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7.12.09

Un segurata poco seguro

La pasada semana se me ocurrió dar una vuelta por uno de los establecimientos que la cadena alemana de supermercados Müller (vendría a ser Pérez, en España) tiene abiertos en Mallorca. No destaca por ser económica, pero sí por ofrecer productos importados que no se encuentran en comercios españoles, básicamente de alimentación. Cómo adicto al chocolate, el que proviene de la semilla del cacao, suelo aprovisionarme de ambrosías germanas diversas.

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La cuestión es que el día de autos, me interné en el susodicho local y comencé a escudriñar los estantes de chocolatinas. No tardé en percatarme de que al extremo del pasillo había una mole que con poco disimulo observaba mi persona, no mis movimientos ya que estos eran nulos. No me gusta que me espíen y menos que se analicen todos mis actos como si de un delincuente se tratara. Como estaba de buen humor, cosa que no era óbice para estar cabreado, pensé: “¿Quieres jugar? Pues vamos a jugar”. Me puse a ir de pasillo en pasillo toqueteando todo lo que tenía a mi alcance, cosa que sé le ponía nervioso al gorila de mangas cortas arremangadas (hay que ser hortera). Por supuesto, el individuo me seguía creyendo que yo no me daba cuenta. En el Corte Inglés, por lo menos, son más profesionales, y apenas te das cuenta de que te están observando.

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Llegado al fondo del local pensé en que era hora de volver a la casilla de salida y recomenzar la “partida”. Dicho y hecho. Con paso algo acelerado, me fui hasta el primer pasillo dejando al maromo sólo en el último pasillo. Sin “cortarme un pelo”, me quedé inmóvil, ahí, quieto, mirando al pájaro en la distancia, como el torero que espera al morlaco a la salida de los toriles. El observador pasaba a ser el observado. Como mal guardia de seguridad que era, volvió a acercarse hasta mi persona, pero lógicamente, no había motivo para interpelarme. Pensé por un momento dejar la cesta repleta allí en medio y largarme tan pancho con las manos en los bolsillos, y que los empleados se encargaran de recolocarlo todo, dándole las gracias a su inepto compañero. Sin embargo la gula pudo conmigo, y opté con seguir mareando la perdiz.

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Llegado de nuevo a mi altura, el pavo se quedo ahí, intentando disimular su mal trabajo. Yo estaba quieto, sin preocuparme por la mercancía que se ofrecía en el local, ahí como una estatua, en plan autista, pero eso sí, echándole miradas acusadoras al uniformado, que bajaba la cabeza con veía que era observado. A modo de despedida, y para que quedara patente que su labor de guardián era penosa, cuando me observaba furtivamente, lo miraba y echaba una risita para avergonzarle. Cansado ya, efectué mi última maniobra. Me precipité rápidamente, como si me fuera sin pagar y me detuve en la caja, saludé amablemente a la cajera, saqué de la cartera varios billetes y pagué. Me di la vuelta y el mono ya se había esfumado. Menudo payaso el “segurata” del Múller de Porto Pí Centro en Palma de Mallorca.