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2.1.06

Tú me timas, yo te timo

Todas las aguas vuelven a su cauce. Tras una semana en Tailandia he retomado la “normalidad”. Me he alcoholizado en grado extremo, no me acuesto antes de las ocho y me levanto a las cinco de la tarde, más que nada por el agotamiento que supone estar en posición horizontal tantas horas. Otro síntoma significativo es la práctica ausencia de resaca, síntoma claro de alcoholización máxima.
Hoy he estado echando cuentas, así por encima, de lo que gasto habitualmente, con el escalofriante resultado de que la partida destinada al whisky, representa la mitad de mi presupuesto; asombroso, sin duda, aunque no sorprendente teniendo en cuenta que bebo a lo largo de ocho horas y duermo o dormito unas doce. Mi dispendio en alimentos se reduce a una veintésima parte del gasto en sustancias espirituosas. No tengo hijos reconocidos, ni nadie a quien mantener, por lo que mis remordimientos de conciencia son nulos. Sólo me cabe darle las gracias a la genética por haberme dado un hígado tan prodigioso.

Esta tarde me he levantado con ganas de cachondeo. Desde hace años soy testigo del llamado “timo del tuk-tuk”. Su funcionamiento es el siguiente. Un turista que pasea tranquilamente por la calle es abordado por el conductor de un tuk-tuk (estruendosos triciclos motorizados muy típicos en estas latitudes) que entre sonrisas, amabilidad y mucha palabrería, le ofrece al incauto una vuelta por la ciudad por una cantidad irrisoria, 10 o 20 bahts, algo ridículo teniendo en cuenta que para cualquier desplazamiento, por corto que sea te piden 40. El visitante ve en ello una auténtica ganga y acepta hacer este magnífico tour por tan módica cantidad.
Busco en mi armario la indumentaria necesaria para dar el pego. Pantalón corto, chancletas, camiseta con algún motivo extranjero y una pequeña mochila. Mi desfachatez va a más allá, llevo conmigo, bajo el brazo, una cámara de vídeo que registrará continuamente todo el proceso.


Herr Peter de turista

Ya sé, de antemano, dónde se ubican estos truhanes, y hacia allí me encamino yo, con aire de turista, caminando despacio, mirando a diestro y siniestro y parándome a mirar las cosas más nimias, todo ello con cámara en mano. No tardan ni un minuto en aproximarse, primero uno y después un segundo que estaba intentado llevar a cabo la misma estafa con una pareja de mochileros. Toda la conversión se desarrolla, obviamente en inglés, aunque les digo que soy francés. Me dedican un par de palabras en el idioma galo para demostrar su amplia cultura y pasan a exponerme el estupendo plan que tienen preparado para mí: una hora visitando los mejores monumentos y templos de la ciudad por sólo 20 bahts. Me hago el remolón mientras les hago repetir la oferta para que quede claro en la cinta que estoy grabando. Acepto. Uno de ellos, el más vivo, me invita a que le acompañe hasta su vehículo que está aparcado en un callejón.
Empieza la visita. Primera propuesta: un salón de masajes donde podré disfrutar de los servicios de una amplia variedad de señoritas por 2500 bahts, unos quinientos más de lo que me costaría yendo por mi cuenta. Como hoy soy un turista ingenuo, le digo que estoy dispuesto a ir a verlas pero que si no me gustan, me marcho. Mi única intención es entrar en uno de estos lupanares con mi cámara de vídeo, cosa prohibida pero que un turista no sabe. Apenas tardamos cinco minutos. Entramos juntos. Alguna de las chicas se sobresalta al ver la cámara. La llevo en la mano como si de un libro se tratase, y hago como si la cosa no fuera conmigo. Miro por todos lados, como si nunca hubiera entrado en un local de este tipo. Se me acerca el maromo de turno. Cierto sudor frío empapa mi cuerpo. ¿Me hablará de la cámara o de las chicas? Mi aspecto simplón le hace pensar que no estoy filmando y se centra en lo que le interesa: que me lleve alguna damisela de las que están sentadas en las gradas. Hago las típicas preguntas de un novato: ¿Cuánto cuestan estas? ¿Y aquellas? ¿Cuánto tiempo puedo estar? ¿Qué me ofrecen?, etc. Cuando acabo el repertorio de interrogaciones, tomo las de Villadiego, poniendo como excusa que es muy pronto y tengo una excursión por delante. Es un lugar oscuro, un lugar que probablemente en los 70 estuvo de moda, pero que ahora, con la misma decoración que antaño, da más miedo que otra cosa. Y pavor es lo que empiezo a tener yo. “¿Quién me manda a mí meterme en estos líos?” voy murmurando mientras busco la salida. ¿Y si salen dos ninjas y me dan una paliza por no haberme ido con una chica? No, la verdad es que últimamente voy mucho al cine y mi imaginación se dispara por momentos, aunque lo que es bien cierto es que allí el ambiente infunde de todo, menos tranquilidad.
De entre la oscuridad aparece, como una figura fantasmagórica, el conductor de tuk-tuk.


El timador

“¿Qué? ¿Qué tal?” me pregunta. “Así así. Lo que quiero es ir a ver templos” le suelto directamente, recordándole la conversación que habíamos tenido en nuestro primer encuentro. “Ah, sí, claro. Bueno, es que a estas horas ya cierran todos” me dice con la cabeza gacha, aunque añade: “vamos a ir a uno que hay aquí cerca”. Sé muy bien del lugar del que me habla, ya que durante unos años residí justo al lado y lo primero que veía cuando me asomaba a la ventana era el mencionado templo, que destacaba por su colorido entre las oscuras viviendas de sus alrededores.
Siguiendo en mi papel de turista advenedizo le expreso mi satisfacción por haberme traído hasta aquí. El templo en cuestión es diminuto, no destaca por nada en especial. De todas formas entro para hacer un par de fotografías y demostrar que la cámara de vídeo la llevo en la mano para algo más que dejar constancia de sus fechorías. Uno de los monjes allí presentes me indica desde el interior la forma de acceso. Lo primero con lo que me topo es un monje en la posición del loto frente a una gran estatua de Buda, pero entre el bonzo y la figura hay algo. Un Pentium IV con pantalla de 17 pulgadas es lo que absorbe la concentración que debería ser para la oración. Y no se puede decir que lo que aparece en el monitor tenga relación alguna con las enseñanzas del Maestro, o sí, vaya usted a saber. La cuestión es que un, supongo, apasionante juego mantiene absorto al religioso, una imagen que quitaría la Fe a muchos.


El monje ludópata

El resto de monjes está en labores más provechosas, están colocando unas guirnaldas en una pared. Son tres y no se aclaran en como llevar a cabo tan espiritual labor. Pues así es, los hombres de túnica azafrán son seres humanos como todos y su realidad es más cercana a la del mundo nuestro de cada día que a la imagen que vemos en películas y documentales. Tras tan espiritual encuentro y visto lo visto, salgo para saber qué me depara el avieso conductor. “Bonito ¿eh?, ahora vamos al Gemological Center of Thailand” (u otro nombre así de pomposo), es decir me va a llevar a una joyería. En dos minutos ya me encuentro frente a una serie de comercios. Entro en el que él me indica. Nadie viene a recibirme, es raro. Esto, más que una joyería parece un “Todo a 100”, con chinos incluidos. Circulan por el local niños, alguna mujer, y no sé si algún perro Al rato aparece un señor. “¿Algo para su esposa?” me dice. “No tengo” respondo sonriendo. “Pues para su novia” insiste. “Tampoco tengo” insisto y añado, “Si quiero algo, es para mí, pero no veo nada para hombres” espeto sin remilgos. “Sí, aquí, mire en esta vitrina” replica el desesperado vendedor. “Pueeees, ¿esto es todo? No me gusta nada” espeto sin remilgos mientras me dirijo a la salida. Tengo la impresión de que me he librado de mi maldito guía, no lo veo por ninguna parte. Un tanto aliviado, voy en dirección ala calle principal pero, maldita mi suerte, aparece, como de la nada, el hombre del bigote. “Mister, Mister, entre en esta sastrería, tienen precios muy buenos y una calidad excelente”. Venga, ahora vamos a reírnos con los hindúes que son los que regentan o atienden el 99% de las sastrerías de Tailandia. “Buenas tardes, pase, pase. ¿Qué es lo que desea?” me dice uno de ellos. “¿Yo? Nada. A mi me ha dicho ese señor que entre aquí, y yo he entrado”. Se produce un momento de tenso silencio. Yo les miro, ellos me miran. Uno sostiene en la mano un metro de madera de los empleados para medir las telas. Confío en esos instantes en que no le dé por medir mi perímetro craneal. Por fortuna, esta gente está hecha para los negocios y saben salirse siempre bien de todas las situaciones. “Pues será que ese señor que le ha traído quiere que Usted parezca un gentleman” dice sonriendo. “Pues va a ser eso” le respondo mientras pienso: “¿Me está llamando pordiosero?”. Empiezan a mostrarme telas y más telas, a decirme precios, a proponerme ofertas. Les pido algún catálogo para inspirarme. Allí están Hugo Boss, Armani, y todos los mejores diseñadores, por cuatro perras puedo llevarme puesto lo último de la colección de cualquiera de los mejores diseñadores del mundo. Un traje, no te lo puedes bajar de internet, pero por menos de 100 euros tienes una réplica exacta, y a ver quién es el guapo que te acusa de pirateo. Con un “vale, ya me lo pensaré”, me despido de los hombres del turbante.
“Pues ahora vamos a ir a un sitio donde puedes coger una chica para todo un día por muy poco dinero” son las primeras palabras de recibimiento que oigo tras tan estresante visita “comercial”. “Es que yo no sé qué hace un día entero con una chica” le digo yo en un intento por cambiar sus ideas, aunque por otro lado pienso: “¿Y si ahora me lleva a un prostíbulo gay? Pero él, erre que erre, de cabeza al prostíbulo. Por el camino me voy ubicando y ya sé por donde escapar en caso de imperiosa necesidad. El proceso es similar al de la visita al primer lupanar, si bien, en este caso, la cara del hombre que me recibe es la de alguien que tiene muy pocos amigos. Cubierta de cicatrices, de aspecto pétreo y carente de expresión su faz infunde cierto canguelo. Y yo con mi Sony grabando tontamente lo que él guarda con tanto celo.


Las meretrices con su capa de Titanlux

Hay mucha gente por allí y una huida súbita es prácticamente imposible. Escondo un poco la cámara y escucho sus palabras, haciéndole alguna pregunta como si me interesara el asunto. Dadas todas las explicaciones llega el fatídico instante del silencio. Ya se ha dicho todo. Lo único que falta es una respuesta por mi parte. Mordiéndome el labio inferior, moviendo la cabeza y poniendo cara de indeciso voy haciendo pasar el tiempo hasta encontrar una respuesta que me permita salir airoso de tan tenso, en todo caso para mí, trance. “Esto está muy bien, eh. Y muy buen precio, eh, de verdad. Me gusta. Sí, sí. Y muy guapas las chicas. Pero es que es tan pronto que a ver qué me hago yo con la chica. Mejor que me vaya a cambiar al hotel, y bien arreglado, vuelvo”, ya no sé qué más decir, pero no hace falta porque antes de terminar, el hombre de hielo se levanta para marcharse. Empapado en sudor, me voy por donde he venido, con la firme decisión de poner fin a mi experimento-denuncia. Ahora se presenta otra de las situaciones que me intrigado desde que decidí emprender esta pequeña aventura. El conductor esperaba sacar algo de mí, y hasta el momento sólo ha perdido tiempo y consumido combustible. Según el trato, por 20 bahts (40 céntimos) me iba pasear durante una hora. Sin duda me ha paseado, pero ¿aceptará sin más, los 20 bahts pactados o se las ingeniará para sacarme más?
Me acerco hasta el tuk-tuk y le expongo mi determinación con cara de extenuación. Le doy la cantidad acordada y la acepta de buen grado, incluso se ofrece para acercarme a donde quiera. Obviamente su perfidia es un pozo sin fin y ya me pregunta que a qué hora quiero que me recoja del hotel. Una de las reglas de oro para la supervivencia en Tailandia es no decir nunca la verdad respecto a lugar de residencia, nombre, nacionalidad, ni demás datos relevantes a nadie, ni conductores, ni vendedores y mucho menos a putas. “¿En qué hotel vive?” pregunta inocentemente. Recuerdo haberle mencionado que residía en el soi 11, ahora me toca agudizar la memoria y recordar qué hoteles hay en esa calle. “En el Miami hotel” respondo, en alguna otra ocasión este establecimiento me ha sacado de algún apuro. “Muy bien, pues mañana a las 10 en la puerta” dice el hombre. Para darle más credibilidad al engaño le digo que mejor a las 11, que las 10 es muy pronto. Me deposita junto a las escaleras del metro y me despido esperando no verlo durante una larga temporada, aunque va a ser algo difícil dado que se mueve cerca de mi lugar real de residencia. De todas formas tengo preparado un sencillo plan por si se diera la desafortunada circunstancia: hablar en tailandés.


Herr Peter vestido de "farang" residente

Por otra parte, no suelo ir vestido de turista por Bangkok, más bien llevo indumentaria de “farang” residente (pantalón de vestir, camisa con o sin corbata) así que sí me lo encuentro bastará con decir en tailandés: “¿Qué dice? Creo que se equivoca. Llevo 17 años viviendo en Tailandia y a usted no le conozco”.