es probable que no se acuerde de mí. No tarda ni dos segundos en aproximarse.
- “Eres Lii, ¿verdad?” le pregunto retóricamente.
- “Sííí, ¿qué tal estás?” me responde algo nerviosa, sin parar de moverse.
- “Bien, he llegado hoy y me quedaré unos días” le digo algo desconcertado por su extraña actitud. No me cuadra con la Lii que yo conocía.
- “Es increíble que me acuerde de tu nombre y tú no del mío” sentencia alegremente.
Su respuesta acaba dejándome totalmente desconcertado. Algo no va bien en su cabeza, y no tardaré en confirmarlo.
Me pide que la invite a algo. No suelo acceder de buenas a primeras, pero en este caso es diferente, la conozco hace años y nunca me había pedido nada. Quiere una cerveza, y en cuanto la tiene en su mano, desaparece. Extraña actitud la suya. Aunque bien visto, ardua labor sería la de encontrar a alguien “normal” circulando por aquí.
El local no está muy concurrido. Le digo a Ed que voy a dar una vuelta por fuera a ver qué me encuentro. Me acerco hasta la barra por tratarse de mi medio ambiente natural, el lugar donde me siento como en casa. Es un poco alta para mi gusto, incluso estando sentado en un taburete. El destino quiere que me sienta en casa más todavía, echan por la tele el partido Betis-Osasuna. Un encuentro que estando en España no despertaría en mí el más mínimo interés, pero que aquí viene a representar casi el cordón umbilical con la patria. Es curioso, cuanto más lejos y más tiempo estamos fuera de casa, más importancia adquieren las cosas más anodinas.
A mi vera se encuentra un grupito de chicas. Mi interés futbolístico, apenas existente en España, tiene su límite, y éste termina cuando las hormonas se ponen a hervir. Le doy la espalda al Ruíz de Lopera e inicio un acercamiento con damiselas. Por las características propias del local, no procede la típica pregunta: “¿Estudias o trabajas?”. Sería muy retórica. Aquí se estila más preguntar: “¿Eres camboyana o vietnamita?”. Tan curiosa interrogante se debe a que las masivas inmigraciones debidas a la guerra conllevaron una presencia masiva de vietnamitas, que con el tiempo llegaron a obtener la nacionalidad y la condición de camboyanos. Por regla general, las meretrices son de origen vietnamita en su mayoría, no resulta imposible encontrar una puta camboyana, véase el ejemplo de Lii, pero son más raras y preciadas; algo parecido a lo que está sucediendo en España, donde las prostitutas inmigrantes han desplazado a las ibéricas.
Afortunadamente, las muchachitas hablan algo de inglés. Observo que se quedan mirando mi pelo con cierta fijación, incluso intentan tocármelo un poco poniendo cara de asco. ¡Joder! ¿Qué pasa? Lo tengo peinado para atrás con cera. Entiendo entonces que para alguien que vive en un país donde los productos de cosmética más habitual son una pastilla de jabón y polvos de talco, el aspecto de mi cabello es el de una persona que no se ducha hace tres meses. Les explico que es gel (lo de la cera sería todavía más incomprensible para ellas), una cosa que se pone en el pelo para que esté duro. La más enteradilla, asiente y se lo explica a las demás. Es la primera vez que mi pelo sirve para iniciar una conversación, conversación que no tarda en derivar hacia otros derroteros. Como le que no quiere la cosa, nos ponemos a discurrir sobre el vello púbico. La mujer asiática, de escasa pilosidad por lo general, no es ajena a su importancia en la estética femenina. La escasa implantación de la cultura sexual occidental, es decir, las películas porno, hace que un pubis rasurado resulte una extravagancia inimaginable. “¡Poco pelo tengo, como para que quieran que me lo afeite!” Piensan ellas. Sin embargo, quiero ver hasta dónde llegan sus convicciones. “¿Y por 20 dólares no te afeitarías las partes pudendas?” inquiero. “No” responden al unísono. Pero es bien sabido que todos tenemos un precio. Sigo la puja hasta que llego a los 100 dólares de vellón. Ahí empieza a haber disensiones de pareceres. Una, por lo menos, afirma que por esa cantidad aceptaría. “Claro, haces muy bien. De todas formas el pelo vuelve a crecer” le digo para reafirmarla en su convicción. Otra se queda con la duda por si decido seguir subiendo. La tercera se ratifica en su decisión de no dejarse tocar un pelo, nunca mejor dicho, por nada del mundo. ¡Ni que le estuviera hablando de cortarse los dedos de una mano! Obviamente, todo se trata de un juego. No pienso gastar ni cinco centavos en ver un pubis rasurado, más que nada porque en Bangkok, casi hay que pagar para ver a alguna pilingui con vello.
Dejo a las jóvenes hablando de sus asuntos, y vuelvo a entrar en la discoteca para decirle a Ed que aquí “ya huele”, que mejor si cambiamos de local.
Salimos del Martini’s y se nos acercan los clásicos pesados que quieren vendernos lo que sea o trasladarnos hasta nuestro próximo destino. Dejo el asunto de transportes en manos del americano, no me apetece regatear. A pesar de ello no dejan de acosarme diversos motoristas. Me llama la atención uno de ellos. Es bizco. “¡Joder, hay que tener valor para montarse en la moto con él!” pienso en mis adentros. Es como pedirle a un manco que te cosa un botón. Tal vez lo consiga, pero no seré yo su cobaya.


Las camboyanas, siempre alegres

Vamos hacia el “After Darkness”, el disco-pub más decente de la ciudad, allí donde van casi todos los occidentales residentes y turistas, incluidos los de las ONGs que tanto abundan en este país. Capítulo a parte merecería el comportamiento de los representantes de estas organizaciones humanitarias. Llama la atención ver los modernos 4X4 “humanitarios” aparcados frente a un local en el que el 90 por ciento de las mujeres son prostitutas, muchas de ellas con la mayoría de edad reciente.
A la entrada, numerosos “seguratas” controlan que nadie entre con una pistola. Hasta hace no mucho tiempo, eran relativamente frecuentes los tiroteos en las noches de Phnom Penh. Recuerdo incluso una discoteca en la que se podía depositar el arma a la entrada, arma que se retiraba a la salida, igual que una guardarropía pero de armas cortas. Todo se ha calmado bastante, y las noches se caracterizan por ser tranquilas y animadas a la vez.
Dado nuestro aspecto, ni siquiera nos cachean. No sé si tomármelo como un halago o un desprecio.


After Darkness, siempre se encuentra compañía

El local está hasta la bandera. Mi necesidad de ingerir alcohol va en aumento a medida que pasa la noche. Me aproximo a trancas y barrancas hasta la barra. No me hacen mucho caso. Saco un billete de 20 dólares y lo agito para hacerme ver. No tarda en llegar la camarera. Pido mi copa, y ya reconfortado tras el primer sorbo, empiezo a recorrer el lugar para hacerme una idea de cómo está el ambiente. Me voy hacia los billares, luego la pista de baile, aprovecho para dar un par de saltitos como si estuviera bailando, y termino yendo hacia la zona más tranquila donde se sienta la gente a charlar. Yo, como ya es habitual, me acomodo en la barra. Ya he perdido a Ed, da igual, ya conozco el territorio. Entablar conversación no es muy difícil, si bien las prostitutas que allí se encuentran, oficialmente no lo son, de lo contrario no se les franquearía la entrada, por lo que no le entran descaradamente a nadie. Veo a una chica con su amiga. Inicio una conversación que tal vez me lleve a buen puerto. Mi dicción empieza a fallar, pero en esa torre de Babel, apenas se nota, si bien el “acento de borracho” es algo universal. Le hago las preguntas de rigor, las que se harían a cualquier señorita que se supone no se dedica al oficio más antiguo del mundo. Sus respuestas son breves, no obstante correctas. Sin embargo mi sexto sentido de putero me dice que algo falla. Con la falsa valentía que da el alcohol, me lanzo y le pregunto: “¿Pero tú eres un tío, no? Me arriesgo a que me tiren la bebida encima o me insulten, pero Johnnie tiene esos riesgos. Un silencio no muy prolongado desemboca en una respuesta desconcertante y abrumadora a la vez. “Sí” contesta mientras asiente tímidamente con la cabeza. No se me cae el alma a los pies porque ya estoy como estoy. Me quedo petrificado y con una sonrisa de gilipollas que no sabe cómo reaccionar. ¿Y ahora qué le pregunto? ¿Si todavía tiene polla o se la ha cortado ya? Como caballero que soy, mi mente hace un esfuerzo por seguir una conversación que se ha visto truncada por una respuesta que no quisiera haber oído. Permanezco con esa sonrisa de bobalicón durante unos eternos segundos. ¡Ella/él podría decir algo, hostias! No, se calla y espera a que yo reaccione. No puedo marcharme sin decir nada, iría en contra de mis principios morales. Sí, los tengo aunque muchos no lo crean. Sólo se me ocurre decir: “¿Y eso cómo se lleva aquí en Camboya?”. “Pues mal” responde lacónicamente. Ya puestos, me lanzo: “¿Y todavía tienes laaa …, eeeel …, eso de ahí?”. “Sí” vuelve a responder con el mismo entusiasmo. Para quitar hierro al asunto intento hablarle de los transexuales en Tailandia, que comparados con los camboyanos, tienen más facilidades, dentro de lo que cabe, para someterse a la operación que tanto ansían. Charlo un rato más y me desmarco, no sin dejar de mirarla/lo porque realmente no sé todavía qué ha sido exactamente lo que me ha indicado que aquello desprendía más testosterona que estrógenos. Realmente era muy guapa/o, y sobre todo fue sincero/a, cosa que siempre le agradeceré. No quiero imaginarme la situación en una habitación de un hostal cualquiera viéndolo/a salir de la ducha. La embajada española habría tenido que ocuparse de mi repatriación porque me habría quedado helado, de piedra, mudo, sordo, ciego, insensible a cualquier estímulo. Me entran escalofríos sólo con pensarlo.


Nadie se aburre en el After Darkness

Como un flash, se me aparece la sonriente Lii. La daba por perdida, pero Phnom Penh, por mucha capital que sea, es un pueblo en el fondo. Me buscaba hace rato, según ella. Dado su cambio de comportamiento respecto a años pasados, no me apetece en demasía gozar de su compañía en un catre, pero en estos casos, no es siempre la razón la que rige. “¿Me vas a llevar contigo? , ¿me vas a llevar contigo?” me pregunta sin cesar. “Sí, pero antes me quiero tomar unas copas” le digo con aires de Padrino.
Pasan ya de las cuatro de la mañana Ya he visto todo lo que quería ver y he oído todo lo que tenía que oír. Apuro la última copa y muerdo con gusto los trocitos de hielo que quedan. Lii está pendiente de mí a la espera de que el semáforo se ponga en verde. Le hago una señal con la mano y presta y veloz acude a la llamada. Ya no es esa joven ingenua que conocí hace unos años, pero algo se hará. Salimos juntos y acordamos desplazarnos a un hostal dedicado principalmente a dar cobijo a parejas ansiosas de conocerse, en el sentido bíblico del término. Nos montamos los dos en la misma moto, más que nada porque el recorrido es corto. Curiosamente, el hostal de marras es el que está situado justo encima del Mikado, el bar en que comencé mi ronda nocturna. Pago cinco o diez dólares y subimos a la habitación. Un cubículo pequeño, sin ventanas y con un cuarto de baño sin puertas que cuenta con un lavabo, una ducha y un inodoro. Me despojo de la escasa ropa que llevo y me ato a la cintura una toalla que, por sus dimensiones, parece una de manos. Decido ducharme, o más bien remojarme, el primero. Prefiero que sea ella la que se entretenga en la ducha mientras yo me fumo un cigarrillo y me pongo a pensar en la vida. Antes de que termine de asearse, preparo mi cámara de fotos para pillarla “in fraganti”. ¡Flash! Después de la cara de sorpresa, viene la de cabreo. “Son cinco dólares la foto” me espeta con arrogancia. Vaya, pues sí que ha cambiado la chica, ¿dónde está esa Lii inocente y afable que conocí tiempo atrás? “Yes, yes, later” le respondo con indiferencia mientras sigo disparando. Ya puestos, hay que aprovechar para que pierda la cuenta de las fotos que le hago. Dejo la cámara y me refresco la cabeza y la cabezita. Cuando regreso al cuarto, ya se encuentra ella tumbada a la espera de realizar su trabajito de la noche. El alcohol y las benzodiazepinas hacen estragos a la hora de mantener relaciones sexuales. Tras un par de intentos semi fallidos. Opto por la comodidad de las relaciones orales. “Antes de correrte, me avisas” me previene con firmeza. Y con firmeza agarra el mástil y empieza su “monólogo”. Cierro los ojos y me concentro en la labor. De tanto en tanto, levanto ligeramente los párpados para cerciorarme de que no estoy en un sueño. Siento por momentos que estoy a punto de alcanzar el clímax. Reprimo cualquier signo que le pueda dar pistas sobre mi nivel de excitación. Desde siempre me ha gustado gastar la clásica de “broma” de disparar a traición. “Torpedo uno”, “lanzado”, “torpedo dos”, “lanzado”, “torpedo tres”, “¡el enemigo se retira! Con indignación y malos modos, echa la cabeza hacia atrás mientras dirige el “lanzatorpedos” hacia el otro lado. Tras varios escupitajos y una corta visita al baño, empieza una sarta de insultos y reproches hacia mi persona. Lo único que acierto a entender es: “¡Te dije que me avisaras! “Sí, ya me acuerdo de queme lo dijiste, jejeje” le digo con una amplia sonrisa de una oreja a otra. Ella, nerviosa y contrariada se pone la ropa. Yo, henchido de satisfacción, me voy vistiendo parsimoniosamente. Le doy la cantidad acordada y cinco dólares por la foto, cantidad que le habría dado de igual modo como propina. Bajamos hasta la puerta del hostal y nos marchamos cada uno por nuestro lado.


Lii, ¿Quién te ha visto y quién te ve?

Phnom Penh todavía me depara muchas sorpresas.

27.10.06

En Camboya se me va la olla

Soy un culo de mal asiento. Estoy enamorado de Bangkok, sin embargo me urge salir de la metrópolis una vez al mes, no ya por el visado que me caduca, sino por la imperiosa necesidad de cambiar de aires. Tantas putas (casi siempre las mismas) y los mismos bares acaban agobiándome. Necesito cambiar. Y si algo no falta son las ofertas para viajar a países cercanos (Laos, Birmania, Camboya o Malasia a modo de ejemplo).

Hace un par de años que no circulo por territorio khmer (Camboya). Recuerdo momentos muy agradables por esos lares, alguno de éstos rozando la legalidad. Tantas armas, tantas mujeres, tantas drogas, tantas tentaciones… nadie vive en Phom Penh sin incurrir en alguna ilegalidad, es imposible. Ni siquiera los miembros de las ONGs se libran de caer en la tentación. Si no, qué pinta un coche de una de estas organizaciones frente a un bar de dudosa reputación a las cinco de la mañana.
Tengo un conocido que ha trabajado para una de estas organizaciones humanitarias (española en este caso), que ha salido espantado al ver el nivel de corrupción, no monetaria sino sexual, al que llegaban ciertos miembros (nunca mejor dicho) de estos “benefactores”. Y hablo de pederastia, no de sexo más o menos consentido entre mayores. Sí, los que se visten de ángeles salvadores son, en muchas ocasiones, los peores demonios. Entre los soldados de la ONU tenemos algunos ejemplos. No iba a ser menos Camboya.

Por internet he encontrado un billete barato con Air Asia. Obviamente, la hora de salida es infernal, las ocho de la mañana. Pero la tarifa vale la pena. Con lo que me ahorro respecto a otras compañías, puedo pegar dos polvos o emborracharme una noche entera.
Escojo un hotel que he encontrado en un foro de amantes de Tailandia (léase puteros). Parece que está bien, pero hasta que no lo vea no me fío. De entrada me vienen a buscar al aeropuerto, gran cosa, ya que me ahorro lo que supone un polvo, jajaja, parece que cuando uno va a Camboya no piensa en otra cosa.


Phnom Penh desde el aire

Llego con un vuelo Air Asia, una vez más. Los horarios son inhumanos, pero las tarifas valen el madrugón. El aeropuerto se ha modernizado. Afortunadamente, los precios de los visados siguen siendo los mismos, 20 dólares. ¡Y que nadie se olvide de la foto tamaño carnet! Si no, el trámite se retrasa un tiempo considerable. Por increíble que parezca, 11 (once) funcionarios se ocupan de la tramitación del pasaporte para permanecer en le país 30 días. Todo se ha agilizado mucho respecto a los trámites burocráticos que se debían pasar hace unos años. Hay que estar al loro. Cuando se ha dado el visto bueno, se limitan a pronunciar el nombre, a su manera, y a mostrar el pasaporte. Eso sí. Nunca hay que perder la sonrisa, estamos en Asia y somos inocentes turistas. El siguiente paso es el control de pasaporte. El funcionario de turno controla mediante un sofisticado ordenador que no estemos fichados. Sin embargo, allí falla algo. Todos los aeropuertos del mundo disponen de unas “webcams” situadas a la altura aproximada del rostro del recién llegado. Pero en Camboya, no. Los encargados de motar el sistema se olvidaron de las cámaras. ¿Resultado? Sus “sofisticadas” cámaras no son más que unas bolas con objetivo marca, supongo, Logitech. En el momento en que veo al funcionario de turno coger la bolita en la mano, acercándomela al rostro y diciendo “one moment”, me da la risa floja.
¡Madre de Dios! ¿Os venden un supuesto sofisticado sistema de identificación y no os dais cuenta de que hace falta un trípode para sostener la cámara? Así es Camboya.


La tripulación de Air Asia, siempre serviciales

Pasados los trámites pertinentes, me acerco a la salida. Me topo con un atienda libre de impuestos. “Ya que estoy, voy a comprarme un cartón de Marlboro” pienso inocentemente. “¿Es más barato que ahí fuera? Le pregunto ingenuamente al empleado de turno. “Yes, yes” me responde. Obviamente, no sabe qué le pregunto o se hace el loco. Tonto de mí. Parece increíble que con los años que llevo en estos territorios, caiga en semejante engañabobos. Lo cierto es que 11 euros por un cartón no es nada, pero si en la calle lo encuentras por 8, te da rabia haber caído en la trampa de la tienda “libre de impuestos”. Si van a Camboya, ¡compren el tabaco en la calle!
A la salida del aeropuerto me espera un hombre con mi nombre escrito en un cartel. Eso de ver el nombre de uno a la llegada de un aeropuerto no pasa todos los días. Levanto “chulescamente”, aunque amablemente y sonriendo, el dedo índice para indicar que soy la persona en cuestión. El empleado del hotel me recibe cordialmente y me señala que debemos esperar a otro cliente del establecimiento. Nos vamos los dos, sin intercambiar palabra alguna, hasta el furgón del hotel que no va a llevar a nuestra morada temporal. Los dos somos hombres jóvenes y solteros, en mi caso la soltería es cierta en un 100%, en el suyo no lo puedo certificar, aunque la supongo. Dado que los dos vamos al mismo hotel y suponemos a lo que vamos, no tardamos en entablar conversación. Obviamente no hablamos de las putas que pensamos follarnos esa misma noche. La conversación es más bien banal.
Llegados al hotel Flamingo, que previamente había escogido en una página de puteros irredentos de internet, realizamos el “check-in” y quedamos para más tarde. Mi uniforme no pasa desapercibido en ningún momento, ¡por algo lo llevo! Antes de que presente mi documentación, se me acerca un chino (realmente es camboyano, pero es la costumbre de llamar a todos los asiáticos “chinos”) y se presenta como el propietario del establecimiento hotelero. Nos saludamos con suma cordialidad. Y aprovechando la ocasión le pido una habitación con conexión a internet. Pese a sus malabarismos con un hotel lleno hasta la bandera, mi deseo no se ve cumplido, sin embargo me invita gustosamente a tomar algo con él mientras acondicionan mis aposentos. Dado que me gusta conocer la vida de la gente, me presto gustosamente a su invitación a pesar del cansancio acumulado.


¡Bienvenidos al hotel Flamingo!

Estoy cansado, muy cansado. Me encuentro en ese punto en el que nivel de agotamiento es tal que impide conciliar el sueño. Hago “zapping” hasta que caigo en TVE internacional, tal vez oyendo mi idioma consiga dormirme. Ni las pastillas hacen efecto. Doy vueltas sobre una cama que dista de ser mullida. Apenas he dormido en las últimas 24 horas. Si quiero estar en condiciones para afrontar la intensa noche camboyana, debo estar en plenitud de facultades. Oigo a las mujeres de limpieza ir y venir por el pasillo mientras hablan y ríen. Me levanto por enésima vez para ir al baño. Mi mente está a punto de descarrilar.
Pronuncio mi nombre y no me reconozco. Me da la impresión de estar llamando a otra persona, a pesar de que soy yo el que está frente al espejo. Soy consciente de que la situación se agrava por momentos, sin embargo siempre está el alprazolam para poner las cosas en su sitio, más o menos, o eso quiero creer yo. Un parche no es una solución definitiva, pero mientras consiga “parches”, no pienso en cambiar mi “modus vivendi”. El día que no pueda obtener mi elixir vital, cosa inimaginable a día de hoy, no puedo imaginar cuál será mi devenir, o sí, pero prefiero no pensar en ello.
¡Santo Dios! Estoy donde cualquier putero y/o amante del sexo desearía estar, y me pongo a pensar en cuestiones metafísicas. Todos los que me rodean sólo piensan en una cosa, y en esa cosa debería estar pensando yo. Hago un “reset” en mi mente y me pongo a la altura de mis acompañantes. ¡Basta ya de pensar en cuestiones existenciales! Estoy rodeado de ninfas deseosas de ser poseídas por mí (es decir, mis dólares) y yo elucubrando sobre los devenires de mi vida. ¡Al carajo! La primera que resulte apetecible será la elegida.


Poco que envidiar a las tailandesas

No sé cómo, he logrado dormir unas horas. He quedado con el turista que me acompañó en el “transfer” entre el aeropuerto y el hotel, para ir a dar una vuelta por la tarde.
Me siento algo aturdido. Me cuesta abrir los ojos. Mi cuerpo me pide que no abandone la horizontalidad, sin embargo, por una vez, el sentido común se impone y me levanto. Ni siquiera me ducho, me limito a remojarme la cabeza con agua fría. Bajo hasta el bar del hotel. No veo a nadie. La verdad es que aunque viera a la persona que espero, es posible que no la reconociera. El aspecto de estos americanos, todos iguales con sus bermudas y su camiseta desgastada, y el estado en el que me encuentro hacen difícil el reencuentro. Por ahí creo reconocer al dueño del establecimiento, un camboyano que ha pasado 20 años en Estados Unidos, y con el dinero ahorrado ha decidido invertir en la tierra que le vio nacer. Me invita a sentarme con él. No tarda en aparecer un amigo suyo, un occidental que parece conocer la zona, de hecho está construyendo un bar a pocas manzanas de allí. Todavía hay inconscientes que se lanzan a montar bares en países un tanto hostiles a la ingerencia de extranjeros en determinados tipos de negocio, en especial los bares con “azafatas”. ¡Allá él! No voy a desanimarle contándole lo que pasa con los extranjeros que se lanzan en similares aventuras en Tailandia.
Tras las consuetudinarias presentaciones y el intercambio de las habituales frases de los primeros encuentros, empezamos a hablar con ciertos eufemismos de lo que nos trae básicamente a este hermoso país.
En vista de que soy de la misma cuerda, me invitan directamente a ir a un bar de putas. ¡Joder, son las siete de la tarde y apenas he comido nada! En vista del amable ofrecimiento, ¿quién se puede negar? Hay que aprovechar el hecho de ir acompañado de un nativo y un conocedor de la zona. Vamos hasta el coche del camboyano y nos dirigimos por las tortuosas calles de Phnom Penh hacia un destino por mi ignoto.
- “¿A dónde vamos?” Pregunto desde el asiento de atrás.
- “Al Mikado” me responden casi al unísono.
- “¿Y eso qué es? ¿Un salón de masajes, un bar?” Pregunto como el pueblerino recién llegado a la ciudad.
- “Ya verás, ya verás. Seguro que te gusta. Hay muchas chicas” me responden antes de proseguir con su conversación.


Gasolineras de fortuna

La capital no es muy grande, por lo que los desplazamientos suelen ser muy breves. Apenas tardamos 10 minutos en llegar al “Mikado”, un bar con viejas cortinas raídas que impiden que lo que sucede en su interior sea visto por los transeúntes. Entramos por una puerta lateral. Una puerta que resulta ser la de una especie de pensión que se ubica en las plantas superiores. Bar de putas abajo y pensión arriba, una perfecta combinación.
La entrada es todo menos triunfal. No es que quiera que se me reciba con vítores y aplausos, pero aquello es algo deprimente. Las chicas no están tristes, más bien lo contrario, están encantadas, pero no por nuestra presencia sino por la telenovela que están viendo en un viejo televisor que parece pegado al techo. Son una docena, de apariencia bastante juvenil, y algo timoratas ya que ninguna se acerca a nosotros, ni tan siquiera un amago hacen. Como mucho, a alguna se le escapa una mirada furtiva, sobre todo durante los espacios publicitarios. Cuchichean entre ellas como si fuéramos a entender algo de lo que dicen. Bueno, lo cierto es que Kim, el camboyano, sí podría entenderlas.
Me sirven un whisky que bebo con cierta desgana. No son ni las ocho de la tarde, me he levantado hace menos de dos horas, y esto es prácticamente mi desayuno.
- “Hoy no están bien. No nos dicen nada”. Comenta con aires de experto el otro occidental del grupo.
- “Pues no. No sé. Sí, es raro. En un bar de estos, algo tendrían que decirnos, por lo menos pedirnos alguna bebida o algo”. Respondo por decir algo.
- “Nos terminamos las copas y vamos a otro lado”. Afirma con rotundidad el Cicerón de la velada.
- “De acuerdo, lo que digáis, a mi me da igual”. Les digo como un pelele sin personalidad propia.

La verdad es que no me siento en plenitud de facultades. La sangre que fluye por mis venas todavía está muy limpia. Todo es cuestión de tiempo.
Salimos del bar dejando atrás a las muchachas arremolinadas alrededor de una mesa como protegiéndose las unas a las otras, una visión algo descorazonadora, sin duda.

Nos volvemos a meter en el coche, pero apenas recorremos unos centenares de metros. Entramos en otro antro de reducidas dimensiones. El recibimiento es bien distinto. Las trabajadoras, aquí, son unas profesionales, profesionales del amor como llaman eufemísticamente algunos a las putas.
No somos los primeros, casi diría que somos de los últimos dada la escasez de espacio. Nos acomodamos en un extremo de la barra, algo que es ya una constante en mi vida. Vaya donde vaya, siempre acabo en el extremo de una barra. Antes de que nos hayan servido las copas ya estamos rodeados de estas maravillosas sílfides. Como casi todas las que se dedican a estos menesteres por estos pagos, rezuman juventud por todo su ser, hasta el punto de confundir a cualquier novato por tierras asiáticas, que podría llegar a pensar que no alcanzan la mayoría de edad. La posibilidad de confusión se duplica en el caso de ser periodista, algo paradójico si tenemos en cuenta que los profesionales de la información deben saber más que el común de los mortales, sobre todo cuando tratan temas tan delicados como la edad de las mujeres que ejercen la prostitución en los bares de Phnom Penh, no sólo por ellas sino por los que somos sus clientes.


Utilícese sólo en caso de urgencia

Mientras doy el primer sorbo a mi copa, siento una mano que me desabrocha el pantalón y suavemente introduce su pequeña mano dentro de mi ropa interior. Sin despegar la copa de mis labios, doy otro sorbo. A pesar de los años que vengo ejerciendo de putero, sigo siendo una persona con cierto pudor en determinadas circunstancias, y ésta es una de ellas. Lo cierto es que todos sabemos a lo que venimos, sin embargo la actitud de la mozuela, no deja de resultarme chocante. Hablo de “la mozuela” pero lo cierto es que son tres las que se dedican a mi persona, aunque es sólo una la que, nunca mejor dicho, tiene la vara de mando. Por turnos, me van mostrando sus encantos. Una de ellas, la del mando, chapurrea algo el inglés, cosa que facilita enormemente la comunicación en el cuarteto que formamos. Prosiguen con su seducción, tanto con la mirada como con los gestos. “¿Por qué hemos nacido los hombres con un solo cimbrel? Las serpientes tienen dos” pienso mientras se me aceleran las pulsaciones por momentos. Tras varias erecciones, que aborto voluntariamente suplicándole a mi nueva amiguita que se tenga la mano quieta un ratito, le pregunto a mi acompañante cómo funciona la cosa en este local.
- “Pues mira. Aquí son unos 17 dólares con todo incluido. Subes con la chica por aquella escalera, os metéis en la habitación con aire acondicionado, y cuando hayas terminado pagas aquí, en la barra” me explica mientras es sobado por otras hetairas.
- “¿No tengo que pagar antes, ni darle a ella nada, ni …? No termino mi frase. Mi masajista particular ya se ha puesto manos a la obra de nuevo.

Está claro que quieren que me decida por una de ellas cuanto antes, ¿o no está tan claro?
- “Es que no sé por cual decidirme, sois las tres muy guapas” No lo digo por cortesía, es bien cierto que cualquiera de ellas se merece ser la elegida.
- “No tienes que elegir, nos puedes llevar a las tres” me dice la anglófona incipiente.

Dios, Dios, Dios, no puede ser verdad lo que me está pasando. Si me tengo que morir que sea ahora, en el culmen de la felicidad, en la antesala del paraíso. La escasa ingesta de alcohol es beneficiosa, por partida doble, en esta ocasión. Por una parte me impide que cometa la barbaridad de encontrarme en la cama con tres bellezas y caer en el primer round, y por la otra podré gozar del sexo sin estar apenas anestesiado por las benzodiacepinas y el whisky.
Esto es lo que debería hacer siempre, ir de putas a las siete de la tarde y emborracharme luego, y no irme a las cinco de la mañana a un motel de infierno, con una castaña del 15 y acompañado por un resto de serie de cualquier puticlub de tercera regional.

La elección y la erección son duras. Pero debo decidirme pronto, si tardo un poco más, ya no hará falta que suba, habré derramado mi precioso líquido a los pies de la barra o, todavía peor, en el interior de mi ropa.
Aunque sigan mostrándome sus pequeños y no tan pequeños senos turgentes, ya tengo decidido a quién me voy a llevar. No podía ser otra que la que lleva la voz cantante, más que nada, como premio a la perseverancia.
Para que la situación no parezca tan violenta, por lo menos para mí, hago el paripé de elegirlas por sorteo, un sorteo que parece haber sido montado por trileros.
- “… y al final la afortunada eres túúúú!”. Digo señalándola y poniendo cara de sorpresa o de gilipollas, no sé.
- “Ya nos lo imaginábamos”. Supongo que dicen las otras por la expresión de sus rostros, que no por sus palabras.
- “Mañana vuelvo y me voy con vosotras”. Les digo intentado arreglar una situación que no tengo por que arreglar.
- “Sí, sí. Que os vaya bien”. Intuyo que me dicen, aunque es posible que lo que saliera de sus bocas fueran sapos y culebras sobre mi persona, si bien no lo creo, este tipo de maldad todavía no ha llegado a este país.

Subimos por una escarpada escalera que nos conduce al primer piso. Allí nos espera la mujer encargada de tenerlo todo como los chorros del oro. Entramos en lo que se podría denominar habitación. Se trata de una especie de habitáculo de techo bajo instalado dentro de otra habitación más grande que ocupa toda la primera planta, algo muy extraño, una especie de zulo con cuarto de baño adosado.
Una de las ventajas a la hora de viajar por estos países de clima caluroso, es que se lleva poca ropa, por lo que quedarse en pelota picada es cuestión de pocos segundos. Mi acompañante eventual sigue mis pasos y se disculpa un momento para ir al baño. Yo, tumbado en la cama, miro al techo y pienso: “¡Qué mal repartido está el mundo! Yo, que no doy apenas golpe, aquí, a punto de beneficiarme a una sílfide, y mis amigos en España, toda la vida currando, y están pelándose de frío y pelándose la …”.
Apenas pasados un par de minutos, aparece por mi izquierda la jovenzuela con una toalla enrollada al cuerpo, toalla que tarda pocos segundos en desaparecer de mi vista. Tengo cierto temor a que el atrevimiento, del que hacía gala en el bar, fuera una simple máscara para atraer a incautos que luego ven defraudadas sus expectativas, algo que, por desgracia, es harto frecuente en estos ambientes.
Gracias a Dios, me equivoco. Todavía no han llegado las “malas costumbres”a Camboya, y aquí “lo que ves es lo que hay”, sin truco que valga.
Desde el primer momento toma ella las riendas de la situación. Yo, sólo debo quedarme en posición horizontal y disfrutar de sus habilidades. Cierro los ojos. Pero no tardo en volver a abrirlos. Por extraño que parezca, estoy a punto de dormirme. ¡Y sólo faltaría eso! Que estando a punto de rozar el paraíso con las yemas de mis dedos, me pusiera a roncar. Serán cosas de la edad … y del alprazolam, supongo. “Será cuestión de moverse un poco” pienso en mis adentros. Dado que el calentamiento empezó hace casi una hora, lo de subir a la habitación es sólo para rematar la faena. Toda su anatomía ha rozado ya en algún momento mi órgano más apreciado. La cosa está apunto de estallar. “¿Ves aquel cuadro?” le pregunto. “Sí” me responde algo sorprendida. “Pues ahora te pones a cuatro patas y lo miras hasta que yo te diga” le digo en un inglés básico. Pim, pam, pum, fuera. Hale, ya estoy listo. Las virguerías las dejo para cuando hay “gratis total”. Cuando tengo que pasar por caja, el que decide cuando empieza y cuando acaba la fiesta soy yo. Además, apenas ha empezado la noche, y algo me dice que hoy va a haber doblete, algo que, cómo los equinoccios, ocurre dos veces al año, a lo sumo…
Vestidos y arreglados, y con la cara todavía sonrojada por el ejercicio desarrollado, bajamos hasta el bar, donde nos esperan mis amigos de la noche. Tomamos una copa más. Mi partenaire sigue a mi lado, pero no me pide nada, ¡bien por ella!
El ambiente empieza a agobiarme. Ya he descargado, y estar en un bar de putas cuando tienes la libido por los suelos, es como irte al Carrefour después de haberte comido una lechona.
Le doy 20 dólares a la cajera con los que pago chica y copas. Me despido de mis amigas ocasionales. Salimos del local. Kim, el camboyano, se desmarca. Mañana tiene que trabajar.


¡Tampoco es para tomárselo así!

- “¿Conoces el Zanzi bar?” Me pregunta el americano.
- “Pueeesss, la verdad es que no me suena” le respondo con franqueza.
- “Tengo allí unas amigas que te gustarán” asevera el hombre.

Nos hemos quedado sin coche, por lo que llamamos a un par de moto-taxis. El americano se encarga de negociar. Mejor. Hace tiempo que no ando por aquí, y no recuerdo ya las tarifas.
- “Un dólar”
- “Medio dólar”
- “… OK”
- “¡Zanzi baaar! ¡Allá vaaamooos!”

12.9.06

"One night in Bangkok makes a hard man humble"

“One night in Bangkok makes a hard man humble” (Una noche en Bangkok hace humilde a un hombre duro), cantaba en los ’80, Murray Head. Ciertamente, Khrung Thep Mahanakorn (126 palabras más conforman el nombre real de la ciudad), conocida como Bangkok por los extranjeros, sugiere multitud de sensaciones, una de ellas puede ser que eres humilde en el fondo de tu ser, allí ves que no eres nadie, o más bien que eres uno más entre este gentío multicultural. Indudablemente se la relaciona con el sexo, más que nada, por la imagen que la industria cinematográfica ha querido dar de ella. La realidad es muy distinta, si bien, no menos placentera. En una urbe de más de 11 millones de habitantes, la oferta sexual enfocada hacia los extranjeros queda reducida a cuatro calles que no suman ni tan siquiera los cinco kilómetros.


La belleza thai es indiscutible, ¿o no?

Pero, sin duda, esas pocas calles dan mucho que hablar. He visto incluso películas, en las que la trama se situaba en Filipinas o Vietnam, y estaban rodadas en esas famosas calles de Bangkok. Sin duda, Bangkok es una ciudad en la que se puede gozar del sexo, pero está lejos de lo que a cada momento proclaman las televisiones españolas (Antena 3, El Mundo TV, etc.): “La capital mundial del sexo”. Me irrito sobremanera cada vez que oigo estas palabras. ¿Alguien se ha dado una vuelta por las ciudades españolas de noche? Eso sí es deprimente. Prefiero no seguir hablando del tema.

Tras mi aventura malaya regreso a Bangkok. ¡Estoy en casa! Exclamo interiormente. Resulta curioso que en un país que dista mucho de ser oficialmente el mío, perciba esta sensación de seguridad que supone el llegar a casa. Lo he comentado con varios amigos, y no soy el único que se percata de este sentimiento.
Una vez instalado en casa, no me queda más que deshacer las maletas y reemprender mi “dura vida bangkokiana”. Las putas, mi punto de referencia en esta urbe, apenas se habrán percatado de mi ausencia. La más avispada me preguntará dónde he estado todo este tiempo. Dada mi supuesta, por ellas, condición de piloto, no se extrañan de que les diga que he pasado unos días en Malasia, como si les digo que he estado en Buthan, tanto les da. Lo importante para ellas es que estoy allí y, por ende, las puedo invitar a una copa. Aunque he de reconocer que no todas son tan interesadas, y tienen bien aprendida la lección: la que pide se queda sin copa, sólo invito a las que no lo solicitan. Saben ya bien, las veteranas, que sólo invito cuando quiero. Las invitaciones al tuntún quedan reservadas para los turistas deslumbrados ante tanta exhibición de lujuria. Los habituales estamos ya curados de espanto, y frente a una vulva rapada a escasos centímetros de nuestro rostro, apenas nos inmutamos. El único comentario que me atrevo a hacerles, si se tercia, a cualquiera de estas descarriadas, es que se afeite el vello púbico, que ya le ha crecido, y esos pelillos incipientes pueden molestar a sus potenciales clientes.


Hay sitio para todos en Bangkok

Siguiendo con mi, hasta cierto punto, rutinaria vida siamesa, salgo de Nana Plaza sorteando pedigüeños, niñas “vende rosas”, travestís, algún espontáneo elefante, y toda suerte de obstáculos, a cada cual más extraño. El más atractivo y llamativo para los advenedizos es el puestecillo de insectos (muertos, se entiende), preparados para ser degustados. Gracias a este carromato, ya mundialmente famoso, todo el mundo se empeña en que los tailandeses comen este tipo de “bichejos” habitualmente, cosa totalmente falsa. No digo que en alguna ocasión no lo hagan, de hecho incluso yo he comido, pero de ahí a considerarlo parte de su dieta habitual, hay mucha distancia. En vista de que los turistas sienten gran atracción por su negocio, pero no efectúan ninguna compra, han optado por poner un cartel con la bien explícita frase: “Take photo. Please tip” (Una foto. Propina por favor). Lo cierto es que nunca he visto a nadie dar propinas, pero si cae, cae.

Los puestos ambulantes que se instalan en Sukhumvit a partir de las doce y media, están terminando sus preparativos para recibir a la riada de putas, puteros y espontáneos. Unos para reponer fuerzas comiendo cualquiera de los manjares sazonados con la inconfundible contaminación de una de las calles más importantes de Bangkok. Otros para seguir llenando su cuerpo con cualquiera de los escasos alcoholes que allí se sirven. Ceo que no hace falta decir a qué grupo pertenezco yo.
Ese momento, el de la primera copa en la calle, es un breve descanso tras el ajetreo que se respira en los go-go bars.
Comienzo con mis delirios en los que imagino que en cualquier isla de las que están a pocos kilómetros, encontraré a la persona de mi vida. Sé que no es cierto, pero aquí, en pleno Bangkok, con los buses rugiendo a mi espalda, pienso que eso puede ser posible. Obviamente, cualquier atisbo de fantasía se desvanece al día siguiente bajo los efectos de una resaca que reconduce a la realidad a cualquier ser viviente. Sí, he vivido, por unos breves instantes, “El Lago Azul”, pero ha sido una mentira más, fruto de los efluvios de Johnnie y la incansable labor de mi amigo Xanax. ¡Qué más da! Todo se cumplirá el día en que emprenda el viaje final. ¡NO! No me pregunten ni cuándo ni dónde, esto es Alto Secreto de Estado. Puede ser hoy o dentro de veinte años. Mi mente es totalmente anárquica, y nunca sé cuándo dará la orden definitiva. Que nadie se preocupe, los habituales seguidores de mis andanzas sabrán de mi devenir, más que nada, porque sin o publico pasados unos meses, significará que he emprendido el viaje sin retorno, probablemente en un país lejano … o no. Sin duda, una de las cualidades que tienen estos países, es que te permiten vivir realidades virtuales y al mismo tiempo reales. “Estoy, pero no es cierto lo que estoy viviendo” es una de las frases que más oigo entre los “newbies” (noveles, recién llegados). Y es cierto, incluso pasados los años, la esencia de esta sensación sigue siendo la misma. ¿Es verdad lo que me está pasando?
¡Santo Dios! ¡Tantos pensamientos en tan poco tiempo!


Lo han adivinado, es Lipton en tailandés

Me distraen la atención un par de putas de mi burdel habitual que apenas reconozco con su indumentaria “de calle”. Me saludan, pero poco más quieren saber de mí. No sé si es por orden de la empresa o simplemente porque están agotadas de tanto mostrar el coño, y quieren descansar y mostrárselo a otro que no lo ha visto en toda la noche (¿su marido?). Tanto da. Para ellas soy casi el hermano mayor, por mi asiduidad en su lugar de trabajo, y no quieren saber nada de incestos.
Tras mis copas habituales, mi comportamiento se convierte en algo autista, debo sentrme en un determinado lugar, tomar un número exacto de copas y cambiar de sitio a una determinada hora. Cosas que tiene uno. Desde mi lugar habitual (mismo bar, misma mesa, misma silla, etc.) me desplazo hacia la “estación terminal”, el soi 13.
Por el camino doy con una joven con carrito de niño y, a cierta distancia, un hombre blanco. No salgo de mi asombro, es Nong Phim, la chica que aceptaba lo que fuera a cambo de unos euros. ¿Qué hace ella con un bebé y un marido? ¿Alguien se ha apiadado de ella y la ha sacado del camino equivocado por el que transcurría su vida? Por su bien, confío en que así haya sido. Cosa que no me impide recordar el chiste (resumido) que nos suele contar mi amigo Leo:

- ¡Te la voy a meter donde nadie te la ha metido!
- … Pues como no sea en el bolso …(dice ella)

Sobran los comentarios y dejo a la imaginación de cada uno, los “numeritos”erotico-festivos que he montado con Nong Phim durante varios años, tanto en hoteles de mala muerte como en mis aposentos, cosa rara ya que no acostumbro a desvelar, y menos mostrar, mi lugar de residencia
La verdad es que me alegro de que haya encontrado cierta estabilidad, y no se dedique a “pelandrusquear” con individuos como yo.


Comer, comer y comer, no se hace otra cosa en Tailandia

Llegado a la estación terminal, donde los clientes también solemos ser individuos en fase terminal, una de las que ponen copas (no la llamo camarera porque no llega a tanto) se apresura en buscarme una silla VIP, que se distingue de los demás asientos por contar con respaldo. Soy VIP, mi ego se hincha por momentos, si bien el hecho de ser VIP en un callejón oscuro rodeado de putas y borrachos, no sé si tomarlo como un halago o como un insulto hacia mí mismo. Me da igual. Lo que quiero es que me traigan mi whisky ya.
Pregunto por Thomas, un amigo sueco con el que solía conversar cada noche. Me dicen que hace días que no aparece por ahí. Probablemente se haya marchado a alguna isla perdida por el golfo de Siam, ya que hacía tiempo que me había comentado su intención.
Otro que ha desaparecido es el vendedor de frutos secos hindú. Un curioso hombre que recorría la calle arriba y abajo con su cesta repleta de diversos frutos secos, algunos de ellos desconocidos para mí. Recuerdo las noches en que el pobre hindú se quedaba dormido en cualquier rincón de la calle, y las putas se le aproximaban sigilosamente para robarle un puñadito de anacardos.


El manisero hindú

Una de las características de Bangkok es la fugacidad de las amistades, y más si hablamos de las que se forjan durante las lujuriosas noches bajo los efluvios del alcohol. La gente viene y va. Desaparece y vuelve a aparecer al cabo de años o no vuelve a saberse nada nunca más.
Al margen de los habituales del soi 13, aparecen espontáneos que, o bien la casualidad los ha llevado hasta allí, o bien la fama del callejón del vicio ha traspasado fronteras, y una visita es obligada por parte de cualquier noctámbulo que se precie.
Esta noche, los “invitados de honor” son unos islandeses. Destacan entre el resto de clientes por su rubia, casi blanca, cabellera. Me siento a su mesa o ellos se sientan en la mía, que no es que sea mía porque hay otros contertulios, lo cierto es que el trasiego de mesas y sillas es continuo, en función de los corrillos que se van formando.
Por lo general, las conversaciones son interesantes. Gentes de los cuatro rincones del mundo se dan cita allí para intercambiar conocimientos sobre sus lugares de origen u otros lugares que han visitado en sus, en algunos casos, ajetreadas vidas.
La noche transcurre con total relajo. Mis conocimientos sobre Islandia se amplían más que con una sesión intensiva de reportajes del “Nacional Geographic”. Sin embargo, rara es la noche en que no se produce algún altercado en la infame calle. Mientras uno no sea protagonista y pueda contemplar el “espectáculo” a una distancia prudencial, el asunto puede llegar a ser hasta irrisorio. Pero hoy, el destino ha querido asignarme el papel de actor secundario, afortunadamente, en cierto modo.
La presencia de un inglés menor de 30 años y en estado ebrio, comporta problemas, tarde o temprano.
Voy a explicar la historia desde el principio. Hace un par de noches tuve la ocasión de conocer a uno de estos individuos, con el que en España habría rechazado cualquier contacto, pero al estar a 11.000 kilómetros de su tierra, pensaba, erróneamente , que podía ser distinto a sus congéneres que pululan por la isla en la que vivo gran parte del año. Craso error el mío. Un inglés “follonero y agresivo” lo es allí donde esté, lo lleva en sus genes.
Volviendo a la noche que nos ocupa, en un pispás, y sin venir a cuento (a mi entender), el británico insulta y amenaza a uno de los islandeses. Empiezan a caer copas y botellas al suelo, los taburetes pierden su verticalidad y sólo se oyen gritos e insultos proferidos por el súbdito británico. Sólo acierto a entender “Fuck you, fuck you”. Todos los que allí estamos despertamos de ese semi-trance en que nso encontramos por la ingstión de alcohol. Estupefacto, no sé cómo reaccionar. Conozco a ambas partes e litigio, y no entiendo en qué radica el problema. Los islandeses, más sabios que nadie, optan por tomar el primer taxi que aparece por la zona y desaparecer acompañados de dos damiselas. Me sabe mal no poder despedirme de los islandeses en las condiciones adecuadas. Interrogo al británico sobre el motivo de la disputa. De sus palabras no saco ninguna explicación coherente, por lo que dejo pasar el asunto, que pasa a ser una más de las anécdotas que constan en el imaginario archivo del soi 13. Pero la cuestión es que el puto inglés ha querido agredir, sin razón aparente a los dos pacíficos islandeses que han huido despavoridos ante semejante exhibición de agresividad injustificada, tan propia de los enfermos “hooligans” británicos. Ya lo digo hace tiempo: no habría que permitir a los británicos menores de 30 años salir se su país, son una fuente de problemas, en Mallorca y allí donde vayan.
Los testigos involuntarios, nos quedamos allí, con aire de seres despendolados, sin saber a qué atenernos. El inglés gritando y nosotros sin saber a qué viene tanto alboroto. Inútil preguntarle al sujeto el motivo de su ira. Cualquier respuesta quedará invalidada por su estado de ánimo, su procedencia y su supuesto alto grado de alcohol en sangre. Intentamos zafarnos de esta persona tan indeseable y sin embargo tan amigable hace un par de noches. Nuestro empeño, basado en la ignorancia sobre la presencia de tal sujeto, da sus frutos. No tarda en abandonar el lugar acompañado de una pobre desgraciada, que doy por hecho no tardará en abandonarlo.

Alrededor de las cinco de la mañana, acuden puntualmente unos monjes de extraño aspecto. Los que conocemos Tailandia distinguimos a la perfección a los monjes budistas de la corriente “Theravada” (la que impera en el país) de otras corrientes distintas como la Zen, Mahayana, Tibetana, etc. Estos monjes, un hombre y una mujer, nos llaman poderosamente la atención, en primer lugar porque no hablan nada de tailandés, y sobre todo porque piden dinero con un pequeño cazo de alpaca dorada, cosa totalmente prohibida en el budismo. La tradición establece que los mojes salgan antes de que salga el sol con unos grandes recipientes que llevan colgado del cuello y la gente ofrece voluntariamente, ya sea comida o dinero, pero en ningún caso el monje lo solicita, ni tampoco lo agradece, por lo menos de forma explícita. La “recompensa” la tendremos nosotros en el esta vida o en la próxima.


El monje "sospechoso"

La actitud de estos “monjes” caídos del cielo, me irrita noche tras noche. Envalentonado por el alcohol, la rabia y el apoyo de lo que me acompañan, interpelo en tailandés con insistencia a uno de estos individuos. “¿De qué religión eres, budista?” le pregunto. Como única respuesta obtengo una amplia sonrisa y un leve movimiento de cabeza afirmativo. Prosigo con mi batería de preguntas: “¿De dónde sois?”, “¿Dónde está vuestro templo, vuestra casa?”. Su mutismo es inalterable. Sólo una palabra les hace reaccionar: “Falungong”, nombre de una prohibida y perseguida en China. “No falungong” dice con una actitud entre indignada y temerosa. Vamos aclarando las cosas. Uno de ellos, incluso me muestra su billete de avión y su pasaporte. Efectivamente son chinos y no quieren que se les relacione con la polémica secta por miedo a las posibles represalias. Otro hecho me llama poderosamente la atención. La monja, vestida de gris a diferencia de su compañero vestido de azafrán, se irrita a causa de mi interrogatorio, se da la vuelta y se marcha mascullando indescifrables palabras. Los auténticos monjes budistas son imperturbables, y en ningún momento expresan su estado de ánimo, como mucho esbozan alguna sonrisa. Igualmente me hace sospechar sobre la autenticidad de los religiosos el hecho de que circulen únicamente por una zona frecuentado por extranjeros que, lógicamente, no distinguen unos monjes de otros, y con todas las buenas intenciones del mundo, entregan el parné a los supuestos estafadores.

Curiosamente, mientras estoy sentado frente a mi vaso de Black Label y medito sobre el hecho de que mi delirio va “in crescendo” a medida que pasa el tiempo, oigo algo que me resulta familiar. Un grupo de jóvenes con greñas y extraño aspecto pasa delante de mí hablando español. Mi ánimo no está para entablar nuevas relaciones y los dejo pasar sin dirigirme a ellos, y además ¿qué les voy a decir? “Hola, soy español como vosotros”. No es una tontería y una primada propia del que no ha salido en su vida de su casa. Sin embargo, me hacen recordar la primera vez que puse los pies en esta tierra. Por aquel entonces, la media de edad de los visitantes, españoles en especial, era mucho más alta. No había prácticamente nadie de 22 años circulando por tierras tailandesas. El abaratamiento de los vuelos y la mundialización han hecho que cualquiera pueda plantarse, sin despeinarse, en cualquier lugar del mundo en menos de 24 horas. Pero me consuelo pensando en que yo tengo casi 20 años más de experiencia que ellos, aunque en el fondo, qué más da.
La noche ha sido intensa. La alarma interna, que me indica que el nivel tolerable de alcohol está a punto de ser alcanzado. Me despido de los contertulios que quedan. Me voy a la boca del soi contiguo, en el que yo vivo. Procuro caminar en línea recta para mantener la dignidad, aunque la verdad es que los que me observan están casi peor que yo. Confío en encontrar una moto (a parte de la que llevo encima) que me lleve hasta mi hogar. ¡Maldita sea! No hay ninguna. En el lugar donde se apostan los motoristas hay una silla de plástico. “Pues me sentaré y esperaré” me digo. Pasan los minutos y aquí no aparece nadie. La situación se agrava por momentos, ya hablo solo, y no por dentro precisamente. “¿Qué coño hago sentado en una cochambrosa silla de resina barata en una calle sin iluminar de Bangkok y además borracho como una cuba?” me pregunto de viva voz, sin vergüenza alguna. He perdido cualquier sentido del ridículo. Bien es cierto que es harto improbable que alguien conocido pase por allí y me reconozca. Mientras sigo enfrascado en mi soliloquio, veo surgir de la oscuridad imperante del soi una solitaria luz. Llegan a mi rescate “Cabrón. ¿Dónde estabas” acierto a decir, en español, obviamente. Con lengua de trapo le indico que me lleve a casa. Me monto en la moto procurando no perder el equilibrio y, sobre todo, no hacérselo perder a él. El aire, todavía relativamente fresco de la mañana, me despeja un tanto. Llegado a destino, me bajo con cuidado para no acabar en el suelo, le pago los 10 bahts que cuesta la carrera, y entro con la cabeza alta en el portal donde se encuentran los guardas, que, conocedores de mis aficiones nocturnas, no se sorprenden en demasía del estado en que me encuentro y que infructuosamente intento disimular. Una vez frente a los ascensores ya me siento a salvo de miradas inquisidoras. El único peligro, para mi dignidad, es encontrarme a algún vecino. ¡Ting! Se abre la puerta y no hay nadie. Bien. Sólo queda el tramo de pasillo que conduce hasta mi apartamento. ¡Ting! Se vuelve a abrir la puerta, y no hay ninguna presencia humana. Ni las mujeres de la limpieza, ni los árabes de los apartamentos del fondo, ni tampoco el occidental que vive con una joven tailandesa y que supongo que cuando se la ligó pensaba que no era puta, pero eso es otra historia. Sólo que la última prueba: acertar con la llave en la cerradura en el tiempo mínimo. ¡Esa sí que sería una buena prueba para el “Grand Prix”, y no lo de la vaquilla! Me imagino a cada pueblo llevando al borracho oficial de la localidad, y Ramón García animándolos a ver quien abre antes una puerta. ¡Delirios de una noche tropical regada con whisky!
Finalmente accedo a mis dependencias y todavía tengo fuerzas para ponerme frente al ordenador y robar la señal wi-fi de algunos generosos y poco precavidos vecinos. Miro el correo y compruebo, una vez más, que nadie me echa de menos, tampoco me extraña mucho.
No sé si subir a darme un baño a la piscina. No, mejor me quedo aquí, que bastante me ha costado llegar. Más vale no aventurarse en expediciones de incierto final.
Como ya es habitual, pongo el aire acondicionado a tope, me tapo hasta el cuello, enciendo la radio para escuchar las noticias, unas noticias que surgen más de mi imaginación que de la realidad. Me explico. En la radio no hablan como en la calle, lógico. Yo entiendo gran parte de las palabras, sin embargo no logro juntarlas de forma adecuada para darles coherencia, por lo que con cuatro vocablos me fabrico yo el noticiario. Al día siguiente compruebo en la prensa escrita en inglés hasta dónde ha ido mi imaginación.
En estado normal, tardo un tiempo en dormirme, pero en los días que el alcohol ha sido el rey, caigo fulminado, por lo que siempre digo que, en vez de dormirme, me anestesio.


Nos vemos en el soi 13

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que uno nunca se puede aburrir en el soi 13. Tertulias, nuevas amistades, sexo, alcohol, peleas, personajes muy peculiares, todo tiene cabida en este pequeño rincón de Bangkok.

¿Nos vemos ahí?

21.7.06

¡Vaya par de gemelas!

Entre mis delirios oníricos, fruto de la química más avanzada, veo ante mí cómo pasan los días, los meses, los años, los lugares, las personas, las labores, y sigo sin encontrar ese hueco que rellenar y menos con qué rellenarlo. Sé donde está el punto final, pero me resisto a llegar hasta ese lugar, a sabiendas de que lo tengo, a diario, en las yemas de mis dedos. El viaje es rápido, en menos de una hora llego a destino. Pero por un motivo u otro, debo aferrarme a mi presente. Soy mi Dan Brown particular y cada día que pasa escribo una nueva página del “Código de Herr Peter”, en busca, de mi Santo Grial personal. Estas reflexiones suelen ser fruto de un exceso de sobriedad, no por llevar una vida sobria, que no es el caso, sino por estar sobrio, o sea sin alcohol por mis maltratadas venas.
Esta soledad mía, ansiada por tantos (sobre todo casados), me plantea en determinados momentos ciertas dudas. ¿Es normal estar todo el día manteniendo conversaciones interminables conmigo mismo, para no llegar, en muchos casos a ninguna conclusión definitiva?

Un día soleado y un clima agradable siempre contribuyen a alejar estos oscuros fantasmas que se empeñan en acompañarme allá donde vaya. Sólo descorrer las gruesas cortinas de mi lujoso hotel malayo, me permite contemplar las majestuosas Torres Petronas, una maravilla de la arquitectura contemporánea. ¡Vaya par de gemelas!
Hoy es día de cultura. ¡Ya está bien de tantas putas y whiskies! Hay que darle algo al intelecto para que no fenezca de inanición.
Hace ya un par de horas que cerró el comedor donde se sirven los desayunos. Sobra decir que nunca desayuno en los hoteles. Por una parte, debido a que en muchas ocasiones, mi regreso al establecimiento coincide con la hora en que los turistas y gentes de bien bajan a desayunar, y no es plan entrar en el recinto borracho como una cuba, tropezando con las meas y sillas en las que se sientan familias con niños y parejas e luna de miel. No, eso no va conmigo. Además, uno no puede registrarse en recepción a las seis de la tarde elegantemente vestido de uniforme, y pocas horas después aparecer hecho una piltrafa desprendiendo olor a “Eau de Johnnie”.

A pocos metros del hotel se encuentra la oficina de turismo de Malasia. No me he informado demasiado con anterioridad sobre las particularidades de la ciudad. Consecuentemente, la mejor opción es acudir a dicha oficina e informarme acerca de lo que se puede hacer y ver durante unas horas. El lector puede suponer que las excursiones que comienzan a las ocho de la mañana, no caben en mi agenda, por lo que opto por las de medio día y que empiezan sobre la una.
Unas bellas muchachas, como debe ser en este tipo de oficinas, atienden amablemente a todo el que quiera conocer más a fondo el país.
Doy vueltas por el interior del local, más que nada porque hay un aire acondicionado muy agradable, y la humedad exterior es peor, si cabe, a la que hay en Tailandia.
Aburrido de hojear todos los folletos que han caído en mis manos y ver todos los vídeos promocionales, me dirijo hacía una de las damiselas. “Hola, quisiera hacer una excursión para ver un poco la ciudad”. Le digo. “Tenemos excursiones de un día entero y de …”, no la dejo terminar. “¿A qué hora empiezan las de todo el día?” le pregunto. “A las 7,30 de la mañana” responde. “OK, pues esas no. Dígame cuáles tiene que empiecen después de las 12”, le expongo claramente con media sonrisa que denota una vida nocturna agitada.


Impasible el ademán

Finalmente me apunto a una excursión para ese mismo día, por unos 15 euros pasaré una tarde subido en un autobús con aire acondicionado y caminando lo mínimo.
Recorro la ciudad durante unas pocas horas. Nuestro guía, el tigre de Malasia, no para de explicarnos las peculiaridades de un país sorprendente. Lo que más me llama la atención es su sistema político, una monarquía rotatoria. Cada X años, el sultán de una de las regiones pasa a ser rey de la nación. Vemos lo más destacable de la ciudad y regresamos a nuestro punto de partida.


El Tigre de Malasia

Salgo de la oficina de turismo y me encamino hacia uno de los lugares que siempre he soñado con visitar, bueno … tal vez exagero, digamos que me hacía ilusión visitar porque habían aparecido en alguna película: las Torres Petronas. La distancia es corta pero la cuesta arriba y la humedad extrema hacen que el recorrido resulte un calvario. Espero no decepcionarme. No tengo ni idea de lo que hay allí, sin embargo, a medida que me acerco, deduzco que algo interesante debe de haber por el continuo ir y venir de gentes de todo pelaje. Cerca de una de las entradas, un gran panel metálico informa a los advenedizos sobre el origen y la breve historia de estas moles de reluciente aleación. No sé si tiene a mil chinitos sacando brillo todo el día, pero no hay rincón que no esté impoluto.
Una gran puerta da acceso a la torre siniestra, no porque inspire pavor, sino porque está a la izquierda. Una bocanada de aire fresco me da la bienvenida a la vez que esos porteros que lucen más galones que un general inclinan la cabeza como signo de respeto por el honor que supone para ellos que yo visite su lugar de trabajo. Mi fantasía se desborda por momentos …
Todavía no he desayunado, aunque por la hora que es podría decir que todavía no he almorzado. Confío en encontrar algún lugar en le que hay algo apetecible que llevarse a la boca. Recorridos apenas unos metros, me percato que el problema va ser elegir dónde voy a comer. Las dos torres conforman un gigantesco centro comercial, un “Mall” como dicen los anglófonos, que comienza varias plantas en el subsuelo y alcanza hasta los primeros pisos. Nunca había tantas tiendas juntas. Hay sale mi vena pueblerina. Ya sé dónde voy a pasar el día. Parece mentira, pienso, recorrer 12.000 kilómetros para acabar en un centro comercial, eso sí, todas las dependientas llevan velo, lo que le da cierto exotismo. A ver, ¿A cuánta gente le han servido un Big Mac con el velo puesto?


Una hamburguesa con queso y ... velo

Lo cierto es que siempre he tenido más predilección por las grandes superficies que por el monumento a los caídos, de ahí que mi subconsciente me impulsa involuntariamente hasta este tipo de establecimientos. Un auténtico Edén para los consumidores compulsivos. ¿Quién podía imaginar que una edificación de tal calibre podía esconder en su interior un simple “Burger King”?
Lo cierto, por mi afrancesamiento, es que me dirijo a un “Delifrance” (establecimiento dedica a la restauración francesa, en esencia) y pido algo para comer una tartaleta de frutas y un té, soy de los que reniegan del café. Aprovecho para leer un periódico local. Noticia de portada: “Han encontrado al Yeti de Malasia”. Acostumbrado a este tipo de noticias, leo con atención el artículo. Como ya es habitual en estos casos, resulta que una persona cree haber visto un ser bípedo por las selvas de Malasia. No tardo en llegar a la conclusión de que ha sido “una serpiente de verano”, del verano malayo, claro. Pasa tanto tiempo que llego a dirigir el primer alimento sólido de la jornada. Pago y emprendo mi aventura por este macro complejo en el que ninguna multinacional del comercio no está presente. ¿Por dónde empiezo? No sé. Como en el fondo soy un niño, comenzaré por las jugueterías. Entro en la primera como un cliente cualquiera. Mi aspecto es corriente, aunque hay que reconocer que un hombre solo, de 40 años, en este tipo de establecimientos, resulta, cuanto menos, algo chocante. Recorro los pasillos de la tienda mirando si hay algo que me interese. Casi todos los artículos son referentes a películas de reciente estreno, los ignoro. Me dirijo hacia la parte dedicada a maquetas, en especial de aviación. Durante este lapso de tiempo, me percato de que una jovencilla, dependiente del lugar, me sigue los pasos. Eso me mosquea, me irrita. Da la impresión de que pensaran o supieran … bueno, mejor lo dejamos en que pensaran, que tengo la intención de apropiarme de algo suyo. Cansado de la implacable persecución a la que estoy sometido, decido empezar a divertirme. Súbitamente acelero el paso y me pierdo por los pasillos de la tienda. La chica no sabe muy bien qué hacer. Está algo turbada ante una situación que no se esperaba, pero parte de su trabajo es vigilar a los clientes, y no le queda más remedio que intentar seguirme los pasos. Yo la vigilo de reojo para despistarla en sus movimientos. Ya cansada, ella abandona mi persecución y yo abandono el negocio. Me voy a otra tienda en la que supongo que se va a volver a producir una situación similar. Sin embargo, ahora he decidido invertir los papeles, yo voy a ser el perseguidor y los dependientes los perseguidos. Entro en un establecimiento de la cadena internacional Watson’s, una especie de supermercado donde se venden desde chocolatinas hasta medicamentos pasando por paraguas. Miro y tomo en mi mano diversos productos para llamar la atención de los avispados dependientes. No tarda en aparecer el primero. Un malayo rechoncho que se pone a mi lado a colocar productos que están bien en su sitio, por lo que no me cuesta deducir que su función, en este momento, es vigilar cada uno de mis movimientos. Harto ya de mi pasividad e inmovilidad, y habiendo puesto en línea todos los botecitos de vitaminas del estante, opta por dejarme solo. Se desplaza hasta el pasillo situado en paralelo respecto al que me encuentro yo. Llega la hora de la venganza. Me voy a por él. Me sitúo a su lado, a esa distancia en la que el ser humano siente violada su intimidad. El rollizo malayo no sabe qué hacer ni hacia donde mirar. Si da un paso, yo doy otro. “¿Qué tal? ¿Bien?” le digo en español. Como es habitual en Asia, cuando no entienden algo, sonríen y asienten con la cabeza. Su paciencia llega al límite y opta por dejarme definitivamente solo, para que yo pueda moverme a mis anchas por el establecimiento.


Siempre quise tener una foto como ésta

Como adicto al chocolate, el proveniente de la nuez de cacao, me compro toda suerte de chocolatina que me resulte llamativa o novedosa. Entre las mundialmente conocidas marcas, Nestlé, Ferrero, Hershey’s, etc. Me encuentro con un rostro familiar. ¡Es Conguito! El negrito emblema de los conocidos conguitos de chocolates Lacasa. Un trocito de España, junto a los omnipresentes “Chupa.Chups”, en un rincón perdido de la lejana Malasia. Resulta llamativa la reacción de algunas personas ante situaciones semejantes, dan ganas de decir: ¡Eh, que yo soy del país de esto! Son, sin lugar a dudas, restos de paletería que todos llevamos dentro y que afloran en los momentos más inesperados.
Hecha la compra, que no incluye ningún alimento de los denominados “sanos”, decido ir a comer algo. Como ya he comentado en alguna ocasión, una de mis aficiones predilectas cuando visito países nuevos, es ir a los autodefinidos “restaurantes” de comida rápida. Aunque todos parecen iguales, no lo son. En cada país se adaptan a los gustos de la población, en eso radica, tal vez, gran parte de su éxito. La opción escogida para hoy es Burger King. Al margen de las universales hamburguesas, la oferta es bastante amplia, pero mi suerte no. Cada cosa que pido no está disponible. Acabo pidiendo un “filete” de pescado, unas patatas y una cola. Me lo traen todo excepto la bebida. Espero como un pasmarote a que me sirvan el refresco. Me choca que en la bandeja que me han entregado haya un vaso vacío. Miro a una de las chicas, todas ellas cubiertas con un velo negro que las hace indistinguibles, y le señalo el vaso. Su respuesta es escueta pero esclarecedora: “Allí” me dice, mientras me señala una enorme máquina con multitud de grifos. Entiendo que la bebida se paga una vez, o mejor dicho, se paga el recipiente. Luego, cada cliente se sirve tantas veces como quiera. Toda una fuente inagotable de sabores y colores. Curioso sistema que demuestra una confianza ciega en la clientela, o más bien, un buen plan de marketing. ¿Qué pasaría si en España se adoptara este sistema? Prefiero no imaginármelo. Familias enteras con garrafas aprovisionándose para todo el fin de semana, sería una estampa habitual. Pero aquí, en Malasia, tras casi una hora de observación junto al aparato en cuestión, no he visto repetir a nadie. Asia es otro mundo, no en balde paso gran parte del año por estas tierras.


Una fuente inagotable no apta para diabéticos

Es hora de hacer un pis. Ante tanta exhibición de lujo, llego a preguntarme si esta gente mea o simplemente vaporiza sus efluvios. Tras algunas indagaciones, localizo los W.C. (toilettes, para el novato que quiera orinar en las Petronas). Me dirijo hacia este lugar de solaz, y un hombre me interpela ante mi súbita “entrada en chiqueros”. Me demanda 50 céntimos de euro (o su equivalente en moneda local) por la utilización de las instalaciones de las que es responsable. Pago, no me queda otra. Eso sí, tras la pertinente micción, me recreo con todos los productos que están a mi abasto. Jabones, desodorantes, cremas, “alter-shaves”, me da igual, he pagado y tengo derecho a todo lo que se me antoje. Pasan los clientes , uno detrás del otro, y yo sigo probando cada bote que me encuentro sobre la repisa. Salgo del mejor urinario del mundo conservando la toallita perfumada que me dio el encargado al entrar. Estas cosas, se guardan como oro en paño. ¿A ver quién tiene una tollita perfumada de las “Petronas Towers”? Pues yo. ¿Quién iba a imaginar que por usar un baño había que pagar el equivalente a medio día de trabajo de un trabajador del país? No tengo los datos que puedan certificar tal afirmación, pero me temo que no ando muy lejos de la realidad.


Uno no se cansa de contemplar bellezas malayas

Tras un buen rato en los mingitorios más costos con los que me he topado en mi vida, decido cambiar de escenario. He oído hablar de un gran centro comercial. Me han comentado que es uno de los más grandes de Asia, pero la verdad, es que hasta que no veo las cosas en primera persona, no me creo nada. Salgo de las Petronas y pido un taxi, que llega raudo y veloz. “To Times Square, please” le indico, como si de un ejecutivo que llega tarde a una reunión se tratara. Craso error el mío el de pedir un taxi. Todo por la pereza de mirar un mapa y animarse a utilizar los servicios de transporte públicos.
Empieza a llover, y no poco. Las lluvias de los países tropicales, son lluvias como Dios manda, a chorro limpio, nada de mariconadas de cuatro gotas. Apenas converso con el conductor, pues lo veo muy enfrascado en la lectura de un libro. Por la edad y el tipo de lectura, que creo adivinar, tiene todo el aspecto de tratarse de un estudiante que trabaja de taxista en sus horas libres. Escucho la radio y me veo metido de nuevo en uno de esos momentos que tan poco me gustan, el momento de pensar. ¿Qué hago aquí? ¿Voy a estar toda la vida igual, de un lado para otro? ¿Sentaré la cabeza? ¿Por qué no lo hago ya? La mayoría de preguntas quedan sin respuesta, cosa que me pone de mal humor. Llevo casi media y apenas he avanzado unos kilómetros. Como no conozco la ciudad, desconozco la distancia que todavía me separa de mi destino. Sí, ya sé que podría preguntárselo al taxista, pero no lo hago, supongo que porque su respuesta me resultaría ambigua y me quedaría igual. Nadie me espera en ningún sitio, una constante en mi vida, por lo que tampoco tengo prisa.
Inmerso en mis oscuros pensamientos, a través de la empañada ventanilla adivino una enorme construcción con profusión de escaparates en su planta baja. El conductor parece animarse, gira a la izquierda y sube por una rampa. ¡Salvado! Ya no tengo que pensar en nada. Frente a mi se encuentra un auténtico palacio de la diversión y el consumo. Mi primer objetivo es ir al cine, otra de las actividades que suelo llevar a cabo en todos los lugares que visito, salvo en los que simplemente no hay o proyectan películas que carecen de interés, especialmente cintas hindúes.
El “Times Square” es bastante más grande de lo que imaginaba. Recurro a un punto de información, en el que una bella indígena me indica la ubicación de las diversas salas. Busco en primer lugar las taquillas para informarme sobre los horarios para poder organizarme un poco. Veo, “grosso modo”, que las cintas proyectadas son prácticamente las mismas que en Bangkok o cualquier otra capital occidentalizada del mundo. Por el horario, más que por otra cosa, me decido por una comedia americana de bajo presupuesto, protagonizada por Steve Martin, un filme que curiosamente será proyectado en España meses más tarde. Nunca he entendido la lógica de los distribuidores. ¿Por qué la mayoría de películas, excepto las mega-produccciones, se estrenan antes en Asia que en España? En algún caso, muy raro, se ha dado el caso a la inversa. ¡Me lo expliquen!

Tengo tiempo para ir a pegar un bocado. Dejo a un lado mi sibaritismo y me voy al Mc Donald’s, más que nada porque me hace gracia que las trabajadoras lleven todas ese velo negro que cada vez me da más morbo. ¿Tendrá el pelo largo o corto? ¿Liso u ondulado? ¿Será calva? Curiosa costumbre, y más cuando la ubicas en el símbolo por excelencia del imperialismo yanqui.
Hay demasiada gente. Me limito a hacer un par de instantáneas, sin flash, no vaya a ser que se mosqueen y salga por detrás de la freidora un integrista con sable y me saque los ojos por haber tomado una imagen de una mujer musulmana. ¡Hay que ver los resultados que está dando en nuestro subconsciente la disimulada propaganda anti-islamista, sobre todo en personas con cierta paranoia como yo!
Me alimentaré con lo que suelo comer a menudo en Bangkok: palomitas, coca-cola y un helado. ¿No dicen que los cereales son muy sanos? Pues los “pop-corns” no son más que maíz en el fondo, el refresco contiene bastante azúcar, y el helado es un derivado lácteo, una comida sana donde las haya.
Antes de que llegue la hora de inicio de la sesión, me doy una vuelta por el complejo. Cruzo una puerta y me quedo boquiabierto. Estoy frente a una montaña rusa. Sí, sí, una montaña rusa en toda regla, nada que ver con esas que montan en las ferias de los pueblos. Huelga decir que el techo, en esa zona del “Times Square”, alcanza varios pisos de altura. Me quedo unos momentos observando cómo evolucionan los vagones de la atracción. Otras instalaciones complementan esta obra de ingeniería, pero no tengo más tiempo, quedan algunos minutos para que empiece la película, y no soy de los que llegan tarde.
Me planto el último en la fila para comprar lo que va a ser mi cena. Junto a la máquina de palomitas detecto un extraño artilugio con una inscripción que me resulta familiar. Me acerco un poco y acierto a leer: MAGGI. ¿Qué pinta esta marca en un cine? ¿Qué saldrá de esa máquina? ¿No será lo que todos imaginaríamos? Dirijo la vista hacia esos clásicos paneles luminosos que informan de los productos que los cinéfilos pueden comprar para disfrutar mientras contemplan su película. No. Lo que leo, debe de referirse a otro local:
puré de patatas, pescado y patatas fritas, maíz, ternera, sándwich de huevo. “nugget “ de pollo, albóndigas de pollo, etc. Pero no. Es cierto. Nosotros somos unos simples que nos contentamos con unas tristes palomitas, pero en Kuala Lumpur se puede ir a cenar al cine. Además, si así lo deseas, te llevan el pedido hasta tu asiento. ¡Alucinante! Todavía hoy no salgo de mi asombro. ¿Qué dirían los puristas del cine que se molestan porque la gente se regala con unas sabrosas palomitas? Si un día tengo la ocasión, le recomendaré a Carlos Pumares que se dé una vuelta por Malasia. Sería algo apoteósico y orgásmico verlo despotricar contra los responsables de las salas por permitir tales desatinos contra el séptimo arte.
Yo, con mi humildad occidental, me compro un cartoncillo de “pop corns”. “Una de palomitas y una coca-cola” le pido al chaval. “Aquí tiene, son 7 ringgits”. Pruebo una. Es dulce. “¿No tiene saladas?” Le pregunto. “No. Sólo dulces” responde escuetamente. Disponen de un menú digno de cafetería, ¡y no tienen palomitas saladas! Cosas veredes, amigo Sancho.
Me pierdo por los laberínticos pasillos que llevan a las distintas salas. Finalmente encuentro un joven que me indica el camino a seguir. Llego con la película comenzada, eso me cabrea.
Las sorpresas no han terminado. Me acomodo en mi, algo desgastado, asiento y me apresto a disfrutar de una cinta que “priori” ya sé que es mala. Parece una contradicción y es posible que lo sea, porque yo mismo soy una contradicción viviente, cosa que siempre achaco a la auto-medicación.
Como es habitual en estos países, las proyecciones son en versión original, en este caso inglés. Para contentar a toda la población, ponen subtítulos en malayo y en chino. Consecuencia: si las frases son muy largas, la mitad de la pantalla son letras e ideogramas. No quiero imaginar una película en francés, porque habría que añadirle la subtitulación inglesa.
No han pasado cinco minutos, y ya entra una empleada con una bandeja para alguno de los que habrá encargado pollo, pescado o albóndigas con puré de patatas. Sobra decir que los efluvios de tales manjares no quedan limitados al asiento del espectador hambriento. No quiero imaginar un fin de semana con algún estreno en cartelera. La mezcla de aromas debe de llevar a más de uno a una situación próxima a la pérdida de conciencia.
Mi periplo por la sala malaya no tiene desperdicio. Tres asientos a mi izquierda está sentado uno de estos elementos que siempre me han fascinado. Van siempre solos, y se meten tanto en la trama que sueltan sonoras carcajadas y se retuercen de risa en su asiento. La película es una comedia. Yo todavía no he esbozado una simple sonrisa, y este hombre roza el ataque epiléptico. Lo miro más a él que a la propia película. En el fondo, si llegara a despertar mi interés la proyección, podría recurrir a internet, pero a este hombre sólo lo voy a ver una vez en mi vida, a no ser que me haga colega y lo invite a un par de sesiones más, cosa harto imposible ante mi inminente partida.
Se encienden las luces. Ya sé qué película no tengo que ir a ver en España cuando se estrene. Echaré de menos al “risitas de Malasia”.
Todas las tiendas de Times Square están cerrando. Busco la salida que lleva al monorraíl, he estudiado el asunto y ya sé que con este medio de transporte puedo llegar hasta la puerta de mi hotel. Antes de cruzar la pasarela que conduce a la estación doy con una especie de panadería. Me compro un par de bollos y trozos de ¿pizzas? Que me vana servir de cena.
La estación y el monorraíl parecen de juguete. Hasta yo, que apenas mido 1,70 tengo que agacharme en algunos momentos. Silencioso, rápido y limpio. ¿Veremos algún día algo parecido en España?

Todavía tengo que hacer las maletas para regresar a Bangkok, pero la pereza me corroe. Me doy una ducha en el más lujoso baño visto hasta la fecha, y me meto en la cama. Abro los paquetes comprados en la panadería y pego cuatro bocados. Ciertamente, una pizza fría no resulta muy apetitosa. Saciado mi apetito. Me doy fuerzas a mí mismo y recojo las cuatro cosas que había sacado de las maletas.
El vuelo no es demasiado pronto, pero para mí cualquier hora anterior al mediodía supone madrugar. De todas formas, “nolens volens”, debo abandonar la habitación antes de esa fatídica hora.
Pongo el despertador y dispongo todo de forma que los esfuerzos para levantarme, lavarme y vestirme queden reducidos al mínimo.

En pocas horas ya estaré de nuevo en casa, la de Bangkok. ¿Qué habrá sucedido durante mi larga ausencia?

1.6.06

Operación Malaya

Una vez más la línea aérea escogida es Air Asia. No son muchas las que cubren el trayecto Had Yai-Kuala Lumpur y en todo caso es la compañía más económica con diferencia. Como ya he expuesto en otras ocasiones, un uniforme resulta muy útil en determinadas circunstancias. Air Asia utiliza el sistema de “free skating”, es decir: corre si quieres sentarte donde más te gusta. Un hombre con uniforme no se cuela, accede a los lugares por derecho adquirido en virtud de su indumentaria. ¡Todavía hay clases! La cuestión es que suelo ser de los primeros en acceder a la aeronave. Me sitúo en el tercio posterior y en asiento de ventanilla. Desde allí puedo observar el paisaje, hacer fotografías y ser el primero en ver que el motor se incendia, llegado el caso. Las tripulaciones de estas nuevas compañías de bajo coste son extremadamente jóvenes, no porque las compañías quieran dar una oportunidad a la juventud sino porque son más baratos. Puedo escribirlo en mayúsculas pero no más claro. La vista lo agradece, pero no sé lo que sucedería en un caso de emergencia. No quiero crear inquietud entre los pasajeros, pero es un elemento a tener en cuenta. Que algunos tripulantes sean jóvenes me parece estupendo, sin embargo, que la media de edad de toda la tripulación (comandantes incluidos) no supere los 25 años da que reflexionar.


KLIA Kuala Lumpur International Airport

Aparto de mi mente estos pensamientos, no por temor, sino más bien por no estar cada día de mi vida pensando en aviones. Me acomodo en mi estrecho y no muy confortable asiento. Por los 30 euros que he pagado, no puedo esperar gran cosa. Antes de despegar tengo la costumbre de leer u ojear todo lo que tengo a mi alcance. En este caso lo primero que leo es la consabida etiqueta adherida a la mesa plegable “Su chaleco salvavidas se encuentra bajo su asiento …”, pero me hace gracia la versión en malayo, porque el avión es malayo, no tailandés. El idioma malayo escrito emplea nuestro alfabeto con diversos acentos para pronunciarlo adecuadamente. La cuestión es que en esa frase leo la palabra “kemelamatan”. ¡Joder! Bonita palabra para alguien que está ya rodando a 300 kilómetros por hora y a punto de levantar el vuelo.
La travesía transcurre sin novedad, aunque debo destacar la amabilidad del personal de vuelo que me ofrece de balde una botella de agua sin haberla solicitado. Gracias. Y gracias a la compañía alemana que me facilitó estas camisas, lo que no pudo pagarme en metálico lo estoy recuperando yo con creces por otro lado.

El aeropuerto de la capital malaya o KLIA (Kuala Lumpur Internacional Airport) como lo llaman ellos, es considerablemente moderno. La riqueza del país, a pesar del crack de 1997, se palpa en el aire. Las flamantes instalaciones dan una idea bastante precisa de las condiciones del país. Lo más engorroso en cualquier viaje es la espera frente a los mostradores de inmigración. La eficiencia del funcionariado malayo se demuestra desde la llegada. Apenas tengo que hacer cola. Me planto frente a la repisa, a la distancia adecuada para que la “webcam” capte bien mi rostro. Un rostro neutro. En estas circunstancias conviene adoptar una actitud estoica. Cualquier muestra de disconformidad por el tiempo esperado o por el motivo que sea resulta contraproducente. De igual modo que una excesiva alegría, por estar de vacaciones, por ejemplo, puede interpretarse como nerviosismo por algo que se quiere ocultar. Hay un hombre, que es quien me atiende, y una mujer que me llama poderosamente la atención. Porta un velo sobre su uniforme. Es algo que choca hasta que llegas a acostumbrarte. El funcionario me mira. Lo veo de reojo porque en Asia está mal considerado mirar fijamente a los ojos, se considera un desafío. Habla con su compañera y pronuncia algo como: “Sala kera xxjjyjx SPANIA jjkxhxlt”. Tras consultar el ordenador y sellar mi pasaporte, me lo entrega mientras me dice: “Bienvenido a Malasia, tiene usted tres meses para estar aquí”. A lo que yo respondo: “Gracias, pero sólo me voy a quedar unos días”.


Belleza malaya

Tenía entendido por mi amigo Paco, que vive entre Bangkok y Kuala Lumpur, que daban únicamente un mes. ¿Será otra ventaja de la indumentaria? Mientras voy a recoger mi maleta, llamo a Paco. “Shiquillo, ¿por dónde andas?” oigo por el móvil, “pues ya he llegado a Kei El” (KL en inglés, que es como llaman a la ciudad los anglófonos). “Oye que me han dado tres meses pa’ quedarme. Tú me dijiste que sólo daban un mes” le digo yo. “¿Y eso?, pos a mí siempre me dan un mes” me replica con cierta indignación. “Paquillo, lo que tienes que hacer es cortarte le pelo, las barbas, ponerte un buen traje y viajar en avión, ya verás como te dan tres meses” le indico con cierto tono académico. “Pues será eso” acierta a decir. Quedamos para ir a cenar esta noche. Mi maleta ya está dando vueltas por la cinta. La recojo. Salgo algo de dinero del cajero y me voy hasta el quiosco que vende los billetes de tren hasta el centro de la ciudad. Enseguida se me acerca un amable caballero. “¿En qué hotel se aloja, señor?” inquiere. “Pueeesss, el Renaissance, creo” respondo yo. “Le puedo ofrecer billete de ida vuelta hasta la estación central y luego taxi por 100 ringgit”. 1 ringgit son 0,20 céntimos de euro. No es caro, pero si él me lo ofrece a ese precio significa, sin lugar a dudas, que si me busco mínimamente la vida, me va a costar la mitad o menos. Dejo al hombre plantado. Justo al otro lado del mismo mostrador circular hay una joven. Me dirijo a ella como el que lleva allí toda la vida, “un billete de ida a la estación central, por favor”. “Serán 15 ringgit, señor”. ¡Joder! Y el otro ya me quería clavar 100, aunque fuera ida y vuelta y con taxi incluido, eso era una puñalada trapera. Además, llevo años trabajando en un aeropuerto y sé muy bien que todo lo que contrates en un chiringuito allí ubicado, es más caro por necesidad.
Antes de salir compro un cartón de tabaco y Armani, mi perfume de toda la vida. Me hacen descuento, como ya es habitual, por ser de aviación. Los precios son similares a los de Tailandia.


Kuala Lumpur en su esplendor

Con mi billete en la mano, bajo hasta el subsuelo del aeropuerto, lugar donde se encuentra la estación de trenes. En menos de media hora ya me encuentro en pleno centro de la capital. Me contraría que durante todo el trayecto, no me ha dado la sensación de estar en Asia. Edificios modernos, autopistas, y toda una serie de elementos que podrían ubicarse en cualquier ciudad occidental. No es que llevara una idea preconcebida de lo que podía ser Malasia, pero tanta occidentalización me sorprende. Tengo la impresión de que KL es una ciudad a medio camino entre la ultra-moderna Singapur y la más “primitiva” Bangkok, cierto es que geográficamente está ahí, a medio camino entre una y otra.
Me bajo del tren y voy en busca de un taxi. Como cualquier hijo de vecino, salgo, veo una fila de personas que esperan ordenadamente los taxis que van llegando y me pongo el último. Llegado mi turno, me monto en el que me corresponde. “Hola, ¿a dónde le llevo?” me pregunta. “Al hotel Renaissance, en la calle …”. “Sí, sí y asé donde está. ¿Me da el ticket?” dice el hombre. En un primer momento no lo entiendo, “¿cómo, qué ticket?” acierto a decirle tras hacerle repetir la pregunta un par de veces. “¡El ticket! ¡El ticket del taxi!” insiste ya cabreado. “No sé de qué me está hablando” digo balbuceante sin saber de qué me está hablando. “¿Usted no ha comprado un ticket para el taxi en la estación, en el mostrador al lado de la puerta?” me pregunta con ciertos aspavientos. “Pues no. A mí nadie me ha dicho nada y yo no he visto ningún chiringuito de venta de billetes. Es la primera vez que vengo aquí y si nadie me dice nada, yo no puedo saberlo”, esta vez soy yo el que está cabreado. Mientras el taxi sigue avanzando. En vista de que discutiendo no vamos a llegar, figuradamente, a ninguna parte, el hombre ya se calma y me explica lo que nadie me había explicado antes. La cuestión es que al llegar se debe comprar un ticket para utilizar un taxi. Una medida muy sabia que evita la picaresca a la hora de tratar con turistas. El precio es fijo (12 ringgit) de este modo no cabe la posibilidad de timar al incauto recién llegado. “Mire, le llevo porque ya estamos en marcha” me anuncia. Toda la conversación se desarrolla con cierta fluidez, no porque mis conocimientos lingüísticos lleguen hasta el malayo, sino porque la práctica totalidad de la población habla inglés, un inglés más que decente. Llegados al hotel, me encuentro sin cambio. El taxista, se esmera en su trabajo y va él mismo a buscar cambio al interior del hotel, igualito que en España. No le doy propina porque no procede en ese país, o eso creo. La cuestión es que el cabreado taxista, se ha convertido en cuestión de segundos en un hombre amable y servicial. Menos mal. Las primeras impresiones en un país nuevo son fundamentales.
El hotel es de un lujo que echa para atrás. ¡Madre mía! Todo lleno de botones a la vieja usanza, techos altos, columnas dóricas, mármoles y metales pulidos que dañan los ojos.


Las famosas Torres Petronas. Una visita obligada

Me temo que voy a tener que buscar otro sitio, esto parece prohibitivo. No soy de los que se alojan en la pensión más barata de la ciudad, pero uno tiene sus límites. Pero ya que estoy allí, preguntaré en recepción cuáles son las tarifas. “Hola, ¿tienen alguna habitación individual libre para unas noches?” pregunto con seguridad, como si estuviera en mi salsa. “¿Es usted tripulante de aviación?” inquiere ella. “Sí, claro” le respondo señalando mis galones en las hombreras. “Un momento …, mire si quiere una habitación con cama doble le va a salir más caro. Las de camas individuales son más económicas.” Me comenta la chica. “Bueno, yo quería una cama grande, pero me conformaré con la sencilla, y … ¿cuánto cuesta?” pregunto algo temeroso de oír una respuesta que me obligue a inventar una excusa para marcharme a otro sitio. “La tarifa es de 350 ringgit (70 Eur.) Pero para el personal de aviación es de 180 (36 Eur.)”. “Ah, bien, me quedaré cuatro noches” respondo con aire de potentado acostumbrado a manejar grandes cifras, pero por dentro me digo: “Joder, joder joder, ¿cómo puede ser? Si esto es un cinco estrellas con toda clase de lujos y en pleno centro de la ciudad. Esto es alucinante”.
Formalizado el registro, viene un mozo de botones relucientes que me acompaña hasta mi nuevo aposento. La moqueta es tan gruesa que se hunde medio zapato a cada paso. Los ascensores están forrados de madera y las partes metálicas están tan pulidas que parecen un espejo. Entramos en la habitación y lo primero que veo son las camas individuales. Si éstas son las individuales, ¿cómo serán las dobles? Allí se puede hacer un combate de pressing-catch sin caerse de la cama. Un escritorio de ejecutivo con conexión a internet completa el mobiliario que cuenta, lógicamente con un gran televisor. ¡Pero no hay TV5MONDE, joder! Pero bueno, tanto lujo podrá suplir esta falta, me contentaré con el Discovery channel y alguno de películas. La vista no tiene desperdicio. Desde el gran ventanal contemplo en todo su esplendor las torres Petronas. Voy al cuarto de baño para darme una ducha. Aquello también es de película, bañera para baloncestistas, ducha con paredes de cristal, grandes espejos y al lado uno de estos con efecto lupa para verse la cara en toda su amplitud, cosa que me recuerda la cara que tengo al usar uniforme en horas no laborales.
Me doy una ducha, uso todos los potingues que ponen a mi disposición y me meto en la cama para echar un sueñecillo antes de ir a reunirme con Paco. Estando tumbado, algo me llama la atención en el techo. Parece una mancha. Pero no es posible en un lugar tan impoluto. Me levanto y me pongo de pie sobre la cama contigua. No alcanzo a ver esa extraña cosa. Como cuando era niño, me pongo a saltar sobre la mullida cama, para ver si de este modo mi vista logra descubrir de qué se trata tan extraño signo, porque forma irregular de mancha no tiene. Si se trata de una cámara espía, no se han esmerado mucho en disimularla. No sé. Los saltos que doy procuran un efecto de reactivación de mis neuronas. Parece una flecha, una flecha que señala hacia algún lugar. En “El Código da Vinci” no dicen nada de flechas en las habitaciones de los hoteles, o sea que no creo que me encuentre ante un gran misterio que deba descifrar. En mi último salto, que uno tiene un límite para cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, acierto a ver unas letras: N y S.


¿Hacia dónde miro?

Con las neuronas a pleno rendimiento, ato los cabos. Estoy en un hotel de un país de mayoría musulmana, los huéspedes son en gran parte musulmanes. ¿Y qué hacen todo el día los musulmanes? ¡Pues rezar! O así debería ser, como ellos preconizan. Misterio resuelto: la “mancha”, es una flecha que indica en qué dirección está la Meca, algo que me trae a la mente la famosa frase: “… y ahora te voy a poner mirando hacia la Meca”.
Ya lo he dicho antes, este hotel está repleto de detalles, y éste es uno más de éstos. Cierto es que para el profano, aquello más bien parecía una cucaracha pegada al techo. Pero que no se sulfuren los lectores mahometanos, que lo digo con todo respeto. Hoy en día no está el mundo para enmendarles la plana a los seguidores de esta religión.
Por el ejercicio realizado y el cansancio acumulado me introduzco en la acolchada cama poniendo el aire acondicionado a nivel suficiente para tener la cara fresca y el resto del cuerpo caliente. Pongo el Discovery Channel y mientras “disfruto” de una interesante documental, interrumpido cada 10 minutos por anuncios de auto-promoción, sobre cómo los norteamericanos trasladan enormes casas de un sitio a otro sobre camiones que circulan por carreteras y pueblos de EEUU., no me extraña que luego, con un poco de viento, esas casas salgan volando como cajas de cartón. Cuando van por la segunda casa, el cansancio puede conmigo. Sin apenas haber tomado ninguna sustancia estupefaciente, logro conciliar el sueño, pero creo que me he pasado con el aire acondicionado, tengo la cara como un témpano. Espero la llamada de Paco, pero como ya me lo conozco, pongo el despertador para que suene a las 8, de la noche, obviamente.
Suena el teléfono. Me despierto. Abro los ojos. Los flashes de los anuncios de la televisión son el colofón a un despertar con tintes de película surrealista. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasa? ¿Quién llama? “Shiquillo, que voy a tardar un poco, que he tenido musho trabajo” oigo al otro lado del hilo telefónico. “Nada, no te preocupes. Yo estoy ya casi listo” miento sin pudor ni motivo. “Cuando llegue al hotel te llamo a la habitación” termina diciéndome Paco. Tambaleándome, no por haber ingerido nada extraño, sino por el “jet-lag” que supone para mí haberme levantado antes de las dos de la tarde para ir al aeropuerto, voy hasta el baño, no voy a decir que para refrescarme la cara, pero sí para despejarme un poco dándome una rápida ducha. Tan rápida que dura 10 segundo y consiste en mojarme el pelo. No sé qué ponerme. Tengo el uniforme colgado en el armario. ¡Pues uniforme que me pongo! Total que más da. ¿Qué más da? No tardo en averiguarlo. Recibo la llamada de Paco. Está en el hall esperándome. Tomo el ascensor y bajo hasta la planta baja. Ahí está mi amigo esperándome, y junto a él, la tripulación completa de un 767 (supongo) de Austrian Airlines. La cortesía obliga a que salude, aunque sea someramente inclinando la cabeza. “Paco, vámonos de aquí” le digo algo nervioso. No estoy cometiendo ningún delito, pero no vaya a ser que la numerosa tripulación quiera entablar conversación conmigo. Después averiguaré que justamente este hotel es el que utilizan la mayoría de tripulaciones para sus días de pausas, de ahí el gran descuento que me han hecho sin apenas preguntarme nada.


Paco y yo en el restaurante callejero

Al otro ad de la calle nos espera un amigo chino-malayo de Paco, bueno, según palabras de Paco, es un discípulo suyo, pero eso es una historia muy larga que se merece otro capítulo. La cuestión es que tenemos transporte por la patilla para toda la noche. El chino no habla español, y aunque lo hablara no entendería nada. Intentamos hablar inglés para que el chaval no se sienta discriminado. Pero ese inglés bético nos acaba llevando a la lengua cervantina a cada momento. Por la ventanilla del micro-coche de marca indefinida, contemplo ojiplático “Kuala-Lumpur la nuit”. Paco me va explicando grosso modo cómo es la ciudad, los barrios, las calles, los puntos de interés tanto para el turista como para el putero. “¿Dónde quieres ir a cenar?” me pregunta. “Pues, la verdad, como no conozco nada, pues me da igual” respondo ingenuamente. Paco y el chino, que tiene nombre pero ¿quién se acuerda de un nombre chino?, hablan entre ellos y acuerdan ir a una calle jalonada de puestecillos que hacen la función de restaurantes. Aparcamos y caminamos por esta larga calle en la que se aprovecha hasta el último centímetro cuadrado para colocar una mesa. Nada me resulta apetecible. Hace tiempo que dejé atrás mi espíritu de gastrónomo aventurero deseoso de probar cosas nuevas, si es que alguna vez lo tuve. Tomamos sitio en un restaurante, llamémoslo así, que según Paco, está muy bien. Confío en que sus virtudes residan en sus platos, porque lo que es mobiliario y decoración…
Se acerca un chino con cara prisas y cara de mala hostia. Nos entrega, como de mala gana, la carta. Afortunadamente son fotos, pero algo descoloridas. Carece de texto o si lo hay no lo entiendo. Paso las páginas como el que mira el álbum de fotos de una boda, mostrando escaso interés. “Paco, escoge tú, que yo no conozco nada de esto” acabo diciendo. El “chino mala-hostia” nos monta la mesa. Platos de plástico duro, cubiertos de metal blando y desgastados hasta lo inimaginable, y unos vasos metálicos con asa con más golpes y arañazos que mi coche, que ya es decir. Todo muy apetecible. Reconozco unas gambas con algo por encima entre las fotos y las encargo. Paco pide pollo al limón y el amigo algo no identificado.
Sentados en unos taburetes cojos por donde los pilles y con los brazos apoyados en una mesa igualmente coja, esperamos a que lleguen los manjares. “¿Y para beber?” pregunta el camarero, obviando cualquier palabra que denote cortesía. “Coca-Cola y un par de cervezas” respondemos. Con pocas ganas de ganarse clientes nos trae una lata de cola y un par de botellas de cerveza. No tardan en llegar los platos acompañados de un gran recipiente lleno de arroz. ¡Joder! En las fotos no apetecían mucho, pero en la mesa no apetecen nada. Por cortesía, me como una gamba y un trocito de pollo. Como algo tengo que comer para seguir la noche, me pongo a comer arroz con la salsa de limón del pollo, es lo único decente que hay sobre la mesa. No es que sea muy sibarita en lo que a comidas se refiere, pero tengo mis manías a la hora de ingerir alimentos. Mientras estamos en la labor, se presenta otro amigo de Paco, chino también. Mejor, así los dos chinos pueden hablar tranquilamente mientras Paco y yo hablamos en español.
No hay servilletas. Le pedimos al encargado de atendernos que nos traiga un par. “Hay que comprarlas” dice con total desfachatez y sin inmutarse. O sea, te pones las manos hechas una mierda comiendo esa bazofia y luego tienes que comprar las servilletas. Ni en un restaurante del barrio más ortodoxo de Tel-Aviv se atreverían a cometer tal desatino. Uno de los comensales saca unas monedas y se las entrega al rata, quien a cambio le da una bolsita con unos kleenex más finos que el papel de fumar. Como en Asia no se usa lo de “postre, café y copa”, terminada la cena decidimos a dónde vamos a ir a tomar un par de copas. Ya me he informado con anterioridad y sé que existen dos bares donde se mueve lo más interesante de Kuala-Lumpur, “The Beach Club Café” y el “Thai bar”, uno enfrente al otro.


El Islam es omnipresente

Antes de levantarnos ya empiezan a decidir. “¿Vamos a the Beach?” dice uno, “donde queráis dice el otro”, así un buen rato repitiendo las mismas frases. Yo me callo, porque soy el último invitado de la fiesta. Pasan cinco minutos, y ya en el coche, se entabla de nuevo este absurdo diálogo a tres bandas. Mis nervios empiezan a alterarse, sin embargo mantengo la calma. Aparcamos el coche en un garaje, y ya en la calle surge de nuevo la pregunta. Ahí ya no puedo más y salto. “¡Bueno. Pues primero vamos a uno y luego vamos al otro, y ya está. No hay problema!” suelto con un tono un tanto irritado. “OK, ¿y a cuál vamos primero? Dice uno del grupo, tan tranquilo. “¡Dios, Dios, Dios! Esto no es verdad, es una pesadilla y me voy a despertar ahora”, pienso mientras contengo la furia ibérica que recorre mis entrañas. No aguanto más y me erijo en director de expedición. “OK, OK,OK vamos a The Beach y luego al Thai bar. ¿OK?” sentencio con cierta firmeza. Recibo la callada por respuesta. Pasados un par de minutos, cuando estamos en el cruce donde se encuentras los bares de marras, oigo una voz que dice: “¿Entonces a dónde vamos?”. No, no y no. Tiro la toalla y me dejo llevar. Se me han quitado hasta las ganas de beber. Como el primero que nos encontramos en el camino es The Beach, pues vamos al Thai Bar. Me está dando la impresión de que me están vacilando, pero no, es que son así. Nos sentamos enana mesa en el exterior. Dentro, la música es atronadora y no estoy dispuesto a que me martilleen los tímpanos después de la irritante situación vivida.
“¿Qué quieres beber?” me pregunta uno de los chinos. “Un Johnnie con Sprite” respondo con la esperanza de que la noche sea más distendida de lo que ha sido hasta ahora saboreando mi bebida predilecta. Charlamos un buen rato. Me comentan las fechorías de los islamistas en Malasia, entre ellas el intento de cambiar la grafía romana actual del idioma malayo por la árabe, cosa que ha irritado tanto a la población (en gran parte de origen no malayo) que han tenido que echarse atrás. Intento sacar algo de provecho de tan peculiar compañía. La casualidad quiere que uno de los contertulios sea trabajador en un “Spa”. En el resto del mundo, un “Spa” es un centro de belleza y cuidado del cuerpo. En Malasia es un puticlub. El chaval es el encargado de informar a los potenciales clientes de las habilidades y tarifas de las distintas hetairas. Por lo que me cuenta, para alguien que viene de Tailandia, la oferta no resulta nada interesante. Gran parte de las chicas son tailandesas y las tarifas pueden llegar a duplicarse. Sus palabras no resultan muy alentadoras, por lo que ni me molesto en preguntarle dónde trabaja. Pedimos la cuenta, que es muy salada, y nos vamos. Cruzamos ala calle y nos plantamos en la entrada de “The Beach”. Una multitud de armarios 2X2 hacen las veces de seguridad del local. Blancos y bien vestidos, no hay problema. Ni se molestan en cachearnos. Por lo que había leído en Internet, el local era de lo mejorcito de la ciudad para encontrar pareja ocasional, tanto de pago como gratis. Me llama la atención un mini-tiburón vivo que hay en una gran pecera situada sobre una de las barras. El nivel sonoro de la música no llega hasta la estridencia del “Thai Bar”, sin embargo opto por sentarme en una mesa de las que están situadas en la terraza exterior. Desde allí se puede ver el ambiente de la calle, que en muchas ocasiones es más atractivo que lo que se puede encontrar en el interior. Llega la camarera y con ella regresa la pesadilla, no por la muchacha sino por mis acompañantes. “¿Y tú qué bebes?” preguntan. A lo que yo siempre respondo lo mismo. Pero ellos dan comienzo a un diálogo propio de los Hermanos Marx. “Pues yo, lo mismo que tú”. “¿Y tú qué has pedido?”. “Pues lo mismo que él”. “Pues yo me pediré una cerveza”, dice otro. Ahí ya tengo que intervenir yo antes de que acaben una vez más con mi paciencia y la de la camarera. “¿Entonces: tres whiskies y una cerveza, no? “No, yo he pedido lo mismo que él, y él ha pedido una cerveza”. “No, no, yo he pedido un whisky también”. “Ah bueno, pues yo lo mismo”. Es una conversación a la que no le veo fin, y mi cuerpo, que ya ha catad el preciado líquido, reclama su dosis. Le digo a la camarera que traiga dos “Johnnies” y dos cervezas. Que se apañen luego a la hora de repartirse lo que llegue a la mesa. Desde mi posición contemplo tanto al las putillas que bailan dentro como a los travestís tailandeses y mendigos que circulan por la calle. Se acercan dos chicas atraídas seguramente por mi uniforme. Están tan borrachas que me causan cierto repelús. No les hago caso y se marchan rápido por donde han venido.
Debo reconocer que mi entrada en la noche “kuala-lumpuriense” no es un éxito. El cansancio me vence y opto por la retirada. Otro día saliendo solo, sin la compañía del trío calavera, tal vez mi visión sea distinta, aunque ya se sabe que la primera impresión es la que cuenta.


Auténticas maravillas arquitectónicas están sembradas por toda la ciudad

Me acompañan hasta el hotel. Les agradezco su grata compañía y quedo con Paco en llamarnos cuando vaya Bangkok.
Por el alcohol ingerido, la resaca será apenas perceptible, cosa que me permitirá gozar más tiempo de esta ciudad que promete ofrecerme grandes momentos de esparcimiento.