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31.12.07

“Una noche por delante, demasiadas por detrás…” (OVG dixit)

Tras un largo período de descanso en España, regreso al fin a la tierra prometida: Tailandia.

Este país tiene un problema, y es que no trae prospecto. La posología varía de un individuo a otro, en mi caso, no sé a ciencia cierta cuándo me he pasado en la “dosis” a tomar y por ende es hora de regresar a la patria para retomar una “vida normal”, si es que alguna vez podría encuadrarme dentro del grupo de personas con “vidas normales” que yo, más bien llamaría anodinas.

La cuestión es que ya estoy de vuelta por el reino de Siam. Una vez desintoxicado, es hora de volverse a intoxicar, eso sí, siempre por el camino de la legalidad que la justicia por estos lares no está para bromas.

Dado que uno se vuelve comodón con los años, me gasto unos euretes de más y viajo con Thai Airways directo desde Madrid. Atrás quedaron los tiempos en los que por ahorrar 100 euros me pasaba horas tirado en los incómodos asientos de cualquier aeropuerto europeo. Por añadidura, siempre es un placer viajar con la compañía que más premios ha obtenido por el servicio a bordo, aunque hay que reconocer que ya va siendo hora de ir cambiando la flota, que el 747 con el que vine la primera vez sigue siendo el mismo, aunque lo hayan repintado y la hayan cambiado la moqueta. Que tomen ejemplo de Singapore Airlines, una compañía que en cuanto oye que se va a fabricar un avión nuevo, es la primera que grita: “¡Me lo pido!”

Servidor hablando directamente con Dios

El aparato está a rebosar, sin embargo, uno que está curtido en la materia procura ingeniárselas para viajar lo más cómodo posible, lo que implica disponer de más de un asiento. Cada vez soy más “asozial” (como gusta decir a los germanos) y no soporto estar sentado durante 13 horas al lado de alguien que no sé de donde viene ni a donde va, bueno no en “stricto sensu” porque estamos en el mismo avión, pero vaya, que igual es un tío de 120 kilos que ocupa asiento y medio (como me pasó el año anterior) o un pesado que hiperactivo, rara es la ocasión, por no decir nula, de que se siente a tu vera una espectacular joven que además desea conversación. Manejando pues las estadísticas he llegado a la conclusión de que era necesaria una estratagema que hiciera posible una apacible travesía sin compañía. No hay que ser ingeniero, pero sí haber pasado muchas horas en los aviones. Pongamos de ejemplo el 747, más conocido como Jumbo, el de la chepa. Sus tres últimas filas, en sus laterales, cuentan con dos asientos en cambio de tres, por lo que si se pide ventanilla, dispondremos de un espacio complementario que no tienen los que están encajonados entre la ventanilla y el que se sienta en medio (el que peor lo pasa, jajaja, no puede mirar por lo que pasa fuera y si quiere salir tiene que dar la brasa al del pasillo). Segundo punto a tener en cuenta: gran parte de las compañías dejan libre la última fila de asientos por diversos motivos que sería largo explicar. La cuestión es estar lo más cerca de éstos para poder ocuparlos a la mínima señal de que no van a subir más pasajeros a bordo. El que trabaja en esto sabe que basta con estar un poco atento a la megafonía y escuchar la frase: “Boarding completed”. En ese preciso instante, uno se levanta y se acomoda donde nadie se va a sentar. La última ocasión en que me salió bien, dispuse de cuatro asientos para dormir a pierna suelta.

En esta ocasión varío un poco mi estrategia. Junto a mi tengo a un joven francés o suizo que habla español. Como el que no quiere la cosa le comento lo de los cuatro asientos libres de atrás. Se queda algo sorprendido de mi conversación. Generalmente la gente habla del tiempo o de las vacaciones que va a pasar. Yo no, yo hablo de asientos libres. No quiero parecer grosero y hacerle creer que su presencia me incomoda, aunque así es. Voy leyendo las revistillas que encuentro en el bolsillo delantero del asiento mientras espero oír la frase esperada y ese sonido tan particular que se produce en el avión cuando se cierran las puertas y el aparato queda sellado hasta el destino. “Ahora, ahora, tira, tira para allá que se han quedado los asientos libres” le digo de sopetón. Algo sorprendido y sin saber muy bien qué hacer decide levantarse por la premura que se intuye en mis palabras. Deja todo lo que tiene ahí y se va a sentar. ¡Ya me he librado del parásito! Tengo dos asientos y medio para mí solito. Una vez alcanzada la altura de crucero, me giro para ver al chaval. Le miro y levanto disimuladamente el pulgar. Asiente con la cabeza. ¿Qué más quiere? Gracias a mí, dispone de cuatro asientos para dormir como un rey.

Su Majestad el Rey de Tailandia. Se le quiere mucho por aquí.

Pasadas algo menos de dos horas, nos sirven el almuerzo, más o menos lo de siempre. Después de tomarme el té de rigor, saco mi cajita de “gominolas multicolores” y me tomo un cocktail químico que tumbaría a un elefante en plena savana. Antes de quedarme atontado, preparo el equipo completo: almohadilla hinchable para no levantarme con tortícolis, antifaz para que no me moleste la luz de algún amante de la lectura a horas intempestivas, tapones para los oídos para no oír a los emocionados turistas comentar sus próximos planes, mantita para que no vean que me duermo con la mano en los “güís” y evitar un espectáculo bochornoso en caso de erección involuntaria. El silencio absoluto me impide conciliar el sueño, por lo que me pongo los auriculares durante un rato hasta que mi cuerpo me indica que por mis venas hay más agentes químicos que glóbulos rojos y es hora de entrar en trance. Parece mentira, pero de este modo, y nunca mejor dicho, unas siete horitas se pasan volando.

Con el nuevo aeropuerto, en Bangkok se han acelerado un poco los tediosos trámites de inmigración. Aprovecho la cola para llamar a una amiga y refrescar mi thai que se ha oxidado un poco durante mi estancia en España. Con todo el equipaje en el carrito subo hasta la planta de salidas, donde pillar un taxi resulta algo más económico. En apenas media hora llego a mi nuevo hogar. Sí, me he mudado. Tengo una nueva vivienda en un barrio en el que los blancos somos tan pocos que cuando nos cruzamos nos miramos pensando “¿y ése quién será?”. El apartamento está como lo dejé cuando me lo entregaron, con tres muebles, las bolsas que dejé antes de marcharme y cuatro botellas de agua. Menuda pereza ponerme a hacer la cama, pero no me queda más remedio si quiero tumbarme un rato. Me tumbo, pero la cantidad de tareas que me quedan por delante me impiden conciliar el sueño. Me pongo algo fresco de ropa, cojo el papeleo que me hace falta, una bolsa y a la calle. Tengo que ir a cambiar los euros que he traído a una casa de cambio que siempre te da algo más que los bancos, por lo menos como para pagarte un par de putas o los whiskies de un par de noches. De ahí voy directo a mi banco a realizar el ingreso y a renovar mi VISA que ha caducado hace un tiempo. El cansancio llega a ese punto en el que no notas ya nada, no sabes si estás medio dormido, estás soñando o estás dopado. Llamo a mi amigo Leo para ver si está en su oficina, le llevo unos embutidos de la tierra, que siempre vienen bien. Nos tomamos un café y comentamos las últimas novedades acaecidas por estos andurriales. Afortunadamente, a pesar de la situación socio-económica nada favorable que está atravesando el país, lo que a nosotros nos interesa (“Bangkok la nuit”), está como siempre o mejor. Quedo con Leo para salir el viernes, como es habitual, y me voy a ver mi profesora de thai. Le llevo una botella de Patxarán, le gusta catar licores y me pidió uno español. Estamos de charleta media hora hasta que llega un alumno. La falta de sueño está empezando a hacerme perder la noción espacio-tiempo. Es hora de volver a casa. Cojo el metro y en menos de 15 minutos ya estoy a un tiro de piedra de mi casa. No sé cómo, saco fuerzas de donde no las hay y me desvío al Carrefour. Sí, efectivamente, aquí también hay Carrefour, y el ambiente es el mismo pero con “cara-chinos”. Lo curioso en Bangkok es que todos los centros de la cadena están en el centro de la ciudad, cosa prohibida en Europa. Compro lo más indispensable, ya que no recuerdo qué tengo en las bolsas que dejé, y me voy, está vez sí, a mi hogar, dulce hogar. Por no tener, no tengo ni perchas, bueno, tengo tres. Dejo la ropa colgada del pomo del armario porque no tengo ni sillas. Pongo el aire acondicionado el culpable de mis visitas al hospital), me tomo una pastillita y a dormir, que esta noche tengo que triunfar. Tengo un vecino “generoso” que tiene su conexión wifi abierta, lo que me permite escuchar Ondacero mientras procuro conciliar el sueño. Es curioso escuchar a Carlos Herrera decir “buenos días” mientras aquí está anocheciendo. Doy vueltas y más vueltas. Creo que no voy a llegar a dormir nada, pero por lo menos descansaré. ¡A la mierda! No es una noche más, es la primera de una nueva temporada por tierras asiáticas. Una noche en que hago un primer análisis que determinará el devenir de los próximos meses. Me atuso de nuevo, mientras en mi ordenador portátil, Amaya Montero, la de la Oreja de Van Gogh (¡NO LA OREJA DE BANGKOK” COMO ME DICE TODO EL MUNDO!) canta una canción que dice: “muchas noches por delante, demasiadas por detrás”. Doy por hecho que en ningún momento se pensó en mí y en alguna tailandesa a la hora de componer la letra, pero quién sabe …

Los de Wall Street siguen funcionando por estas tierras

Una vez aseado, me pongo la misma ropa que he dejado colgada antes, me echo mi Armani clásico, salgo a la calle y paro el primer taxi que veo. Una de las ventajas de esta ciudad es que hay casi más taxis que utilitarios particulares, al margen de sus tarifas que en rara ocasión llega a los dos euros. Como suele ser costumbre ya, los taxistas sólo por mi acento al indicarles el lugar al que quiero ir, deducen que hablo algo de thai, y aprovechan para saciar su curiosidad. Como ya me sé el diálogo de memoria, me sale tal cual nativo fuera. Basta para decir España para que te hablen del Real Madrid, el Barça, y alguno te comenta lo de los toros. Dado que no me interesa el fútbol en demasía y menos los toros procuro encaminar la conversación por otros derroteros, pero con tacto, no vaya a ser que toque un tema “molesto” más teniendo en cuenta que en estos momentos seguimos con un gobierno impuesto por los militares y el derrocado primer ministro lleva más de un año fuera chinchando todo lo que puede. La carrera no se alarga mucho, y la verdad es que se me da mejor practicar thai con las titis que con los chóferes.

Llegamos a destino. Salgo exultante del vehículo. Parezco un niño recién llegado a Disneylandia, sólo que en cambio del Pato Donald, Pluto, la Bella Durmiente y la Cenicienta, me esperan y saludan con la mano y me agarran un grupo de putillas, tan cariñosas ellas siempre. Al igual que en el parque Disney, también hay espectáculos, y ahí me voy yo, a ver un show de los que animan a cualquiera. Hace unos meses el Sheba’s era uno de los mejores garitos para ver espectáculos amenizados por impresionantes damiselas.

La emoción me embarga por momentos, estoy a punto de volver a ver a las ninfas que tantas noches me han acompañado en mi soledad. Cruzo el umbral de la cueva y ahí están ellas, esplendorosas como de costumbre, bailando, la mayoría desacompasadas como si la música fuera un ruido de fondo, pero qué más da, en el fondo lo que menos importa aquí es la música. Las luces se apagan, las chicas bajan del escenario, y se encienden unos tenues focos rojos, suena una atronadora música que hace presagiar el inminente comienzo de algo espectacular. Cuatro jovenzuelas suben por la escalerilla y se sitúan estratégicamente a lo largo de la escena, la más ataviada lleva pendientes, un piercing y una goma para el pelo. Cambia la banda sonora y comienzan sus provocadores contoneos. No tardan en formar pareja de hecho. Dan rienda suelta a su “amor” como si en su alcoba estuvieran. “Lengua aquí y lengua allá, y mójate y mójate”, les canto parafraseando el “Maquíllate” de Mecano.

El Sheba's. Es más grande la fachada que el local, o casi.

Lo más llamativo de lo que presencio, no es tanto el hecho en sí, sino que más que al alcance de mi mano, las tengo al alcance de mi lengua. Al margen del espectáculo que se desarrolla sobre las tablas, está el de los espectadores atónitos ante lo que están presenciando. Mi fijo particularmente en un japonés que está literalmente con la boca abierta y los ojos que se salen de sus órbitas, y me consta que no es una pose. Y lo entiendo, porque para el novato en estos parajes lo que aquí se ve es para quedarse boquiabierto.

Las mozuelas cambian hasta una docena de veces de posición para que podamos verlo todo desde todos los ángulos, para que podamos verles bien el “mocarrón” (neologismo creado por Leo y yo para referirnos a toda la piel que sobresale los labios mayores). La apoteosis llega cuando siguiendo una casi perfecta coreografía se colocan, recostadas o a cuatro patas, una detrás de otra a modo de tren. Las “conexiones” entre un “vagón” y otro están a buen seguro bien lubricadas y si no, ahí están ellas lubricando. El ambiente está caldeado al máximo, unos anglosajones hacen la ola y nos conminan a todos a seguirles, silbidos, aplausos, gemidos, todo se entremezcla. Baja la música y el cuarteto se dispersa, se pone en pie y saluda a la fervorosa concurrencia. Éste es sin duda uno de los números más aclamados del Sheba’s, pero hay más a lo largo de la noche, si bien giran en torno al mismo tema: “yo te como, tú me comes”. No participan nunca elementos masculinos, cosa de agradecer por los agravios comparativos que pudieran llegar a producirse.

Es hora de cambiar de local y retomar viejas amistades. Para ello será necesario ir hasta el “Raw Hide”, sin duda el mejor bar del momento en soy Cowboy, de ello da fe la gran afluencia que se produce a diario. El secreto reside probablemente en la gran calidad tanto física como psíquica de las trabajadoras y jefas, por no hablar del los espectáculos continuos con los que deleitan a la clientela. No son, tal vez tan “hard-core” como en el Sheba’s, pero la calidad artística es muy superior. Allí es donde paso, casi a diario, por lo menos un par de horas. Obviamente hace tiempo que he pasado a ser considerado VIP.

Nada más entrar, ya soy reconocido por alguna jovenzuela. “¿Dónde estabas? ¿Qué hacías? ¿Cuándo has llegado”. Me bombardean a preguntas, entre respuesta y respuesta me pido un Johnnie Black, que cuando empiezo, sólo me detiene mi alcoholímetro interno. Hay muchas caras nuevas, cosa de agradecer en este tipo de locales, otras han desaparecido. No pregunto por las “perdidas en combate”, pues probablemente obtenga alguna mentira como respuesta, rara es la vez en que me han dicho que fulanita o menganita s ha ido a trabajar a la competencia, lo que supondría una potencial pérdida de un cliente si yo fuera fan de dicha persona.

Preparado para el combate

Por lo que veo a mi alrededor, vuelve a ponerse de moda el vello púbico, sin duda no con la frondosidad de los ’70, pero no parecen ya todas ranas, como hasta hace muy poco tiempo.

Tras los pertinentes saludos, surge de mí ese ser perverso que analiza cualquier fémina que se le ponga por delante. Resulta obvio que la alimentación en Tailandia ha mejorado con los años, basta ver a las mozas más jóvenes. Las de más edad llegan a aparentar a pre-púberes (son las que utiliza El Mundo TV [y luego Antena 3 y Telecinco] para decir que hay prostitución de menores en Tailandia) y las que apenas alcanzan la mayoría de edad parecen mujeronas expertas en todo lo que se les ponga por delante, cosas de la vida.

Los whiskies van cayendo uno tras otro. Saco mis manos a pasear y le doy la bienvenida a toda la que se acerca a mi radio de acción. ¡Alegría! Estoy en el Raw Hide, y aquí vale todo, mientras te sepas comportar.

Cuando pienso que mis amigos españoles pagan hasta 30 euros para, ÚNICAMENTE, invitar a una copa a una puta, se me cae el alma al suelo. Lo máximo que te pueden pedir aquí es una copa que cuesta dos (2) euros y están la mar de felices, sin esa cara de amargadas de “tengo que pagar a la mafia que me ha traído aquí XXX euros”.

Pasan las horas y veo que la policía no cierra el local. Está bien claro que estamos en periodo electoral y nadie se quiere ganar enemigos, ciertamente no entre los extranjeros, que les importamos bien poco a efectos electorales. La cuestión está en que si el gobierno actual (impuesto por un golpe militar) molesta a nuestras niñas, nuestras niñas no les votaran. Es de cajón.

En vista de que la hora de cierre no es cierta, opto por desplazarme hasta mi amado soi 13 de Sukhumvit. No sé qué encontraré allí, pero seguro que más de un conocido o conocida está allí tomando la penúltima copa.

Por el camino, entre el soi 21 (soi Cowboy) y el soi 13 (el de las almas perdidas), se deben pasar varias fases, como si de un video-juego se tratara. Primera fase: bares de calle con atrayentes ninfas que te invitan sentarte. Segunda fase: niños mendigos que sólo espantas poniendo cara de mala hostia. Tercera fase: punto de la acera angosto en el que te asaltan travestidos con aparentes buenas intenciones y de paso te roban la cartera. Una de las opciones para superar dicha fase es hacerse el loco, hablar solo moviendo los brazos y/o hablar tailandés y amenazarles si se acercan a menos de un metro. Otra opción que también he utilizado para superar la prueba más difícil, es decir con voz profunda y cara de pocos amigos: “mecagoenlahostiaputomaricóndemirdaveteatomarporculo. Todo de un tirón. Resulta infalible. Sólo atacan a los turistas incautos que les siguen la corriente creyéndose Richard Gere por un momento. Todavía recuerdo lo que presencié el año pasado. Uno de estos desgraciados le robó la cartera a un blanco, éste se percató de inmediato y le soltó un derechazo en todo el careto al travelo, que hasta yo que estaba a cierta distancia, pude oírlo. ¡Bien! Grité en mi interior, mientras veía al engendro intentado recuperar el equilibrio con las manos en el rostro mientras alguna gota de sangre fluía entre sus dedos. No quiero decir con ello que la comunidad travestí sea un foco de delincuencia en Tailandia. Los seres de este género indefinido son legión en este país, y los que circulan prostituyéndose por Sukhumvit son minoría, pero una minoría a tener en cuenta si uno circula por esta zona.

Con el recuerdo de haber estado henchido de satisfacción por haber presenciado algo que me habría gustado protagonizar, pero que me impide mi escasa corpulencia y mi nula habilidad en la lucha cuerpo a cuerpo, me encamino presuroso a la estación terminus, el soi 13. Para mi sorpresa, la concurrencia es escasa, de acuerdo que las fechas no las de máxima afluencia pero no deja de ser extraño que apenas haya unas cuantas mesas ocupadas. Por otro lado, gracias a la mínima clientela, soy recibido tal cual alto dignatario en país extraño. Me traen de inmediato el asiento más mullido y confortable que encuentran. Inútil pedir la bebida, de hecho, no me conocen por mi nombre sino por la bebida que tomo, “Black Sprite, cuanto tiempo sin verte” me dice la jefa. “Sí he andado muy liado por mi país” le respondo como si fuera verdad lo que digo. Me acomodo en un lugar estratégico para controlar a los viandantes que pasean arriba y debajo de la calle Sukhumvit. De un momento a otro pasará a ciencia cierta algún conocido, o mejor, alguna conocida. Y efectivamente, apenas terminada mi primera copa, recordemos que aquí las copas miden la mitad que en España, aparece en la lontananza mi amiga Mickey Maow (más conocida por la gente como Nan). Aquí no se estila, afortunadamente, lo de los besos y abrazos, un trámite algo embarazoso en algunas ocasiones en que no sabes si toca beso o mano. Así que nos saludamos con un simple “Sabai dii mai?” (Hola qué tal). Por naturaleza, las féminas que pululan por estos andurriales son gorronas, o sea que la segunda frase que oigo es “¿me invitas a una cerveza?”. “Claro, cómo no. Pero no te acostumbres”. El primer día, por la euforia y la alegría soy más dadivoso, cosa que s me pasa a medida que los dígitos que aparecen en mi libreta me indican que mi economía va menguando a pasos agigantados, momento en el que las invitaciones disminuyen drásticamente y pasan a convertirse en “sobornos” para obtener favores.

Mikcey Maow (Nan) y compañía

Por lo que me cuenta, y averiguo yo posteriormente, los locales de ocio vuelven a cerrar a horas más tardías, de ahí la escasa afluencia de clientes en el soi. Supongo que la “generosidad” de la policía a la hora de permitir cierres más tardíos se debe a que las elecciones están próximas y el gobierno no quiere molestar demasiado.

Transcurre la noche sin más novedad, los whiskies caen uno tras otro y el morro de Nan va en aumento al solicitar más bebidas. Un día es un día, y por dos euros que cuesta su litrona, tampoco es cuestión de ponerse a discutir.

Mi cuerpo dice ¡basta! y entre el desfase horario y lo que circula por mis venas es cuestión de pensar en una retirada digna, no vaya a ser que el primer día ya dé el espectáculo tragándome la acera o entrando con dificultades en el taxi. Rumbo a mi nuevo hogar que ya es hora de estrenar la cama en condiciones, a ver como se viven las resacas en el nuevo colchón un punto a tener en cuenta, vital para mi existencia.

4.7.07

Yo soy puta, muy puta

La primera vez que intercambiamos unas palabras fue en un tono ciertamente airado. Ella, desde su perspectiva de profesional de la noche, exaltaba las virtudes de los japoneses en detrimento de los occidentales a quienes parecía despreciar. Yo la invitaba repetidamente a marcharse de una calle en la que la inmensa mayoría de los que por allí pululamos somos blancos. Se llama Kay, y nuestra historia no tiene desperdicio.


BELLEZA MESTIZA THAI

El soi 13 es un auténtico baúl de sorpresas y, en ocasiones, una caja de Pandora. Es la estación terminus, tras haberse paseado por “Pool-bars”, “Bier Gardens”, “Go-go Bars” y demás espacios suministradores de alcohol y sexo.

Como cada noche, como si de un autómata se tratase, mi cuerpo se dirige a ese lugar en el que sabes con quién llegas, pero nunca con quién te vas.

Esta noche echo anclas algo pronto. Todavía no han llegado los más asiduos, Peter el sueco, Martin el americano y el resto de mis contertulios nocturnos habituales. Las que sí están son las chicas. La alocada Nut va de mesa en mesa con su algo estridente voz contando sus historias. Nan, con un par de copas en el cuerpo, se atusa con una pequeña polvera con espejo que lleva en el bolso. A ellas las conozco desde hace un par de años. Curiosamente, nunca hemos tenido una relación carnal. Me sucede a menudo con la mayoría de putas con las que entablo cierta relación. A base de charlar cada noche se establece una especie de amistad que impide ir más allá. No es una regla de oro, por supuesto, pero es más frecuente de lo que uno puede llegar a pensar, porque las putas son personas humanas, como decía no sé quién.


NONG RATH, UNA AMIGA DEL RAW HIDE

Hace varios días, mejor dicho noches, que vengo observando que Nan va acompañada de una mujerzuela nueva en el barrio. No sé si porque yo se lo digo o porque a ella le da la gana, pero la cuestión es que me las encuentro a las dos sentadas a mi mesa. La nueva, amiga de Nan o hermana como dice ella, desprende altivez por todos sus poros, probablemente para compensar su altura que apenas supera el metro y medio. No sé a cuento de qué, nos vemos enzarzados en una discusión sobre las excelencias de los japoneses y las miserias de los occidentales. Sus palabras son realmente muy insultantes para mi raza. Le pregunto serenamente que qué hace aquí, le señalo que la calle de los “japos” es otra y que debería dirigirse hacia allí si siente tanta aversión por los blancos, claro que su repulsión se debe únicamente a cuestiones pecuniarias, el vil metal. Kay se enerva por momentos, y su discurso se torna en un ataque personal. Nan, a pesar de las copas que lleva, se percata del exacerbado comportamiento de su hermana y la llama al orden echándole una bronca que la sume en un llanto que sólo se explica por la ingestión de alcohol. En Tailandia todavía existe el respeto por los que son mayores que uno, por ello Kay no discute las palabras de su hermana mayor y se limita a intentar explicar sus razones entre sollozos. Nan le señala que soy buena persona, que no soy el típico turista que viene dos semanas a tapar agujeros, y además tengo el estatus de VIP en el soi 13. No tardan en llegar las excusas, algo veladas, pero en cualquier caso, su actitud hacia mí cambia radicalmente.


SOI COW-BOY, DONDE LAS PUTAS CIRCULAN A SUS ANCHAS

En las noches que siguen, nuestros encuentros se desarrollan con aparente normalidad, dentro de la anormalidad que impera en el soi 13, sin la cual no sería lo que es. Nuestras conversaciones giran en torno a banalidades que se hacen soportables por el riego continuo de Black Label. Hay que tener en cuenta que la noche en general, y en Bangkok en particular, se basa en la mentira, el engaño y la ocultación. Nadie sabe a ciencia cierta quién es quién. Muchos, usamos nombres que no son los nuestros, en ocasiones cambiamos nuestras nacionalidades, por no hablar de las ocupaciones de cada uno. Nadie, o casi nadie, es quien dice ser. Incluso algunas chicas pretenden hacer creer que no son putas, el colmo. La única complicación que entraña este juego es tener buena memoria y recordar en cada momento qué nombre, qué nacionalidad y qué profesión se ha utilizado en tal o cual sitio. En alguna ocasión me he encontrado en la incómoda situación de encontrarme en el mismo sitio con dos personas conocidas en distintos lugares, y por ende con diversas referencias sobre mi persona. Generalmente, en lo que se refiere a mi nombre, lo arreglo diciendo: “Buenooo, X es mi segundo nombre, pero normalmente uso Y que es mi primer nombre, en mi país es habitual que la gente tenga varios nombres …” Entre los tailandeses la excusa cuela con facilidad ya que ellos raramente emplean su nombre real y según para quién tienen distinto nombre, uno para la familia, uno para el trabajo, otro para los amigos, etc. Los blancos siempre se quedan con la mosca detrás de la oreja, aunque, total, ¿qué mas da? En el fondo, estamos todos allí para lo mismo: poner el churro en remojo, o por lo menos pasar un buen rato. Una de las reglas de oro para mantener este secretismo es no ir NUNCA con una puta, real o camuflada, a la casa de uno. De ahí el juego de las personalidades, cuanto menos sepan de ti, mejor. Y si saben algo, que sea falso. Para jugar al juego de las personalidades hay que tener bases sólidas para no caer en la primera ronda de preguntas. Si no hablas francés, no digas que eres francés, y si no sabes informática, no digas que eres técnico en ofimática.


SERVIDOR CON JOHNNIE POR LAS VENAS

A lo tonto, y sin percatarme yo de ello, parece que la mozuela se va encaprichando de mi persona. Debo confesar que no entiendo muy bien qué ve en mí. En estado “normal” no creo parecer especialmente atractivo, pero allí, en el soi 13 y en un estado que roza el patetismo, mis posibles virtudes quedan diluidas en un vaso de whisky. Tal vez sea el hecho de que hablo thai con cierto desparpajo, no lo sé. Lo que está claro es que no va a por mi dinero, más que nada porque ya sabe que no pienso soltar un duro.

Se acerca la hora fatídica, la hora en la que el sol empieza a asomarse entre los edificios de Bangkok, y sus rayos son cómo esos láseres de las películas galácticas, si te alcanzan, te matan. Antes de que eso suceda, Kai me coge de la mano, y como a un títere me conduce hacia un taxi sin preguntarme nada. A determinadas horas no soy partidario de irme acompañado, más que nada porque soy consciente de que es una perdida de tiempo y energías, bajo mínimos al amanecer. Pero la chica es muy mandona y no atiende a razones. Ahí me veo yo, metido en un taxi con un destino totalmente ignoto para mí. Me dejo llevar. Me lanzo a la aventura. Sabe Dios en qué parte de Bangkok voy a aterrizar. Vayamos donde vayamos, no pienso quedarme a dormir. Mis despertares son épicos, y más si tienen lugar en un lugar desconocido acompañado de alguien. La adicción a las benzodiacepinas tiene esas cosas, una carencia de éstas se convierte en una pesadilla que se traduce en temblores, dolores musculares, nauseas, cefaleas, que se añaden a los padecimientos propios de una resaca común y corriente. La cuestión es que no llevo encima más que la dosis justa para hacer frente a un imprevisto, y en este caso no creo que sea suficiente para aguantar una noche, mejor dicho, un día de sueño con la compañía de la tailandesa. La vida de un adicto gira siempre en torno a su “salvavidas”, un salvavidas que nos hunde más cada día y nos hace vivir pendientes sólo de una cosa, despreocupándonos de todo y todos los que nos rodean. ¡Que quede claro, que mis “suplementos”, han sido desde un inicio por prescripción médica! Cosas que tiene la vida. El consumo de drogas en Tailandia está muy penalizado, algo atener en cuenta por cualquier visitante ocasional. No quiero que nadie se piense que en las famosas “Full Moon Parties” la droga circula a tutiplén. Puede ser cierto, pero los policías camuflados también deambulan a tutiplén en espera de los incautos. ¡Al loro, que no todo el monte es orégano!


KAI Y NAT EN EL SOI 13

El taxi sigue un recorrido que no me es totalmente desconocido. Intento, al igual que un secuestrado, ir memorizando las calles por las que pasamos, por si en un momento dado debo abandonar su ¿grata? compañía y volver a casa solo. Pasamos delante de un Carrefour, me suena. ¡Sí! Es el hipermercado situado frente al apartamento que he adquirido recientemente. Ya no me encuentro desubicado. Dejamos la avenida principal y nos metemos por distintos callejones por los que no se ve ni un rostro blanco.

¡Madre de Dios! ¿A dónde me llevan? El vehículo se detiene frente a un edificio de digna apariencia. Nos bajamos, y yo la sigo como perro faldero. Con lo que circula por mi sangre no tengo mucho criterio. Entramos en lo que es su residencia, y en la puerta me piden una identificación. OK, perfecto. Así debería ser por todo. El problema es que salgo por Bangkok sin identificación. Por si me sucede algo, llevo colgada una plaquita de identificación con mi nombre real, nacionalidad, grupo sanguíneo y mi condición de donante de órganos. Lo único que llevo encima, y puedo mostrar, es una tarjeta de crédito o débito. La cuestión es que les da igual. Un blanco en ese lugar es harto imposible que cometa un delito, pero las normas son las normas. Le dejo la VISA o la 4B, y tomo rumbo al ascensor. Lo único que pasa por mi cabeza es: “¿Qué coño hago aquí? ¿Quién me manda venir? y ¿Cómo salgo airoso de esta situación?

De momento estoy en el ascensor subiendo hacia un futuro incierto, o no tan incierto, Yo ya sé de lo que soy capaz y de lo que no. Y esta noche, mañana ya, no voy a poder copular ni en el más remoto de los casos. Aprovecharé para quedar como un caballero respetuoso, eso impresiona en algunos casos. Entramos en un abarrotado apartamento. Allí no cabe un alfiler, hay que ver lo consumistas que son las putas con buena clientela. Me acomodo en un esponjoso edredón frente al televisor, nuevo y de 29 pulgadas, por supuesto. Tras un quehacer se me acerca y me muestra la amplia programación que ofrece su televisión por cable. Sí. Bien. Estupendo. Lo mismo que tengo yo en casa, pero con más mullidas almohadas. Por asombroso que parezca, por excesiva que sea la ingesta de alcohol, y algún aditivo de calibre menor o mayor, no pierdo la cordura. Sé hasta que punto llegar. Y antes que hacer el ridículo, más vale retirarse elegantemente como un caballero español.

Y así es. Muy a pesar de sus arrumacos y profundos besos varios, opto por la retirada, ante su asombro. ¿Cómo puede ser que unos tíos desconocidos paguen 80 euros por atravesarme y este tío (yo) no lo haga gratis? Piensa ella mientras observo su cara de incredulidad. Pues así es. Mi incapacidad se torna en virtud, sin yo quererlo. Y todo ello produce un cierto morbo en la fémina que no acaba de entender cómo un varón ha rechazado sus supuestos “encantos”.El secreto consiste en ocultar mi incapacidad, y maquillarla de caballerosidad. El resultado es espectacular. Mañana por la tarde, en condiciones óptimas (sin alcohol), mi hazaña puede resultar más que memorable.

Lástima que nuestro siguiente encuentro se produce en un “Bowling”, o sea, en un salón de bolos con la última tecnología en la materia. No piso una bolera desde mi tierna adolescencia. Hay que ver cómo han cambiado las cosas, todo computerizado, con luces parpadeantes e iluminación futurista. Más que una bolera parece el puente de mando de la nave del Enterprise, la nave de los buenos de Star Trek.


UNA POSE POCO VIRIL, CIERTAMENTE

Nos acercamos a la recepción. Allí nos esperan unas amables azafatas que nos explican con suma amabilidad, el amplio abanico de ofertas de las que dispone el local. Hablo y entiendo tailandés, pero cuando los que hablan son dos tailandeses, mi nivel de comprensión disminuye notablemente. Me limito a asentir procurando evitar que en mi rostro se reflejen mis pensamientos: “¿Qué coño está diciendo la pava esta? Lo único que tengo claro es que en breves instantes tendré que empezar a sacar más billetes que un cajero situado en la Gran Vía de Madrid”.

“¿Qué? ¿Qué hacemos?” le pregunto a Kai. “Dame 1500 bahts”, escueta y clara es su respuesta. En el fondo es el precio de un revolcón, pienso para consolarme en este extraño, para mí, dispendio. Vamos a por los zapatos que amablemente paga ella (50 bahts cada uno).

El local está hasta la bandera, pero Kai tiene muchas amistades, no sé si es por su profesión o por ser buena clienta, o más bien captadora de clientes. La cuestión es que no tardan en darnos pista. Si algo no falta en Tailandia es personal para atender a la clientela, sea donde sea, y la bolera no iba a ser una excepción. Se puede decir que cada pista dispone de camarero particular. Antes de que estén los bolos dispuestos ya tenemos la carta en nuestras manos. Por lo que veo a mi alrededor, lo habitual es pillar una cogorza mientras vas lanzando las bolas que acaban al final en la pista del vecino.

A estas horas se impone la prudencia. Una naranjada para mí y un refresco con patatas fritas para la niña. ¿No se va a creer que me voy a gastar 2000 bahts en una botella de Chivas? ¡Sólo faltaba eso!

Con aires de experto en la materia, echo un vistazo a las distintas bolas que vomita la máquina que tenemos delante, descarto un par pesándolas y haciendo amagos de lanzamiento, como quien lleva todas las vidas pisando el parquet. ¿Para qué retrasar el fatídico momento del ridículo? Por si acaso, miro a izquierda y derecha para que el público sea el mínimo posible. Cojo carrerilla y lanzo. Me quedo inmóvil con la simple esperanza de que la bola no se vaya por alguno de los canales laterales y alcance por lo menos un par de bolos. Puedo girarme y mirar a Kai con una sonrisa sin tener que ruborizarme, no sé cuántos han caído y me da igual.

Lo cierto es que a medida que avanza la partida, nuestra puntuación se distancia notablemente. La tranquilidad y confianza me llevan a conseguir incluso algún “strike”, algo que parece estimularla a ella para conseguir dos seguidos. Mi ilusión no es ya ganar, cosa que doy por imposible. Además me duele el antebrazo como a un pajillero compulsivo. No sé si por casualidad o compasión suya, pero logro vencerla en una ocasión, una entre ocho o diez. Mientras descanso un rato, ella se va ala mesa de al lado y se pone a hablar con unas mozuelas de muy buen ver que están acompañadas de otros jóvenes también tailandeses. Se hacen unas fotos. A su vuelta, con toda mi inocencia, le pregunto si las conoce de algo. “Sí claro, ellas trabajaron conmigo en le salón de masajes y ellos son los cantantes de la discoteca X”. “Ah, vale. O sea que ellas son putas y se gastan el dinero con sus novios que no ganan ni para pipas, algo muy habitual en este entrañable país” pienso para mis adentros.


LAS AMIGAS PUTAS DE KAI

Con la mano y el brazo hechos polvo, nos despedimos y quedamos para esta misma noche, no para salir de paseo juntos, nadie me priva de mis visitas a los go-go bars, sino para encontrarnos en el soi 13.

Sobre las dos suena la señal, en mi cerebro, para lanzarme a la puta calle, nunca mejor dicho. Arribo a puerto media hora después. Saludo a los habituales y me acomodo junto al Mart, el americano. Kai está en otra mesa con Nan y un “novio” que se ha echado para la noche. Me hacen señas para que me acerque hasta ellos. Dejo al estadounidense en compañía de unas damiselas, y me siento con mi acompañante ocasional. Comentamos con los demás contertulios como ha transcurrido el día. Todo va bien hasta que veo que Kai empieza a ir y venir de no sé donde. Finalmente veo que tanto ajetreo se debe a una visita inesperada. La veo, al otro lado de la calle sentada con un extranjero. No le doy importancia. Bien visto, ni siquiera he tenido acceso carnal con ella. El problema radica en que ella va predicando a diestro y siniestro que es mi novia, pero está sentada con otro. Lo peor está todavía por llegar. Se me acerca una amiga que me dice: “¿Te importa si Kai se va un rato con el “farang”?” “Es que es un antiguo amigo (léase cliente) que no ve hace tiempo.” No salgo de mi estupor, y ante lo surrealista de la situación, respondo: “No, no, no me importa, que haga lo que quiera”. No pasan 30 segundos cuando veo a mi “novia” montada en un taxi saludándome desde la ventanilla. Me río y comento la jugada con los que me acompañan en ese momento. Nadie sale de su asombro. Todos sabemos que estas cosas pasan muy a menudo, pero no delante de las narices de los concernidos.

En ningún momento Kai me ha interesado mucho, ha sido más bien ella la que ha iniciado y querido nuestra “relación”. Me olvido del asunto y sigo dándole a la sin hueso, entre trago y trago de Johnnie Walter Black Label.

Pasadas un par de horas o menos, aparece lozana y radiante, y como si aquí no hubiera pasado nada, la, para mí, interfecta. Durante el espacio de tiempo en el que estamos acompañados de otras personas, no hacemos alusión a lo sucedido. Aunque mi rostro lo dice todo. Se me puede calificar de muchas maneras, pero ciertamente no de papanatas, y más ante un amplio auditorio.

Cuando nos quedamos solos, empiezo a oír una retahíla de excusas y justificaciones que no se sostienen por ningún lado. “Es un amigo de hace mucho tiempo” “No hemos hecho nada, de verdad, te lo prometo”. Mi mirada perdida (realmente estaba mirando a las demás titis que pasean por a calle a esas horas) y mi adusta actitud tensan más el ambiente. Permanezco en silencio hasta que a ella se le acaban los vacuos argumentos.

“¿Tú te crees de verdad que soy tonto? Me da igual lo que hayas hecho, y si quieres puedes volver ahora mismo a la habitación de tu amigo.” Espeto con voz parsimoniosa. Hasta en estas situaciones, en Asia, se mantiene la compostura. “Perdón, perdón, perdón”, no para de repetir. “Venga, vámonos juntos” me dice con total desfachatez. “Esta noche no voy contigo a ningún lado, y mañana ya veremos” me permito decirle, una vez más como excusa a mi incapacidad sexual temporal por la ingesta de sustancias, que en ciertas dosis, son inhibidoras de la libido. Se va un tanto airada, pero consciente de que su “pecado” no tiene perdón. ¡Sólo me faltaba eso, ser el segundo plato de una velada!

Al día siguiente las aguas vuelven a su cauce. Nos vemos pero no nos saludamos. Los dos somos conscientes de que si estamos allí es por algo. El “amigo ocasional” no hace acto de presencia, no sé si por la negativa de la noche anterior o porque simplemente nole da la real gana. La cuestión es que a lo tonto nos vamos acercando Kai y yo. Pasan las horas y las copas, y una vez más me veo “secuestrado” en un taxi con destino ignoto, o no. Por un momento, tonto yo, intento tomar las riendas de la situación, y le doy al conductor las coordenadas de mi vivienda ocasional. Ya me da igual todo. Pero en el fondo sé que es una zorra, ¡una maldita zorra! Johnnie obra milagros. El maldito truhán de las botas y el bastón, consigue que cometa el mayor de los pecados: ¡llevarla a mi apartamento!

Lo cierto es que la situación me pilla algo desconcertado. Habrá que despelotarse, digo yo. En un plis-plas nos encontramos los dos sobre la cama como Dios os trajo al mundo. La muchacha no es muy activa. Si yo me pongo en marcha, supongo que ella pondrá algo de su parte. Vana esperanza la mía. Trabajo más que un catador de bivalvos gallegos. Su gozo parece infinito, pero mi impresión es la de ser un simple consolador con cuatro pilas AAA. Mi estado me impide discernir entre sueño y realidad, sin embargo, el agotamiento me devuelve a la cruda realidad. Intento un par de incursiones en su ser, pero el milagro no se obra. ¿Qué puedo hacer a las siete la mañana tras haber ingerido 15 (contabilizados oficialmente y algún otro) whiskies más la medicación? Pues nada, lógico. Pero la cuestión radica en que la chavala no se vaya descontenta de mi humilde hogar bangkokiano. Y así es. Tras los amagos, vemos que la situación no lleva camino de prosperar. Lo mejor es que cada uno repose en su respectivo lecho. No despedimos efusivamente, tanto que ella me deja, muy conscientemente, un “chupón” en el cuello para marcarme y ahuyentar a posibles féminas que quisieran “gozar” de mi compañía. Quedamos para el día siguiente, como si fuéramos “novios formales”, jajaja. Pero Tailandia, y en especial sus habitantes, nunca paran en su empeño de sorprendernos. De hecho la noche en la que se debía reafirmar nuestro amor, por decir algo, sucede lo inesperado, o no tan inesperado …

El día transcurre con normalidad. Cine, compras, masajes podales, internet, sushi, CNN, bañito en la piscina, etc., lo habitual en un vividor radicado en el sudeste asiático. Llega la noche, y una vez más retomo mi rutina que, cada noche incluye alguna pequeña variación para no convertirse en monótona. Una copa aquí, un chochete aquí, dos copas allá, dos chochetes allá, la cuestión es que mi obligación moral es la de descubrir nuevos “paisajes” para los amigos que me acompañan de tanto en tanto. Soy el explorador, la avanzadilla que investiga cómo está el terreno objeto de una futura expedición realizada en profundidad.

Pero es la estación terminus es siempre el soi 13. Allí acabamos los que no sabemos cómo acabarán nuestras vidas, a pesar de de algunos ya lo suponemos. En la entrada del callejón no figura la inscripción “Carpe Diem”, sin embargo, todos los que por allí pululamos llevamos inscrito el dicho latino en nuestros corazones.

La inercia me lleva al soi 13. Pasan pocos minutos de las dos de la mañana, y ya estoy allí, sentado en mi silla de resina barata, frente a una mesa plegable que cojea por los cuatro costados, y esperando mi copa de Johnnie. ¡Qué triste es la vida del desocupado con recursos! No tardan en aparecer las amistades. “¿Qué has hecho hoy?” pregunta uno. “Pues nada”, responde el otro. Es la tónica habitual, salvo raras excepciones.

Como no podía ser de otro modo, aparece Kai. Charlamos un rato y luego cada uno se reúne con su grupo para seguir con las “profundas” disquisiciones que pueden tener lugar en tan peculiar espacio.

Pasan pocos, a mi entender, pocos minutos, y ya me encuentro dentro de un taxi, así, de sopetón. Ya conozco a la hembra medianamente, y le indico al conductor que nos lleve hasta mi residencia. ¿Un error? Tal vez …

Kai entra en mi apartamento como si hubiera estado allí toda la vida. Yo sigo mi rutina habitual como si nadie estuviera allí incomodándome. Me desvisto, me ducho, me ato la toalla a mi cintura y le digo hola a la “intrusa”.

No pasan dos minutos y ya estamos en plena acción. ¿Estamos? Más adecuado sería decir que YO estoy en plena acción. Ahí estoy yo, como un mariscador gallego, en busca del percebe. Consigo, a mi entender, que ponga máquinas a plena potencia, y por los signos físicos, así parece ser. Ante ciertas pruebas, no hay engaño, y ante Johnnie Walker tampoco. Mi gozo en un pozo. Mi auto-engaño podía llegar hasta cierto punto y yo lo sabía. Hago un amago de penetración que sonrojaría a cualquier pre-adolescente.

Abatido por el alcohol, el alprazolam y la doxepina, opto por la retirada, en este caso la suya y no la mía. De la mejor forma que puedo le doy a entender que debe abandonar mi espacio vital. Como buena puta, lo entiende al instante, sin embargo, quiere dejarme un recuerdo. Me besa en los labios, en la mejilla, en la barbilla, y en el cuello. Allí se detiene. Bien, le habrá gustado mi cuello, siempre perfumado con Armani clásico. Pero las putas siempre llevan algo perverso en su interior. Comienza a succionar, pasan los segundos, pasan los minutos, y yo no reacciono. Sé lo que está haciendo, pero en mi estado, lo único que quiero es dormir. ¡Me está marcando como a una res!

No sé de qué forma le doy a entender que yo tengo que dormir solo. Un mantra se repite en mi cabeza: “Vete a tu puta casa, vete a tu puta casa, vete a tu puta casa, …”.

Una vez logro desembarazarme de la amante obsesiva, me desplomo sobre mi lecho.

La historia con Kai me está resultando estresante. Mi psiquiatra me obligaría a dejarla ipso facto. Mi paso por las más diversas consultas médicas ha hecho de mí un auténtico experto en trastornos mentales. Sé que mi relación, por llamarla de alguna forma, está siendo perjudicial para mí, como la mitad de las cosas que hago en la vida.

A cualquiera le resultaría fácil romper con una puta, pero yo soy un caballero hasta para eso. Debo elaborar alguna estratagema que conduzca a la ruptura, si bien me temo que ella no tardará en facilitarme la labor.

Una noche más aterrizo en el soi 13 y sigo el mismo ritual, tengo algo de autista también, todo tiene que ser igual cada día y si hay variaciones tienen que haber sido previstas con antelación, sino mi mente sufre una especie de cortocircuito con desenlace imprevisible.

Tomamos nuestras copas con nuestros respectivos amigos, nos juntamos un rato, la policía viene a desalojarnos, nos realojamos una vez la autoridad se marcha, todo como siempre.

Hay que calentar la situación. Le recuerdo la infidelidad de hace un par de días. Se empieza a mosquear. Yo me río. Una de sus extrañas manías es hablarme en japonés cuando se cabrea. “Arigató” (gracias en japonés) es lo único que acierto a responderle. Mis conocimientos del idioma nipón son nulos, se limitan a las cuatro clásicas palabras.

Al tercer “arigató” me arrea una bofetada, una de esas que suenan, de las que te giran la cara, las típicas que en las películas repiten a cámara lenta. Mi semblante cambia de inmediato, dirijo la mirada hacia otro lado y la ignoro. ¡Perfecto, me ha dado el motivo ideal! Si bien, yo no esperaba que fuera de forma tan violenta. La que hace una par de horas mostraba orgullosa el chupón que ella me había hecho la noche anterior, ahora se torna en un compungido ser que no puede reprimir las lágrimas. Se percata de que su acción ha ido demasiado lejos. Por lo que sé, es de lágrima fácil y … falsa. No en vano, mientras llora y me suplica perdón, se acerca una amiga a preguntarle no sé qué. Entonces, repentinamente, ceja en su llanto y conversa con total normalidad con ella. Una vez marchada la amiga, reanuda la llantina en el punto donde lo había dejado. A duras penas mantengo el rostro impávido, de tanto en tanto esbozo una sonrisa que intento camuflar echando el humo del cigarrillo que estoy fumando. Lo único que le digo es: “A mí nadie me ha pegado nunca, y tu no vas a ser la primera”, una frase un poco “de manual”, pero en tailandés y a esas horas, no puedo hacer florituras con el idioma. Me levanto, y sin girarme, tomo el primer taxi que encuentro. Objetivo conseguido. ¡Me he librado de ella, y ella ha sido la culpable!

Recapitulemos, porque todavía tengo fresco el recuerdo en mi mente, dado lo poco frecuente de la situación vivida con la tailandesa. Además, deseo profundamente que esta experiencia sirva de ejemplo a los lectores que quieran tomar un rumbo hacia el lejano sureste asiático, y entablar relaciones “estables” con súbditas del Reino de Siam. Es importante que reincida en la experiencia vivida, en este caso por mí, para que futuros aventureros no caigan en las garra de semejantes arpías.

Ahí está Kai charlando con sus amistades ocasionales. En vista de que no ha encontrado un cliente “jugoso” (supongo yo) se me acerca y comenzamos a charlar hasta que la conversación se torna en disputa por su parte (cosas del alcohol en las mujeres). Yo, a esas alturas, ya me río, veladamente, de todo. El palique llega hasta el punto en que recibo la mencionada, soberana y sonora bofetada en mi mejilla izquierda. Mi amigo Johnnie (el Black) me echa una mano y me sugiere tranquilidad. ¿Qué voy a hacer? ¿Responder de la misma forma? No, obviamente no. Y eso es lo que más le duele a Kai. Tal vez se esperaba la reacción airada de un novio celoso e iracundo. Pero no. Yo mientras tenga en mi mano mi copa de Black Label, poco caso le voy a hacer a una despendolada. Sin embargo, tonto no soy, y aprovecho la ocasión para finiquitar definitivamente, por si cabía la duda, lo que era nuestra “relación”, si algún día existió. Me libro de un peso de encima y además quedo bien. “Nadie me ha dado nunca una bofetada en plena calle y menos delante de la gente. Tú has sido la primera y la última.” Estas fueron las últimas palabras que oyó Kai de mí. Llantos, desesperación, perdones, arrepentimientos, etc., es lo que pude oír el tiempo que nos seguimos viendo. Me hizo especialmente gracia el día de la bofetada y la llantina, por este motivo lo vuelvo a remarcar. Se dio la peculiar circunstancia de que mientras hablaba conmigo, su llanto era algo conmovedor (para el advenedizo), pero en el momento en que se acercaba un amiga a charlar, súbitamente la pena desaparecía y se entablaba una conversación de lo más normal, algo que acabó por sacarme de quicio, y ¿a quién no? Una vez terminada la charleta, Kai proseguía con su llanto como si no hubiera habido interrupción alguna ni cosa grave que la perturbara. ¡Válgame Dios! No me importa que me consideren tonto, pero hasta cierto punto.

Los días venideros nos seguimos viendo en el soi 13, nos saludamos y poco más. De tanto en tanto recibo una llamada suya que no atiendo. No me sabe mal. Ella siempre reconoció que era puta, muy puta.


EN LA PRESENTACIÓN DE LO ÚLTIMO DE LA CASA J.WALKER

Por muchos años que lleves circulando por Bangkok, la ciudad siempre te depara nuevas sorpresas. Somos muchos los que, por costumbre o vicio, tendemos a relacionarnos con mujeres de dudosa reputación. Bueno, realmente su reputación solemos conocerla de antemano. Sin embargo, de tanto en cuanto, aparece una nueva que nadie conoce. Ahí surge el morbo. Es obvio que la mujer que circula por ciertos andurriales no es “trigo limpio”, pero atrae la atención de los que la vida nos empuja a nadar en aguas turbias.

6.3.07

Lady Diana’s brother

No cabe duda de que Camboya ofrece innumerables atractivos de lo más diverso. Uno de éstos es la venta libre de psicofármacos en las apotecas. Y es que por un puñado de dólares, casi cualquiera se vende en este bendito país. Es suficiente, y necesario en muchos casos, conocer el principio activo de lo que deseamos adquirir, y muy amablemente, en caso de no conocer lo que estamos buscando, indagan, mediante el “Vademécum” y encuentran su equivalente comercial. Lógicamente, como es de suponer, el Trankimazín se llama así sólo en España, sin duda, quien lo nominó debe de ser un cachondo mental. En el resto del planeta los nombres para este medicamento son algo más crípticos: retán, zolam, etc. La denominación que se lleva la palma es la que le puso su fabricante original: Xanax. Un palíndromo que evoca aventuras espaciales por planetas por explorar; “Cuando el hombre llegó al planeta Xanax” podría ser el título de alguna novela de ciencia-ficción.

Una práctica habitual en Asia es la de dispensar las pastillas, por lo general, por unidades. Es decir, si a uno le hacen falta cinco comprimidos, pues se le venden cinco, y no una caja de 20. Supongo que este sistema será de difícil implementación en España por presión de las poderosas industrias farmacéuticas que verían mermados sus ingresos.

Mi inquietante interés por el suicidio me ha hecho ver que esto es el paraíso terrenal para cualquier suicida que quiera morir dignamente en un lugar que se puede asemejar al paraíso. Un edén semejante al prometido a los pobres ingenuos palestinos que se inmolan con la esperaza de alcanzarlo en un pispás, lo único que veo que entraña cierta dificultad es encontrar 40.000 vírgenes en Camboya.

La siempre agradable tripulación de Air Asia

Hace un par de años me llamó una escueta noticia aparecida en los medios de comunicación españoles: el hermanastro de Lady Di se había suicidado en un hotel de Phnom Penh. Bueno …, como suelen decir en estas ocasiones, “había fallecido en extrañas circunstancias en la habitación de su hotel” o también “tenía problemas de sueño y se excedió con las pastillas, unos bonitos eufemismos para ocultar una tormentosa historia de drogas y alcohol. Debo reconocerle el buen gusto al hombre; Phnom Penh es el lugar ideal para efectuar el tránsito: mujeres, drogas legales e ilegales, alcohol y todo lo que a uno se le antoje, un “pack” completo por un módico precio.

Mi retorcida mente me lleva a buscar el lugar del óbito a modo de homenaje a los suicidas famosos del mundo. Me planto en el “hall” de mi hotel y me acomodo frente a uno de los ordenadores puestos a disposición de los huéspedes. “Lady Diana brother Cambodia dead” escribo en el Google. Confío en que alguna de las noticias publicadas al respecto me dé pistas sobre el lugar en que el británico hizo el check-in para su último viaje. ¿Sería en primera clase o turista? Son pocos los hoteles de gran lujo en Phnom Penh, pero supongo que alguien de su alcurnia debía de alojarse en este tipo de establecimiento. A medida que leo las referencias me voy percatando de que el viaje lo hizo en clase turista. No encuentro en ninguna página el nombre del establecimiento, pero se deja entrever que era en algún hotel modesto donde se produjo el fallecimiento. No es cuestión de ir preguntando por ahí dónde murió el hermanísimo, más que nada porque es probable que nadie sepa de qué estoy hablando. Los moto-taxistas saben dónde conseguir todo, desde drogas hasta menores, pero me temo que la información que estoy buscando no me la puedan facilitar. Tampoco es cuestión de preguntar en el hotel donde me alojo, ya me imagino los cometarios posteriores: “Mira, mira, ahí va el putero necrófilo”. Abandono mi luctuoso objetivo y me lanzo a la calle. No sé si pasear por el puerto, ir de putas o ver un documental sobre el holocausto camboyano que proyectan en una improvisada “sala” de apenas 20 metros cuadrados situada sobre un bar ubicado frente al río. Eso sí fue una masacre que no se puede comparar ni con la de Hitler. En pocos años, el dirigente comunista Pol Pot pepetró un genocidio con el que eliminó a 2 millones de individuos. ¿Qué hubo más muertos en la Alemania nazi? Sin duda, pero el problema es que Camboya contaba con cuatro millones de habitantes, por lo que se cargó a la mitad de la población, cosa que no hizo el Führer … porque no le dejaron, supongo …

Al final opto por darme una vuelta sin objetivo concreto. Pillo una moto y le indico la dirección a seguir. Por la tarde, el lugar más agradable para pasear es la ribera del Tonle Sap, parece que toda la población de Phnom Penh se desplaza hasta allí para pasar unas horas al fresco… bueno, fresco fresco no, pero se está bien.


Por las calles de Phnom Penh

Paseando llego hasta una explanada que parece un proyecto inacabado de plaza con árboles y césped; de los primeros queda algo de lo segundo apenas cuatros briznas que han soportado el paso de los viandantes y la ausencia de agua. Un enorme escenario situado en el medio concentra a varios centenares de personas que siguen con atención pero sin pasión alguna las evoluciones de los diversos artistas que por allí desfilan. Hay cámaras de televisión, por lo que deduzco que debe de tratarse de algún acontecimiento de cierta relevancia. No tardo en percatarme de que se trata de “Operación Triunfo” versión camboyana. En un monitor sigo la emisión. Veo la publicidad, las conexiones y todo lo que rodea el espectáculo. Recuerdo que desde mis primeros viajes a Asia me había llamado la falta de consideración de los espectadores hacia los artistas al no aplaudir nunca. Con el tiempo he aprendido que tal carencia es una muestra más de la reserva que caracteriza a los asiáticos, que rara vez exteriorizan sus sentimientos, sean estos buenos o malos. Tal inexpresividad se da también en las relaciones personales. Pueden pasar años sin reencontrarte con un amigo o familiar, que el día del encuentro no habrá abrazos, besos, ni mayores signos de alegría, todo quedará en un “Hola, ¿qué tal”, a lo sumo. No quiero decir que los asiáticos sean fríos sino que reservan sus pasiones a las cuatro paredes de la casa. En alguna ocasión he debido enfrentarme a la furia femenina de alguna amiga que no estaba muy de acuerdo con mi comportamiento. Eso sí, gritar no gritan pero si te pueden clavar un cuchillo, te lo clavan, eso sí, en silencio. No quiero hablar de las que optan por acciones más contundentes, y emplean los cuchillos para extirpar el apéndice masculino. Sólo con pensarlo, me dan escalofríos.

Me paseo por la plaza que un día tuvo césped, hago fotos a diestro y siniestro. Resulta entrañable contemplar los juegos de la feria, esos juegos que ya han desaparecido de la geografía española: reventar globos con dardos, pescar patitos de goma con una caña, etc.


Los presentadores de Operación Triunfo versión camboyana

Súbitamente, a mis espaldas oigo cierto tumulto. Me giro y veo a una mujer tendida en el suelo. El espectáculo, el del escenario, es malo, pero no hasta el punto de hacer perder el sentido a la gente. Como cualquier hijo de vecino, en cambio de ayudar en plan “soy médico, apártense, traigan agua”, que no habría estado mal para quedarme con el personal, me limito a contemplar el “show” alternativo que se me está ofreciendo, el hideputa que llevo dentro aflora en los mejores momentos. Una vez más se impone el estoicismo asiático y nadie grita, llora o se desespera. Esas manifestaciones histriónicas se quedan para otras latitudes del planeta, en especial los países árabes.

Impera una serenidad que llega a ser preocupante. La mujer allí tendida, y la gente sin apenas inmutarse, salvo sus acompañantes que acaban cogiéndola en brazos. Qué bien, me han dado la alegría de la tarde. Me alejo del lugar del suceso pensando en lo cabrón que puede llegar a ser uno, ¿qué le voy a hacer?, me sale de dentro.

Los músicos se suceden uno tras otro y aquí no aplaude ni el Tato, si tuviera más cara para estas cosas, me habría puesto a aplaudir sonoramente para ver la reacción del respetable, pero al no mediar apuesta ni reto alguno, desestimo mi ocurrencia, por raro que parezca conservo algo de vergüenza.

Parece que el paseo me ha abierto un poco el apetito, cosa no muy frecuente durante las temporadas en que intensifico la ingesta de ansiolíticos y antidepresivos a causa del aumento de la ingesta de whisky, una pescadilla que se muerde la cola. Paseo por la fachada fluvial de la urbe, paso por delante de un bar que hace ya un par de años que me llama la atención por dos motivos. Primero, por la leyenda que luce bajo el cartel que indica su nombre y que reza lo siguiente: “Sex tourists are not welcome”; y segundo, porque siempre está cerrado, ¿será esto consecuencia de lo primero? ¡Que Dios le bendiga!


El bar que nunca abre. ¿Falta clientela?

Sigo caminando mientras aparto cómo puedo a los niños mendigos que se me interponen, también me cruzo con vendedores de libros pirata, sí, cómo lo oyen, libros pirata, algo que sin duda fracasaría en España dado el nivel de lectura de los españoles. La práctica totalidad de los tomos versan sobre el propio país y, más concretamente, sobre el genocidio que vivió durante la primera mitad de los años 70.

Una vez superados los obstáculos humanos, llego a una zona en la que se ubican varios restaurantes. Reviso las cartas expuestas en el exterior y me decanto por uno francés, sobre todo por la amabilidad del servicio. Me acomodo en el interior para evitar el acoso de los mendicantes que acechan por la zona, además hace más fresco. Hace tiempo que dejé atrás mi disfraz de turista intrépido deseoso de conocer la gastronomía de los diversos países que visita, que una cosa es ir un par de semanas de vacaciones y otra muy distinta es pasar meses por estos lares por los que nunca ha paseado un cinco jotas.

Una buena sopa de cebolla y una crêpe de jamón y queso componen mi menú. Durante la velada se va la corriente en un par de ocasiones, algo harto frecuente en esta ciudad; la cosa resultaría romántica de ir acompañado, pero estando solo, el asunto resulta algo incordiante. El propietario, un camboyano que ha residido muchos años en el país galo, se acerca a mi mesa para interesarse por mí y mi grado de satisfacción. Conversamos unos minutos antes de que yo me marche al hotel a hacer mi siesta habitual, una siesta que no tiene no hora ni duración determinada, ha habido siestas que se han prolongado hasta el día siguiente …

Aprovechando que en mi alojamiento se recibe Televisión Española, pongo la tele y me voy adormilando mientras Anne Igartiburu va soltando su típica retahíla de noticias que me hacen ver que nada cambia en la madre patria por tiempo que pase. Cuando empieza el Telediario del mediodía (la noche en Camboya) ya estoy más pa’llá que pa’cá. Tras un buen yantar, nada mejor que un buen folgar. Sin embargo, antes es necesario un reconfortante sueño, tras el cual me siento en plenitud de facultades para afrontar una noche que sé cómo empieza pero nunca cómo acaba.


La camarera del "Walk About". 24 horas abierto y buen ambiente

Me levanto medio mareado, como siempre, me tomo mis fármacos de la alegría, me atuso lo justo para resultar mínimamente agradable y desciendo hasta la calle. Allí me esperan los omnipresentes moto-taxistas, que antes de que yo abra la boca me sueltan toda una retahíla con la panoplia de ofertas que ponen a disposición de todo el que quiera. “Ché, ché, ché, tranquilos” les suelto mientras les hago signos de apaciguamiento. Que uno acaba de levantarse y no me gusta que me avasallen nunca, aún menos cuando todavía no estoy despierto del todo. Mi cerebro ya me está enviando mensajes subliminales ordenando a mis glándulas que segreguen testosterona. Me monto en una moto y le digo al chaval: “¿Dónde era eso que decías de unas chicas?”. “¿Las quieres jóvenes?” me pregunta. Reflexiono un momento. ¿Me está llamando viejo o piensa que soy tonto? Sopeso la respuesta. Estoy de buen humor pero quiero que vea que nos soy un pardillo en estas lides. “No. ¡Quiero a la más vieja de Phnom Penh! No te jode”. Se ríe, pero estoy seguro de que no ha captado la ironía. El humor en Asia es muy básico, la tarta de nata en la cara, la silla que se cae, el cubo de agua en la cabeza, etc. Espero por lo menos que no me lleve al asilo de ancianos de la ciudad. Circulamos por diversas calles hasta llegar a un lugar donde fabrican lápidas. ¡Huy, que mal rollo! Por lo visto, en la casa de al lado hay un prostíbulo. El jovenzuelo se encarga de las gestiones, por eso se lleva una comisión. Yo me quedo en el exterior. Eso es clandestino a todas luces, todavía estoy a tiempo de marcharme, pero mi espíritu aventurero me lo impide, sobre todo en estos asuntos. No miro mucho a los que entran y salen del garaje, porque en esta zona del globo, mirar a la gente a los ojos indica desafío, y lo último que se me ocurriría sería provocar a uno de estos chulos. Parece que hay algún problema, mi acompañante discute con uno de los jefecillos. Supongo que no les agrada en demasía que un blanco circule por su territorio. “Oye, que se hay algún problema nos vamos”, les digo desde la distancia.

La proliferación de ONGs y otros organismos oficiales ha hecho que los responsables de la prostitución del país tomen medidas ante la posibilidad de que algún infiltrado les descubra el pastel.

“Entra, entra” me dicen. Ahora no hay marcha atrás. Paso por el garaje/vivienda, donde hay un par de motos aparcadas. Me indican que suba por unas escaleras hasta el primer piso. ”¡Cuidado con la cabeza!”, no es que me la vayan a cortar si me porto mal, es que en este país, y otros de la zona, las casas parecen las de Pin y Pon, diminutas, bueno … hechas a su medida. Me acompaña un muchacho que no creo que llegue a la veintena, es el maestro de ceremonias. Me planta frente a una puerta abierta que da a una habitación, también diminuta ésta. Allí no cabe ni un alfiler. Eso está repleto de chicas que casi se amontonan las unas sobre las otras. “¿Y de precios cómo andamos?” le pregunto en voz baja como si estuviera disimulando, aunque bien mirado, no hay disimulo que valga: un putero (yo) está frente a unas chicas en un sitio llamado prostíbulo, está claro que no he ido allí para dar una conferencia sobre el impacto de la pesca indiscriminada de la anchoa en el Mediterráneo en el mercado pesquero internacional. “Esas 20 dólares, y aquellas 30” me dice escuetamente. “Ah, OK” acierto a decir mientras las contemplo con una sonrisa algo más que forzada. Las veo todas más menos iguales, no entiendo en que se basa la diferencia de tarifas. Con voz titubeante le pregunto: “¿Y por qué unas cuestan más que otras?” “Porque son mejores” y punto. Esta es la respuesta típica en muchos países de Asia cuando no se sabe qué responder. Yo me quedo igual y me siento cada vez más intimidado por la mirada de todas las féminas que me observan, algunas se atreven incluso a hacerme señas para que la escoja. No es cuestión de pasar allí, de pie, toda la noche. Por muy putero que sea uno, siempre es duro escoger a una, porque me da la sensación de que las demás se sienten despreciadas, por mí me las llevaría a todas, pero eso sólo pasa en los sueños. Selecciono a una de las “caras”, una de las que me hacían señas. Subimos los tres por una angosta escalera hasta el piso superior. Aquello es un desmadre, un burdel en toda regla. Gente que sube, que baja, que entra y sale de las “habitaciones”. Le pago al chulo y la chica desaparece un momento. Me quedo solo en el pasillo sin saber qué hacer y con cara de circunstancias. Detrás de mí aparece un adolescente camboyano acompañado de otra chica, los dos echando risas, obviamente no sé por qué, será porque lo ha desvirgado … Aparece la mozuela con una toalla en la mano y no metemos en el lugar del ayuntamiento, un espacio delimitado por tres paredes de contrachapado y sin techo, por lo que se oye todo lo que ocurre en el exterior. La cama, cubierta con una sabana de satén sintético, ocupa la práctica totalidad del habitáculo. Mi desconocimiento del camboyano y el vietnamita hace imposible la comunicación verbal, pero no la oral. Para romper el hielo intento preguntarle por su nombre, pero ni caso. En dos segundos ya se ha quitado el pijama que lleva. No hay un tiempo preestablecido, por lo que el encuentro puede transcurrir con relativa tranquilidad. No obstante el sosiego deseado tarda en llegar, o más bien, no llega en ningún momento. Me despojo de mis prendas, y mi acompañante ocasional pasa una toallita húmeda en salva sea la parte, y nos tumbamos en la cama. Antes de recostarme, me cercioro de no reposar sobre los restos de una visita anterior porque no es la higiene lo que más destaca en este lugar de perdición. Los ruidos de la gente en el exterior no contribuyen precisamente a facilitar mi concentración, con los efectos que ello conlleva. Mi miembro más estimado parece una montaña rusa, ahora arriba ahora abajo. Y eso que he ido sobrio para evitar este tipo de situaciones embarazosas. No hay forma de aguantar en condiciones más que unos minutos, o tal vez debería decir segundos. La chica pone todo su empeño succionando con fruición, pero vistos los resultados, en cambio de tranquilizarme, la muy cabrona se ríe. ¡Joder, me cagontostusmuertos! Pienso. Cierro los ojos he intento abstraerme mientras pienso en situaciones agradables vividas con anterioridad. Parece que la cosa mejora. Llega el momento de ponerse el condón para pasar a la fase final. Momento crítico. Una vez puesto, me encuentro como si hubiera salido de una ducha fría. No hay forma. Pero yo he pagado y no me voy de aquí sin dejar un “regalito”. Con el preservativo puesto procuro rememorar mis mejores momentos para animar la fiesta. Le indico que se tumbe boca arriba, a ver si de este modo la vista le indica a mi cerebro que hay que ponerse en marcha y terminar triunfalmente dejando el pabellón bien alto. La lubricación de la susodicha es prácticamente nula, algo harto habitual en su profesión. Busco un lubricante a mi alrededor, pues en estas habitaciones es frecuente encontrar estos tubitos que ayudan en situaciones complicadas. Pero no, y el lubricante con sabor a frutas diversas que llevo en mi cartera está muy lejos para ir a buscarlo. La camboyana se percata de la situación y recurre al “lubricante” que emplea habitualmente: un escupitajo. Bien, de acuerdo, ya me da igual todo. Mi único objetivo en este momento es “descargar”. ¡Date la vuelta! A ver si ahora me inspiro. Estando el asunto a media potencia, empiezo a atravesarla, no sin cierta dificultad. Ella ni se inmuta, de su boca no sale ni un fingido gemido, que siempre anima, aunque se sepa que es más falso que un euro de madera. Me voy animando, y no voy a cometer la torpeza de intentar aguantar el máximo. A la primera señal de que estoy preparado para disparar, suelto la ráfaga, bastante me ha costado llegar a este punto y además mi físico no está ya para hacer grandes exhibiciones. Parece mentira, con el cuerpo libre de alcohol, y tantas dificultades para entregarme de lleno al libre jolgorio.


No sólo en Tailandia se encuentran cuerpos bonitos

Pim, pam, pum, asunto concluido. Sólo pienso en salir de allí cuanto antes. Tardamos en vestirnos la mitad del tiempo que hemos empleado en despojarnos de nuestras ropas, que ya es decir. Enfilo la escalera hacia abajo como alma que lleva el diablo, “bye, bye” voy diciendo. No huyo de nadie, sólo huyo de lo que considero un fracaso. Claro que aquel prostíbulo no es el lugar donde debo demostrar nada a nadie, pero me he visto a mí mismo y eso me basta. Urge un whisky ya. El motorista me espera con una sonrisa de oreja a oreja, le respondo con una muesca aborto de sonrisa. Tras una eyaculación, Morfeo me tiende sus brazos. Es importante que empiece a beber y charlar con señoritas de mal vivir. “Al Zanzi-bar” le digo a mi transportista. “¿Qué, bien?” me pregunta el impertinente. “Huy, muy bien, perfecto, estupendo, pero tú mira pa’lante” le digo con más cabreo que otra cosa.

A los pocos minutos ya estamos a las puertas del bar escogido para empezar el tour “Phnom Penh La Nuit”. “Toma”, le doy un par de dólares, pero el se queda con cara de “quiero más”. Todavía no se me ha ido el mosqueo por mi estrepitosa actuación, y eso se refleja en mi rostro. No es prudente ni aconsejable discutir con ningún habitante de estos países, por muy mosquita muerta que parezcan, pero tampoco es cuestión de que nos tomen por tontos a los que los dólares les rebosan por los cuatro bolsillos. “Si quieres más, me vienes a buscar mañana” lo mismo que le digo a todos. “Es que te he acompañado y te he esperado, y te he traído aquí” replica él. “Pero allí te harán dado dinero por llevarme ¿no?” le digo con aire inquisitorial pero sin perder la sonrisa, forzada, eso sí. No se atreve a negarlo. Pienso fríamente, y lo cierto es que por un dólar no voy a poner mi integridad física en peligro. “Toma, pero te estoy dando mucho, que lo sepas” concluyo mientras me doy la vuelta para entrar en el local. No me molesto en darme la vuelta para ver su nivel de satisfacción. Prefiero olvidarme del tema y ponerme a charlar con las muchachitas khmers que trabajan en el bar. Las del Zanzi-Bar son putas, pero no mucho. A ver si me explico. Si las pagas, se van contigo a la cama, sin embargo no es su objetivo primordial. Están allí para entretener a los clientes, van vestidas con ropa muy modosita, ropa corriente, vamos que si te las cruzas por la calle no se te ocurre pensar que pueda vender su cuerpo por unos dólares. Dado que la conversación no alcanza un grado de fluidez por sus escasos conocimientos de inglés, opto por desplazarme a un territorio de “caza mayor”: el Martini’s. Allí la presa es fácil aunque debido a su popularidad y a la gran afluencia de clientes, cada vez es más difícil encontrar acompañantes que merezcan lo que piden. Se puede decir que este bar está muriendo por su fama, sin embargo conserva el glamour por haber sido uno de los pioneros en su modalidad. Además, es un buen lugar para hacer amigos de cualquier parte del mundo que te pueden aportar un amplio abanico de informaciones sobre distintos destinos.


No disimulan a la hora de discriminar. Si eres blanco pagas el doble.

Pegar tiros en Camboya es fácil, tanto metafóricamente como físicamente, y si ayer tarde estuve usando una M-16, esta noche sacaré el arma corta, y espero que con más éxito que esta tarde en el prostíbulo, válgame Dios, vaya bochorno.

Y un consejo: quien quiera ver cómo era Asia hace 40 años, que no lo dude, Camboya es su sitio, y esto no va a durar siempre, o sea que arreando que esto se acaba.