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21.7.06

¡Vaya par de gemelas!

Entre mis delirios oníricos, fruto de la química más avanzada, veo ante mí cómo pasan los días, los meses, los años, los lugares, las personas, las labores, y sigo sin encontrar ese hueco que rellenar y menos con qué rellenarlo. Sé donde está el punto final, pero me resisto a llegar hasta ese lugar, a sabiendas de que lo tengo, a diario, en las yemas de mis dedos. El viaje es rápido, en menos de una hora llego a destino. Pero por un motivo u otro, debo aferrarme a mi presente. Soy mi Dan Brown particular y cada día que pasa escribo una nueva página del “Código de Herr Peter”, en busca, de mi Santo Grial personal. Estas reflexiones suelen ser fruto de un exceso de sobriedad, no por llevar una vida sobria, que no es el caso, sino por estar sobrio, o sea sin alcohol por mis maltratadas venas.
Esta soledad mía, ansiada por tantos (sobre todo casados), me plantea en determinados momentos ciertas dudas. ¿Es normal estar todo el día manteniendo conversaciones interminables conmigo mismo, para no llegar, en muchos casos a ninguna conclusión definitiva?

Un día soleado y un clima agradable siempre contribuyen a alejar estos oscuros fantasmas que se empeñan en acompañarme allá donde vaya. Sólo descorrer las gruesas cortinas de mi lujoso hotel malayo, me permite contemplar las majestuosas Torres Petronas, una maravilla de la arquitectura contemporánea. ¡Vaya par de gemelas!
Hoy es día de cultura. ¡Ya está bien de tantas putas y whiskies! Hay que darle algo al intelecto para que no fenezca de inanición.
Hace ya un par de horas que cerró el comedor donde se sirven los desayunos. Sobra decir que nunca desayuno en los hoteles. Por una parte, debido a que en muchas ocasiones, mi regreso al establecimiento coincide con la hora en que los turistas y gentes de bien bajan a desayunar, y no es plan entrar en el recinto borracho como una cuba, tropezando con las meas y sillas en las que se sientan familias con niños y parejas e luna de miel. No, eso no va conmigo. Además, uno no puede registrarse en recepción a las seis de la tarde elegantemente vestido de uniforme, y pocas horas después aparecer hecho una piltrafa desprendiendo olor a “Eau de Johnnie”.

A pocos metros del hotel se encuentra la oficina de turismo de Malasia. No me he informado demasiado con anterioridad sobre las particularidades de la ciudad. Consecuentemente, la mejor opción es acudir a dicha oficina e informarme acerca de lo que se puede hacer y ver durante unas horas. El lector puede suponer que las excursiones que comienzan a las ocho de la mañana, no caben en mi agenda, por lo que opto por las de medio día y que empiezan sobre la una.
Unas bellas muchachas, como debe ser en este tipo de oficinas, atienden amablemente a todo el que quiera conocer más a fondo el país.
Doy vueltas por el interior del local, más que nada porque hay un aire acondicionado muy agradable, y la humedad exterior es peor, si cabe, a la que hay en Tailandia.
Aburrido de hojear todos los folletos que han caído en mis manos y ver todos los vídeos promocionales, me dirijo hacía una de las damiselas. “Hola, quisiera hacer una excursión para ver un poco la ciudad”. Le digo. “Tenemos excursiones de un día entero y de …”, no la dejo terminar. “¿A qué hora empiezan las de todo el día?” le pregunto. “A las 7,30 de la mañana” responde. “OK, pues esas no. Dígame cuáles tiene que empiecen después de las 12”, le expongo claramente con media sonrisa que denota una vida nocturna agitada.


Impasible el ademán

Finalmente me apunto a una excursión para ese mismo día, por unos 15 euros pasaré una tarde subido en un autobús con aire acondicionado y caminando lo mínimo.
Recorro la ciudad durante unas pocas horas. Nuestro guía, el tigre de Malasia, no para de explicarnos las peculiaridades de un país sorprendente. Lo que más me llama la atención es su sistema político, una monarquía rotatoria. Cada X años, el sultán de una de las regiones pasa a ser rey de la nación. Vemos lo más destacable de la ciudad y regresamos a nuestro punto de partida.


El Tigre de Malasia

Salgo de la oficina de turismo y me encamino hacia uno de los lugares que siempre he soñado con visitar, bueno … tal vez exagero, digamos que me hacía ilusión visitar porque habían aparecido en alguna película: las Torres Petronas. La distancia es corta pero la cuesta arriba y la humedad extrema hacen que el recorrido resulte un calvario. Espero no decepcionarme. No tengo ni idea de lo que hay allí, sin embargo, a medida que me acerco, deduzco que algo interesante debe de haber por el continuo ir y venir de gentes de todo pelaje. Cerca de una de las entradas, un gran panel metálico informa a los advenedizos sobre el origen y la breve historia de estas moles de reluciente aleación. No sé si tiene a mil chinitos sacando brillo todo el día, pero no hay rincón que no esté impoluto.
Una gran puerta da acceso a la torre siniestra, no porque inspire pavor, sino porque está a la izquierda. Una bocanada de aire fresco me da la bienvenida a la vez que esos porteros que lucen más galones que un general inclinan la cabeza como signo de respeto por el honor que supone para ellos que yo visite su lugar de trabajo. Mi fantasía se desborda por momentos …
Todavía no he desayunado, aunque por la hora que es podría decir que todavía no he almorzado. Confío en encontrar algún lugar en le que hay algo apetecible que llevarse a la boca. Recorridos apenas unos metros, me percato que el problema va ser elegir dónde voy a comer. Las dos torres conforman un gigantesco centro comercial, un “Mall” como dicen los anglófonos, que comienza varias plantas en el subsuelo y alcanza hasta los primeros pisos. Nunca había tantas tiendas juntas. Hay sale mi vena pueblerina. Ya sé dónde voy a pasar el día. Parece mentira, pienso, recorrer 12.000 kilómetros para acabar en un centro comercial, eso sí, todas las dependientas llevan velo, lo que le da cierto exotismo. A ver, ¿A cuánta gente le han servido un Big Mac con el velo puesto?


Una hamburguesa con queso y ... velo

Lo cierto es que siempre he tenido más predilección por las grandes superficies que por el monumento a los caídos, de ahí que mi subconsciente me impulsa involuntariamente hasta este tipo de establecimientos. Un auténtico Edén para los consumidores compulsivos. ¿Quién podía imaginar que una edificación de tal calibre podía esconder en su interior un simple “Burger King”?
Lo cierto, por mi afrancesamiento, es que me dirijo a un “Delifrance” (establecimiento dedica a la restauración francesa, en esencia) y pido algo para comer una tartaleta de frutas y un té, soy de los que reniegan del café. Aprovecho para leer un periódico local. Noticia de portada: “Han encontrado al Yeti de Malasia”. Acostumbrado a este tipo de noticias, leo con atención el artículo. Como ya es habitual en estos casos, resulta que una persona cree haber visto un ser bípedo por las selvas de Malasia. No tardo en llegar a la conclusión de que ha sido “una serpiente de verano”, del verano malayo, claro. Pasa tanto tiempo que llego a dirigir el primer alimento sólido de la jornada. Pago y emprendo mi aventura por este macro complejo en el que ninguna multinacional del comercio no está presente. ¿Por dónde empiezo? No sé. Como en el fondo soy un niño, comenzaré por las jugueterías. Entro en la primera como un cliente cualquiera. Mi aspecto es corriente, aunque hay que reconocer que un hombre solo, de 40 años, en este tipo de establecimientos, resulta, cuanto menos, algo chocante. Recorro los pasillos de la tienda mirando si hay algo que me interese. Casi todos los artículos son referentes a películas de reciente estreno, los ignoro. Me dirijo hacia la parte dedicada a maquetas, en especial de aviación. Durante este lapso de tiempo, me percato de que una jovencilla, dependiente del lugar, me sigue los pasos. Eso me mosquea, me irrita. Da la impresión de que pensaran o supieran … bueno, mejor lo dejamos en que pensaran, que tengo la intención de apropiarme de algo suyo. Cansado de la implacable persecución a la que estoy sometido, decido empezar a divertirme. Súbitamente acelero el paso y me pierdo por los pasillos de la tienda. La chica no sabe muy bien qué hacer. Está algo turbada ante una situación que no se esperaba, pero parte de su trabajo es vigilar a los clientes, y no le queda más remedio que intentar seguirme los pasos. Yo la vigilo de reojo para despistarla en sus movimientos. Ya cansada, ella abandona mi persecución y yo abandono el negocio. Me voy a otra tienda en la que supongo que se va a volver a producir una situación similar. Sin embargo, ahora he decidido invertir los papeles, yo voy a ser el perseguidor y los dependientes los perseguidos. Entro en un establecimiento de la cadena internacional Watson’s, una especie de supermercado donde se venden desde chocolatinas hasta medicamentos pasando por paraguas. Miro y tomo en mi mano diversos productos para llamar la atención de los avispados dependientes. No tarda en aparecer el primero. Un malayo rechoncho que se pone a mi lado a colocar productos que están bien en su sitio, por lo que no me cuesta deducir que su función, en este momento, es vigilar cada uno de mis movimientos. Harto ya de mi pasividad e inmovilidad, y habiendo puesto en línea todos los botecitos de vitaminas del estante, opta por dejarme solo. Se desplaza hasta el pasillo situado en paralelo respecto al que me encuentro yo. Llega la hora de la venganza. Me voy a por él. Me sitúo a su lado, a esa distancia en la que el ser humano siente violada su intimidad. El rollizo malayo no sabe qué hacer ni hacia donde mirar. Si da un paso, yo doy otro. “¿Qué tal? ¿Bien?” le digo en español. Como es habitual en Asia, cuando no entienden algo, sonríen y asienten con la cabeza. Su paciencia llega al límite y opta por dejarme definitivamente solo, para que yo pueda moverme a mis anchas por el establecimiento.


Siempre quise tener una foto como ésta

Como adicto al chocolate, el proveniente de la nuez de cacao, me compro toda suerte de chocolatina que me resulte llamativa o novedosa. Entre las mundialmente conocidas marcas, Nestlé, Ferrero, Hershey’s, etc. Me encuentro con un rostro familiar. ¡Es Conguito! El negrito emblema de los conocidos conguitos de chocolates Lacasa. Un trocito de España, junto a los omnipresentes “Chupa.Chups”, en un rincón perdido de la lejana Malasia. Resulta llamativa la reacción de algunas personas ante situaciones semejantes, dan ganas de decir: ¡Eh, que yo soy del país de esto! Son, sin lugar a dudas, restos de paletería que todos llevamos dentro y que afloran en los momentos más inesperados.
Hecha la compra, que no incluye ningún alimento de los denominados “sanos”, decido ir a comer algo. Como ya he comentado en alguna ocasión, una de mis aficiones predilectas cuando visito países nuevos, es ir a los autodefinidos “restaurantes” de comida rápida. Aunque todos parecen iguales, no lo son. En cada país se adaptan a los gustos de la población, en eso radica, tal vez, gran parte de su éxito. La opción escogida para hoy es Burger King. Al margen de las universales hamburguesas, la oferta es bastante amplia, pero mi suerte no. Cada cosa que pido no está disponible. Acabo pidiendo un “filete” de pescado, unas patatas y una cola. Me lo traen todo excepto la bebida. Espero como un pasmarote a que me sirvan el refresco. Me choca que en la bandeja que me han entregado haya un vaso vacío. Miro a una de las chicas, todas ellas cubiertas con un velo negro que las hace indistinguibles, y le señalo el vaso. Su respuesta es escueta pero esclarecedora: “Allí” me dice, mientras me señala una enorme máquina con multitud de grifos. Entiendo que la bebida se paga una vez, o mejor dicho, se paga el recipiente. Luego, cada cliente se sirve tantas veces como quiera. Toda una fuente inagotable de sabores y colores. Curioso sistema que demuestra una confianza ciega en la clientela, o más bien, un buen plan de marketing. ¿Qué pasaría si en España se adoptara este sistema? Prefiero no imaginármelo. Familias enteras con garrafas aprovisionándose para todo el fin de semana, sería una estampa habitual. Pero aquí, en Malasia, tras casi una hora de observación junto al aparato en cuestión, no he visto repetir a nadie. Asia es otro mundo, no en balde paso gran parte del año por estas tierras.


Una fuente inagotable no apta para diabéticos

Es hora de hacer un pis. Ante tanta exhibición de lujo, llego a preguntarme si esta gente mea o simplemente vaporiza sus efluvios. Tras algunas indagaciones, localizo los W.C. (toilettes, para el novato que quiera orinar en las Petronas). Me dirijo hacia este lugar de solaz, y un hombre me interpela ante mi súbita “entrada en chiqueros”. Me demanda 50 céntimos de euro (o su equivalente en moneda local) por la utilización de las instalaciones de las que es responsable. Pago, no me queda otra. Eso sí, tras la pertinente micción, me recreo con todos los productos que están a mi abasto. Jabones, desodorantes, cremas, “alter-shaves”, me da igual, he pagado y tengo derecho a todo lo que se me antoje. Pasan los clientes , uno detrás del otro, y yo sigo probando cada bote que me encuentro sobre la repisa. Salgo del mejor urinario del mundo conservando la toallita perfumada que me dio el encargado al entrar. Estas cosas, se guardan como oro en paño. ¿A ver quién tiene una tollita perfumada de las “Petronas Towers”? Pues yo. ¿Quién iba a imaginar que por usar un baño había que pagar el equivalente a medio día de trabajo de un trabajador del país? No tengo los datos que puedan certificar tal afirmación, pero me temo que no ando muy lejos de la realidad.


Uno no se cansa de contemplar bellezas malayas

Tras un buen rato en los mingitorios más costos con los que me he topado en mi vida, decido cambiar de escenario. He oído hablar de un gran centro comercial. Me han comentado que es uno de los más grandes de Asia, pero la verdad, es que hasta que no veo las cosas en primera persona, no me creo nada. Salgo de las Petronas y pido un taxi, que llega raudo y veloz. “To Times Square, please” le indico, como si de un ejecutivo que llega tarde a una reunión se tratara. Craso error el mío el de pedir un taxi. Todo por la pereza de mirar un mapa y animarse a utilizar los servicios de transporte públicos.
Empieza a llover, y no poco. Las lluvias de los países tropicales, son lluvias como Dios manda, a chorro limpio, nada de mariconadas de cuatro gotas. Apenas converso con el conductor, pues lo veo muy enfrascado en la lectura de un libro. Por la edad y el tipo de lectura, que creo adivinar, tiene todo el aspecto de tratarse de un estudiante que trabaja de taxista en sus horas libres. Escucho la radio y me veo metido de nuevo en uno de esos momentos que tan poco me gustan, el momento de pensar. ¿Qué hago aquí? ¿Voy a estar toda la vida igual, de un lado para otro? ¿Sentaré la cabeza? ¿Por qué no lo hago ya? La mayoría de preguntas quedan sin respuesta, cosa que me pone de mal humor. Llevo casi media y apenas he avanzado unos kilómetros. Como no conozco la ciudad, desconozco la distancia que todavía me separa de mi destino. Sí, ya sé que podría preguntárselo al taxista, pero no lo hago, supongo que porque su respuesta me resultaría ambigua y me quedaría igual. Nadie me espera en ningún sitio, una constante en mi vida, por lo que tampoco tengo prisa.
Inmerso en mis oscuros pensamientos, a través de la empañada ventanilla adivino una enorme construcción con profusión de escaparates en su planta baja. El conductor parece animarse, gira a la izquierda y sube por una rampa. ¡Salvado! Ya no tengo que pensar en nada. Frente a mi se encuentra un auténtico palacio de la diversión y el consumo. Mi primer objetivo es ir al cine, otra de las actividades que suelo llevar a cabo en todos los lugares que visito, salvo en los que simplemente no hay o proyectan películas que carecen de interés, especialmente cintas hindúes.
El “Times Square” es bastante más grande de lo que imaginaba. Recurro a un punto de información, en el que una bella indígena me indica la ubicación de las diversas salas. Busco en primer lugar las taquillas para informarme sobre los horarios para poder organizarme un poco. Veo, “grosso modo”, que las cintas proyectadas son prácticamente las mismas que en Bangkok o cualquier otra capital occidentalizada del mundo. Por el horario, más que por otra cosa, me decido por una comedia americana de bajo presupuesto, protagonizada por Steve Martin, un filme que curiosamente será proyectado en España meses más tarde. Nunca he entendido la lógica de los distribuidores. ¿Por qué la mayoría de películas, excepto las mega-produccciones, se estrenan antes en Asia que en España? En algún caso, muy raro, se ha dado el caso a la inversa. ¡Me lo expliquen!

Tengo tiempo para ir a pegar un bocado. Dejo a un lado mi sibaritismo y me voy al Mc Donald’s, más que nada porque me hace gracia que las trabajadoras lleven todas ese velo negro que cada vez me da más morbo. ¿Tendrá el pelo largo o corto? ¿Liso u ondulado? ¿Será calva? Curiosa costumbre, y más cuando la ubicas en el símbolo por excelencia del imperialismo yanqui.
Hay demasiada gente. Me limito a hacer un par de instantáneas, sin flash, no vaya a ser que se mosqueen y salga por detrás de la freidora un integrista con sable y me saque los ojos por haber tomado una imagen de una mujer musulmana. ¡Hay que ver los resultados que está dando en nuestro subconsciente la disimulada propaganda anti-islamista, sobre todo en personas con cierta paranoia como yo!
Me alimentaré con lo que suelo comer a menudo en Bangkok: palomitas, coca-cola y un helado. ¿No dicen que los cereales son muy sanos? Pues los “pop-corns” no son más que maíz en el fondo, el refresco contiene bastante azúcar, y el helado es un derivado lácteo, una comida sana donde las haya.
Antes de que llegue la hora de inicio de la sesión, me doy una vuelta por el complejo. Cruzo una puerta y me quedo boquiabierto. Estoy frente a una montaña rusa. Sí, sí, una montaña rusa en toda regla, nada que ver con esas que montan en las ferias de los pueblos. Huelga decir que el techo, en esa zona del “Times Square”, alcanza varios pisos de altura. Me quedo unos momentos observando cómo evolucionan los vagones de la atracción. Otras instalaciones complementan esta obra de ingeniería, pero no tengo más tiempo, quedan algunos minutos para que empiece la película, y no soy de los que llegan tarde.
Me planto el último en la fila para comprar lo que va a ser mi cena. Junto a la máquina de palomitas detecto un extraño artilugio con una inscripción que me resulta familiar. Me acerco un poco y acierto a leer: MAGGI. ¿Qué pinta esta marca en un cine? ¿Qué saldrá de esa máquina? ¿No será lo que todos imaginaríamos? Dirijo la vista hacia esos clásicos paneles luminosos que informan de los productos que los cinéfilos pueden comprar para disfrutar mientras contemplan su película. No. Lo que leo, debe de referirse a otro local:
puré de patatas, pescado y patatas fritas, maíz, ternera, sándwich de huevo. “nugget “ de pollo, albóndigas de pollo, etc. Pero no. Es cierto. Nosotros somos unos simples que nos contentamos con unas tristes palomitas, pero en Kuala Lumpur se puede ir a cenar al cine. Además, si así lo deseas, te llevan el pedido hasta tu asiento. ¡Alucinante! Todavía hoy no salgo de mi asombro. ¿Qué dirían los puristas del cine que se molestan porque la gente se regala con unas sabrosas palomitas? Si un día tengo la ocasión, le recomendaré a Carlos Pumares que se dé una vuelta por Malasia. Sería algo apoteósico y orgásmico verlo despotricar contra los responsables de las salas por permitir tales desatinos contra el séptimo arte.
Yo, con mi humildad occidental, me compro un cartoncillo de “pop corns”. “Una de palomitas y una coca-cola” le pido al chaval. “Aquí tiene, son 7 ringgits”. Pruebo una. Es dulce. “¿No tiene saladas?” Le pregunto. “No. Sólo dulces” responde escuetamente. Disponen de un menú digno de cafetería, ¡y no tienen palomitas saladas! Cosas veredes, amigo Sancho.
Me pierdo por los laberínticos pasillos que llevan a las distintas salas. Finalmente encuentro un joven que me indica el camino a seguir. Llego con la película comenzada, eso me cabrea.
Las sorpresas no han terminado. Me acomodo en mi, algo desgastado, asiento y me apresto a disfrutar de una cinta que “priori” ya sé que es mala. Parece una contradicción y es posible que lo sea, porque yo mismo soy una contradicción viviente, cosa que siempre achaco a la auto-medicación.
Como es habitual en estos países, las proyecciones son en versión original, en este caso inglés. Para contentar a toda la población, ponen subtítulos en malayo y en chino. Consecuencia: si las frases son muy largas, la mitad de la pantalla son letras e ideogramas. No quiero imaginar una película en francés, porque habría que añadirle la subtitulación inglesa.
No han pasado cinco minutos, y ya entra una empleada con una bandeja para alguno de los que habrá encargado pollo, pescado o albóndigas con puré de patatas. Sobra decir que los efluvios de tales manjares no quedan limitados al asiento del espectador hambriento. No quiero imaginar un fin de semana con algún estreno en cartelera. La mezcla de aromas debe de llevar a más de uno a una situación próxima a la pérdida de conciencia.
Mi periplo por la sala malaya no tiene desperdicio. Tres asientos a mi izquierda está sentado uno de estos elementos que siempre me han fascinado. Van siempre solos, y se meten tanto en la trama que sueltan sonoras carcajadas y se retuercen de risa en su asiento. La película es una comedia. Yo todavía no he esbozado una simple sonrisa, y este hombre roza el ataque epiléptico. Lo miro más a él que a la propia película. En el fondo, si llegara a despertar mi interés la proyección, podría recurrir a internet, pero a este hombre sólo lo voy a ver una vez en mi vida, a no ser que me haga colega y lo invite a un par de sesiones más, cosa harto imposible ante mi inminente partida.
Se encienden las luces. Ya sé qué película no tengo que ir a ver en España cuando se estrene. Echaré de menos al “risitas de Malasia”.
Todas las tiendas de Times Square están cerrando. Busco la salida que lleva al monorraíl, he estudiado el asunto y ya sé que con este medio de transporte puedo llegar hasta la puerta de mi hotel. Antes de cruzar la pasarela que conduce a la estación doy con una especie de panadería. Me compro un par de bollos y trozos de ¿pizzas? Que me vana servir de cena.
La estación y el monorraíl parecen de juguete. Hasta yo, que apenas mido 1,70 tengo que agacharme en algunos momentos. Silencioso, rápido y limpio. ¿Veremos algún día algo parecido en España?

Todavía tengo que hacer las maletas para regresar a Bangkok, pero la pereza me corroe. Me doy una ducha en el más lujoso baño visto hasta la fecha, y me meto en la cama. Abro los paquetes comprados en la panadería y pego cuatro bocados. Ciertamente, una pizza fría no resulta muy apetitosa. Saciado mi apetito. Me doy fuerzas a mí mismo y recojo las cuatro cosas que había sacado de las maletas.
El vuelo no es demasiado pronto, pero para mí cualquier hora anterior al mediodía supone madrugar. De todas formas, “nolens volens”, debo abandonar la habitación antes de esa fatídica hora.
Pongo el despertador y dispongo todo de forma que los esfuerzos para levantarme, lavarme y vestirme queden reducidos al mínimo.

En pocas horas ya estaré de nuevo en casa, la de Bangkok. ¿Qué habrá sucedido durante mi larga ausencia?