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27.10.12

Un día en comisaría 6

 

 

Me encanta la magia. Más en concreto, y para entendernos bien, la prestidigitación. La magia se usa en muchos sectores, y en algunos casos se utiliza con pérfidos fines. En dichos casos es cuando pasamos del entretenimiento al delito. Muchos artistas no tienen escrúpulos en utilizar sus aprendizajes en la dirección errónea. Lo que debía ser un divertimento se convierte en pesadilla para las víctimas.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="475" caption="Nosotros vamos de gorra"][/caption]

Recuerdo que la mañana en que se abrió el Siam Paragon, cuando todavía estaba vacío. Me fui a dar una vuelta, y estando en la planta del subsuelo, se me acercaron una pareja de hindues. “¡Mi amigo tiene poderes!”  Me dijo uno. Me los quedo mirando, y pienso: “Yo también, pero todavía no los habéis visto”. Dado que no tenía nada que hacer en ese momento, me decidí a seguirles la corriente. Sin lugar a duda se habían fijado en mí por ir camuflado de turista.  Nos sentamos en una mesa, y comenzó el barbado a hacer un truco de feria de pueblo. Le seguía el juego con la ingenuidad propia del uniforme propia de turista que portaba, dos palabras en thai, y el juego se iba al traste. Quería saber hasta dónde iba a llegar su impostura. “Escribe en este papelito un número” me dice el gurú. En una servilleta barata de la “food court” escribo cuatro garabatos. El hombre se concentra, parece un actor de instituto sacando fondos para el viaje de fin de curso. Acierta. Cosa que no me sorprende cuando Jandro del Hormiguero hace lo mismo y con mucha más gracia. Pero llegamos al punto crítico. “Ya ves que tiene poderes”me dice su asistente. Pongo cara de asombro y asiento con la cabeza, eso sí, esbozando una sonrisa. “Y ahora …”, les digo. “Voy a adivinar el nombre de tu madre, pero hay que contribuir un poco.” me espetan sin rubor. Mi paciencia llega a un límite y mi tiempo también. “¿Sabes qué? ¡Eres un mago, pero de los malos, malos malísimos.”  Les decía a los dos estafadores mientras me levantaba y marchaba echando carcajadas mientras observaba sus caras de bobos engañados.

 

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="¡Fiiiiirmés!"][/caption]

 

Lo malo, es que mucha gente cae en estos hábiles engaños, gente (la más valiente) que viene a denunciar lo sucedido. El suceso que me ocurrió hace unos años, es un clásico que se puede encontrar incluso en la prensa. Un patrón idéntico para nuevas víctimas. Claro que si sigue funcionando el timo de la estampita, por qué no iba a funcionar el del adivino hindú al que se le supone una sabiduría procedente del lejano Oriente.

 

Febrero. Un padre y un hijo hindúes vienen a denunciar que les han robado 400 dólares con un truco de magia. Así, de sopetón, me parece no entender muy bien el asunto. Siguiendo el procedimiento, les solicitó la documentación mientras les invitó a tomar asiento. Uno ya tiene olfato para detectar los casos que se van a prolongar. El joven parece hablar mejor inglés, por lo que optó por interrogarle a él en lugar del padre, que parece más alelado. “Vamos a empezar por el principio” le digo. “Pues esta tarde, volvimos al hotel después de hacer unas compras. Dejé a mi padre en el lobby del hotel y allí, una pareja le quitó 400 dólares” me explica resumiendo excesivamente. Entiendo que muchas víctimas, tras el trauma, y ante la obviedad de lo acaecido, dejan por supuestos muchos puntos que se nos escapan. Me dirijo al padre, como víctima directa, con el objetivo de que me aclare un poco más el asunto que estamos llevando entre manos. “Estaba yo sentado en un sofá del lobby y se me acercó una pareja muy amablemente. El hombre me preguntó de qué país procedía y le respondí que de India”.

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="Siga las indicaciones para verme"][/caption]

 

Hasta allí parece que no había nada extraño que pudiera hacer sospechar que se estuviera urdiendo un delito. El anciano prosigue: “A continuación, me pregunta acerca de la moneda que se utiliza en mi país, la rupia, y me solicita que le muestre un billete. Cojo la cartera, la abro y saco un billete, lo observa mostrando interés y a la vez me vuelve a solicitar si no tengo otro de mayor denominación. Acerca su mano para tomar el billete, lo mira, me agradece mi amabilidad, y se marchan los dos, él de aspecto árabe y ella occidental. Me guardo la cartera. Subo a la habitación de mi hijo. Le cuento lo sucedido. Miramos la cartera y han desaparecido 400 dólares”. Le acababan de birlar 400 pavos en su cara y sin pestañear. Lo malo es que no se trata de un “show” organizado por el hotel, es magia aplicada a la delincuencia. Obviamente, no se puede ser bueno. Más vale caer mal que no que te sableen.

Seguimos los procedimientos habituales de búsqueda de imágenes en las cámaras CCTV (Circuito cerrado de televisión), pero los resultados suelen ser los habituales, o sea, nulos, para que nos vamos a engañar.

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="Puerta al infierno"][/caption]

 

Soy escéptico por naturaleza. En muchas ocasiones, en cualquier tertulia, me cuentan historias que, por educación, escucho asintiendo. La mayoría me parecen simples historias “interneteras”, que son divertidas para pasar una noche frente a un buen whisky, pero no tiene ningún viso de verosimilitud. Cuando el protagonista te lo cuenta en directo, y desaparece el factor internet y el boca a oreja que siempre lo distorsiona todo, la cosa cambia y la sorpresa es mayor. Veamos un caso.

[caption id="" align="alignnone" width="475" caption="Su seguro servidor"][/caption]

 

En enero, una pareja omaní viene a denunciar la pérdida de 600 dólares USA. Estando de compras por el BIG C (hipermercado) de Ratchadamri se encontraron con un hombre turco. Tras conversar un rato, el turco le tocó la mano a la víctima, y ésta se sintió mareada. A continuación, el otomano se marchó tranquilamente, sólo que ya era 600 dólares más rico. No entiendo por qué no instalan una comisaría en el propio BIG C, porque un porcentaje importante de delitos se cometen en dicho centro comercial.

[caption id="" align="aligncenter" width="216" caption="¿Problemas? Éste es el número"][/caption]

¿Qué cara pones cuando te cuentan eso? Parece que te están tomando el pelo. Pero por otra parte están buscando ayuda. Sentimientos encontrados, sin duda, son los que uno percibe.

El problema radica en que mucha gente tiene el pensamiento de que acudiendo a las fuerzas del orden, su problema puede ser solucionado o paliado. En ciertas ocasiones, y en unos países más que en otros, esto puede ser posible, pero me temo que no es el caso de Tailandia.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="475" caption="¡Gracias por el premio!"][/caption]

A finales del mismo mes, aparece por comisaría una familia hindú, eran tropecientos, aún hago memoria y no recuerdo cuántos eran. Junto a ellos un taxista tailandés que habla a gritos por teléfono. Ha roto la paz que suele reinar en las dependencias un domingo por la tarde, ese momento en que cada uno está con sus cosas, los oficiales frente a su ordenador subiendo niveles en el “Angry Birds” o viendo las últimas gracias que la censura tailandesa deja ver en Youtube. Los hijos de Visnú juran y perjuran que al pagar la carrera del taxi, le hicieron entrega al conductor de un billete de mil bahts. Al no tener cambio, se ofreció para ir a buscar cambio, a la vuelta les dio el cambio de 500 bahts. Por arte de birlibirloque el billete de 1000 había transmutado en uno de 500. Unos que sí y los otros que no. El oficial al mando en ese momento toma cartas en el asunto. Charla con su compatriota mientras yo sigo con los hindúes escuchando su relato una y otra vez; es una parte fundamental de la atención a víctimas, escuchar y escuchar y volver a escuchar porque te repiten lo mismo hasta la saciedad. El policía toma la decisión de registrar el vehículo. Con una lamparita de leds echa un vistazo, por cumplir con el expediente, porque la verdad es que el escrutinio no era muy concienzudo. Conclusión: en el coche no hay billete de 1000. Se registra al taxista. Tampoco lleva nada destacable en sus bolsillos. La indignación de la familia “curry” aumenta por momentos. Se requiera al taxista que se descalce, para sorpresa de todos, el hombre no tiene pie derecho, pegamos todos un bote para atrás. ¡Joder, un tío sin pie nos ha llevado en coche por toda la ciudad! Se da el dinero por perdido. Sin embargo, el oficial tiene una última carta guardada en la manga, una jugada sorpresa que nos deja a todos desconcertados, pero por motivos distintos en cada uno de nosotros. Se me acerca y me comenta su plan: “Mira, he pensado que voy a hacer jurar delante de la estatua de Buda al taxista. Si les ha estafado, no se atreverá a jurar, si les ha estafado, nos dirá la verdad. No puede fallar”.

[caption id="" align="aligncenter" width="475" caption="Cuidado con el atuendo"][/caption]

La verdad es que me da algo de vergüenza exponerles la situación a los turistas, pero lo hago buenamente sin que se me pueda escapar una suerte de mueca ante lo surrealista de la situación. El hombre se pone de de rodillas y con las manos juntas avanza hacia el pedestal con diversas figuras de carácter religioso que tenemos en la calle delante de la comisaría. Me dan ganas de grabarlo en vídeo, pero entiendo que no es el momento, hay que guardar las formas ante tamaña prueba empírica de inocencia. Hecha la prueba del algodón, el policía me mira con cara de: “Ves, lo que te decía. Esto no falla.”  Bastante desconcertado, miro a las víctimas del engaño con cara de circunstancias, y me planteo de qué modo puedo explicarles los métodos policiales de investigación empleados por estos lares. Antes de que yo diga nada, adivino en sus rostros la aceptación de lo inevitable. Los dioses han hablado y ante esto, no hay apelación. Con cierta vergüenza y pidiendo perdón por el lamentable espectáculo, que parece no haberles desagradado demasiado, me despido de ellos y regreso con el agente al interior del establecimiento policial. Me siento en mi mesa y hago el pequeño reporte que hacemos habitualmente tras cada intervención. Visto esto, ya me espero cualquier cosa.

 

El 25 de febrero comparecen ante mí dos jóvenes coreanos algo alterados con varios papeles en sus manos. Sigo el procedimiento habitual. Mientras les digo que sí a todo, aunque no entienda nada de lo que me están diciendo, les ruego que tomen asiento y les solicito amablemente que me cuenten su historia de nuevo y despacito. Por lo visto, los pipiolos habían sido víctimas de un robo en su propia habitación. Una vez dicho esto, ya me imagino el resto de la historia, pero estoy en la obligación de escucharlos. Todo lo robado empieza por I (Ipad, Iphone, Ipod), cosa rara entre los coreanos que son súbditos de Samsung, además de una generosa cantidad de dinero en metálico. En ocasiones tengo la impresión de que Apple tiene gente repartida por el mundo para robar sus aparatos, no es normal que en el 90% de las denuncias los objetos sustraídos sean de la casa de la manzana.

Por lo que me van diciendo, entiendo que una de las “chicas” insistía mucho en que bebieran, tras lo cual cayeron en un profundo sueño. Realmente se trata de una ampliación de denuncia. Traen consigo el resultado de unos análisis clínicos realizados a petición de un oficial. No soy experto forense pero entiendo bien que su tasa de benzodiacepinas en sangre, alprazolam, en concreto (Trankimazín), es muy elevado, no hasta el punto de causar la muerte, pero sí como para dejar a una persona grogui en pocos minutos y durante un largo tiempo, y si a esto le añadimos el alcohol ingerido, la cosa pasa de marrón oscuro a negro. Mientras me siguen contando su inocente historia me dan ganas de levantarme y gritarles: “¿Me estás tomando por imbécil o qué? ¿Quién coño se va a creer que te llevas a dos travelos a tu cuarto par charlar de la situación económica mundial?" . Pero no lo hago y sigo zen. Allí sigo con el semblante serio y echando un vistazo en el ordenador a ver a cuanta gente le gusta la última foto que he subido en mi facebook, todo muy profesional. No acabo de aclararme del motivo por el que quieren ampliar la denuncia con ese dato. Me aclaran que por estar algo aturdidos y por miedo no habían querido hacerlo el día anterior. Según supieron más tarde, el más jovencillo fue encontrado tirado junto al puerta de su habitación durmiendo en el suelo, la mujer de la limpieza lo metió dentro. ¿Cuando se va a enterar la gente de que NO hay que llevar a nadie a la habitación, que para eso están los hoteles por horas? Me recalcan que la bebida era de calidad y el somnífero no venía de fábrica, como si el dato fuera a ayudar algo en la investigación que no se va a llevar a cabo. Se les da las gracias por haber aportado los datos, se amplía la denuncia, y vuelta a la rutina. “Siguiente”.

 

La estulticia humana no tiene límites. Cuando crees que has visto al hombre más bobo de tu vida, viene otro y lo supera. Es el caso de un japonés que un buen día se presenta a denunciar a alguien. Los japoneses son tan duchos en idiomas como los españoles. Tras intentar reiteradamente que nos diga a quien nos quiere denunciar, siempre obtenemos la misma respuesta: “a una mujer”. Bien, ya podemos descartar a algo más de la mitad de la población mundial. ¿Pero qué ha pasado? le preguntamos de nuevo. “Pues ayer, le presté dinero a una mujer. Fui a un cajero, saqué dinero y se lo di a una mujer. Y ahora no me lo quiere devolver”. El problema radicaba básicamente en que no tenía ni idea de quién era esa mujer, no sabía ni como se llamaba y mucho menos sus coordenadas. Como único dato, poseía en un papel, un número de teléfono que afirmaba ser de la beneficiaria del préstamo. llamamos a dicho número, y la ciudadana tailandesa negaba conocer a dicho nipón y mucho menos haberse beneficiado del incauto turista. Era, lógicamente, la respuesta que esperábamos. Se le informa de que nada podemos hacer, y de que hasta la fecha, todavía no hay vacuna contra la tontería, que si un día hay, ya le contactaremos para que acuda urgentemente al centro médico más cercano para vacunarse de urgencia.

 

Una tarde de febrero, al llegar a comisaría, antes de poder sentarme en mi mesa, me llaman con cierta premura. Al fondo de una de las salas de denuncia yace en el suelo una mujer negra que gime de dolor. Imposible, por parte de los agentes, comunicarse con ella. Está consciente. Empiezo a hablar varios idiomas hasta ver con cuál reacciona. Al margen del alemán, con el que todo el mundo reacciona convulsionándose, parece que el idioma de Voltaire surte cierto efecto. ¿Qué le pasa señora? le pregunto amablemente. “Estoy muy mal de la cabeza, estoy muy mal, ay, qué mal estoy de la cabeza.” repite sin cesar en francés. Hasta ahí podía llegar yo, no hacía falta que lo dijera. Continúo con un sutil interrogotario dado que se sospecha que pueda tratarse de una mula que lleva en su interior algo más que visceras. Afirma que hace 10 días que no come, de ahí sus dolores abdominales. Se revisa su documentación y se comprueba que aterrizó en el Reino hace tres días, proveniente de Túnez. Ahora no se sabe si su “negocio” es de importación o exportación. Tiene todas sus pertenencias con ella. Se opta por derivarla a un centro hospitalario para efectuarle las pertinentes pruebas radiológicas que determinarán la situación real y el futuro de la indígena africana. Acude una ambulancia y se la lleva con todo lo que traía. Asunto concluido. Si hay algo más, ya se ocuparán otros, que aquí tenemos otros menesteres.

[caption id="" align="aligncenter" width="317" caption="Inmigración le da la bienvenida"][/caption]

 

El famoseo muestra su cara más oculta en las comisarías. Si un personaje conocido pasa por un establecimiento policial, no suele ser por nada bueno. Éste fue el caso de un destacado rockero tailandés que tras hacer unas declaraciones poco afortunadas en las que reconocía su adicción a las drogas, pasó a ser objeto de investigación. Tailandia no es Occidente, y lo que en nuestros países es “guay” en el Reino de Siam es delito. Tras los pertinentes interrogatorios para averiguar quién se suministraba las sustancias estupefacientes, el juez dictaminó que debía ingresar en una clínica de desintoxicación. Pero el caso que nos ocupa no es realmente el de su detención y puesta a disposición judicial. Un buen día, aparece por la comisaría un “farang” (occidental) diciendo que tiene miedo, que su vida puede estar en peligro por culpa de Sek Loso (el rockero en cuestión, que parece uno de los Chichos). Afirma que es el marido de la novia de éste. ¿? No acabamos de hacer la composición de lugar, y le hacemos repetir lo que acaba de explicarnos para cerciorarnos de que hemos entendido bien lo que parece un situación algo surrealista. El occidental denuncia que recibe amenazas del amante de su mujer que resulta ser un intérprete muy famoso en el país. El caso está perdido de entrada. Farang contra thai, farang que pierde, tan cierto como el hecho de que montar un bar en Tailandia es lo mismo que tirar dinero por el retrete. Le damos consuelo al hombre porque otra cosa no podemos darle. A los pocos días, el hombre ya puede respirar tranquilo, la estrella del rock es detenida, pero no por su denuncia sino por sus inapropiadas declaraciones a la prensa de un país en el que algunos temas no deben ser mentados ni en broma.

 

[caption id="" align="aligncenter" width="219" caption="Apunte este número en la agenda del móvil"][/caption]

La prepotencia de bastantes anglosajones se hace notar con cierta frecuencia por estos lares. Es muy habitual que los ciudadanos de países anglófonos pidan una traducción de la denuncia al inglés, un idioma que tiene en Tailandia la misma validez que el mapuche. Les cuesta entender que un idioma tan universal en muchos aspectos de la vida, no pueda ser empleado en documentos oficiales como son las denuncias policiales. Cuando aparece alguno de estos individuos, se le remite a un bufete (no buffet, como oigo en alguna ocasión, que eso es para comer) de abogados para que le solucionen la papeleta. Algunos dicen que han visto a Artur Mas pidiendo una copia en catalán, pero creo que son sólo rumores.

 

Los españoles somos buenos para dar la nota. No hace mucho, se presentó un ciudadano español para denunciar la pérdida de toda su documentación tailandesa (permiso de conducir, tarjetas, residencia, etc.). Cuando nos aprestamos a tomarle los datos, manifiesta que el extravío se ha producido en España. ¿Cómo quieres denunciar un hecho acaecido en España en una comisaría tailandesa a 10.000 kilómetros de distancia, criatura de Dios?

 

Los casos se suceden día tras día, y no ha lugar al aburrimiento. Saber thai tiene esas cosas, que te enteras algo más de los entresijos del país de las sonrisas. ¿He dicho sonrisas?