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27.10.12

Un día en comisaría 6

 

 

Me encanta la magia. Más en concreto, y para entendernos bien, la prestidigitación. La magia se usa en muchos sectores, y en algunos casos se utiliza con pérfidos fines. En dichos casos es cuando pasamos del entretenimiento al delito. Muchos artistas no tienen escrúpulos en utilizar sus aprendizajes en la dirección errónea. Lo que debía ser un divertimento se convierte en pesadilla para las víctimas.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="475" caption="Nosotros vamos de gorra"][/caption]

Recuerdo que la mañana en que se abrió el Siam Paragon, cuando todavía estaba vacío. Me fui a dar una vuelta, y estando en la planta del subsuelo, se me acercaron una pareja de hindues. “¡Mi amigo tiene poderes!”  Me dijo uno. Me los quedo mirando, y pienso: “Yo también, pero todavía no los habéis visto”. Dado que no tenía nada que hacer en ese momento, me decidí a seguirles la corriente. Sin lugar a duda se habían fijado en mí por ir camuflado de turista.  Nos sentamos en una mesa, y comenzó el barbado a hacer un truco de feria de pueblo. Le seguía el juego con la ingenuidad propia del uniforme propia de turista que portaba, dos palabras en thai, y el juego se iba al traste. Quería saber hasta dónde iba a llegar su impostura. “Escribe en este papelito un número” me dice el gurú. En una servilleta barata de la “food court” escribo cuatro garabatos. El hombre se concentra, parece un actor de instituto sacando fondos para el viaje de fin de curso. Acierta. Cosa que no me sorprende cuando Jandro del Hormiguero hace lo mismo y con mucha más gracia. Pero llegamos al punto crítico. “Ya ves que tiene poderes”me dice su asistente. Pongo cara de asombro y asiento con la cabeza, eso sí, esbozando una sonrisa. “Y ahora …”, les digo. “Voy a adivinar el nombre de tu madre, pero hay que contribuir un poco.” me espetan sin rubor. Mi paciencia llega a un límite y mi tiempo también. “¿Sabes qué? ¡Eres un mago, pero de los malos, malos malísimos.”  Les decía a los dos estafadores mientras me levantaba y marchaba echando carcajadas mientras observaba sus caras de bobos engañados.

 

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="¡Fiiiiirmés!"][/caption]

 

Lo malo, es que mucha gente cae en estos hábiles engaños, gente (la más valiente) que viene a denunciar lo sucedido. El suceso que me ocurrió hace unos años, es un clásico que se puede encontrar incluso en la prensa. Un patrón idéntico para nuevas víctimas. Claro que si sigue funcionando el timo de la estampita, por qué no iba a funcionar el del adivino hindú al que se le supone una sabiduría procedente del lejano Oriente.

 

Febrero. Un padre y un hijo hindúes vienen a denunciar que les han robado 400 dólares con un truco de magia. Así, de sopetón, me parece no entender muy bien el asunto. Siguiendo el procedimiento, les solicitó la documentación mientras les invitó a tomar asiento. Uno ya tiene olfato para detectar los casos que se van a prolongar. El joven parece hablar mejor inglés, por lo que optó por interrogarle a él en lugar del padre, que parece más alelado. “Vamos a empezar por el principio” le digo. “Pues esta tarde, volvimos al hotel después de hacer unas compras. Dejé a mi padre en el lobby del hotel y allí, una pareja le quitó 400 dólares” me explica resumiendo excesivamente. Entiendo que muchas víctimas, tras el trauma, y ante la obviedad de lo acaecido, dejan por supuestos muchos puntos que se nos escapan. Me dirijo al padre, como víctima directa, con el objetivo de que me aclare un poco más el asunto que estamos llevando entre manos. “Estaba yo sentado en un sofá del lobby y se me acercó una pareja muy amablemente. El hombre me preguntó de qué país procedía y le respondí que de India”.

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="Siga las indicaciones para verme"][/caption]

 

Hasta allí parece que no había nada extraño que pudiera hacer sospechar que se estuviera urdiendo un delito. El anciano prosigue: “A continuación, me pregunta acerca de la moneda que se utiliza en mi país, la rupia, y me solicita que le muestre un billete. Cojo la cartera, la abro y saco un billete, lo observa mostrando interés y a la vez me vuelve a solicitar si no tengo otro de mayor denominación. Acerca su mano para tomar el billete, lo mira, me agradece mi amabilidad, y se marchan los dos, él de aspecto árabe y ella occidental. Me guardo la cartera. Subo a la habitación de mi hijo. Le cuento lo sucedido. Miramos la cartera y han desaparecido 400 dólares”. Le acababan de birlar 400 pavos en su cara y sin pestañear. Lo malo es que no se trata de un “show” organizado por el hotel, es magia aplicada a la delincuencia. Obviamente, no se puede ser bueno. Más vale caer mal que no que te sableen.

Seguimos los procedimientos habituales de búsqueda de imágenes en las cámaras CCTV (Circuito cerrado de televisión), pero los resultados suelen ser los habituales, o sea, nulos, para que nos vamos a engañar.

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="Puerta al infierno"][/caption]

 

Soy escéptico por naturaleza. En muchas ocasiones, en cualquier tertulia, me cuentan historias que, por educación, escucho asintiendo. La mayoría me parecen simples historias “interneteras”, que son divertidas para pasar una noche frente a un buen whisky, pero no tiene ningún viso de verosimilitud. Cuando el protagonista te lo cuenta en directo, y desaparece el factor internet y el boca a oreja que siempre lo distorsiona todo, la cosa cambia y la sorpresa es mayor. Veamos un caso.

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="Su seguro servidor"][/caption]

 

En enero, una pareja omaní viene a denunciar la pérdida de 600 dólares USA. Estando de compras por el BIG C (hipermercado) de Ratchadamri se encontraron con un hombre turco. Tras conversar un rato, el turco le tocó la mano a la víctima, y ésta se sintió mareada. A continuación, el otomano se marchó tranquilamente, sólo que ya era 600 dólares más rico. No entiendo por qué no instalan una comisaría en el propio BIG C, porque un porcentaje importante de delitos se cometen en dicho centro comercial.

[caption id="" align="aligncenter" width="216" caption="¿Problemas? Éste es el número"][/caption]

¿Qué cara pones cuando te cuentan eso? Parece que te están tomando el pelo. Pero por otra parte están buscando ayuda. Sentimientos encontrados, sin duda, son los que uno percibe.

El problema radica en que mucha gente tiene el pensamiento de que acudiendo a las fuerzas del orden, su problema puede ser solucionado o paliado. En ciertas ocasiones, y en unos países más que en otros, esto puede ser posible, pero me temo que no es el caso de Tailandia.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="475" caption="¡Gracias por el premio!"][/caption]

A finales del mismo mes, aparece por comisaría una familia hindú, eran tropecientos, aún hago memoria y no recuerdo cuántos eran. Junto a ellos un taxista tailandés que habla a gritos por teléfono. Ha roto la paz que suele reinar en las dependencias un domingo por la tarde, ese momento en que cada uno está con sus cosas, los oficiales frente a su ordenador subiendo niveles en el “Angry Birds” o viendo las últimas gracias que la censura tailandesa deja ver en Youtube. Los hijos de Visnú juran y perjuran que al pagar la carrera del taxi, le hicieron entrega al conductor de un billete de mil bahts. Al no tener cambio, se ofreció para ir a buscar cambio, a la vuelta les dio el cambio de 500 bahts. Por arte de birlibirloque el billete de 1000 había transmutado en uno de 500. Unos que sí y los otros que no. El oficial al mando en ese momento toma cartas en el asunto. Charla con su compatriota mientras yo sigo con los hindúes escuchando su relato una y otra vez; es una parte fundamental de la atención a víctimas, escuchar y escuchar y volver a escuchar porque te repiten lo mismo hasta la saciedad. El policía toma la decisión de registrar el vehículo. Con una lamparita de leds echa un vistazo, por cumplir con el expediente, porque la verdad es que el escrutinio no era muy concienzudo. Conclusión: en el coche no hay billete de 1000. Se registra al taxista. Tampoco lleva nada destacable en sus bolsillos. La indignación de la familia “curry” aumenta por momentos. Se requiera al taxista que se descalce, para sorpresa de todos, el hombre no tiene pie derecho, pegamos todos un bote para atrás. ¡Joder, un tío sin pie nos ha llevado en coche por toda la ciudad! Se da el dinero por perdido. Sin embargo, el oficial tiene una última carta guardada en la manga, una jugada sorpresa que nos deja a todos desconcertados, pero por motivos distintos en cada uno de nosotros. Se me acerca y me comenta su plan: “Mira, he pensado que voy a hacer jurar delante de la estatua de Buda al taxista. Si les ha estafado, no se atreverá a jurar, si les ha estafado, nos dirá la verdad. No puede fallar”.

[caption id="" align="aligncenter" width="475" caption="Cuidado con el atuendo"][/caption]

La verdad es que me da algo de vergüenza exponerles la situación a los turistas, pero lo hago buenamente sin que se me pueda escapar una suerte de mueca ante lo surrealista de la situación. El hombre se pone de de rodillas y con las manos juntas avanza hacia el pedestal con diversas figuras de carácter religioso que tenemos en la calle delante de la comisaría. Me dan ganas de grabarlo en vídeo, pero entiendo que no es el momento, hay que guardar las formas ante tamaña prueba empírica de inocencia. Hecha la prueba del algodón, el policía me mira con cara de: “Ves, lo que te decía. Esto no falla.”  Bastante desconcertado, miro a las víctimas del engaño con cara de circunstancias, y me planteo de qué modo puedo explicarles los métodos policiales de investigación empleados por estos lares. Antes de que yo diga nada, adivino en sus rostros la aceptación de lo inevitable. Los dioses han hablado y ante esto, no hay apelación. Con cierta vergüenza y pidiendo perdón por el lamentable espectáculo, que parece no haberles desagradado demasiado, me despido de ellos y regreso con el agente al interior del establecimiento policial. Me siento en mi mesa y hago el pequeño reporte que hacemos habitualmente tras cada intervención. Visto esto, ya me espero cualquier cosa.

 

El 25 de febrero comparecen ante mí dos jóvenes coreanos algo alterados con varios papeles en sus manos. Sigo el procedimiento habitual. Mientras les digo que sí a todo, aunque no entienda nada de lo que me están diciendo, les ruego que tomen asiento y les solicito amablemente que me cuenten su historia de nuevo y despacito. Por lo visto, los pipiolos habían sido víctimas de un robo en su propia habitación. Una vez dicho esto, ya me imagino el resto de la historia, pero estoy en la obligación de escucharlos. Todo lo robado empieza por I (Ipad, Iphone, Ipod), cosa rara entre los coreanos que son súbditos de Samsung, además de una generosa cantidad de dinero en metálico. En ocasiones tengo la impresión de que Apple tiene gente repartida por el mundo para robar sus aparatos, no es normal que en el 90% de las denuncias los objetos sustraídos sean de la casa de la manzana.

Por lo que me van diciendo, entiendo que una de las “chicas” insistía mucho en que bebieran, tras lo cual cayeron en un profundo sueño. Realmente se trata de una ampliación de denuncia. Traen consigo el resultado de unos análisis clínicos realizados a petición de un oficial. No soy experto forense pero entiendo bien que su tasa de benzodiacepinas en sangre, alprazolam, en concreto (Trankimazín), es muy elevado, no hasta el punto de causar la muerte, pero sí como para dejar a una persona grogui en pocos minutos y durante un largo tiempo, y si a esto le añadimos el alcohol ingerido, la cosa pasa de marrón oscuro a negro. Mientras me siguen contando su inocente historia me dan ganas de levantarme y gritarles: “¿Me estás tomando por imbécil o qué? ¿Quién coño se va a creer que te llevas a dos travelos a tu cuarto par charlar de la situación económica mundial?" . Pero no lo hago y sigo zen. Allí sigo con el semblante serio y echando un vistazo en el ordenador a ver a cuanta gente le gusta la última foto que he subido en mi facebook, todo muy profesional. No acabo de aclararme del motivo por el que quieren ampliar la denuncia con ese dato. Me aclaran que por estar algo aturdidos y por miedo no habían querido hacerlo el día anterior. Según supieron más tarde, el más jovencillo fue encontrado tirado junto al puerta de su habitación durmiendo en el suelo, la mujer de la limpieza lo metió dentro. ¿Cuando se va a enterar la gente de que NO hay que llevar a nadie a la habitación, que para eso están los hoteles por horas? Me recalcan que la bebida era de calidad y el somnífero no venía de fábrica, como si el dato fuera a ayudar algo en la investigación que no se va a llevar a cabo. Se les da las gracias por haber aportado los datos, se amplía la denuncia, y vuelta a la rutina. “Siguiente”.

 

La estulticia humana no tiene límites. Cuando crees que has visto al hombre más bobo de tu vida, viene otro y lo supera. Es el caso de un japonés que un buen día se presenta a denunciar a alguien. Los japoneses son tan duchos en idiomas como los españoles. Tras intentar reiteradamente que nos diga a quien nos quiere denunciar, siempre obtenemos la misma respuesta: “a una mujer”. Bien, ya podemos descartar a algo más de la mitad de la población mundial. ¿Pero qué ha pasado? le preguntamos de nuevo. “Pues ayer, le presté dinero a una mujer. Fui a un cajero, saqué dinero y se lo di a una mujer. Y ahora no me lo quiere devolver”. El problema radicaba básicamente en que no tenía ni idea de quién era esa mujer, no sabía ni como se llamaba y mucho menos sus coordenadas. Como único dato, poseía en un papel, un número de teléfono que afirmaba ser de la beneficiaria del préstamo. llamamos a dicho número, y la ciudadana tailandesa negaba conocer a dicho nipón y mucho menos haberse beneficiado del incauto turista. Era, lógicamente, la respuesta que esperábamos. Se le informa de que nada podemos hacer, y de que hasta la fecha, todavía no hay vacuna contra la tontería, que si un día hay, ya le contactaremos para que acuda urgentemente al centro médico más cercano para vacunarse de urgencia.

 

Una tarde de febrero, al llegar a comisaría, antes de poder sentarme en mi mesa, me llaman con cierta premura. Al fondo de una de las salas de denuncia yace en el suelo una mujer negra que gime de dolor. Imposible, por parte de los agentes, comunicarse con ella. Está consciente. Empiezo a hablar varios idiomas hasta ver con cuál reacciona. Al margen del alemán, con el que todo el mundo reacciona convulsionándose, parece que el idioma de Voltaire surte cierto efecto. ¿Qué le pasa señora? le pregunto amablemente. “Estoy muy mal de la cabeza, estoy muy mal, ay, qué mal estoy de la cabeza.” repite sin cesar en francés. Hasta ahí podía llegar yo, no hacía falta que lo dijera. Continúo con un sutil interrogotario dado que se sospecha que pueda tratarse de una mula que lleva en su interior algo más que visceras. Afirma que hace 10 días que no come, de ahí sus dolores abdominales. Se revisa su documentación y se comprueba que aterrizó en el Reino hace tres días, proveniente de Túnez. Ahora no se sabe si su “negocio” es de importación o exportación. Tiene todas sus pertenencias con ella. Se opta por derivarla a un centro hospitalario para efectuarle las pertinentes pruebas radiológicas que determinarán la situación real y el futuro de la indígena africana. Acude una ambulancia y se la lleva con todo lo que traía. Asunto concluido. Si hay algo más, ya se ocuparán otros, que aquí tenemos otros menesteres.

[caption id="" align="aligncenter" width="317" caption="Inmigración le da la bienvenida"][/caption]

 

El famoseo muestra su cara más oculta en las comisarías. Si un personaje conocido pasa por un establecimiento policial, no suele ser por nada bueno. Éste fue el caso de un destacado rockero tailandés que tras hacer unas declaraciones poco afortunadas en las que reconocía su adicción a las drogas, pasó a ser objeto de investigación. Tailandia no es Occidente, y lo que en nuestros países es “guay” en el Reino de Siam es delito. Tras los pertinentes interrogatorios para averiguar quién se suministraba las sustancias estupefacientes, el juez dictaminó que debía ingresar en una clínica de desintoxicación. Pero el caso que nos ocupa no es realmente el de su detención y puesta a disposición judicial. Un buen día, aparece por la comisaría un “farang” (occidental) diciendo que tiene miedo, que su vida puede estar en peligro por culpa de Sek Loso (el rockero en cuestión, que parece uno de los Chichos). Afirma que es el marido de la novia de éste. ¿? No acabamos de hacer la composición de lugar, y le hacemos repetir lo que acaba de explicarnos para cerciorarnos de que hemos entendido bien lo que parece un situación algo surrealista. El occidental denuncia que recibe amenazas del amante de su mujer que resulta ser un intérprete muy famoso en el país. El caso está perdido de entrada. Farang contra thai, farang que pierde, tan cierto como el hecho de que montar un bar en Tailandia es lo mismo que tirar dinero por el retrete. Le damos consuelo al hombre porque otra cosa no podemos darle. A los pocos días, el hombre ya puede respirar tranquilo, la estrella del rock es detenida, pero no por su denuncia sino por sus inapropiadas declaraciones a la prensa de un país en el que algunos temas no deben ser mentados ni en broma.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="219" caption="Apunte este número en la agenda del móvil"][/caption]

La prepotencia de bastantes anglosajones se hace notar con cierta frecuencia por estos lares. Es muy habitual que los ciudadanos de países anglófonos pidan una traducción de la denuncia al inglés, un idioma que tiene en Tailandia la misma validez que el mapuche. Les cuesta entender que un idioma tan universal en muchos aspectos de la vida, no pueda ser empleado en documentos oficiales como son las denuncias policiales. Cuando aparece alguno de estos individuos, se le remite a un bufete (no buffet, como oigo en alguna ocasión, que eso es para comer) de abogados para que le solucionen la papeleta. Algunos dicen que han visto a Artur Mas pidiendo una copia en catalán, pero creo que son sólo rumores.

 

Los españoles somos buenos para dar la nota. No hace mucho, se presentó un ciudadano español para denunciar la pérdida de toda su documentación tailandesa (permiso de conducir, tarjetas, residencia, etc.). Cuando nos aprestamos a tomarle los datos, manifiesta que el extravío se ha producido en España. ¿Cómo quieres denunciar un hecho acaecido en España en una comisaría tailandesa a 10.000 kilómetros de distancia, criatura de Dios?

 

Los casos se suceden día tras día, y no ha lugar al aburrimiento. Saber thai tiene esas cosas, que te enteras algo más de los entresijos del país de las sonrisas. ¿He dicho sonrisas?

19.5.12

Historia de dos estafadores estafados

    A mediados de los setenta llegué a España. Era un niño al que los periódicos le resultaban cosas ajenas que no tenía más utilidad que la de hacer “papier maché”. El 20 de noviembre de 1975, en uno de los quioscos que había en la Puerta de Alcalá me di cuenta de la importancia de aquellas hojas en blanco y negro que la gente se arrancaba de las manos. Sin embargo, mi interés por la prensa nació el día en que descubrí la sección de sucesos. Por aquellos años, en mi casa se leía el diario YA, muy católico éste. Cuando volvía del Liceo a mediodía (y no volvía por las tardes porque los italianos no hacían esas cosas de ir a clase mientras haces la digestión), me apresuraba a abrir el periódico única y exclusivamente por la página de sucesos, bueno … y alguna vez por la página de información gráfica, por si había alguna foto que me llamara la atención, sobre todo si era de cogidas de toreros, algo que a un niño procedente de Europa le resultaba a todas luces llamativo y exótico.   Con lo años, mi interés por el mundo de los sucedidos, se fue acotando a los delitos menos escabrosos. La fragilidad de la mente humana despertó mi interés, aunque por aquel entonces nada sabía de fragilidades mentales, pero sí de lo tontas que podían llegar ser las personas. Las sectas empezaban a florecer por toda la geografía española, intentando desbancar a la que había sido la secta por excelencia: El Opus Dei. Y el mundo de los timos, íntimamente relacionado con las sectas, fue lo que siempre me cautivó. La estulticia del hombre puede llegar a límites insospechados, y con los timos se da fé de ello.     Una atalaya privilegiada para observar el mundo de los timados y timadores, es una comisaría. Hace unos años, cuando entré por primera vez en unas dependencias policiales tailandesas, me hicieron el “tour” para conocer bien el lugar donde iba a pasar horas en el futuro. En una especie de trastero, junto a los vestuarios, mi acompañante me dice: “Mira, un millón de dólares”. Sin saber muy bien qué decir, me limito a responder con un lacónico “ya, ya”, como si fuera lo más normal del mundo tener tirados en un cuartucho paquetes y paquetes con miles de dólares. Ante mi cara de “¿de que coño me está hablando este hombre?”, me invita a coger uno de los fajos. Obviamente, no se trata de dinero auténtico sino de simples cartulinas. “Se lo han currado los tipo”, pienso para mis adentros. La verdad es que recortar centenares de cartones de color negro debe de ser agotador, no lo hace cualquiera...     Una tarde de diciembre me encontraba enfrascado en mis tareas habituales, es decir, pasearme por foros de todo tipo, leer la prensa española, echar un vistazo a la web de mi pueblo, etc. e incluso me atrevería a decir que trabajar por momentos. Al ir a estirar las piernas me crucé con dos negros, pero negros negros, negros como el carbón, que tenían la impresión de estar negros también interiormente, y vislumbraban también un horizonte negro. Los agentes se los llevaban al cuarto que no tiene ventanas, un espacio que tanto sirve para hacer interrogatorios como para cenar, en España se llamaría un área multidisciplinar, aquí es el sitio donde te enseñan disciplina.   Dado que mi asistencia no era solicitada, me quedé en la escaleras de la comisaría fumando un cigarrillo. Mientras satisfacía a mis glóbulos rojos aportándoles la nicotina que requieren a diario, salió un oficial de paisano (esto lo supe poco después) y mientras se dirigía a un vehículo estacionado frente al edificio, me pidió ayuda. Sin saber de qué trataba el asunto, lo acompañé. Llegados a la "pick-up" (coche con la parte trasera descubierta destinada al transporte de objetos, y gente en algunos países) entendí que el asunto trataba sobre mi capacidad para ser mozo de carga; un par de bultos enormes situados en la parte trasera del vehículo, esperaban ser descargados. Los esfuerzos mentales, no me importan hasta cierto punto, los esfuerzos físicos no forman parte de mi idea de lo que es la vida.   Afortunadamente, nos acompañaba un joven de aspecto árabe pero que parecía formar parte de aquel extraño grupo que había aterrizado esa tarde noche en nuestras dependencias. Me hice un poco bastante el loco y pasé de largo para a continuación ponerme a dirigir el tráfico sin que hubiera necesidad alguna. Una vez descargadas las maletas, me acerqué para echar un vistazo con las palmas de las manos apoyadas en las lumbares mientras les decía: "¿OK? ¿OK?" Supongo que ellos pensaban: "OK tu puta madre". Pero yo ya me había escaqueado una vez más, nadie supera a un español en escaqueo, ya me ocupo yo de mantener el liderazgo del país.   Cargados como dos mulas, los hombres se dirigen al interior de la jefatura. Por el camino, el equipaje intervenido desprende un polvillo blanco. Al desconocer las particularidades del caso, deduzco erróneamente que se trata de heroína o cocaína, aunque me llama la atención que se permitan ir dejando tras de sí un reguero del preciado polvo blanco.   Kit del timador   En el interior de la comisaría, junto a la puerta de los calabozos y a pocos metros de los temblorosos pícaros de poca monta, depositan el equipaje. Mediante señas, uno de los oficiales indica a los sujetos que se sitúen uno junto al otro para efectuar las fotografías de rigor. En la mesa junto a la entrada a los calabozos, el oficial deposita el contenido de la cartera de uno de lo detenidos. Uno de ellos tiene entre sus manos un papelito con un número de teléfono. "Es el teléfono del traductor, es el teléfono del traductor, él dijo que no nos pasaría nada si le dábamos 2000 dólares" no paran de decir sin que nadie les haga ni caso, menos yo que tengo curiosidad por saber quién es el menos malo de la película, porque en Tailandia raramente hay un bueno de la película. "Cuéntame qué te pasó" le digo al chaval después de la sesión fotográfica. "Pues que el traductor entró en la habitación del hotel en Pattaya, no enseñó una placa y nos tuvo secuestrado dos días" me dice atropelladamente.   A cada momento, intentan acercarse hasta mí para explicarme su versión particular del malogrado suceso que les ha traído hasta aquí. Entre tanto “cara-chino” les parece que el único que les puede sacar del entuerto es un blanco, curioso sin duda. Sólo acierto a entender que culpan al traductor egipcio de haberse quedado con su dinero. Nadie me cuenta nada, sólo logro juntar varios fragmentos de un mismo relato sin llegar a formar una historia congruente, algo habitual en estos ambientes de estafa y engaño en los que no te puedes fiar ni de tus propias sospechas.   Entre tanto, en otras dependencias de la comisaría, veo cómo el egipcio habla con una pareja de thais, parece ser que son los que iban a ser estafados. Se les ve seguros y confiados, como cualquier thai que se encuentra en una comisaría a sabiendas de que le van a dar la razón en detrimento del extranjero, tenga éste razón o no.   Me intriga el hecho de que un intérprete se pasee por Pattaya con una placa de policía deteniendo y reteniendo a la gente. Le expreso al oficial superior venido de la región costera mi estupefacción ante esta circunstancia. Me escucha y me da la razón como a los tontos. No sé si no me entiende o le da totalmente igual lo que le estoy explicando, me inclino por lo segundo, pero ya que me han invitado a la fiesta, pues me quedo. No puedo dejar de observar a los dos africanos, sus temblores van en aumento, y no es por la temperatura que supera los 20 grados, sino por el canguelo de encontrarse entre rejas en un país en el que las garantías de mantener la integridad física tras los barrotes son netamente muy inferiores a las que podrían encontrar en un país occidental.   Me vuelvo a acercar a ellos para ver si consiguen aclararme algo de esta historia que de no ser real, podría considerarse un auténtico vodevil. “Pues el egipcio nos retuvo en el hotel y luego, de camino a Bangkok nos dijo que si le entregábamos los 2000 dólares que llevábamos, no nos pasaría nada. Pero ahora nos encontramos aquí esposados”, me contaba el mayor de los detenidos, un libio de 22 años que temía correr la misma suerte que su ex-presidente. “Sé que hemos actuado mal, pero no sabemos qué nos va a pasar”, proseguía. La verdad es que casi daban pena, a no ser porque en el fondo sabía que eran unos aprovechados que vivían a base del sufrimiento ajeno. Poco o nada me importaba su suerte, sin embargo, la curiosidad me llevaba a seguir junto a ellos con la esperanza de llegar a conocer el funcionamiento de la mente de estos delincuentes.     Tras algunas averiguaciones e informaciones posteriores, concluyo que la avaricia y el exceso de confianza en sí mismos les llevó al punto en el que se encontraban ahora. Por lo visto, la estafa se había urdido con bastante antelación. Hacía un tiempo que ya habían contactado con un acaudalado, tan acaudalado como bobo, empresario tailandés al que le habían hecho el número de la conversión de los papeles negros en dólares en un hotel de Bangkok. En vista de la estupefacción del hombre y de su predisposición a ser timado, quisieron estirar más el chicle, y convocaron una nueva cita en la que le pedían nuevamente una importante suma de dinero. Con lo que no contaban el angoleño y el libio era que en el nuevo encuentro, quien les iba a estar esperando era el palomo pero acompañado de la policía. No cayeron en la cuenta de que a un estafado no le puedes dar tiempo a que reflexione, y eso es lo que le sucedió al timado, tuvo un momento de lucidez y se percató de que nadie da duros a cuatro pesetas (sí, soy algo mayor), y si son unos muertos de hambre, menos.   Aburrido por ser el convidado de piedra, y hastiado de la conversación con los negros de futuro incierto, regresé a mi mesa con mis quehaceres habituales (prensa, estudio de thai, Facebook, etc.) que me resultaban ya más entretenidos.     Llegada la hora, recogí todos mis bártulos y me dispuse a regresar a mi dulce hogar, alejado del ajetreo propio de una comisaría. Al dirigirme hacía la salida oigo una susurrante voz que me llama desde atrás. Detrás de los barrotes de la entrada principal a los calabozos estaban los dos chavales esposados. Algo harto de su historia, y a sabiendas de que yo no pintaba nada en todo este asunto, me acerqué desganado a escuchar qué me querían contar esta vez.   “¿Pero, y ahora qué nos va a pasar? Nos han dicho que nos van a matar, que no saldremos vivos del país.” me dijo uno, sumido en una desesperación de lo más profunda y que percibía netamente en su mirada. Obviamente, en un país occidental no le habría dado demasiada importancia a estas palabras, pero al tratarse de Tailandia cualquier posibilidad estaba sobre el tapete. En un arranque de caridad cristiana, poco habitual en mí, tuve que echar mano de lo que se llama “una mentira piadosa”. Sin olvidar la cara de satisfacción que debieron de tener el primer día que estafaron a un ciudadano honrado, les dije: “No, no os preocupéis. Seguramente lo dicen para asustaros, aquí no pasan estas cosas. Pero si seguís por este camino, no acabaréis nunca bien”. Me había salido el sacerdote ateo que llevo dentro. Al día siguiente, leí la noticia en la prensa nacional. Fue lo último que supe sobre estas dos criaturas de Dios. Amén.

5.5.12

Consejos de seguridad en Tailandia

 

 

Tailandia es, sin duda, el lugar soñado por muchos para pasar unas buenas vacaciones o retirarse a vivir una temporada. Sin embargo, es conveniente que los que tomen dicha decisión sepan que el paraíso terrenal no se encuentra precisamente en el antiguo reino de Siam. Se trata, a todas luces, de un país con un encanto que encandila a muchos extranjeros occidentales cada año, pero con el simple ánimo de que ese sueño no se torne en pesadilla, me veo en la obligación de aconsejar a todo el que quiera leer este texto.
Los consejos son válidos tanto para turistas ocasionales como para futuros residentes.




En términos generales, se puede considerar Tailandia como un país seguro en lo que se refiere a la pequeña delincuencia que afecta más directamente al ciudadano más común. Los robos con violencia son menos frecuentes que en nuestros países, sin embargo, en este último año se ha podido observar un incremento en los robos con tirón, sobre todo en las zonas más céntricas de la ciudad y a partir de las horas en que se ha puesto el sol. El turista, por su naturaleza intrínseca, baja la guardia cuando está de vacaciones y cree ser más inmune a los robos que en su país de origen. Craso error. Los robos con fuerza a pasajeros de tuk-tuks (triciclos motorizados) se han multiplicado notablemente en estos últimos tiempos. Si uno siente la necesidad de viajar en uno de estos vehículos, es aconsejable que lleve su bolso entre los dos pasajeros con las asas fuera del alcance de cualquier motorista que pudiera pasar por su lado. En caso de viajar solo, es aconsejable que se siente encima (por incómodo que pueda resultar) a los sitúe a su espalda de modo que no pueda ser arrancado de un tirón. El año pasado, una joven española tuvo que pasar por el hospital por haberse dislocado el hombro, entre otras lesiones, por haberse resistido.

 



 

En el caso de las visitas a los mercados, se recomienda llevar la mochila en el pecho y la cartera en cualquiera de los bolsillos delanteros. Otro recurso muy útil es el de la riñonera fina que se puede llevar debajo de la ropa en la parte frontal del cuerpo.

 

Cuando hablamos de pasaportes se puede suscitar cierta polémica dado que la Ley tailandesa obliga a llevarlo siempre encima, cosa que al margen de incómoda resulta peligrosa ya que puede extraviarse en cualquier momento, y ya se pueden imaginar los trastornos que causa la pérdida de un documento de viaje. Mi consejo, EXTRAOFICIAL Y QUE NO SE AJUSTA A LA LEY, es que se haga una fotocopia en color de la página principal y de la que lleva el sello de entrada en el país, y plastificarlo todo. En España, los comercios no pueden hacer dichas fotocopias, pero en Tailandia sí. Si por cualquier motivo, la policía nos solicita la documentación, es posible que se den por satisfechos con este apaño. La multa por no ir documentado es de 2000 bahts (50€) (o lo que le da gana al policía de turno) en el mejor de los casos, y noche en el calabozo en el peor. No es cuestión de dejarse amedrentar por un uniformado que quiere sacarse un extra. No hay que ponerse agresivos porque la cosa puede empeorar, pero tampoco pagar a la primera de cambio. Un buen consejo al respecto es comunicarle al agente que se va a llamar a la policía turística (teléfono 1155) y/o a la embajada. Si por el motivo que sea, uno chapurrea tailandés, NO debe intentar comunicarse con el agente de policía en ese idioma, incluso se puede insistir en hablar sólo español, y a veces por agotamiento, desisten en su empeño.

 

Otro problema que surge, relacionado con el pasaporte, se suscita a la hora de alquilar algún vehículo. En NINGÚN caso se debe dejar un pasaporte como garantía de nada. Se puede ofrecer el DNI, y en caso de no aceptarlo, es aconsejable dirigirse a otro estableciemiento. Se ha dado casos de pasaportes “desaparecidos” tras haber sido dejados “en prenda”.
La conducción en este país resulta bastante peligrosa, tanto por la forma anárquica de conducir de los tailandeses como por el estado de muchas carreteras. La posesión del permiso de conducir internacional es obligatoria, sin embargo, en la mayoría de los casos, los agentes de tráfico se contentan con ver el permiso de conducir del país de origen, pero, repito, no es lo que estipula la ley. En la mayoría de las ocasiones, un par de billetes de 100 bahts (unos 5 €) pueden sacarnos del entuerto si no tenemos ganas de perder el tiempo.

 

Tailandia es un paraíso, sí, pero un paraíso para los estafadores. Los timadores campan a sus anchas, y los turistas son sus presas favoritas, en primer lugar porque el turista es maleable por definición y en general, permanece poco tiempo en el mismo lugar, por lo que es improbable que quiera meterse en litigios legales.
La venta de joyas falsas se sitúa en cabeza de las estafas más comunes. En caso de querer comprar objetos valiosos, siga los consejos de su guía o infórmese con anterioridad, por internet, por amigos, por foros, etc. de las garantías que ofrece el establecimiento al que desean acudir. En ningún caso debe dejarse aconsejar por un taxista, conductor de tuk-tuk o cualquier persona que haya conocido casualmente. En esta página web de Lonely Planet, se nos detallan las estafas más comunes. El lugar de captación de las víctimas potenciales suelen ser lso alrededores de las principales atracciones turísticas como el Templo del Buda Esmeralda (Wat Phra Kaew) o el Palacio Real. Se suelen situar cerca de uno de los portones cerrados del recinto amurallado, y desde allí informan al turista de que el lugar de visita está cerrado y que por un módico precio (20 o 30 bahts) se ofrecen a llevarlos a otro templo que sí esta abierto. El viaje al templo tiene escala en alguna joyería ful. Y por extraño que parezca, sigue habiendo gente que cae en el engaño. De hecho, el común denominador de todos los que pasan por la comisaría a denunciar el hecho, es que pronuncian la misma frase: “No entiendo cómo he podido caer en esta estafa”. Obviamente, lo perpetradores que maquinan estos delitos, no son advenedizos y saben muy bien cual es su misión.

 



 

Capítulo a parte merecen las drogas. Es bien sabido por todos que uno de los países en los que no se debe tener contacto alguno con el mundo de las drogas (no hay diferencias entre “blandas” y duras) es precisamente Tailandia. Se puede afirmar sin temor a equicovocarse que este país no es "Drugs friendly". No voy a entrar en el debate de si tal o cual sustancia es más adictiva y peligrosa, y es sin embargo legal, porque no es tema del artículo. Todos sabemos qué drogas no deben ser consumidas en los países en los que su consumo es duramente perseguido. No existe una cantidad para “consumo propio”, en Tailandia son más pragmáticos, o llevas o no llevas.
 
Ante todo quiero desmentir categóricamente la leyenda urbana de la droga introducida en la maleta con el desconocimiento del propietario. No existe, nunca se ha dado el caso y es absurdo. La droga es cara, y nadie la va repartiendo por las maletas como divertimento o a título experimental.
En el caso de ser embebido por el fragor de la noche tropical, y sentir uno la irrefrenable e imperiosa necesidad de comprar material para un porro, no se debe comprar a un desconocido. Más de uno pensará en que lo que acabo de decir es una obviedad, y que tal vez me creo que estoy escribiendo para tontos. No, nada más lejos de mi ánimo. La experiencia me dice que cuatro whiskies, dos chicas guapas, un país que parece el paraíso del libertinaje, llevan a cometer auténticas sandeces como comprarle droga a un policía. Quizás alguno tenga amigos o ha oído hablar de gente que ha fumado porros en Tailandia sin problema, sin duda es cierto, tan cierto como que la suerte que han tenido es comparable a un premio de lotería. También están los que llegan a fumar opio en las montañas del norte. Allá cada uno, pero sólo puedo decir que el 80% de los casos que he llevado en la comisaría estaban relacionados con las drogas.

 



 

La estafa de la moto de agua (jetski) está bastante extendida en las zonas turísticas, y proporciona pingües beneficios a las mafias que gestionan tales servicios y todos los que participan de la trama que montan para sacarle al incauto turista los ahorros que deberían ir destinados a pasar unas felices vacaciones. En internet se pueden encontrar diversos vídeos en los que las víctimas relatan su experiencia. El montaje consiste básicamente en hacerle pagar por unos desperfectos que no ha producido. Para evitar ser un damnificado por dicha práctica, lo más recomendable es, en primer lugar, observar cuál es el comportamiento de los empleados con los clientes, y seguidamente, tomar fotos del vehículo antes de alquilarlo. Puede parecer exagerado, pero puede ahorrar muchos disgustos. El mismo discurso es aplicable a cualquier tipo de vehículo que se quiera alquilar en el país de las sonrisas.

 

Por regla general, las mafias que operan en el país no afectan al turista. Distinto es el caso del extranjero que monta un negocio, en ese caso, no tardará mucho en contactar esta amable gente que le ofrece protección, claro que no sólo existe una mafia por lo que es probable que el que tiene un bar tenga que pagarle a más de una mafia. Si uno va de vacaciones, no tiene que preocuparse de estas menudencias tan típicas del país como los elefantes.

 



 

Otra de las fuentes de quejas y conflictos en los que se ven envueltos los turistas, básicamente primerizos, se producen en los mundialmente famosos shows eróticos (aunque yo los calificaría directamente de pornográficos) que se pueden encontrar en las zonas más visitadas por extranjeros. En las zonas tailandesas no hay porque no interesan, a los thais les pone más una mozuela cantando en un karaoke, cosa que entiendo después de haber pasado horas en los tugurios más lúgubres.
El primer consejo es no acudir a dichos locales, pero voy a partir de la base de que nadie me va a hacer caso. Por ello, recomiendo vivamente no ir nunca a un local que nos indique cualquiera de los chavales que pululan a lo largo de Patpong. Otras zonas como Soi Nana o Soi Cowboy no entrañan peligro alguno, si bien no hay locales dedicados exclusivamente a ofrecer espectáculos desde que abren hasta la hora del cierre.

 

El problema con el que suelen encontrarse los que se aventuran por Patpong, es que a pesar de que a la entrada se nos asegura de que no hay que efectuar pagos “extras”, sólo las bebidas, a la hora de salir, la factura asciende a una suma considerable. Estos locales de mala muerte, están situados en primeros o segundos pisos y en general, al final de algún pasillo. Al estar rodeados de “cara-chinos” con aspecto de expresidiarios, las víctimas suelen acabar apoquinando los 200 o 400 euros que les reclaman. Lo suyo es no dejarse amedrentar a la primera de cambio. Sin llegar a ponerse agresivos, hay que mantenerse firmes y solicitar la presencia de la policía. En caso de que la cosa siga sin solucionarse, es aconsejable echar mano del móvil y marcar el 1155 (Tourist Police) para solicitar ayuda. Lo habitual en estos casos, es que los estafadores se echen atrás y se contenten con el pago de las consumiciones.
Por supuesto que existen locales en los que no existen este tipo de extorsiones. Lo habitual es que los establecimientos “legales” estén ubicados a pie de calle, sin tener que atravesar pasadizos y escaleras. Es posible que tengan escalera, pero ésta da directamente a la calle y en general no tienen “ganchos” que quieren llevarte insistentemente al huerto.

 

Sólo una cosa nos puede inmunizar a todos contra los percances que se suelen producir en Tailandia: el sentido común.

6.4.12

Un día en comisaría 5

 

En el callejón en el que se encuentra mi apartamento me topo con un atasco monumental. Es una calle normal en cuanto a dimensiones. Podrían pasar tranquilamente, sin importunarse, vehículos de todo tipo en los dos sentidos. Pero estamos en Tailandia, y la sabiduría de los grandes pensadores asiáticos (Confucio, el inventor de la confusión, decía una miss), no ha llegado a los estratos más bajos de la sociedad. En el día a día, sólo se aplican técnicas de supervivencia, y sobrevive el más avispado.

 

Un maestro

Nuestro Maestro

 

Volviendo a mi callejón (soi, en tailandés), se da el caso de que en todo su ancho podemos encontrar desde viejos carritos de comida destartalados hasta gente sentada en plena calle viendo la tele (con mesita para las bebidas) que ha colocado estratégicamente en el quicio de la puerta de su casa, pasando por amasijos de materiales de lo más diverso.

La cuestión reside en que un espacio que está, en principio, destinado al tráfico es un almacén o sala de estar, según para quien. Lo más curioso es que nadie se queja, algo harto frecuente en Asia, de ahí que los cambios sean lentos.

Retomando el hilo de mi historia, me encontré con una larga fila de vehículos. Caminando unos metros, me topé con el epicentro del desbarajuste: dos coches, uno frente al otro. Sus conductores estaban tan quietos como sus vehículos. No me lo podía creer. Parecía que ni parpadeaban. Tengo todavía la impresión de que esperaban la intervención de alguno de estos espíritus que tanto veneran. Yo no podía quedarme impávido ante semejante ataque a la razón humana. Otra cosa que me llamaba poderosamente la atención, era la ausencia total de bocinazos. En España, los decibelios que hubieran podido salir de una situación semejante, habrían enmudecido a los Rolling Stones en pleno Vicente Calderón.

 

comisaria

La tele que no falte

 

 

Mi función teórica, al margen de la traducción, es la de apaciguar los ánimos y conseguir un consenso entre las partes en caso de discordia. Y digo que la función es teórica, porque en el fondo, y a base de sentirse uno tonto, pues disfruto más cuanto mayor sea el follón. Con mi uniforme de pacificador, escondo a un instigador. Lo lógico, en dicha situación, hubiera sido situarse entre los coches en conflicto e indicar las maniobras más adecuadas para solucionar el entuerto. Pero no fue así. A medida que caminaba, iba haciendo comentarios que instigaban a la violencia a los conductores que esperaban pacientemente. “Esto es increíble”, “Ahí están, quietos”, “Pues no, parece que no se quieren mover”, “¿Y la policía dónde está?”, “Esto va para largo”, eran las perlas que iba yo soltando. Algún conductor fue saliendo del vehículo para acercarse. Yo le señalaba a los culpables mientras emprendía la marcha para dejar tierra de por medio, no quería estar allí cuando empezaran a saltar chispas, que en Tailandia, lo de llevar un arma de fuego es algo más que corriente. Desde la distancia, pude observar que empezaba a haber cierto movimiento de vehículos. ¿Cómo puede ser que mi “hijoputez” llegue a esos límites?

Instructor

El veterano instructor de tiro



La ventaja de trabajar en una comisaría estriba en que sabes que cada día te vas a encontrar con algo nuevo y diferente. Esa tarde de marzo fue, en un principio, una más. A la entrada del edificio me topé con un estadounidense. Había perdido su tarjeta del cajero y venía a denunciarlo, aunque en el fondo, me parece que sólo era una excusa para pedir un techo donde dormir. El oficial de turno lo autorizó y allí se quedó durmiendo. Otro compatriota estaba en la comisaría también, pero ése, en contra de su voluntad. Estaba bajo arresto por posesión de marihuana y por haberle caducado el visado que le permitía permanecer en el Reino de Tailandia. Estas dos cuestiones, las drogas y los visados, son temas que interesan bastante a los potenciales visitantes del país, tal y como observo con frecuencia en el único foro en español sobre el país, www.destinotailandia.com . Craso error es pensar que por poseer una pequeña cantidad de hierba o cualquier sustancia, no hay consecuencias graves. Las hay, y el que no lo piense así, pues tendrá el inmenso placer de conocerme.

 

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Esta es la imagen que aparece en mis pesadillas

 



Mientras estoy enfrascado en mis quehaceres habituales (comer unos donuts y “facebookear”), entra un mando requiriendo mis servicios. No entiendo lo que dice. Una cosa es hablar tailandés y otra es ser adivino logopeda. Si hay españoles que no entiendo, pues ya se pueden imaginar a un oficial tailandés estresado. Le sigo hasta la calle. Allí hay un taxi con una chica dentro. La experiencia y el sentido común hacen que las explicaciones sean innecesarias, más que nada porque me da la impresión de que el taxista y el policía están esperando a que sea yo el que les explique qué hace la chica ahí dentro. El problema radica en que la fémina está más pa’llá que pa’cá. No responde ante ningún estímulo. Le hablo en todos los idiomas que conozco, pero por su aspecto asiático, me da que no me va a entender, y más que no entenderme, no me oye. Ni corto ni perezoso, empiezo a registrar sus pertenencias por si éstas pueden aportarnos alguna pista sobre su identidad. En el maletero hay una maleta. Parece que se quería ir a toda prisa de algún lado. Pero ni un solo documento que nos esclareciera por lo menos en que idioma tenía que hablarle. Pasados unos minutos se oyen unos quejidos que provienen del asiento posterior. Parece que vuelve en sí. Sin embargo, la chica tiene un mal despertar. Está algo más que malhumorada. Conseguimos averiguar que es oriunda de Hong Kong. Se empieza a poner como una loca, no quiere acercarse al policía thai. Grita que los thais son tigres (sic). La tranquilizo diciéndole que me mire, que no soy thai. Afortunadamente habla inglés, no muy fluido pero lo suficiente como para entablar, por decir algo, una conversación. Le requiero que me entregue su documentación. Se niega. La verdad es que creo que ni sabe dónde está. Repentinamente la emprende conmigo y quiere agredirme, incluso intenta escupirme, pero por no tener, no tiene ni saliva. El agente la retiene, pero la niña se encabrita. Una vez más calmada, saca un teléfono y llama a un turco. Supongo que es su chulo. Le habla en inglés, le dice que hay un hombre malo, servidor, y que no sabe de dónde soy. Me pregunta con insistencia de qué país soy, está borracha o con resaca, pero se da cuenta de que un farang en una comisaría thai es muy raro y eso la tiene mosqueada. La chica llega a la conclusión de que soy francés, posiblemente por indicaciones del turco que me oye por el teléfono. Le respondo afirmativamente para ver si avanzamos un poco en esta situación que está tomando visos surrealistas. “Vale, soy francés. ¿Y ahora qué?” le digo con cierta arrogancia (el lugar me lo permite) sabiendo que tiene un policía al lado. Enmudece con mi respuesta una vez satisfecha su curiosidad. Decide que se quiere ir caminando, pero no es capaz de dar dos pasos sin caerse. La china le deba la carrera al taxi, pero aduce que no tiene dinero. “No mientas, que yo sé que algo tienes”, le digo. Durante el registro saqué algo de dinero de sus bolsillos, dinero que devolví, que conste. Extrañamente, el taxista está dispuesto a llevársela de nuevo. La muchacha dice que quiere volver al lugar de donde viene. Advierto al taxista que se le va a quedar sobada de nuevo en su vehículo. Haciendo caso omiso a las advertencias, se la lleva. A enemigo que huye, puente de plata, pienso en mis adentros. Pero me quedo con varias preguntas que nunca obtendrán respuesta: ¿A dónde iba? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía borracha como una cuba a esas horas? No quiero decir que hay una hora específica para estar ebrio, pero cierto consenso social sí hay. Medio resuelto el asunto, se monta en el taxi y se marcha con el conductor. ¿Tendría el taxista aviesas intenciones? No sé, ni me importa, la verdad. Yo tengo en el cajón de mi mesa unos donuts que me esperan, y un artículo a medio terminar. Cuando uno empieza a trabajar en el ámbito de las fuerzas de seguridad del Estado, siempre hay cierta componente de altruismo, uno quiere a veces ser el buen samaritano, pero a medida que se descubre la verdadera naturaleza del ser humano, la desconfianza y el desinterés por el prójimo se van apoderando de uno. Supongo que es como los antibióticos, que a fuerza de tomarlos con asiduidad, ya no surten efecto.

 

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La estancia es gratis, pero no recomendable

 



Marzo termina con un caso de esos que te hacen pensar que el número de idiotas en el mundo es bastante alto, y algunos se han quedado con la ración de otros. Un joven británico quiere denunciar que ha sido objeto de robo por parte de un hombre que había conocido en la calle y que le había invitado a tomar café a su casa, una casa que no recordaba donde estaba ubicada. Tras escucharle pacientemente, hago el salto de la rana, y lo remito a la policía turística, que seguro que están más ociosos que nosotros, y además cobran por aguantar a los turistas. ¿Alguien se puede creer algo tan infantil como que se conoce a alguien por la calle y de inmediato se va uno a casa de un desconocido? O es imbécil o se cree que lo somos.



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Saliendo de casa

 

Desde hace un tiempo, sólo me preocupo de delitos de sangre, víctimas que sean mujeres o niños, porque el resto, en un alto porcentaje, son gilipolleces elevadas al cubo; eso sí, atiendo amablemente y sonrío a todo el que se siente frente a mí.



Los ciudadanos árabes son visitantes bastante asiduos de esta comisaría, probablemente porque en nuestro distrito se encuentra la zona con más árabes y africanos por metro cuadrado: soi Nana nua.

Hoy el turno es el de un ciudadano omaní de unos 30 años. Su presencia se debe a la desaparición de su hermano de 28 años. Desaparecer en Tailandia es bastante frecuente, sobre todo de noche, pero la reaparición suele suceder al cabo de menos de 48 horas. Según su relato, había quedado con su hermano en el lobby del hotel, pero cuando bajó, ya no estaba. Ya había estado el día anterior, pero por cuestiones legales, debía esperar hasta la medianoche del día siguiente para que se pudiera cursar la denuncia. Muchos son los que escogen Tailandia para “desaparecer”, no son tontos y hay que alabarles el gusto. Estoy seguro de que en Azerbayán no desaparecen tantos turistas.



Recuerdo el día en que la paz reinaba en la comisaría, en la tele echaban una telenovela, los oficiales se deleitaban con el Youtube o jugaban al FIFA2010, mi amigo el tartaja hacía su siesta, y yo leía el Diario de Mallorca en mi ordenador. De sopetón se oye como un huracán a una mujer que entra vociferando por la puerta. Parece inglesa, nos quedamos todos quietos mirándola mientras suelta toda clase de improperios sin motivo ni razón aparentes. Después, coge y se va por donde ha venido, algo más relajada, supongo… Y nosotros seguimos con nuestras labores “de investigación”.



Cualquier parecido en te una comisaría y una agencia de viajes es pura casualidad, pero para algunos, es lo mismo. Y si no, que se lo digan a dos neozelandesas que vinieron a interponer una denuncia contra una aerolínea por los desperfectos causados en sus maletas. Estoy de acuerdo en que el jet lag puede afectar y alterar hasta cierto punto el estado de consciencia, pero de ahí a confundir las dependencias policiales con la oficina del operador de handling, hay un abismo.

Lo mismo le sucedió a un indígena africano que vino, ni corto ni perezoso, a pedir que lo lleváramos a Camboya, que no tenía dinero. No le bastaba con un destino nacional no, quería viaje internacional, y si era en business, pues mejor. Y a buen seguro que lo iba a tener, pero no a Camboya. No tenía documentación alguna y el juicio lo había perdido hace tiempo. De momento había conseguido alojamiento gratis, el viaje sería tras la visita al juez que se iba a encargar de su repatriación, todo ello ofrecido graciosamente por el Estado tailandés.



El hindú, de los de turbante y aire místico, que vino a principios de mayo tenía un problema, bueno, dos. El primero era que le habían asaltado frente al hospital Bumrungraad mientras estaba acompañado de una señorita. El segundo es que era un pésimo profesional. Me explico. Según su deposición, se encontraba en dicho lugar leyéndole la mano a la señorita, por ende es quiromante (estafador que dice que lee la mano, según mi definición). ¿Tan malo era que no podía adivinar que le iban a atracar y agredir? Una vez más, soy testigo de que hasta los peores chistes se convierten en realidad. Tras tomarle declaración, se le envía al hospital de la policía, para que el forense le extienda el parte de lesiones. No quiero hurgar en la herida, pero me dan ganas de decirle: “¡Ahora te jodes! Por estafador”. Además, su fuera buen futurólogo, debería saber que su denuncia no va a servir para nada, y lo único que hace es perder el tiempo.

 

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"Nosotros le resolvemos su problema"



 

En muchas ocasiones, nos enfrentamos a situaciones que consideramos el súmmum. Sin embargo, nos equivocamos. Esa tarde de finales de junio entré en comisaría con mi maletín y mi bolsa del Dunkin Donuts, como de costumbre. Había cierto ajetreo, pero yo me instalé en mi mesa para preparar todo el papeleo y revisar un poco lo que había sucedido en mi ausencia. Durante ese tiempo venía observando un hombre de aspecto árabe ir y venir de un lado para otro sin que nadie le hiciera el menor caso. Yo estaba al teléfono charlando con un amigo para preparar la cena de españoles que solemos hacer cada semana. Sin que yo le dijera nada, se sentó en mi mesa. En un principio parecía un tipo normal con algún tipo de problema por el nerviosismo que su vaivén denotaba. Me entrega su pasaporte (sirio o de algún país de Oriente Medio, no recuerdo), un pasaporte de esos que empiezan por la última página (primera para ellos). El sexto sentido que he desarrollado con los años me indica que está algo pa’llá antes de que abra la boca, a los dos segundos de abrirla, recibo la confirmación. La gente a la que le ha petado algún chip, no suele hacer relatos congruentes. Uno se ve obligado a ir juntando piezas que una vez unidas no siempre dan como resultado una historia creíble, y éste es uno de esos casos. “Hay mujeres que me quieren follar”, “Se ponen enfrente de la puerta, se abren la ropa que llevan puesta y me enseñan las tetas y el coño”, son las primeras perlas que suelta. Detrás de él, en otra mesa, hay un oficial que me mira socarronamente como diciendo “ahora el marronaco te ha tocado a ti”. Le sigo mirando y escuchando atentamente procurando no reírme. El hombre prosigue: “Pero yo me tapo los ojos, porque yo soy musulmán, y los musulmanes no podemos aceptar esto”. Claro, ni los católicos tampoco, pero mira qué bien lo aceptan, pienso para mis adentros mientras maquino cómo quitármelo de encima sin que se ofenda, no vaya a ser un radical de éstos que vuelven a la media hora y se autoinmolan en plena comisaría haciéndonos saltar a todos por los aires. Pero el fiel seguidor de Alá sufre de incontinencia verbal, y continua: “Y me han ofrecido 100.000 bahts para que me las folle, pero yo no puedo, estoy casado, y un musulmán no puede hacer eso”. Si la historia es poco o nada creíble de por sí, cuando te dicen que una mujer te ofrece dinero para mantener relaciones en Tailandia, entonces la credibilidad queda reducida a cero. A pesar de ello, el asunto empezaba a interesarme, no porque le otorgara credibilidad alguna, sino porque quería ver hasta donde llegaba su fantasía. Mientras nuestro amigo habla, voy ojeando su pasaporte para ver si por un casual está ilegalmente en el país para dar carpetazo rápido al asunto. No cae esa breva. Para dar la impresión de que me intereso por él, le pregunto dónde sucedieron los hechos, ya que por ahí sé que me puede salir bien la jugada de despeje. “En el centro islámico de Ramkhamhaeng”, dice el hombre. ¡Bingo! Me lo como y vuelta a la casilla de salida. Para cerciorarme, respiro aliviado y le digo: “Repita por favor. Es importante para el caso saber dónde sucedió todo”. “Ramkamhaeng, en el centro musulmán” vuelve a responder. “Ramkamhaeng ha dicho usted ¿verdad? Bien, bien. Pues para eso tendrá que ir usted a la comisaría de dicho distrito, desgraciadamente nosotros no podemos hacernos cargo porque se trata de otro distrito. Y mire que me sabe mal no poder ayudarle”. Algo desconcertado, el islamita me pregunta si tengo la dirección de las dependencias policiales de dicho distrito. “Usted vaya, vaya allí y pregunte que seguro que alguien le dice dónde está” le digo mientras me levanto para que el mimetismo haga efecto y el “acosado pío” me siga hasta la puerta. Una vez en la calle, todos respiramos profundamente aliviados, porque estos casos de locos son intratables.



La gente que padece de verborragia es cargante de por sí. Si te la encuentras en un bar, te das la vuelta y te vas. Pero si estás en un organismo público, no te queda más remedio que aguantarla. Eso me sucedió recientemente con un inglés que vino a contarme su vida. No sé ni de qué me hablaba, pero yo asentía. Nos despedíamos. Sin embargo, al cabo de unos minutos, regresaba y volvía a insistir en el mismo tema. La situación se repitió hasta la extenuación, por mi parte y por la suya, porque no volvió.



Tratar con el público puede ser pesado. Tratar con una víctima es duro. Tratar con un delincuente es exasperante. Estar con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado puede convertirse en adicción.

26.3.12

Historia de dos estafadores estafados

 

 

A mediados de los setenta llegué a España. Era un niño al que los periódicos le resultaban cosas ajenas que no tenía más utilidad que la de hacer “papier maché”. El 20 de noviembre de 1975, en uno de los quioscos que había en la Puerta de Alcalá me di cuenta de la importancia de aquellas hojas en blanco y negro que la gente se arrancaba de las manos. Sin embargo, mi interés por la prensa nació el día en que descubrí la sección de sucesos. Por aquellos años, en mi casa se leía el diario YA, muy católico éste. Cuando volvía del Liceo a mediodía (y no volvía por las tardes porque los italianos no hacían esas cosas de ir a clase mientras haces la digestión), me apresuraba a abrir el periódico única y exclusivamente por la página de sucesos, bueno … y alguna vez por la página de información gráfica, por si había alguna foto que me llamara la atención, sobre todo si era de cogidas de toreros, algo que a un niño procedente de Europa le resultaba a todas luces llamativo y exótico.

 
Con lo años, mi interés por el mundo de los sucedidos, se fue acotando a los delitos menos escabrosos. La fragilidad de la mente humana despertó mi interés, aunque por aquel entonces nada sabía de fragilidades mentales, pero sí de lo tontas que podían llegar ser las personas. Las sectas empezaban a florecer por toda la geografía española, intentando desbancar a la que había sido la secta por excelencia: El Opus Dei. Y el mundo de los timos, íntimamente relacionado con las sectas, fue lo que siempre me cautivó. La estulticia del hombre puede llegar a límites insospechados, y con los timos se da fé de ello.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="400" caption="Investigando"][/caption]

 

Una atalaya privilegiada para observar el mundo de los timados y timadores, es una comisaría. Hace unos años, cuando entré por primera vez en unas dependencias policiales tailandesas, me hicieron el “tour” para conocer bien el lugar donde iba a pasar horas en el futuro. En una especie de trastero, junto a los vestuarios, mi acompañante me dice: “Mira, un millón de dólares”. Sin saber muy bien qué decir, me limito a responder con un lacónico “ya, ya”, como si fuera lo más normal del mundo tener tirados en un cuartucho paquetes y paquetes con miles de dólares. Ante mi cara de “¿de que coño me está hablando este hombre?”, me invita a coger uno de los fajos. Obviamente, no se trata de dinero auténtico sino de simples cartulinas. “Se lo han currado los tipo”, pienso para mis adentros. La verdad es que recortar centenares de cartones de color negro debe de ser agotador, no lo hace cualquiera...

 

[caption id="" align="aligncenter" width="400" caption="¿Billetes de banco?"][/caption]

 

Una tarde de diciembre me encontraba enfrascado en mis tareas habituales, es decir, pasearme por foros de todo tipo, leer la prensa española, echar un vistazo a la web de mi pueblo, etc. e incluso me atrevería a decir que trabajar por momentos. Al ir a estirar las piernas me crucé con dos negros, pero negros negros, negros como el carbón, que tenían la impresión de estar negros también interiormente, y vislumbraban también un horizonte negro. Los agentes se los llevaban al cuarto que no tiene ventanas, un espacio que tanto sirve para hacer interrogatorios como para cenar, en España se llamaría un área multidisciplinar, aquí es el sitio donde te enseñan disciplina.

 

Dado que mi asistencia no era solicitada, me quedé en la escaleras de la comisaría fumando un cigarrillo. Mientras satisfacía a mis glóbulos rojos aportándoles la nicotina que requieren a diario, salió un oficial de paisano (esto lo supe poco después) y mientras se dirigía a un vehículo estacionado frente al edificio, me pidió ayuda. Sin saber de qué trataba el asunto, lo acompañé. Llegados a la "pick-up" (coche con la parte trasera descubierta destinada al transporte de objetos, y gente en algunos países) entendí que el asunto trataba sobre mi capacidad para ser mozo de carga; un par de bultos enormes situados en la parte trasera del vehículo, esperaban ser descargados. Los esfuerzos mentales, no me importan hasta cierto punto, los esfuerzos físicos no forman parte de mi idea de lo que es la vida.

 

Afortunadamente, nos acompañaba un joven de aspecto árabe pero que parecía formar parte de aquel extraño grupo que había aterrizado esa tarde noche en nuestras dependencias. Me hice un poco bastante el loco y pasé de largo para a continuación ponerme a dirigir el tráfico sin que hubiera necesidad alguna. Una vez descargadas las maletas, me acerqué para echar un vistazo con las palmas de las manos apoyadas en las lumbares mientras les decía: "¿OK? ¿OK?" Supongo que ellos pensaban: "OK tu puta madre". Pero yo ya me había escaqueado una vez más, nadie supera a un español en escaqueo, ya me ocupo yo de mantener el liderazgo del país.

 
Cargados como dos mulas, los hombres se dirigen al interior de la jefatura. Por el camino, el equipaje intervenido desprende un polvillo blanco. Al desconocer las particularidades del caso, deduzco erróneamente que se trata de heroína o cocaína, aunque me llama la atención que se permitan ir dejando tras de sí un reguero del preciado polvo blanco.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="400" caption="Kit del timador"]Kit del timador[/caption]

 

En el interior de la comisaría, junto a la puerta de los calabozos y a pocos metros de los temblorosos pícaros de poca monta, depositan el equipaje. Mediante señas, uno de los oficiales indica a los sujetos que se sitúen uno junto al otro para efectuar las fotografías de rigor. En la mesa junto a la entrada a los calabozos, el oficial deposita el contenido de la cartera de uno de lo detenidos. Uno de ellos tiene entre sus manos un papelito con un número de teléfono. "Es el teléfono del traductor, es el teléfono del traductor, él dijo que no nos pasaría nada si le dábamos 2000 dólares" no paran de decir sin que nadie les haga ni caso, menos yo que tengo curiosidad por saber quién es el menos malo de la película, porque en Tailandia raramente hay un bueno de la película. "Cuéntame qué te pasó" le digo al chaval después de la sesión fotográfica. "Pues que el traductor entró en la habitación del hotel en Pattaya, no enseñó una placa y nos tuvo secuestrado dos días" me dice atropelladamente.

 

A cada momento, intentan acercarse hasta mí para explicarme su versión particular del malogrado suceso que les ha traído hasta aquí. Entre tanto “cara-chino” les parece que el único que les puede sacar del entuerto es un blanco, curioso sin duda. Sólo acierto a entender que culpan al traductor egipcio de haberse quedado con su dinero. Nadie me cuenta nada, sólo logro juntar varios fragmentos de un mismo relato sin llegar a formar una historia congruente, algo habitual en estos ambientes de estafa y engaño en los que no te puedes fiar ni de tus propias sospechas.

 

Entre tanto, en otras dependencias de la comisaría, veo cómo el egipcio habla con una pareja de thais, parece ser que son los que iban a ser estafados. Se les ve seguros y confiados, como cualquier thai que se encuentra en una comisaría a sabiendas de que le van a dar la razón en detrimento del extranjero, tenga éste razón o no.

 

Me intriga el hecho de que un intérprete se pasee por Pattaya con una placa de policía deteniendo y reteniendo a la gente. Le expreso al oficial superior venido de la región costera mi estupefacción ante esta circunstancia. Me escucha y me da la razón como a los tontos. No sé si no me entiende o le da totalmente igual lo que le estoy explicando, me inclino por lo segundo, pero ya que me han invitado a la fiesta, pues me quedo. No puedo dejar de observar a los dos africanos, sus temblores van en aumento, y no es por la temperatura que supera los 20 grados, sino por el canguelo de encontrarse entre rejas en un país en el que las garantías de mantener la integridad física tras los barrotes son netamente muy inferiores a las que podrían encontrar en un país occidental.

 

Me vuelvo a acercar a ellos para ver si consiguen aclararme algo de esta historia que de no ser real, podría considerarse un auténtico vodevil. “Pues el egipcio nos retuvo en el hotel y luego, de camino a Bangkok nos dijo que si le entregábamos los 2000 dólares que llevábamos, no nos pasaría nada. Pero ahora nos encontramos aquí esposados”, me contaba el mayor de los detenidos, un libio de 22 años que temía correr la misma suerte que su ex-presidente. “Sé que hemos actuado mal, pero no sabemos qué nos va a pasar”, proseguía. La verdad es que casi daban pena, a no ser porque en el fondo sabía que eran unos aprovechados que vivían a base del sufrimiento ajeno. Poco o nada me importaba su suerte, sin embargo, la curiosidad me llevaba a seguir junto a ellos con la esperanza de llegar a conocer el funcionamiento de la mente de estos delincuentes.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="400" caption="Noticia publicada en el Bangkok Post el 12/12/11"][/caption]

 

Tras algunas averiguaciones e informaciones posteriores, concluyo que la avaricia y el exceso de confianza en sí mismos les llevó al punto en el que se encontraban ahora. Por lo visto, la estafa se había urdido con bastante antelación. Hacía un tiempo que ya habían contactado con un acaudalado, tan acaudalado como bobo, empresario tailandés al que le habían hecho el número de la conversión de los papeles negros en dólares en un hotel de Bangkok. En vista de la estupefacción del hombre y de su predisposición a ser timado, quisieron estirar más el chicle, y convocaron una nueva cita en la que le pedían nuevamente una importante suma de dinero. Con lo que no contaban el angoleño y el libio era que en el nuevo encuentro, quien les iba a estar esperando era el palomo pero acompañado de la policía. No cayeron en la cuenta de que a un estafado no le puedes dar tiempo a que reflexione, y eso es lo que le sucedió al timado, tuvo un momento de lucidez y se percató de que nadie da duros a cuatro pesetas (sí, soy algo mayor), y si son unos muertos de hambre, menos.

 

Aburrido por ser el convidado de piedra, y hastiado de la conversación con los negros de futuro incierto, regresé a mi mesa con mis quehaceres habituales (prensa, estudio de thai, Facebook, etc.) que me resultaban ya más entretenidos.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="400" caption="Literatura de altura"][/caption]

 

Llegada la hora, recogí todos mis bártulos y me dispuse a regresar a mi dulce hogar, alejado del ajetreo propio de una comisaría. Al dirigirme hacía la salida oigo una susurrante voz que me llama desde atrás. Detrás de los barrotes de la entrada principal a los calabozos estaban los dos chavales esposados. Algo harto de su historia, y a sabiendas de que yo no pintaba nada en todo este asunto, me acerqué desganado a escuchar qué me querían contar esta vez.

 
“¿Pero, y ahora qué nos va a pasar? Nos han dicho que nos van a matar, que no saldremos vivos del país.” me dijo uno, sumido en una desesperación de lo más profunda y que percibía netamente en su mirada. Obviamente, en un país occidental no le habría dado demasiada importancia a estas palabras, pero al tratarse de Tailandia cualquier posibilidad estaba sobre el tapete. En un arranque de caridad cristiana, poco habitual en mí, tuve que echar mano de lo que se llama “una mentira piadosa”. Sin olvidar la cara de satisfacción que debieron de tener el primer día que estafaron a un ciudadano honrado, les dije: “No, no os preocupéis. Seguramente lo dicen para asustaros, aquí no pasan estas cosas. Pero si seguís por este camino, no acabaréis nunca bien”. Me había salido el sacerdote ateo que llevo dentro. Al día siguiente, leí la noticia en la prensa nacional. Fue lo último que supe sobre estas dos criaturas de Dios. Amén.