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5.5.12

Consejos de seguridad en Tailandia

 

 

Tailandia es, sin duda, el lugar soñado por muchos para pasar unas buenas vacaciones o retirarse a vivir una temporada. Sin embargo, es conveniente que los que tomen dicha decisión sepan que el paraíso terrenal no se encuentra precisamente en el antiguo reino de Siam. Se trata, a todas luces, de un país con un encanto que encandila a muchos extranjeros occidentales cada año, pero con el simple ánimo de que ese sueño no se torne en pesadilla, me veo en la obligación de aconsejar a todo el que quiera leer este texto.
Los consejos son válidos tanto para turistas ocasionales como para futuros residentes.




En términos generales, se puede considerar Tailandia como un país seguro en lo que se refiere a la pequeña delincuencia que afecta más directamente al ciudadano más común. Los robos con violencia son menos frecuentes que en nuestros países, sin embargo, en este último año se ha podido observar un incremento en los robos con tirón, sobre todo en las zonas más céntricas de la ciudad y a partir de las horas en que se ha puesto el sol. El turista, por su naturaleza intrínseca, baja la guardia cuando está de vacaciones y cree ser más inmune a los robos que en su país de origen. Craso error. Los robos con fuerza a pasajeros de tuk-tuks (triciclos motorizados) se han multiplicado notablemente en estos últimos tiempos. Si uno siente la necesidad de viajar en uno de estos vehículos, es aconsejable que lleve su bolso entre los dos pasajeros con las asas fuera del alcance de cualquier motorista que pudiera pasar por su lado. En caso de viajar solo, es aconsejable que se siente encima (por incómodo que pueda resultar) a los sitúe a su espalda de modo que no pueda ser arrancado de un tirón. El año pasado, una joven española tuvo que pasar por el hospital por haberse dislocado el hombro, entre otras lesiones, por haberse resistido.

 



 

En el caso de las visitas a los mercados, se recomienda llevar la mochila en el pecho y la cartera en cualquiera de los bolsillos delanteros. Otro recurso muy útil es el de la riñonera fina que se puede llevar debajo de la ropa en la parte frontal del cuerpo.

 

Cuando hablamos de pasaportes se puede suscitar cierta polémica dado que la Ley tailandesa obliga a llevarlo siempre encima, cosa que al margen de incómoda resulta peligrosa ya que puede extraviarse en cualquier momento, y ya se pueden imaginar los trastornos que causa la pérdida de un documento de viaje. Mi consejo, EXTRAOFICIAL Y QUE NO SE AJUSTA A LA LEY, es que se haga una fotocopia en color de la página principal y de la que lleva el sello de entrada en el país, y plastificarlo todo. En España, los comercios no pueden hacer dichas fotocopias, pero en Tailandia sí. Si por cualquier motivo, la policía nos solicita la documentación, es posible que se den por satisfechos con este apaño. La multa por no ir documentado es de 2000 bahts (50€) (o lo que le da gana al policía de turno) en el mejor de los casos, y noche en el calabozo en el peor. No es cuestión de dejarse amedrentar por un uniformado que quiere sacarse un extra. No hay que ponerse agresivos porque la cosa puede empeorar, pero tampoco pagar a la primera de cambio. Un buen consejo al respecto es comunicarle al agente que se va a llamar a la policía turística (teléfono 1155) y/o a la embajada. Si por el motivo que sea, uno chapurrea tailandés, NO debe intentar comunicarse con el agente de policía en ese idioma, incluso se puede insistir en hablar sólo español, y a veces por agotamiento, desisten en su empeño.

 

Otro problema que surge, relacionado con el pasaporte, se suscita a la hora de alquilar algún vehículo. En NINGÚN caso se debe dejar un pasaporte como garantía de nada. Se puede ofrecer el DNI, y en caso de no aceptarlo, es aconsejable dirigirse a otro estableciemiento. Se ha dado casos de pasaportes “desaparecidos” tras haber sido dejados “en prenda”.
La conducción en este país resulta bastante peligrosa, tanto por la forma anárquica de conducir de los tailandeses como por el estado de muchas carreteras. La posesión del permiso de conducir internacional es obligatoria, sin embargo, en la mayoría de los casos, los agentes de tráfico se contentan con ver el permiso de conducir del país de origen, pero, repito, no es lo que estipula la ley. En la mayoría de las ocasiones, un par de billetes de 100 bahts (unos 5 €) pueden sacarnos del entuerto si no tenemos ganas de perder el tiempo.

 

Tailandia es un paraíso, sí, pero un paraíso para los estafadores. Los timadores campan a sus anchas, y los turistas son sus presas favoritas, en primer lugar porque el turista es maleable por definición y en general, permanece poco tiempo en el mismo lugar, por lo que es improbable que quiera meterse en litigios legales.
La venta de joyas falsas se sitúa en cabeza de las estafas más comunes. En caso de querer comprar objetos valiosos, siga los consejos de su guía o infórmese con anterioridad, por internet, por amigos, por foros, etc. de las garantías que ofrece el establecimiento al que desean acudir. En ningún caso debe dejarse aconsejar por un taxista, conductor de tuk-tuk o cualquier persona que haya conocido casualmente. En esta página web de Lonely Planet, se nos detallan las estafas más comunes. El lugar de captación de las víctimas potenciales suelen ser lso alrededores de las principales atracciones turísticas como el Templo del Buda Esmeralda (Wat Phra Kaew) o el Palacio Real. Se suelen situar cerca de uno de los portones cerrados del recinto amurallado, y desde allí informan al turista de que el lugar de visita está cerrado y que por un módico precio (20 o 30 bahts) se ofrecen a llevarlos a otro templo que sí esta abierto. El viaje al templo tiene escala en alguna joyería ful. Y por extraño que parezca, sigue habiendo gente que cae en el engaño. De hecho, el común denominador de todos los que pasan por la comisaría a denunciar el hecho, es que pronuncian la misma frase: “No entiendo cómo he podido caer en esta estafa”. Obviamente, lo perpetradores que maquinan estos delitos, no son advenedizos y saben muy bien cual es su misión.

 



 

Capítulo a parte merecen las drogas. Es bien sabido por todos que uno de los países en los que no se debe tener contacto alguno con el mundo de las drogas (no hay diferencias entre “blandas” y duras) es precisamente Tailandia. Se puede afirmar sin temor a equicovocarse que este país no es "Drugs friendly". No voy a entrar en el debate de si tal o cual sustancia es más adictiva y peligrosa, y es sin embargo legal, porque no es tema del artículo. Todos sabemos qué drogas no deben ser consumidas en los países en los que su consumo es duramente perseguido. No existe una cantidad para “consumo propio”, en Tailandia son más pragmáticos, o llevas o no llevas.
 
Ante todo quiero desmentir categóricamente la leyenda urbana de la droga introducida en la maleta con el desconocimiento del propietario. No existe, nunca se ha dado el caso y es absurdo. La droga es cara, y nadie la va repartiendo por las maletas como divertimento o a título experimental.
En el caso de ser embebido por el fragor de la noche tropical, y sentir uno la irrefrenable e imperiosa necesidad de comprar material para un porro, no se debe comprar a un desconocido. Más de uno pensará en que lo que acabo de decir es una obviedad, y que tal vez me creo que estoy escribiendo para tontos. No, nada más lejos de mi ánimo. La experiencia me dice que cuatro whiskies, dos chicas guapas, un país que parece el paraíso del libertinaje, llevan a cometer auténticas sandeces como comprarle droga a un policía. Quizás alguno tenga amigos o ha oído hablar de gente que ha fumado porros en Tailandia sin problema, sin duda es cierto, tan cierto como que la suerte que han tenido es comparable a un premio de lotería. También están los que llegan a fumar opio en las montañas del norte. Allá cada uno, pero sólo puedo decir que el 80% de los casos que he llevado en la comisaría estaban relacionados con las drogas.

 



 

La estafa de la moto de agua (jetski) está bastante extendida en las zonas turísticas, y proporciona pingües beneficios a las mafias que gestionan tales servicios y todos los que participan de la trama que montan para sacarle al incauto turista los ahorros que deberían ir destinados a pasar unas felices vacaciones. En internet se pueden encontrar diversos vídeos en los que las víctimas relatan su experiencia. El montaje consiste básicamente en hacerle pagar por unos desperfectos que no ha producido. Para evitar ser un damnificado por dicha práctica, lo más recomendable es, en primer lugar, observar cuál es el comportamiento de los empleados con los clientes, y seguidamente, tomar fotos del vehículo antes de alquilarlo. Puede parecer exagerado, pero puede ahorrar muchos disgustos. El mismo discurso es aplicable a cualquier tipo de vehículo que se quiera alquilar en el país de las sonrisas.

 

Por regla general, las mafias que operan en el país no afectan al turista. Distinto es el caso del extranjero que monta un negocio, en ese caso, no tardará mucho en contactar esta amable gente que le ofrece protección, claro que no sólo existe una mafia por lo que es probable que el que tiene un bar tenga que pagarle a más de una mafia. Si uno va de vacaciones, no tiene que preocuparse de estas menudencias tan típicas del país como los elefantes.

 



 

Otra de las fuentes de quejas y conflictos en los que se ven envueltos los turistas, básicamente primerizos, se producen en los mundialmente famosos shows eróticos (aunque yo los calificaría directamente de pornográficos) que se pueden encontrar en las zonas más visitadas por extranjeros. En las zonas tailandesas no hay porque no interesan, a los thais les pone más una mozuela cantando en un karaoke, cosa que entiendo después de haber pasado horas en los tugurios más lúgubres.
El primer consejo es no acudir a dichos locales, pero voy a partir de la base de que nadie me va a hacer caso. Por ello, recomiendo vivamente no ir nunca a un local que nos indique cualquiera de los chavales que pululan a lo largo de Patpong. Otras zonas como Soi Nana o Soi Cowboy no entrañan peligro alguno, si bien no hay locales dedicados exclusivamente a ofrecer espectáculos desde que abren hasta la hora del cierre.

 

El problema con el que suelen encontrarse los que se aventuran por Patpong, es que a pesar de que a la entrada se nos asegura de que no hay que efectuar pagos “extras”, sólo las bebidas, a la hora de salir, la factura asciende a una suma considerable. Estos locales de mala muerte, están situados en primeros o segundos pisos y en general, al final de algún pasillo. Al estar rodeados de “cara-chinos” con aspecto de expresidiarios, las víctimas suelen acabar apoquinando los 200 o 400 euros que les reclaman. Lo suyo es no dejarse amedrentar a la primera de cambio. Sin llegar a ponerse agresivos, hay que mantenerse firmes y solicitar la presencia de la policía. En caso de que la cosa siga sin solucionarse, es aconsejable echar mano del móvil y marcar el 1155 (Tourist Police) para solicitar ayuda. Lo habitual en estos casos, es que los estafadores se echen atrás y se contenten con el pago de las consumiciones.
Por supuesto que existen locales en los que no existen este tipo de extorsiones. Lo habitual es que los establecimientos “legales” estén ubicados a pie de calle, sin tener que atravesar pasadizos y escaleras. Es posible que tengan escalera, pero ésta da directamente a la calle y en general no tienen “ganchos” que quieren llevarte insistentemente al huerto.

 

Sólo una cosa nos puede inmunizar a todos contra los percances que se suelen producir en Tailandia: el sentido común.

18.12.10

Por un ojete de la cara

La capacidad de asombro del ser humano no tiene límites, y en Tailandia más.

Tailandia es un país proclive a las historias raras, más que raras, surrealistas. Los acaecimientos aquí tienen un carácter particular, en la mayoría de casos, propio de novela de bajos fondos. Vivir en este país le brinda a uno la oportunidad de ser el receptor, cuando no el protagonista, de relatos que bien podrían pasar a engordar la biblioteca de las leyendas urbanas, si no fuera porque uno las obtiene de primera mano.

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Hace cosa de un par de semanas, recibía en mi domicilio a horas intempestivas, sobre las ocho de la mañana, una llamada de un joven español muy alterado. Uno, a esas horas no es persona, y yo menos. Por una extraña casualidad coincidió con ese día al año que me olvido de desconectar el aparato telefónico.
De repente, en escasos segundos, pasaron por mi martillo, yunque y estribo, las palabras: atraco, travesti, Iphone, habitación, sexo, enfermedades, policía, etc. Todavía no había acertado a abrir los ojos cuando mi cerebro se veía obligado a procesar todo ese monto de información. El joven tenía bastante premura en que diera respuesta a sus inquietudes del momento que no le dejaban conciliar el sueño e impedían que el mío prosiguiera en quietud. Sólo recuerdo de aquellos terribles momentos (terribles porque estar despierto a esas horas es terrible para mí, no por otra cosa) haber pronunciado las palabras: sí, pon la denuncia. Y a dormir toca.

Pero vayamos al principio de la historia para tener un mejor entendimiento de estos sucesos de tinte novelesco.
El mismo día en que llegué a Tailandia, procedente de España, cuando todavía no había llegado a mi dulce hogar, estando en el taxi que me traía del aeropuerto, recibí una llamada de un advenedizo español que acababa prácticamente de tomar contacto con la noche bangkokiana. Por la hora, sus atropelladas palabras, y su desmesurada excitación, no me costó mucho llegar a la conclusión de que la tasa de alcohol en sangre era más que notable. La frase: “Llevo dos días aquí y todavía noche follado”, fue determinante para que pusiera fin a la conversación, convocando a mi interlocutor a una próxima reunión dado que un caso como este requiere de un estudio llevado a cabo con más calma y sin la premura del momento.
Pasados un par de días, uno de los jóvenes españoles se volvió a poner en contacto conmigo. Quedamos en vernos en mi oficina nocturna, la que abro de las 21 a las 01 horas. No fue difícil entablar conversación. Generalmente, el que viaja suele ser bastante abierto, y es receptivo ante cualquier sugerencia. Les lleve a efectuar el tour exprés por Soi Cowboy, una visita para efectuar una primera toma de contacto con la noche siamesa de bombillas rojas. Con una ascensión por la calle Sukhumvit con las debidas explicaciones detalladas sobre la fauna autóctona y sus costumbres, así como las actitudes a evitar iban jalonando nuestro o periplo nocturno. Unos jóvenes sanos y divertidos, dispuestos a conocer más a fondo la idiosincrasia tailandesa, alguno más que otro. La parada final, y lugar para las últimas reflexiones, es el soi 13. Desde las incomodas sillas de plástico y las siempre inestables mesas de camping observamos cómo se transforma el hombre de noche en latitudes tropicales, y lanzamos al aire una pregunta que será recurrente en el futuro, y determinante en todo este rocambolesco vodevil: ¿Cómo puede irse un hombre con un travesti aduciendo el desconocimiento del sexo real del individuo?

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La fama de los travestidos y transexuales tailandeses les precede. La feminidad más pronunciada y predominante en los individuos de raza asiática, da como resultado unos individuos que en determinada circunstancias son difíciles de ubicar en el amplio panorama de la sexualidad moderna.
Pero volvamos con nuestros aventureros de la noche oriental. Al día siguiente de nuestro encuentro se marchaban a gozar de las playas de fina y blanca arena de las playas del sur del país. Me despedí de ellos y confié en que tuvieran en consideración los consejos que les había dado. Lejos de mí está el ánimo de ser ningún gurú, pero mis años y continuos tropezones por estas tierras, me han dado algo de autoridad a la hora de pronunciarme sobre diversos aspectos de estas tierras y sus pobladores.

A los pocos días recibía la llamada que encabeza este relato, una llamada que, según mi interlocutor, iba a tener continuidad. Sin embargo, pasaron las horas, los días, y todo iba a quedar como un recuerdo más, si no hubiera sido por una de esas casualidades de la vida que quiso que de forma totalmente fortuita me encontrara en el Skytrain con uno de los jóvenes protagonistas indirectos de estas páginas. Quedamos para la noche, quiero saberlo todo, esto es Salvame de Luxe versión thai, me interesan sobremanera los detalles más escabrosos, soy el Jorge Javier de las noches bangkokianas. Espero a la hora convenida para que al calor de un Black Label, me sean explicadas las historias más desternillantes y/o estremecedoras oídas por hombre alguno.
Llegado el momento, la primera frase es demoledora, un perfecto gancho para que el telespectador se quede pegado a la pantalla: “La culpa de todo la tiene el Barca.” Necesito un trago largo. ¿Que pinta el Barca en toda esta historia de travestis y ladrones?
Recordemos que por esas fechas, el Real Madrid sufrió una derrota humillante ante el equipo barcelonés. Nuestro protagonista involuntario es culé hasta la médula, y todo lo que no hizo en 10 días, quería hacerlo en una noche para celebrar la sonada victoria de su equipo del alma, dejando al margen su fidelidad amorosa proclamada a los cuatro vientos y su repulsa por el mundo de la prostitución. Esos son los efectos secundarios del futbol, consigue que el hombre reniegue de sus principios más elementales, aunque todo tiene un límite, o debería tenerlo, a mi entender.
¿Podríamos hablar de un culé “enculé”? No nos precipitemos. Según palabras del hincha, su alegría era tan grande en esa noche que tenía que ir a celebrarlo como fuera, y afirmaba que iba a petar el pueblo turístico, aunque nos tememos que lo que petó fue otra cosa, pero no adelantemos acontecimientos.
Avanzada la noche, el alcohol fluía como el Ebro por Zaragoza. ¡Cuántas mujeres, cuánto jolgorio! Menuda dicha la suya. Esa noche la iba a recordar por siempre jamás, pero no de color rosa ni azulgrana.

Su relato, recogido por dos personas distantes en tiempo y espacio, su acompañante y el que esto escribe, adolece de grandes lagunas temporales que impiden determinar la sucesión exacta de los acontecimientos, y establecer la certitud total de las afirmaciones. Siguiendo las palabras de la “víctima”, pasamos repentinamente de un decorado de luces de neón a la oscuridad de una lúgubre habitación de hotel en la que se encuentran un seguidor azulgrana y una mujer con una extensión natural entre las piernas. El sujeto, llamémosle hombre, llamémosle mujer, para el caso es el mismo, tiene entre sus manos el Iphone del joven catalán. Según dice, lo devolvería a cambio de un rescate de 10.000 bahts. Suponemos que el aparato (el Iphone quiero decir) no tenía instalada la aplicación para evitar ser secuestrado. Al no contar con esa cantidad en metálico, el travesti conmina a su víctima a acudir al cajero más próximo y retirar dicha cantidad. Desconcertado, el joven coge su tarjeta y sigue las ‘ordenes del trípode. Regresa a la habitación y le hace entrega de la cantidad exigida, marchándose a continuación, sin más.
Es entonces cuando recibo la llamada en la que, más que alterado, me pregunta si debía denunciar el caso o no, dado que la noche en que estuvo en Bangkok, le señalé que nadie podía denunciar a una prostituta por el simple hecho de que se estaría auto inculpando de un delito de incitación a la prostitución. Sin embargo, lo reconforto señalándole que a la policía le interesa más atrapar a este tipo de delincuente que echarse sobre un pobre turista ebrio que no sabe qué tiene entre manos, aunque ‘este es probable que supiera lo había tenido entre sus manos.

Ikhwaai

Otro aspecto que intriga a los que hemos vivido la historia de cerca, es la preocupación del desbarrado por saber si los travestis de este país transmitían enfermedades. Por lo que he podido saber durante los años que llevo por estos lares, las probabilidades de contraer algún tipo de enfermedad con un travesti de la calle son bastante superiores a las que habría con una chica que trabaja en un gogo bar, aunque no lo expuse tan claramente, lo dejé entrever. Supongo que inconscientemente, con sus palabras se delató de alguna forma y vimos que su relato cojeaba, y allí había sucedido algo que no estaba dispuesto a contar. ¿Por qué se preocupa uno por las enfermedades de un travesti si afirma no haber tenido contacto carnal con ‘este? Allí la cosa olía a cuerno quemado (¿el de la novia catalana?). Los interrogantes se sucedían. ¿Si alguien está sometido a un chantaje y puede salir de la habitación, no sería más lógico acudir a la comisaría más cercana o avisar al personal del hotel? ¿Era la vergüenza superior al deseo de justicia? ¿Cómo puede un hombre que despotrica contra las prostitutas durante días acabar con un ser con una del 22 largo entre las piernas?

vibra

Recordábamos, su compañero de viaje y yo, la conversación sobre el tema que habíamos tenido noches anteriores. Algo no cuadraba, y sigue sin cuadrar, porque el individuo en cuestión cogió las de Villadiego, sin dar la menor explicación. En un arrebato de ira hizo las maletas y regresó a España, tal vez para ir al Nou Camp o sus alrededores y olvidar el secuestro que había sufrido su Iphone y la humillación de la que había sido objeto, una humillación comparable a la que había sufrido el Real Madrid en la noche de marras. La cuestión es que para emprender la huída tuvo que abonar 100 € par el cambio de billete, o sea que podemos afirmar que su aventura siamesa le costó un ojete… de la cara.

thai

No me cansaré de repetir a todos los que quieran venir a Tailandia de picos pardos, que no hay que llevar bajo ningún concepto a nadie a la habitación de uno mismo, y dado el caso, por la circunstancia que sea, exigir a los miembros de seguridad del hotel que tomen los datos de quien los acompaña. Es algo sencillo que puede ahorrar más de un disgusto.

En este relato se han obviado fechas, lugares y nombres. La intención no es hacer leña del árbol caído, sino extraer una enseñanza de todo ello. Bueno... y echar unas risas ¿no?

Compañero, que la fuerza te acompañe.