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15.12.05

Historia de la ramera ratera

No he dormido en toda la noche. No sé si es la emoción, la inquietud o simplemente que a esta hora nunca duermo, y hoy no va a ser la excepción. Con todo el equipaje hecho, sólo espero a que sean las siete para irme al aeropuerto. Pasa el tiempo y sigo sin conciliar el sueño. Para no hacer nada, mejor no hacer nada en el aeropuerto, por lo menos paso el tiempo de forma más amena y cabe la posibilidad de encontrarme con algún compañero de trabajo. Dicho y hecho. En poco más de media hora, me planto frente a los mostradores de facturación en un plis-plas. Las colas son considerables. Voy mirando a ver si encuentro a alguien con quien tenga la suficiente confianza para colarme. Estoy de suerte. En “business” no hay ningún pasajero y quien factura es una antigua compañera. Mi billete hacia Madrid es de los baratos, pero muy baratos, de los que no dan posibilidad a cambio alguno, pero no hay nada imposible si se quiere y se puede. Me ofrece la posibilidad de cambiar mi vuelo por otro que sale dentro de un momento, de este modo no tendré que ir corriendo por los pasillos de Barajas para facturar hacia Bangkok. Mi principal preocupación desaparece de repente.

Desde el MD-87 veo cómo la isla se va haciendo más pequeña y desaparece de mi vista, todo ello acompañado de un pequeño susto cuando el aparato hace una extraña maniobra tras una desaceleración muy brusca en pleno ascenso. ¿Broma del piloto? Pues menudo sentido del humor tiene el cabrón. Ni los que llevamos años en esto de la aviación estamos curados de espanto.



El vuelo Madrid-Bangkok sin escala es muy reciente. Por lo que sé, no son muchos los españoles que van vienen a Tailandia y menos los tailandeses que viven en España por lo que si tengo suerte, podré acomodarme ocupando varios asientos. Mis esperanzas se diluyen al llegar a los mostradores y contemplar cómo las filas de pasajeros ocupan varios metros. Pero no son españoles ni “thais”, son chinos que, probablemente, hacen escala en Bangkok para, seguidamente dirigirse hacia otro destino.
Mi experiencia en este tipo de vuelos hace que no pierda la esperanza. Siempre reservo un asiento en la última o penúltima fila por dos motivos: uno, en caso de accidente creo (no hay estadísticas al respecto y si las hay no las publicarían) que hay más posibilidades de salvación por cuestiones que no vienen al caso, y dos porque la última fila se suele dejar vacía en caso de que el avión no vaya lleno para que la tripulación pueda dejar sus cosas y en algún caso sentarse.
Me siento en el lugar que me corresponde sin perder de vista esa preciosa última fila. Por instinto, o más bien por mi trabajo, algo me dice que todos los pasajeros están a bordo. He oído los sonidos característicos que indican que ya no va a venir nadie más. Tranquilamente le pregunto al azafato: “¿Boarding completed?” A lo que me responde afirmativamente con una sonrisa cómplice por haber empleado la jerga propia de la aviación. Me despido de mis breves compañeras de viaje y les anuncio de que van a disponer de un asiento libre par ellas, sin decirles que yo voy a disponer de cuatro. El viaje se presenta apacible. Hay once horas de vuelo por delante. Las dos primeras pasan volando, nunca mejor dicho. Algo de televisión, la comida, y como fiel compañera, mi cajita mágica con múltiples pastillas, un auténtico arco iris, una sinfonía de sensaciones que me lleva a un estado semi-comatoso que consigue que los 10.000 kilómetros se conviertan en un pequeño paseo.
Más pesada se hace la espera en inmigración. Las colas parecen no avanzar nunca. Por fin me llega el turno. Como novedad, han instalado un sofisticado sistema de reconocimiento facial. El cartel lo indica claramente: “Póngase recto sobre las marcas del suelo, quítese las gafas, el sombrero y mire a la cámara”. Conociendo cómo van las cosas por estos lares, no me extrañaría que fueran “webcams” de 15 euros que no están conectadas a ningún lado. Y además, como me señalaba Leo, ¿y si llevas lentillas? ¿te las quitas?, y añado yo, ¿y si llevas peluquín? ¿lo consideran sombrero?
La ventaja, si se la puede llamar así, de la lentitud de los funcionarios que comprueban que no estés en ninguna lista negra, es que cuando llegas a recoger tus maletas ya están allí o apenas tardan unos minutos.
Otra novedad de este año es trágica para mí. Ya no venden tabaco libre de impuestos a la llegada. ¡Maldita liga anti-fumadores! Sólo venden perfume y cuatro mariconadas más. De ahí que en mi búsqueda de los cilindros malditos, interrumpiera una interesante, por sus rostros lo digo, conversación entre las dependientas.

Hoy es el cumpleaños del rey de Tailandia. Si no es octogenario, poco le falta. Pero aquí dejo de cumplir años cuando tenía 50. Todos los retratos y todas las imágenes de propaganda institucional lo muestran con esa edad o incluso menos. Me reservo mi opinión sobre tan extraño fenómeno que es aceptado con toda naturalidad por la población tailandesa. De resultas de tan egregio aniversario, las vías de circulación están despejadas, y en apenas 25 minutos me encuentro ya en mi apartamento. Envío a uno de los porteros a que me compre unas botellas de agua, porque la del grifo contiene “otros mundos pero que están en éste”.
Yo existo de noche. Creo incluso que la luz solar es negativa para mi salud, la salud mental en concreto. Son las diez de la mañana y a estas horas estoy más perdido que un murciano en el desierto del Gobi. Única solución: volver a entrar en coma hasta que se ponga el sol. Me tumbo sobre la cama, pongo la televisión, me fumo todo lo que no he fumado en 24 horas y voy cayendo en los brazos de Morfeo, hoy en día conocido como alprazolam.



Sobre las siete de la tarde me levanto, más que nada para no seguir durmiendo y despertarme a las dos de la mañana fresco como una rosa. Esta noche sólo se pueden hacer dos cosas: ir al parque frente al palacio real a felicitar al rey, o ir al cine. La segunda opción se impone, no es que tenga nada en contra de Su Majestad, un hombre bueno donde los haya, pero es que el cine me pilla más cerca.
Llamo a Nan para quedar a cenar y de paso le llevo los productos que la globalización no ha traído hasta Tailandia: aceitunas rellenas de anchoa, fabada asturiana y turrón.
Su esposa, él y yo pasamos la velada hablando del pasado, el presente y el futuro. Antes de marcharme me comentan que se ha abierto un nuevo centro comercial que cuenta con diversas salas de cine que, al igual que el resto, se caracterizan por tener un aire acondicionado que impide que se fundan los helados y, si se descuidan, puede llegar a formarse escarcha en los asientos, una auténtica fijación en este país. Como ya es habitual, cuando decido ir a disfrutar del séptimo arte, voy provisto de un jersey.
Tengo un rato antes de que comience la proyección, tiempo que aprovecho para visitar diversas tiendas en las que compruebo lo bien que se vive aquí con un sueldo de occidental, vistos los precios de los mismos productos que se pueden encontrar en las estanterías de cualquier negocio español. En todo el tiempo que paso aquí, no veo un solo “farang” (occidental). Sé que el barrio en el que me encuentro no está habitado apenas por blancos, cosa que se confirma cuando pido un helado y me traen una carta en tailandés. Sé leer thai, pero según qué tipo de letra no la reconozco. Disimulo un rato haciendo como que leo, no es cuestión de hacer el ridículo después de haber hablado thai. Me arriesgo y le pido a la camarera algo que no sé a ciencia cierta si está en la carta. La cosa cuela y quedo como un rey … o no, tal vez la chica se está descojonando como si en un Burger King pides una Big Mac. Hora de entrar en la sala. He escogido “Aeon flux”, tiene buena pinta la cinta, y si no, pues me echo una siestecilla, que por dos euros que cuesta la entrada, no sabe tan mal que la película sea infumable. Afortunadamente, no es el caso. Paso un par de horas entretenido y me marcho a casa, que mañana comienza la visita “oficial”.



El despertador suena a una hora prudente. Me cuesta levantarme porque soy así, tanto si duermo dos horas como si duermo doce. Recuperar la verticalidad tras haber dormido siempre me ha costado y a estas alturas de la vida, no voy a cambiar.
Llego al banco, tras el pertinente cabreo con el moto-taxi por un desacuerdo con lo que quiere cobrar y lo que le quiero pagar. Me salgo a medias con la mía y me despido con un “… y que te den”, en español obviamente.
El alma se me cae al suelo cuando veo que mi sucursal cierra a las seis de la tarde. ¡Maldita sea! Me pego el madrugón, a la una, y resulta que podría haber dormido hasta el aburrimiento. Bueno, ya está hecho. Cuando voy a cambiar mis euros, me percato de que me he dejado la libreta. ¡Tierra trágame! Otra vez a pelearme con los putos moto-taxistas. Le explico el caso a la chica de la ventanilla. “¿Tiene tarjeta de débito o crédito?” me pregunta. “Sí, sí tengo” respondo exaltado y esperanzado. “Ah, pues entonces no hay problema” me dice. Hacemos el cambio, el ingreso en cuenta ahora le pido dinero para pagar los primeros gastos. “No, no es posible, necesita la libreta” me hace observar. Conocedor del país, sé que cualquier protesta, por airada que sea, es totalmente inútil. Me sugiere que saque dinero con la tarjeta. ¡Pues claro! ¿qué voy a hacer si no? Pero a ver hasta qué cantidad me da el aparato en cuestión. Por lo que veo, aquí no existen las restricciones que hay en España y puedo sacar todo lo que necesito.

Vuelvo al apartamento a saldar cuentas y voy inmediatamente a hacerme un masaje de pies, algo que necesito como el agua o como el whisky. Las masajistas me reciben con gran alegría. A parte de ser un cliente fiel, soy de los pocos que les dan conversación y bromean con ellas. ¡Qué placer tan inmenso! Y todo por cuatro euros.

Vuelta a casa para picar algo y hacer la siesta “pre-marcha” nocturna, que, por experiencias previas, sé que suele ser sonada, la marcha, no la siesta.
Son las diez, buena hora para ir a Nana Plaza, base de mis operaciones, lugar en el que los primeros gramos de alcohol hacen su entrada en mi sistema circulatorio.
Al igual que en el masaje, se me recibe con gran alegría, pero en el primer lugar mis manos tienen que estar quietas, sin embargo, en el segundo mis manos salen de paseo sin que nadie se escandalice.
Sigo el mismo recorrido que impuse la temporada pasada: Pharaho’s, Pretty lady y la puta calle. Las chicas del Pretty son casi todas nuevas, cosa que se agradece cuando las que se han retirado son las menos agraciadas, pero no siempre es el caso. De todas formas, veo que el desenfreno sigue siendo el mismo, y el descaro de las mozuelas continúa siendo el mismo para regodeo de los que allí estamos. Observo que la moda sigue siendo llevar los bajos rasurados en caso de tener vello, cosa no tan evidente entre las tailandesa, ¡guerra a las ladillas! es su lema, aunque más bien creo que responde a una cuestión de demanda del mercado.



Paso la noche saludando a unas y a otras hasta que llega la una, hora fatídica en que se encienden los neones y se nos invita a seguir con la fiesta en otro lugar, sea una habitación, sea una silla o taburete en cualquier puestecillo de venta clandestina de alcohol. Sobra decir que me inclino por lo segundo.
Mi sitio en el bareto en el que solía beber las penúltimas copas de la noche sigue libre a la espera de que lo ocupe. ¡Qué placer! 20 grados, un whisky, un cómodo asiento … bueno, no tan cómodo, un desfile sin fin de todo tipo de personajes que buscan algo, unos compañía para una noche, otros compañía para toda la vida, unas dinero para su familia, otras dinero para la familia Nokia.
Termino, como es ya costumbre en el soi (callejón)13. Por tiempo que pase, los que ponen copas (no me atrevo a llamarles camareros) saben cuál es mi bebida, y a sabiendas de que soy cliente VIP, me traen una silla con respaldo, un auténtico lujo en este lugar dejado de la mano de Dios. Aquello es una auténtica torre de Babel, no sé cuántos idiomas se puede llegar a oír en este rincón para almas descarriadas, pero en todo caso, la ONU no tiene muco que envidiar a ese respecto. Sin percatarme de ello, a medida que pasa la noche, voy mudándome de mesa, en función de quién viene y va. Ya cerca del amanecer, mi última contertulia es una tailandesa. La operación siguiente: tailandesa + seis de la madrugada + soi 13, da como resultado la palabra “puta”. Es mi primera noche, consecuentemente, mi cuerpo mi obliga a solicitarle el acceso carnal. La cosa es rápida. “¿Cuánto?” pregunto. “¿Quinientos?” responde. “Vámonos” replico. Poco me parece lo que ha pedido, pero no son horas para hacer disquisiciones sobre el valor que otorga una mujer a su cuerpo en determinado momento.
Por mi dilatada experiencia en estas lides, puedo afirmar que lo que hago con una fémina a estas horas y en estas condiciones, es únicamente el ridículo, pero por 500 bahts y 240 de la habitación, no me importa en exceso. Además, por el “hambre” acumulada que traigo de España, es probable que mi cuerpo responda adecuadamente, tal y como ha sucedido en otras “primeras noches”. El proceso es el de costumbre. Ella se ducha mientras yo me desvisto a duras penas. Enciendo un cigarrillo, miro la tele en un esfuerzo por no cerrar los ojos. Aparece ella envuelta en una toalla y se recuesta a mi lado. Llega mi turno de ducha, pero mi ducha es más frugal. Ya he salido duchado de casa y no me puedo haber enguarrado en tan poco tiempo. Una pasadita por las zonas críticas y directo al ruedo. Me vienen a la memoria “flash-backs” como si de una película porno se tratara, en la que yo, obviamente, soy el protagonista. Recuerdo con claridad el momento en que me pongo el condón, y lo recuerdo porque ella me decía: “Que te lo estás poniendo al revés”. De hecho así era, pero hasta que me di cuenta pasaron un par de minutos. Reestablecido el orden, todo sigue por los derroteros habituales. Llegado le momento de máximo apogeo, noto que aquella va estallar. Me quito el condón y le pregunto: “¿Sin plomo o extra?”. En el momento que abre la boca para decir ¿”Qué”?, enchufo la manguera en el depósito y veo en mi mente los numeritos del contador pasar a toda velocidad mientras la lleno de “combustible”. ¡Ping! “Gracias por su visita”. Me tumbo y respiro hondo como el que se ha quitado un peso de encima, y así ha sido. Ella, bocabajo y con la cabeza fuera de la cama expele el líquido. ¿Tal vez funcione con gasoil? Sin ponerme mala cara ni insultarme, cosa de agradecer, se va hasta el baño. Se lava y regresa. “Te has quedado a gusto ¿eh?” afirma. Pues sí, para qué negarlo, pienso, aunque responde con un breve “Sí”. Si la primera ducha ha sido frugal, la de ahora no puede ni llamarse ducha. Un repasito a la manguera para no pillar caries, y ya está, yo feliz y radiante. Sin embargo, algo se estaba pertrechando a mis espaldas. Salgo del baño y me dirijo hacia el mueble donde había dejado yo mi ropa, un pantalón y una camiseta, no se crean que voy de putas con esmoquin y pajarita. Y allí estaba ella con su aire de inocente diciéndome: “Mira”, mientras señalaba lo que hasta hace poco había sido un fajo de billetes de 500, 100, 50 y 20 bahts. Dos míseros billetes de 50 y algunos más de 20. La muy zorra me había robado, pero es tan gilipollas que me había robado poco más de lo que tenía que pagarle. La interpelo: “¿Qué ha pasado?”. “Nada. ¿Qué pasa? ¿Tenías más dinero?” me responde. La maldigo en voz alta y en español. Le explico que esto no es el metro, que por aquí no pasan 200 personas por minuto y que cuando cerré la puerta, tras haber abonado la habitación, en mi bolsillo había billetes de 100 bahts, y ahora ya no estaban. Con aire despechado suelta: “Regístrame”. La miro y le digo en castellano moderno: “Vete a tomar por culo”. Todavía le queda la desfachatez de decirme: “Ahora no vas a poder pagarme”. Una sola mirada mía le basta como respuesta.



Mientras me maldigo a mí mismo por haber confiado en esta tipa, termino de ponerme los zapatos y salgo de la habitación. Por 20 o 25 euros que me han desaparecido, de los cuales 10 eran para ella, pues no es cuestión de montar un gran pollo, sobre todo en un país en el que la prostitución está prohibida, y claro si la denuncio a la policía, ésta me dirá: “¿Y Usted qué hacía de putas, buen hombre? Si eso es ilegal”.
Salgo de la habitación y el sol me golpea sin piedad. No llevo gafas de sol porque a las ocho de la tarde del día anterior, no pensaba regresar cuando hubiera salido el sol. Arrastrando los pies y con los ojos casi cerrados, pero intentando mostrar un aspecto decente frente a los padres de familia que acompañan a sus hijos al colegio, me dirijo hacia la choza que sirve de parada de moto-taxi. A mis espaldas todavía oigo su voz: “¡Peter, Peter! No sé si quiere demostrar su arrepentimiento ante una falta tan evidente o quiere seguir reclamando lo que no le he dado. Sin girarme levanto el brazo y le hago seña de que se vaya por ahí, que me deje en paz.



En casa me espera una bandejita de sushi, o chochi como lo llamo yo, que me servirá para reponerme de tan ajetreada noche. Lloraré, sí, pero será por el wasabi, que a mí no me arruina la noche ninguna ramera ratera.

12.11.05

La aventura continúa

Según el plan establecido, en los próximos meses, recorreré miles de kilómetros por Asia. ¿Me acompañas?

Podreis volver a leerme el 12 de diciembre 2005.