UN DIARIO POLÍTICAMENTE INCORRECTO DE MIS PERIPLOS POR EL SUDESTE ASIÁTICO
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21.12.19
El Gran Thermae
Tailandia se caracteriza por ser un país en el que oscurece muy pronto, Sobre las 19:00 suelos regresar a casa a poner un poco de orden y cenar algo mientras espero que a las 21:00 emitan las noticias de Antena 3 a las 15:00 horas. Una vez puesto al día, me acicalo para salir a inspeccionar la noche bangkokiana. Chuf, chuf, un poco de Armani y ya estoy listo para bajar y tomar el primer taxi que pase por casa. Paro al primero que veo, le indico mi destino Soi Cowboy, a unos veinte minutos de casa, si no hay tráfico (cosa poco frecuente), aprovecho para charlar sobre temas diversos como puede ser la situación política del país, algo de fútbol porque suelen tener alguna emisora que retransmite partidos de la liga española momento n que oigo y adivino cómo denominan a los jugadores españoles, también se animan a hablar de la Monarquía (tema tabú) porque al ser yo extranjero, se pueden fiar de mi discreción. La conversaciones sobre fútbol se tornan breves por mis respuestas monosilábicas que evidencian mi desconocimiento del mundo balompédico. No tardamos mucho en llegar a destino. Le pago los 50 bahts de la carrera y me adentro en la calle de los neones.
Soy un animal de costumbres fijas por lo que me dirijo directamente al Playskool, haciendo caso omiso de las llamadas de las damiselas en paños menores que me llaman para que entre en su local. En el Playskool me siento en mi lugar habitual que ya me tienen reservado junto al ventilador. No me molesto en entrar porque ya sé lo que voy a ver, mujeres desnuda o en bikini bailando alrededor de una barra metálica, y en el rincón perverso algún cliente siendo succionado por alguna señorita, el local es conocido por sus felaciones. Caen los primeros Johnny Black mientras charlo con el encargado (que nunca he visto encargarse de nada) que me muestra su nuevo teléfono que tiene algunos problemas y que me voy a ver encargado de arreglar borrando archivos y reseteando mil veces. Una vez terminada mi labor técnica considero que es hora de cambiar de paisaje. Ahora comienza la segunda etapa de Bangkok La Nuit. Salgo de Soi Cowboy por Asoke. Me dirijo a Sukhumvit, cerca de mi antigua oficina, espacio desaparecido por arte y gracia del nuevo gobierno que ha acabado con todos los puestos de venta ambulante del centro más visible de la ciudad. Antes podías seguir tomando copas cómodamente sentado hasta las tantas de la madrugada. Pasado el tiempo, regreso a un local que frecuenté durante años, entre finales de los 90 y principios de siglo, se trata del famoso Thermae ubicado en los bajos del hotel Ruamchit entre el soi 13 y el 15 de Sukhumvit.
En mis tiempos era lugar de paso obligatorio para los trasnochadores de Bangkok, antes de los cambios impuestos por los militares cerraban a las seis de la mañana, ahora desalojan la sala entre la una y media y las dos. Me reciben como si hubiera estado allí toda la vida, en parte por el gasto que hago que se puede considerar ciertamente elevado. El negocio ha cambiado un par de ocasiones de ubicación pero conserva su esencia. Concentra cada noche un par de centenares de señoritas “free lance” con las que te puedes sentar a conversar sin obligación alguna por tu parte. Muchas provienen de gogo bars que ya han cerrado u otros bares de los entornos que van a buscar su última presa de la noche.
Los travelos tienen prohibida la entrada, aquí no hay leyes LGTBI que puedan inducir a engaño. Los amantes de este tipo de producto pueden encontrarlo a las puertas del local, lugar donde se sitúan para encandilar a pobres incautos o desviados que saben lo que hay, en especial coreanos muy seguidores del movimiento LGTBI (perseguido en su país de origen.
El procedimiento en el Thermae es muy sencillo. Cuando entras, un miembro del personal te dirige directamente a la barra donde se piden las bebidas para asegurarse que nadie viene sólo a pasear para ver el material. Mi caso se sale de la norma porque saben que nunca me voy sin haberme tomado cinco whiskies. Al verme entrar ya preparan la bebida “Black Soda”, lo mismo hacen cuando levanto la mano.
Durante muchos años partían de ahí las acompañantes que me iba a llevar al hotel de turno. Hoy en día todo ha cambiado mucho. Las mozuelas son mucho más jóvenes y la clientela que buscan es nipona, coreana o china. Los occidentales hemos pasado a ser una rareza. Sin embargo sigue siendo divertido, especialmente si dominas el idioma local. Es costumbre toparse con las chicas “mayores” que suelen ser las que organizan todo el cotarro, al margen de los dueños del local que sólo se ocupan de la seguridad y la venta de espirituosos. Por su distribución, el local obliga a estar en una permanente procesión que gira alrededor de una barra central ocupada por señoritas que reposan en taburetes y forman sus corrillos o charlan con algún cliente. Si uno encuentra sitio, puede apearse de la procesión y sentarse a ver algún partido de fútbol que ofrecen por el único televisor del lugar. Además se puede aprovechar el rato para conversar con cualquier señorita dispuesta a ello. Por lo general siguen la corriente por ver a un blanco hablar tailandés porque resulta divertido, por lo visto.
Les suelo decir “me han dado cupones Rabbit de descuento en el metro” (son cupones de descuento que te dan cuando compras billetes de metro y sirven para restaurantes, heladerías, panaderías, etc.) “¿tú aceptas cupones de descuento?”. Obviamente se me quedan mirando con cara de “¿este loco de dónde sale?”. No se lo toman a mal y me invitan a seguir la procesión hasta que me las vuelvo a encontrar en este carrusel infinito. El año pasado me hice una amiga que resultó muy peculiar. Algunas veces resultaba agobiante y yo tenía que coger las de Villadiego usando una salida que se encuentra junto a los cuartos de baño. La mujer vivía pendiente del reloj para que fuera la una y conminarme a irnos a un hotelillo de soi Cowboy. ¡Cowboy, Cowboy! Le decía yo cuando llegaba, mostrándole su fijación por el lugar. Intentaba disimular un poco su premura tomándose una copa, que pagaba yo. Su interés por mí, lógicamente, se limitaba a los 2000 bahts que le daba cada noche. Recuerdo la ocasión en que me fui a pasear por el Thermae a investigar el producto interior bruto, y cuando regresé a donde estábamos sentados, no la vi y pregunté a sus amigas, “se ha ido con uno” fue la respuesta que obtuve. Al día siguiente opté por poner cara de cabreo, pero no lo logré, me reía con todo lo que pasaba. Le pregunté por el cliente asiático que había escogido, pero sólo obtuve vagas respuestas que no demostraban entusiasmo alguno. Claro, yo era mejor. Sin causar molestias yo soltaba el dinero como un cajero. Porque al margen de su tarifa estaba la de la habitación, 1000 bahts, con toallas y jabones incluidos. Pasado el tiempo, estando yo en España, a través de LINE me pidió dinero, sin más, por la cara, así por las buenas,”es que no tengo para el alquiler de mi habitación” decía ella. La costumbre de pedir dinero por sistema es muy tailandés, parten de la base de que al ser occidentales, tenemos una imprenta en casa para fabricar dinero.
La chica hacía bien su trabajo, pero una vez le hice una prueba que no superó, darme un beso en la mejilla en el Thermae. Mostrar cierto tipo de afecto frente a sus amigas era superior a cualquier situación. Ya tenía su punto débil. Lo aproveché para incomodarla en diversas ocasiones.
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18.2.18
Mi Tailandia era otra.
Últimamente, cuando nos reunimmo un grupo de viejos asiduos al reino, sale a relucir el mismo tema, el cambio sufrido, para mal, por el país. “No es la misma”, se repite como un mantra.


He podido comprobar personalmente cómo en poco tiempo, cuestión de un par de años, desde la llegada de los militares al poder, que los precios han subido descaradamente. Un whisky que pagaba a 100 bahts se me cobra a hora a 150, un paquete de Marlboro que no llegaba a los 100 bhats los supera con creces hasta los 135, y si buscamos algo más mundano, por ejemplo un zumo de granada me costaba 30 bahts y ahora me lo cobran a 50 bahts. Sigue todo más barato que en occidente, pero la subida experimentda en tan corto espacio de tiempo es sorprendente.
A este ritmo no tardarán en alcanzar precios europeos. Pero al margen de cuestiones económicas se ha producido un deterioro considerable del ambiente que se respiraba en los 90 y 2000. El incremento de la popularidad del país ha jugado en su contra si bien para mucha gente ha mejorado. ¿Alguien se imagina Bangkok sin BTS ni MRT, sin Paragorn ni ningún megacentro comercial? Pues eso era Bangkok, una ciudad apasionante en la que cada día era diferente. Desde las gloriosas noches de Patpong hasta la noche que la comunidad expatriada decidió que había que trasladarse a Nana Plaza y pasados los años, por el mismo e inexplicable fenómeno la migración se prujo hacia Soi Cowboy, unos flujos migratorios que nunca entendí pero seguí como fiel parroquiano. Supongo que en la mayoría de casos los cambios eran debidos a abusos que los cronistas de la época exponían en sus columnas. A día de hoy, ya empieza el descontento con el soi de Asoke, pero no sé hacia donde será la próxima migración a no ser que se complete el círculo y se vuelva a Patpong. En cualquier caso el daño a la noche bangkokiana está hecho, después de las 2 de la madrugada te vuelves a casa o sacas la petaca y te sientas en una esquina, con el riesgo aparejado de que te detenga la polocía por consumo de alcohol en la vía pública.
El pasado año los militares dieron un golpe sobre la mesa y decidieron que los puestos callejeros debían pasar a la historia en aras del desarrollo y siempre con la mirada puesta en las ciudades de países punteros, en particular Singapur país referente en el sudeste asiático. Con los puestos callejeros de venta de toda suerte de artículos, desde calcetines a Viagra pasando por dvds piratas y clásicos souvenirs para turistas, también se fueron los baretos ambulantes que se desplegaban a lo largo de Sukhumvit Rd.
Y eran punto de encuentro de prostitutas y clientes al margen de toda la fauna que circula depués de la hora de cierre oficial de los bares las 2 de la madrugada. Otro aspecto que ha afectado negativamente la noche en Bangkok es la proliferación de turistas japoneses y coreanos que pagan mucho mejor a las señoritas que nos miran a los blancos con cierto desdén. En el mítico Thermae (en Sukhumvit) pasé yo muchas horas y aventuras de todo género. A día de hoy es una cueva de coreanos y nipones con nigerianos fuera en espera de clientes. Las jóvenes tailandesas nada quieren saber de nosotros.
Sin lugar a duda el país ha evolucionado positivamente, pero ha perdido su identidad para sucumbir a la tan denostada globalización que sin duda cuenta con apectos positivos pero aleja de Tailandia su esencia que tanto la caracterizaba. Me alegra no ver más elefantes deambulando por los sois de Sukhumvit, con un CD pegado a su cola a modo de reflector, tanto como me alegra haber sido testigo de épocas que no volverán.
17.3.15
¿Cuán segura es Tailandia en estos momentos?
Para quién no quiera leerse el artículo, responderé con un ambiguo "depende". Un descenso de casi más de un 7% en la cifra de turistas que han visitado Tailandia este año muestra claramente una pérdida de confianza de los viajeros que temen por su integridad, cosa que no es de extrañar a tenor de los sucesos acaecidos en los últimos años.
Nuestra integridad física es lo primero que nos preocupa a la hora de alejarnos de nuestros hogares. La convulsión política que sufre Tailandia, desde hace ya unos años, no ha contribuido a la promoción turística precisamente, sino más bien todo lo contrario.
El enésimo golpe de estado producido el pasado 22 de mayo devolvió, por lo menos de cara al exterior, una imagen de paz que no ha bastado para remontar las cifras de visitantes.
Para los Tailandeses, una dictadura es sinónimo de paz y tranquilidad. La pérdida de libertades, no es nada nuevo dado que incluso en tiempos de "plena democracia", dichas libertades están limitadas. Se podría decir que la democracia que se vive en Tailandia en tiempos "normales" es lo que Franco llamaba en España "democracia orgánica".
Podemos afirmar que, muy al contrario de lo que piensan las autoridades tailandesas, ver un batallón de soldados y varias unidades policiales asentadas permanentemente en el lugar más concurrido por los turistas, no resulta nada tranquilizador.
Lo cierto es que las ansias de hacer las cosas bien, han conducido a algunos miembros del gobierno a sugerir "ideas de bombero", como la que expuso recientemente la Ministra de Turismo y Deportes, poner a cada turista una pulsera con un código de barras, o sistema similar, para tenerlo localizado en todo momento (le faltó añadir que también era de gran utilidad a la hora de identificar el cadáver). Sólo le faltaba proponerle poner a los turistas una pulsera como la que se pone a los presos en libertad condicional.
"Viñeta aparecida en el Bangkok Post sobre la realidad en Tailandia"
Con operaciones relámpago, el nuevo gobierno quiso cambiar la imagen y la seguridad en la costa, en los municipios turísticos más conocidos. Los resultados han sido modestos porque los timos y estafas a turistas siguen igual, véase estafas en motos acuáticas, utilización de playas con criterios muy particulares dictados por los agentes de la ley y/o los militares de turno.
"Testimonio"
No vamos a negar que los delitos contra los turistas han aumentado. No vamos a hablar de los asesinatos de la pareja de koh Tao que son ya un extremo no muy habitual o de los atípicos "suicidios" de hombres con pareja tailandesa, pero sí es cierto que los robos con violencia han crecido en la misma medida que ha aumentado el turismo y los problemas económicos del país, junto a la entrada masiva de inmigrantes ilegales de los países vecinos. Si hace cinco años era extraño recibir una denuncia por un tirón de bolso, ahora ya es rutina y se produce cada vez con mayor frecuencia a pesar de que la policía intenta poner los medios necesarios para atajar el problema con una mayor presencia y mediante campañas de sensibilización, algo que entra en conflicto con las campañas publicitaria sobre el país de la sonrisa. Llama la atención que las víctimas sean siempre indefensos turistas que después de un día de compras, deciden volver al hotel en tuk tuk. Nuestra recomendación es clara: no vaya usted en tuk tuk si lleva un bolso o cualquier objeto susceptible de ser sustraído violentamente.
Recientemente, una lectora de uno de los foros sobre españoles en Tailandia, que existen en la red de redes, ponía de manifiesto su sorpresa y alarma por haber sido testigo de un tiroteo entre bandas al más puro estilo Chicago años 20. Se preguntaba si era algo normal. Pues sí, la lucha armada entre escuelas profesionales (Formación Profesional) se remonta a la noche de los tiempos, ni los protagonistas saben por qué pelean. Al haber una persecución institucionalizada de las organizaciones de las organizaciones políticas, es de suponer que la agresividad propia de los tailandeses se canalizó por las escuelas. "Te mato porque soy de la escuela X y tu eres de la Y". Sin embargo no está el problema entre los que se matan, allá ellos, sino en los que se llevan por delante en sus absurdas luchas. Muchas han sido las balas perdidas que han segado la vida de inocentes ciudadanos que tras una larga jornada de trabajo volvían a casa, o que se podrían haber llevado por delante la vida de la joven española cuya culpa era haber ido a visitar las ruinas de la antigua ciudad de Ayutthaya.
[caption id="" align="aligncenter" width="253" caption="Cuidado en el metro"]
Algunos me dicen: "Pues yo he estado en Tailandia y no he visto a nadie con armas".
Efectivamente, sagaz amigo, los tailandeses no acostumbran a llevar las pistolas en el cinto como si estuvieran en Michigan 1880. Ni a mis compañeros de paisano en la comisaría se la veo (la pistola). Además, lo frecuente es llevarla en el coche debajo del asiento. Por este motivo, en muchas ocasiones, cuando se produce un crimen con arma de fuego, el culpable desaparece de la escena unos minutos antes de cometer el crimen, luego vuelve, y sin mediar palabra efectúa los disparos con total frialdad. A más de uno he conocido que lleva por costumbre un arma de fuego bajo el asiento del conductor. "Por seguridad, por seguridad", me dice. ¿Seguridad de qué? ¿Qué pasa aquí que nadie nos cuenta?
La violencia es un fenómeno que va asociado indefectiblemente a los países subdesarrollados o en vías de desarrollo.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Algunos acaban mal como nos cuenta el libro, no seas uno de ellos."]
Curiosamente, los que opinan que Tailandia no es peligrosa son grandes expertos en foros de internet y lo que les une a este país es una nong y los 30 días (máximo) al año que se reparte entre Pattaya, Patong Beach y la casa de los suegros en Isarn. En realidad son expertos portavoces de sus parejas tailandesas.
Mi experiencia es más prosaica, no está revestida de un halo místico o de romanticismo. Piso el terreno y recibo testimonios de víctimas en primera persona.En este texto, me ceñiré a casos que implican a españoles. A pesar de que representan una parte ínfima del turismo, excepto para Frank y uno de estos expertos de los foros de internet para quienes España es el segundo país emisor de turistas hacia Tailandia (realmente está cerca de la vigésima posición en Europa), los españoles son también víctimas de actos delictivos.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="No acabes tocando la guitarra por haberte quedado sin nada"]
Recuerdo el caso de una chica que, como muchos turistas, viajaba alegremente en tuktuk por la ciudad de los ángeles. De repente una moto a toda velocidad pasó por su lado tratando de arrancarle el bolso. Ella se resistió y acabó ingresada en un hospital con el hombro dislocado y todo tipo de magulladuras.
Una suerte similar corrió una española residente en Bangkok que tras una larga jornada de trabajo decidió regresar en metro hasta su casa en el distrito de Petchburi. A pocos metros de la salida de la estación, en plena calle a las 10 de la noche, un grupo de cuatro jóvenes la tiraban al suelo y le daban una paliza para robarle el bolso. No se contentaron con quitarle sus pertenencias sino que se ensañaron con ella.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Cuidado por las noches"]
Hace un par de semanas, entrando en la comisaría, me encontré con una mujer española que estaba con su hija de pocos años. Residían en un hotel de la calle Silom. Según sus palabras, regresando de una excursión del río Chao Phraya, caminando por la calle, se les aproximó una motocicleta con dos jóvenes en su lomo que a toda velocidad le arrancó el bolso, llevándose todas sus pertenencias allí contenidas.
Hace un par de semanas, un amigo español me relataba cómo hablando por teléfono por la calle, una calle concurrida, dos jóvenes se acercaron, también en moto, e intentaron, porque no lo consiguieron, arrebatarle el teléfono por el que estaba hablando. Detuvieron la moto, no se sabe si para rematar la faena o esperar a la reacción del español. Éste, algo imprudente, se enfrentó a ellos yendo hacia la moto con cara amenazante, cosa que puede hacer alguien que mide 1,90 junto a estos elementos que apenas llegan al 1,60. Efectivamente, se asustaron y emprendieron la huída.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Avisos por todos lados para estar prevenidos"]
Al que quiera sentirse tranquilo en Tailandia, le doy la enhorabuena, pero yo me fío de los autóctonos, y si me dicen que hay que andarse con cuatro ojos, sigo su consejo. No quiero formar parte del coro que forman los del: "Pues a mí nunca me había pasado", "Pero si este país es la mar de tranquilo", "Mira que he estado en los peores países del mundo y nada". Los tailandeses cierran sus casas a cal y canto cuando se pone el sol en las zonas rurales con rejas y contraventanas, al margen de tener todos armas en casa. En las ciudades, lo más apreciado en un condo, y lo primero que preguntan a la hora de efectuar una compra venta es por la seguridad, por el número de guardias, las cámaras de vigilancia, las barreras y la seguridad en general. Será porque algo pasa, digo yo.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="La ciudad está sembrada de avisos"]
Nada más lejos de mi ánimo que alarmar a los lectores, prueba de ello es que puedo decirles que las zonas más seguras de Tailandia son las frecuentadas por turistas extranjeros. Las vigila tanto la mafia uniformada con la de paisano. Hay gente que piensa que los índices más altos de delincuencia se dan en lugares concretos, “esos sitios donde vais los turistas sexuales” he leído en alguna parte. Sin embargo, es precisamente al contrario. No he visto calles más controladas que éstas iluminadas con neones de colores, todos los implicados en el negocio se preocupan de que ningún cliente/visitante sufra percance alguno y pueda ofrecer un relato agradable sobre la zona cuando regrese a su casa. Son las llamadas “Safety Zone”, un programa impulsado por el Ministerio del Interior y que cuenta con la colaboración de varios sectores de la sociedad en aras de una máxima protección del turista. No quiero decir con ello que para sentirse seguro hay que irse de putas ... pero casi.
La violencia más extrema se da en lugares a los que difícilmente tiene acceso un turista por muy mochilero y aventurero que sea.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="La literatura sobre la cara B de Tailandia va en aumento"]
Los últimos casos de homicidio entre tailandeses han sido entre gente que salva vidas. Me explico. Las ambulancias públicas en Tailandia no existen o las tienen muy escondidas. Por ello, se forman asociaciones de voluntarios benévolos que se ocupan de la gente en caso de accidente. Como todo grupo superior a dos personas en Tailandia, son una mafia. ¿Y qué pasa por estos lares cuando uno pisa el territorio del otro? Pues que acaba oliendo a pólvora y sangre. En menos de un mes, diversos grupos se han enfrentado en dos ocasiones con el resultado de dos muertos. Por lo menos, no tuvieron que llamar a la ambulancia. Hay que aclarar que estos benévolos son recompensados por los hospitales y funerarias por cada fiambre que les llevan, de ahí la rivalidad, la velocidad con la que conducen no es es por el ansia de ayudar o salvar una vida, no nos engañemos; eso del altruismo, el budismo, la solidaridad, el espíritu del lejano oriente, etc. Son palabrería para llenar libros y hacer soñar a la gente para que crean que a 10.000 kilómetros de su casa el mundo no está podrido y la gente sonríe las 24 horas.
Cuando prepare su maleta para venirse aquí, no se olvide de su arma más importante: el sentido común.
25.8.14
Un día en comisaría 8
Ya estoy acostumbrado a que la gente me mire en el metro con el uniforme en Bangkok. Echan un ojo al cinturón, a la chaqueta, al polo, o al maletín y ciertamente les choca que alguien que no es de su nacionalidad ni de su raza porte las insignias que porto. No sé lo que piensan. Sí sé lo que piensan muchos “farangs” (occidentales). Unos nos confunden con los voluntarios de la “Tourist Police” que se suele ver por Pattaya y Phuket paseando por las calles, y nos odian, ya sea por envidia o porque en sus venas corre el odio por la policía en general. Otros, los más clarividentes, nos preguntan acerca del medio para poder formar parte de nuestro grupo. Lo primero que les explicamos es que nosotros no patrullamos, somos ratas de oficina. Nuestras salidas de la comisaría son esporádicas, ya sea para una investigación puntual donde hace falta alguien que se haga pasar por turista o porque debemos ir hasta los juzgados por algún caso en particular. No, no llevamos porra, ni linterna, ni grilletes, ni un cinturón sobrecargado, eso lo llevan los que van con nosotros. Como mucho, portamos un móvil con el que tomar algunas instantáneas y, obviamente, comunicarnos.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Fachada de la comisaría. El NO a las drogas es un mantra en el país."]
Los voluntarios de la “Tourist Police”, por lo que he podido saber, son antiguos agentes de policía jubilados (los mandos) que han fijado su residencia en Tailandia, y los agentes son jóvenes recién llegados que en muchos casos no hablan el tailandés pero tienen mucha voluntad y hablan otros idiomas. Dado que son voluntarios, no reciben remuneración alguna, y si la percibieran, sería ridícula si consideramos que un oficial de policía tailandés recibe 300 € al mes.
Recientemente, gracias a una reconocida labor de años al pie del cañón, muchos hemos pasado a depender no sólo de la Policía Nacional de Tailandia sino también de Interpol Tailandia, lo que nos da acceso a un abanico más amplio de recursos y conocimientos, al margen de las ventajas intrínsecas al puesto que se ocupa. ¿Somos agentes secretos de Interpol? NO. ¿Cobramos mucho? Una barbaridad.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="A su servicio."]
Una de las facetas con las que me encontré en la comisaría fue la de profesor de inglés. Todos que sabemos que el denominador común de las policías del mundo es la carencia de conocimientos idiomáticos. No nos engañemos, el que es policía no ha nacido para ser filólogo y viceversa, para eso está el cuerpo de intérpretes que forman parte de la estructura del estamento policial.
Los policías tailandeses tenían mucho interés en conocer el idioma de Shakespeare, pero no por por ampliar su cultura, sino por algo mucho más prosaico. No tardé mucho en percatarme de ello cuando oí las primeras preguntas que querían aprender en inglés.
Lo cierto es que conocimientos básicos los tenían. Sólo había que depurar las frases. Mi función era la de pasar de thai-english a english de verdad. Las primeras sentenciás eran del tipo “la multa son x bahts” hasta “ yo soy policía y te puedo ayudar”. Mi función ya fue más allá del mero maestro a la de auténtico extorsionador con estilo. Me explico. La frase que me ponían como ejemplo era del tipo: “Son 2.000 bahts. ¿OK?”. En ese momento tenía que intervenir yo y explicarles vehementemente (ya me sentía amo de la situación) que una multa no es un trato, NO SE PUEDE PONER OK AL FINAL. No es un mercado, no hay regateo posible, una multa es una multa. Los dos agentes se miraban y asentían diciendo que el tipo (yo) tenía razón.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="COPS, la revista del buen policía tailandés."]
Si se extorsiona, hay que hacerlo bien, no tiene que parecer un atraco. Y así seguimos con frases que me da vergüenza reproducir. La cuestión es que tienen una voluntad real de aprender inglés, pero enfoncándola hacia un objetivo muy concreto. Lo siento, no soy tan incosciente (o valiente) como Frank De La Jungla, como para ir denunciando las injusticias que se producen en este país. Soy un invitado y colaboraré en lo que ellos consideren oportuno. Mi función es la de apoyar a la policía tailandesa, por ello me dan las credenciales y lo que me tengan que dar, pero no por ello voy a dejar de ayudar a un extranjero en problemas, más bien lo contrario, a menos que sea obvio que ha infringido la ley local; y si es español y culpable, lo tendrá peor conmigo. La imagen d ela patria debe ser salvaguardada ante todo. Por mí, saben que la gente española es íntegra, y no puedo permitir que cuatro desgraciados mancillen la imagen del país, un país que goza, hasta hoy, del respeto de los tailandeses.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="¿No sabes dónde echar una cabezadita? Pues una comisaría tailandesa."]
Hay días que la quietud en la comisarías es absoluta, sin embargo hay jornadas que parecen interminables. Lo que menos se puede imaginar uno es que los problemas surjan por nimiedades como en el caso denunciado hace pocos meses. Resulta que un australiano alojado en el hotel Nana (suponemos que no venía por negocios) quería desayunar miel, pero hete aquí que los responsables de “food and beverage” de dicho hotel no contaban con los los gustos del canguro. Ni corto ni perezoso, y ante la falta del dulce líquido, rompe un plato. El personal del establecimiento, a su vez le parte a él la cara, dejándolo algo más que magullado. Se le aconseja que antes de interponer una denuncia, intente recuperarse un poco de sus heridas, y cuando su maltrecho rostro esté en condiciones, vuelva entonces a explicarnos esta adicción perturbadora que tiene por la miel.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="El lobby antes de pasar a las "habitaciones"."]
Hay un uzbeko que me tiene mareado desde hace un par de años. El tipo siempre anda por la comisaría como un fantasma errante por un antiguo castillo escocés. Entra por una puerta, sale por otra, sube, baja, y nadie le dice nunca nada. Cuando no está para ayudar a unas putas uzbekas detenidas por prostitución y/o robo, está para dar un chivatazo. Es una especie de confidente que va de buenrollista con la policía. Hoy ha venido para un mega chivatazo. Es de tal calibre que me está esperando en la habitación de los cristales tintados, una habitación donde los invitados suelen sentirse muy incómodos. Nos informa de que una compatriota suya vende en un apartamento del soi 4 de Sukhumvit medicamentos más falsos que un euro de madera.
Es todo muy confuso. Y traducir cosas inverosímiles de inglés con acento uzbeko a tailandés se hace complicado por momentos. Paso a paso nos vamos aclarando. Los clientes son solo uzbekos, punto uno. También es posible que venda drogas, punto dos. En ocasiones ha visto que la uzbeka inyecta una sustancia a chicas que se quedan la noche allí, en el piso de la farmacéutica, punto tres. Prosigue afirmando que hace un par de meses falleció una chica uzbeka en el piso inferior por culpa de esta mujer. Tomamos nota de todas sus afirmaciones para comprobarlas. Realmente, no estamos totalmente seguros de sus aseveraciones. Es obviamente una venganza del tipo contra esta mujer, pero que nos puede resultar de utilidad, si podemos dar con una farmacia clandestina.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Manual para interrogatorios eficientes"]
El distrito policial de Lumpini cuenta con la dudosa honra de incluir bajo su jurisdicción el Nana Entertainment Plaza (NEP) y zonas aledañas, donde se mueve una parte importante de la prostitución y del menudeo de estupefacientes, dirigido todo al visitante ocasional y algún adicto a la zona. Es por ello que la mitad de faltas o delitos están relacionados con este submundo de falsa alegría y diversión. El barrio cuenta asimismo con numerosas legaciones diplomáticas, y en ocasiones, los dos mundos se encuentran.
Hace unas semanas, un diplomático afgano (sí, los que son muy religiosos) acudió a la comisaría acompañado de una señorita empleada de un salón de masajes (de los guarros, pero no por la higiene) por un altercado que se había producido mientras la damisela le prestaba sus servicios. Nadie se aclaraba con certeza del origen del desaguisado, pero una cosa estaba clara, si el representante de la República Islámica de Afganistán le daba más dinero a la puta, todo quedaba solucionado. ¡Inshallah! Cada uno en su casa, y Alá en la de todos. En Tailandia se arregla todo con dinero, siempre que sea el extranjero el que hace la entrega, claro está.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Reconstruyendo un accidente en 3D."]
Sin embargo, en contadas ocasiones, puede ser al revés, pero en cuantías inferiores. Recuerdo el día en que a un compañero le llega a comisaría un alemán pidiendo limosna. Algo extrañado, le da 200 bahts a cambio de su DNI. A las pocas horas, saliendo de patrulla, lo ve bebiendo cervezas en un bar del Nana Plaza. No le dice nada, pero al día siguiente nos enteramos de que le ha estafado 2000 bahts a una chica. Lo más granado de cada país acaba pasando por Tailandia. Es lógico que luego, por culpa de elementos como éstos se recrudezcan las leyes de extranjería.
Cada día, más bien noche, que voy a la comisaría, sigo el mismo ritual. Entro, saludo al personal, me instalo en mi mesa, enciendo el ordenador, compruebo que mi tablet se ha conectado a la red, saco la bebida y los donuts, hojeo el registro de actividades de los intérpretes y me doy una vuelta para ver si hay alguna novedad. Me detengo en especial en la pizarra dónde se inscriben los nombres y nacionalidades de los detenidos que hay en ese momento. Si no entiendo bien lo que se ha escrito a mano, cosa frecuente, se lo pregunto al guardián de las mazmorras. “¿Hay algún farang?” pregunto. Si la respuesta es afirmativa, inquiero un poco más y pregunto por la nacionalidad. Si son anglosajones, no me interesan mucho. Incido en el tema y pregunto por el delito. Si es algo interesante o si el detenido es de algún país latino, entonces pido que me abran las puertas para hablar con ellos.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="El tablón con los arrestados del día en la comisaría."]
Un día, no hace mucho, me encontré a un anciano italiano al otro lado de los barrotes. “¡Abuelo! ¿Qué ha pasado?” le pregunté. Se levantó del suelo de madera (las celdas cuentan con un parquet que no he visto ni en las mejores casas) y se acercó hasta los barrotes. “Pues que pensaba que podía estar tres meses pero sólo podía 30 días” me respondió con la voz algo temblorosa. “¿Y qué más?” insistí. “Pues vendí todo lo que tenía para pagar la multa, pero como no tenía bastante, fui a la Embajada de Italia, que está aquí al lado, a pedir el dinero que me faltaba pero no me lo dieron”. “Ya veo, ya. Me voy un momento y ahora vuelvo” le dije porque algo no cuadraba. Los presos tienen la mala costumbre de no contarlo todo, siempre se quedan para ellos ese pequeño detalle que es la clave de todo. Busco al oficial de guardia y le pregunto por el anciano. “Uuuh …” es lo primero que obtengo por respuesta. A ver si ahora el venerable hombre de pelo cano es un asesino en serie … .
Resulta que el hombre, tras la negativa de la legación diplomática italiana a facilitarle ninguna suma de dinero, se fue a comprar gasolina y un mechero, volvió a la embajada y en la misma puerta se echó el líquido inflamable por todo el cuerpo y amenazó con prenderse fuego a lo bonzo si no le prestaban ayuda. La ayuda llegó de inmediato en forma de hombres vestidos de marrón. Con la versión completa de los hechos, regresé a las mazmorras. “¡Abuelo! Usted se ha olvidado de contarme un par de cosas …” le dije con cierta mirada inquisidora. “Ya … bueno … sí … se me fue un poco la olla”, me decía balbuceando.
“¿Está bien, le hace falta algo?”, le pregunté tras haber charlado un rato sobre sus actividades en Tailandia. “Mis medicinas. Soy diabético y tengo que tomarlas ahora”.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Vigilar a los presos y ver el fútbol es compatible."]
Enseguida saltan las alarmas para mí. Esto es Tailandia y sé cómo funcionan las cosas. En España un preso pide un médico y a los 10 minutos ahí lo tiene, en Tailandia no se pregunta nada ni se leen derechos hasta que ha pasado mucho tiempo. Me dirijo al guardián del calabozo y le pregunto por las medicinas del hombre, del único “inquilino” del momento. Parece que lo acabo de despertar y no sabe ni de qué le hablo. Pido ver sus pertenencias por si allí encuentro algo. Nada. Voy al oficial de guardia y le expongo la gravedad de la situación. No parece inmutarse mucho hasta que le digo que el viejo se va a morir en menos de dos horas si no le damos sus medicinas. Y parece que no le apetece tener un muerto en las celdas durante su turno. Los conozco y sé hasta donde puedo apretar. Cuando ingresó era otro el oficial que estaba al cargo, por lo tanto hay que localizarlo. Mientras tanto vuelvo con el viejo y le digo que han guardado a buen recaudo sus pertenencias y que están abriendo la caja donde se encuentra su bolso, es lo que se llama una mentira piadosa.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Aunque seas misionero, puedes acabar tras los barrotes."]
Tras un ir y venir, aparece un oficial de paisano con el pequeño bolso marrón del italiano. “Muchas gracias, el hombre está muy mal y necesita sus medicinas” le digo, aunque realmente el hombre estaba la mar de bien en su celda de 20 para él solo. “¿Qué hago con el bolso luego? ¿Se lo devuelvo? ¿Se lo doy al guarda de la puerta?” pregunto inocentemente para seguir el protocolo como si estuviera en España. “Haz lo que quieras …” recibo como única respuesta. Pues nada, que se quede el bolso el viejo. Mientras le traigo más botellas de agua, lo veo trasteando con un móvil (sí, aquí los detenidos también tienen móvil). “Estoy intentando contactar con unos amigos, que uno es policía (todo el mundo tiene en Tailandia un pariente o un amigo policía que no suele servir para nada), pero parece que no hay señal”, me dice. Miro un poco y le digo que señal hay, lo que no hay es saldo.
Me da el número y contacto con esta pareja de amigos. Les explico la situación. Parece que se van a acercar. De todos modos, el italiano me pide el móvil para poder hablar con ellos. Es algo que me parece que está fuera del reglamento de cualquier comisaría del mundo, pero esto es Tailandia. ¡Qué caray! Que hable el pobre aprendiz de hombre antorcha. Acabada la conversación, me devuelve el teléfono. Al mismo tiempo saca unos billetes de su bolsillo. “Tenga, tenga, por las molestias y el uso del teléfono”, me dice. “No, por Dios, no hace falta, muchas gracias” le insisto. Pero luego … ¡Qué caray! ¡Estamos en Tailandia!
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="0,5 gramos de heroína. Cárcel garantizada para una larga temporada."]
No tengo mujer ni hijos, ni nadie a quien proteger en Tailandia, salvo a mí mismo. Veo muchas cosas que harían las delicias de muchas ONGs como Amnistía Internacional, pero soy sensato. El día que no deba volver a pisar este bendito país, pues entonces tal vez escriba algo al respecto, pero mientras tanto, chitón. Más que nada porque tendría todas las de perder por muy justa que fuera mi causa, y me encontrarían aunque me escondiese en el Fondo de la Jungla.
11.6.14
Panergírico a las meretrices tailandesas
Ir de putas es una arte ancestral que el español ha dominado con maestría desde tiempos inmemoriales. Unos, reconocemos su práctica abiertamente, otros ocultan esa afición tan arraigada en la tradición hispana.
Para consagrarse en informática hay que pasar por Silicon Valley (el valle del silicio, no me seáis paletos como algunos ilustres periodistas de lo oculto, que los he oído llamarlo valle de la silicona), para doctorarse en "Puterología" hay que pasar por Bangkok.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="El señor Chuwit, famoso diputado, propietario de los más grandes prostíbulos"]
El nivel que puede tener un país, en relación a esta disciplina, no se mide por el número de aficionados ni el de federadas, sino en la calidad y variedad de la oferta. De nada me sirve que media Cuba (por ejemplo) se dedique al solaz y esparcimiento de turistas y locales si la oferta se limita a conocer federadas que practican por libre sin disponer de las instalaciones adecuadas. No se puede hacer un Mundial de fútbol sin los estadios correspondientes, pues en Tailandia tenemos los estadios pertinentes par la práctica de tan noble arte.
En Bangkok existen varios tipos de prostitución enfocados a un público de lo más variopinto. En este artículo vamos a intentar diseccionar una pequeña, ínfima parte, de la oferta que se puede encontrar en Bangkok. Nos centraremos en los llamados "ab ob nuad" (อาบอบนวด) en tailandés, los famosos locales donde las mujeres se sientan en unas gradas y/o detrás de una vitrina y allí tratan de llamar nuestra atención con miradas insinuantes. Una vez hecha la elección, se pasa por taquilla y se inicia la subida hacia el cielo, que suele estar entre el piso 3 y 6.
Pero hagamos antes un poco de historia. Mi primer contacto con este mundo fue en un local mítico, hoy desaparecido bajo las palas excavadoras, el Chawala, a finales de los 80. Era todo un clásico. NO había extranjeros por aquella época. Me acompañaban mis amigos tailandeses, unos habituales del local. Era, desde el prisma de un joven apenas entrado en la veintena, un tanto peculiar. Las mozuelas estaban sentadas en unos graderíos y se las podía observar por unos ventanucos de reducidas dimensiones, no el clásico escaparate. Una vez contratado el servicio, éste se limitaba a un baño y una paja, cualquier otro tipo de contacto sexual no estaba contemplado ni permitido. El lugar se caracterizaba por su estructura, unos compartimentos separados por paneles de contrachapado que permitían oír y tener cierto contacto con tus vecinos, algo útil si eran colegas tuyos, pero algo incómodo si eran desconocidos. Sabías que tu amigo estaba en plena “concentración” si lo llamabas y no respondía. Cada cubículo contaba con una bañera y una camilla para masajes. La chica no se bañaba contigo, te trataba como a un hijo pequeño durante la hora del baño, si bien se centraba con cierta dedicación en algunas partes que una madre apaña en dos segundos. Qué tiempos …
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Escaparate modesto de un centro de masaje sensual de tipo medio"]
Alaina: nombre de origen griego que significa “preciosa”, “resplandeciente”, pero en Bangkok significa: “el lupanar que hay en la calle Ratchada soi 12”.
generosa en sus formas. Representante de Margaret Astor para el sudeste asiático.
Desde que me trasladé a vivir a mi nueva residencia del soi 10 de Ratchada (ya no vivo allí, no hace falta que mis enemigos hagan guardia), me llamó la atención un edificio de nueva construcción que se encontraba justo en frente. Estaba a estrenar, pero nadie lo estrenaba. No parecía un edificio de viviendas ni uno de negocios, tampoco tenía aspecto de hotel a la tradicional usanza. No tardaron en explicarme que era un puticlub que no había podido abrir sus puertas por encontrarse justo en frente de un colegio, algo cuestionable porque a pocos metros no había uno sino varios establecimientos de las mismas características. Obviamente, era una cuestión política, y por ello no tenía permiso de apertura. No había sido tomado por Okupas, porque eso no se estila en estos países donde se utilizan medios más expeditivos con los delincuentes e infractores.
Como el artista que sientes mariposa antes de subirse al escenario, así me sentía al franquear la puerta de un local que sólo conocía por haber acompañado a Herr Torbe en la visita que me hizo el año pasado a Bangkok. Hoy iba de consumidor con afán de consumar.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Herr Torbe en el lupanar Alaina"]
En estos palacios del amor, siempre hay un encargado de la puerta que te da la bienvenida al franquear umbral principal. A continuación, están los que responsables de venderte el producto que suelen ser media docena y que se reparten el trabajo por turnos. En primer lugar me atiende una señora, entrada ya en años, que me presenta el escaparate. Aquí no hay cristal que separe a los clientes potenciales de las meretrices. Charlamos un poco, como es habitual, sobre lo divino y lo humano, hasta que llega el momento de hablar de tarifas. 2500 bahts me dice. “Uy, eso es precio de turista occidental”, le digo, sin saber si realmente así es. “No, no. Aquí todo el mundo paga igual”, me responde, cosa que me hace sospechar. Mientras le enseño mi identificación, le digo que trabajo en la policía (de algo me tiene que servir). “No llevo gafas, no veo nada”, me replica con cierto tono de incredulidad, cosa que no le recrimino porque farangs que trabajen en la policía tailandesa (no en la Tourist Police, que ahí abundan) hay muy pocos. “Pues nada. Me voy a cenar y si eso, pues ya vuelvo, pero me parece caro”, le doy como respuesta a su negativa a hacerme una rebaja de cortesía. Me voy a cenar a un Big C (centro comercial, ex Carrefour), hago un par de compras, y retorno al lupanar.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="El Amsterdam, un clásico en pleno centro de Bangkok. Les falta simpatía."]
El proceso se repite, pero en esta ocasión me topo con una chica joven algo más abierta y jovial. Retomo el tema de las tarifas y de repente todo ha bajado 500 bahts. esto ya me cuadra más. Le pido consejo sobre alguna de las mozuelas ahí expuestas de motu propio. “Esa, esa. Que tiene buenas tetas”, me dice. La verdad es que no me parece para tanto, pero al fin y al cabo, estoy para pasar el rato, ni la voy voy a sacar de paseo, ni mucho menos me voy a casar con ella. “Pues venga, me la llevo. No hace falta que me la envuelvas para regalo, es para consumo propio”, le digo en tono jocoso. “Que sepas que pagas precio de thai” me aclara mientras nos dirigimos a la caja, ocasión que aprovecho para mostrarle mi identificación. “Trabajando en esta empresa, qué menos”, le espeto, quedándose ella algo perpleja. Tras el abono correspondiente, enfilamos el pasillo que nos conduce al ascensor. La emoción me embarga, en breve podré empezar a repartir Activia de mango a tutiplén.
Mientras me pongo cómodo, ella va preparando el baño envuelta en una toalla. Charlamos de todo un poco. De pequeño me encantaban las aventuras del Zorro, pasados los años, me entretienen más las de la zorra. Pregunto sobre le resto de la clientela. Como ya suponía, más del 90% son orientales, cosa que les cuesta entender a los “expertos” en Tailandia que se creen que si los occidentales dejásemos de ir de putas, el PIB del país se iba a resentir. Estos expertos, por regla general, no salen de Patong Beach, Pattaya o el primer tramo de Sukhumvit.
Con la mano me hace una señal para que me acerque. El baño está listo con la espuma rebosante. La muchacha es simpática, vamos a ver si sus habilidades están a la altura. Me recorre todo el cuerpo con sus manos y una esponja, pero se deja el postre para el final. Un leve masaje para ir tomando medidas me va entonando, pero no quiero perder fuerzas con un disparo tonto. Salgo de la bañera y me dirijo a la cama mientras ellas recoge todos sus efectos del baño. No tarda mucho en acostarse a mi lado.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Espacio de relax en un Palacio del Amor"]
La moza se pone manos a la obra. Pero mi sistema operativo me indica que hay que hacer un “download” urgentemente, seguro que llega un “update” de seguridad que hay que descargar a la mayor celeridad. Le indico que puede soltar el joystick que hay que cambiar de puerto usb. No estoy allí para satisfacer a nadie, por eso he pasado por caja, por lo que voy dando empujones hasta derramar mi ser. No ha fingido demasiado, cosa que agradezco. Es horrible estar con una furcia que finge descaradamente, me hace perder la concentración porque soy consciente de la mentira.
La muchacha sabe. Tras la eyaculación, sabe que lo mejor es un relajante masaje. Se pone en ello y casi me duermo. No espero a que suene el teléfono que avisa del tiempo pasado. Nos vestimos y nos vamos. Saludo a todo el equipo de limpiadoras de la planta y nos metemos en el ascensor. A la salida se despiden amablemente las Mamasan del lugar confiando en que vuelva pronto, si bien mi plan es otro; tengo ganas de explorar y el barrio ofrece innumerables locales. Será cuestión de visitar otro de los más conocidos de la capital tailandesa.
Emmanuelle: sugerente nombre donde los haya. Se ríe en poco por el uniforme al pensar que es una excentricidad de un farang loco, pero al hablar ya ven que no, al margen de que no sonrío mucho. A pesar de ello, hay alguno tan bobo que insiste en tratarme como a un farang corriente. Sus compañeros, más avezados en su labor me cobran lo que a un thai.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Sin reparos, anuncian la diferencia de tarifas según la raza del cliente."]
Pam, 22 años, como el número que la identifica. Dice que es de Chiang Mai, no sé si es cierto o lo dice porque queda mejor ser de Chiang Mai que de cualquier provincia de Isarn. Le pregunto varias veces por un tatuaje no identificado que llega en la espalda a la altura del hombro, se justifica aludiendo a una noche de borrachera, y menuda noche debió de ser porque por los motivos que lleva, no se hace en dos ni entres horas. Es consciente, al trabajar en un club frecuentado mayoritariamente por clientela asiática que eso de los tatuajes está muy mal visto, en especial en Japón. Hablamos de lo clásico, tamaños de penes por razas, las primeras veces, etc. “¿Cuándo te tocaste la primera vez?”, inquiero.“Quieres decir que cuando me hice una paja por primera vez?”, “Es que eso es maleducado decirlo”, me responde con cierta vergüenza. Vale, pero comerlas a pares es muy fino … ya le vale a la chica. Bajo con la mano por el fondo sur haciéndole cosquillas. “¿Tienes cosquillas ahí?” , le digo riéndome. “No y además no me gusta que me toquen ahí”, me quedo un poco parado porque estoy, si no me equivoco, en un prostíbulo. Para mis adentros pienso: “Pues mala profesión has ido a elegir, hija mía”. Me quedo un poco cortado y seguimos con el baño, en espera de que llegue la parte “hardcore” de la sesión del día.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="La esplendorosa Pam del Emmanuelle"]
Una vez ya instalados sobre la cama, empieza la fellatio preliminar. De algún modo me causa cierto reparo porque la chica lleva aparatos en los dientes, y sin quererlo me vienen a la memoria leyendas urbanas que prefiero no rememorar. En vista de que la cosa no progresa adecuadamente, opto por iniciar un intercambio de fluidos con cierta premura. Y digo premura porque el calentamiento habría tenido que ser más prolongado. Ya sabemos lo que pasa cuando uno sale al campo sin haber calentado lo suficiente. Pues eso. Entre pitos y flautas, nunca mejor dicho, la batería enciende el pilotito rojo. Mal asunto. La muchacha no se esmera en demasía y yo llego al límite de mis fuerzas. Me quedo ahí, en ese punto en el que habría bastado el roce de una pluma de colibrí para desparramar todo mi ser. No queda tiempo ya para otro “round”.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Emmanuellle, el Templo del Amor."]
Tiro la toalla. En el fondo, me lo he pasado bien. Aunque ha sido como una sesión de pilates de la que sales con dolor en los testículos de Jehová. Suena el teléfono. Llaman desde recepción para avisar que el tiempo está a punto de expirar. Cuando nos despedimos en el ascensor, se despide con cara de penilla y casi soy yo el que la tiene que consolar, “estas cosas pasan a veces”. Ella se va por su lado y yo por el mío.
Abandono estos peculiares antros de perdición con la satisfacción de que, curiosamente, la justificación que emplean con el extranjero para sacarle el dinero (pobreza extrema de la familia, desgracias diversas, etc) no la han empleado conmigo al igual que sucede con los tailandeses, dado que saben que la que se mete a sorber con fruición el fruto del amor, lo hace por pura vagancia o una legítima voluntad de rápido enriquecimiento.
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9.2.14
Me voy a Tailandia (retrato de un fanboy)
Es más que probable que la mayoría de lectores desconozca este neologismo nacido en el foro Rumbo Tailandia, de la imaginación de un avispado forero que observó que en los últimos años se ha venido desarrollando un extraño fenómeno social en Tailandia: el FANBOY.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Angelina Jolie, la madre de los fanboys"]
Vamos a intentar en estas líneas desencriptar qué se cuece en la mente de esta nueva especie, en particular, vamos a centrarnos en su variante hispana, que es la que tenemos más a mano.
Los individuos de este género, más hombres que mujeres, tienen en común una admiración desmesurada e irracional por Tailandia, una obcecación que les impide contemplar la realidad que les rodea. Sin embargo, esta fascinación no se focaliza en los aspectos culturales, como podrían ser la historia, la geografía y mucho menos el idioma del país objeto de adoración.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Así acaban muchos fanboys"]
El origen de este desmesurado interés proviene de algo más mundano, diría casi que vulgar: el sexo.
Desde su primer viaje, el individuo desarrolla una patología que roza con el trastorno mental.
Resulta llamativo que una parte importante de los fanboys resida en zonas “poco tailandesas” como pueden ser Pattaya, Phuket o alguna isla carente de población autóctona. Es como si un admirador de España desarrolla su interés por el país por sus frecuentes visitas a Benidorm, La Costa Brava o Magalluf.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Algunos fanboys llegan a mimetizarse totalmente"]
El Fanboy en la distancia (el que reside en España), es como el aficionado a la caza que tiene que contentarse con leer Jara y Sedal una vez al año en lugar de salir cada fin de semana al campo a practicar su hobby, este subgénero de fanboy tiende a ser bastante radical al tener idealizado su objeto de deseo.
El fanboy es de extracción humilde, carece de estudios superiores y su interés por el país llega como mucho a Muay Thai, como máxima expresión de la cultura tailandesa. Si se le pregunta por Rama V, tal vez responda que él no vive cerca de allí, y que Rama IX (actual Monarca) es la calle que lleva al aeropuerto de Suvarnbhumi. El alfabeto thai es para éste espécimen una serie de llamativos dibujos que dan como resultado unos llamativos tatuajes. En cuanto a los problemas políticos actuales, los resume en “una lucha de los pobres contra los ricos”, mucho rico me parece a mí que hay en Tailandia …
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Cuidado con lo que te tatúas"]
El fanboy ha descubierto que desde que viaja a Tailandia, es la estrella de su pueblo. Es el que viaja, el que sabe de mundo cuando antes era un chaval más del pueblo, tal vez el loco que iba haciendo kung-fu por las esquinas. Siente que ha encontrado el lugar ideal para ocultar sus carencias, principalmente intelectuales y rehuye el contacto con compatriotas que podrían ubicarle en la escala social y desestabilizar su nueva vida.
Descubre en Tailandia la espiritualidad. Se hace budista. Se cuelga amuletos y se hace tatuajes mágicos. Obviamente no sigue ninguno de los preceptos básicos de dicha filosofía, eso le chafaría el leitmotiv de su presencia en el Reino: la chica. No hay fanboy sin chica thai, como no hay día sin noche. Las “nongs” (nombre cariñoso para denominar a la fémina tailandesa) son el origen y el fin de todo, sin ellas Tailandia no tendría sentido.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="La nueva espiritualidad descubierta en Tailandia"]
Se caracteriza por comer en la calle para sentirse más integrado aunque a su metabolismo, la comida preparada para los thais no le siente bien, y en el fondo preferiría un bocata de jamón, un deseo que no puede confesar a riesgo de perder “tailandidad”.
Los más pudientes caen en el clásico error que se comenta en la entrada “Me monto algo en Tailandia”, aconsejados por la “nong” de turno abren un negocio, poco importa de qué se trate. Es la solución perfecta: yo puedo residir legalmente sin problemas, gano dinero sin tener que traerlo de España y, dado el caso, ella deja su antiguo trabajo. Pero allí es cuando en muchos casos empiezan las conversiones, cuando el fanboy se da de morros con la cruda realidad siamesa. Las maravillas de esta nación no son tantas como parecía cuando paseaba arriba y abajo con la botella de Heineken en la mano y echaba esas partidas de billar mientras la nong le miraba como el náufrago que ve un salvavidas en la lontananza.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="En su casa no lo haría (foto: Bangkok Post)"]
El fanboy reniega de su país. No importa del tema del que se hable, en España está muy mal y en Tailandia está muy bien, lo que sea. El fanboy echa pestes de la situación laboral en España pero busca desesperadamente un trabajo que le dé 400 euros al mes sin ningún tipo de seguro ni derecho social alguno.
Si le hacemos el paralelismo de su situación si estuviera en España, entra en la fase de negación. Su guapa novia, proveniente de una lejana provincia de nombre evocador con tez morena, vendría a ser María José la de Bollullos de Abajo que se fue a la capital a hacer de puta. Pero aquí es una frágil campesina que forzada por la extrema pobreza de su familia tuvo que tomar la decisión más dura de su vida: dejar atrás a su familia (incluído el hijo de aquel novio que la maltrataba) y enfrentarse a la dura vida de la capital o cualquier zona donde tiene que soportar a los malvados turistas. Y María José habla un idioma tan musical que incluso cuando le llama “tonto del culo”, suena bien y el fanboy le sonríe. La capacidad de racionalización desaparece una vez que el sujeto ha puesto un pie en Tailandia. Cualquier historia, por inverosímil que parezca, que le cuenta su nong para que vaya presto a hacer una transferencia, o mejor aún a Western Union, es cierta porque lo dice ella, desde el búfalo enfermo hasta el accidente de moto del hermano pasando por el urgente ingreso en el hospital de la madre. Todo vale, y lo que en España podría parecer una opereta, en Tailandia toma un cariz de seriedad insospechada.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Fanboy en etapa avanzada. "Yo amo Tailandia""]
Obviamente, la divisa del fanboy, escrita en el frontispicio de su casa es: LA MÍA ES DIFERENTE. ¿Y quién iba a ponerlo en duda? Por supuesto que es diferente, aquí no se llama María José ni es de Bollullos de Abajo y si te dijera “tonto del culo” en español te agarrarías un buen mosqueo.
El tema del idioma requiere de un apartado especial. Como se comentaba más arriba, el nivel cognitivo del fanboy no suele ser muy alto, por lo que nos encontramos en muchos casos que no domina el idioma propio, cosa que hace harto difícil emprender la aventura de conocer un nuevo, y él es consciente de ello, por ello se inventa excusas de lo más peregrino para autoconvencerse de la nula necesidad de siquiera chapurrear uno de los pilares fundamentales de la nación que tanto admira. El fanboy es capaz de indignarse que un alemán que lleva viviendo 30 años en Mallorca no sepa una palabra de castellano o mallorquín, pero ve lógica su propia actitud.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Algunos se implican en política, y acaban en la cárcel."]
Uno de los mitos que gusta difundir al fanboy es la seguridad en Tailandia, porque según sus propios criterios, España es mucho más peligrosa. Pero se le escapa un detalle. En Tailandia ni escucha las noticias, ni lee un periódico tailandés y mucho menos escucha una emisora de radio nacional, medios en los que se habla y comenta el nivel de delincuencia del país, donde los muertos por arma de fuego multiplican por cien los que se producen en España. Podemos hablar también de la inseguridad jurídica permanente en la que se vive. Puedes ser detenido por cualquier motivo y encerrado sin que nadie de tu entorno sepa nada, como le sucedió a una joven francesa que fue detenida por un pequeño robo mientras su madre hacía llamadas de socorro por todos los medios de que disponía porque su hija había desaparecido en Tailandia. Al cabo de una semana, cuando quedó en libertad, se supo que simplemente había pasado esa semana en un calabozo sin la posibilidad de comunicarse con nadie.
Esos son los detalles que se le escapan al fanboy que pasea alegremente por Bangla en Patong con una Heineken en una mano y su nong en la otra. Respecto a la corrupción policial, incluso le hace gracia que el MiB (Men in Brown) de turno le pare para multarle y se salga del entuerto con un pago de 500 bahts. Dada la misma situación en España con un Guardia Civil, montaría en cólera y lo denunciaría a los cuatro vientos, pero en Tailandia es divertido, es una anécdota más para contar a los amigos.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="No importa el trabajo, la cuestión es estar en Tailandia."]
Desconoce su propia cultura y admira una que cree conocer. Se queda embobado mirando un templo budista, y seguramente no ha entrado nunca en la iglesia de su pueblo a ver los retablos o figuras centenarias.
Hay casos en los que el fanboy es un activo combatiente antifascista, pero en España. Aquí poco le importa que ser militante de izquierdas esté perseguido por sus ideas o que existan numerosos presos políticos. El fanboy viene a lo que viene, y de lo demás no se entera o no se quiere enterar.
[caption id="" align="aligncenter" width="450" caption="Y ellos también nos quieren ... por algo muy concreto."]
Y hay una verdad que les digo siempre a los tailandeses: “Me encanta vuestro país, pero no quisiera que el mío fuera igual”.
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