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21.11.06

¡No estaba muerta, estaba de parranda!

Dentro de la inmensidad que supone el sudeste asiático, Phnom Penh es un gran pueblo pero una pequeña ciudad. Lejos está de asemejarse a cualquier gran urbe de un país avanzado, todo ello, en gran parte, a la política del dirigente comunista radical Pol Pot que eliminó al 50 por ciento de la población, y al resto la sumió en la más profunda de las ignorancias.
No en balde, ninguna gran multinacional (Mc Donald’s, KFC, o perico de los palotes) se ha atrevido a invertir en dicha urbe, por algo será. En este caso, “desgracia de muchos, consuelo de pocos”, de hecho existe un establecimiento de comida “rápida” en pleno centro de la ciudad. Se trata del ………….. , un establecimiento con un logotipo sospechosamente similar al de la cadena mundial.
No quiero andar con descripciones aproximadas y prefiero que sea el lector que corrobore mi sospecha de plagio, evidente a todas luces.


Un logotipo sospechoso

Pero ya os conozco, malandrines lectores. Lo que queréis saber es lo que sucedió en el “Zanzi-bar” y en los demás locales nocturnos de la noche camboyana, frecuentados por un inefable Herr Peter.

En los últimos dos años, ha surgido bares “de alterne” como setas. No son, propiamente dicho, bares de putas. Son establecimientos en los que se sirve alcohol, y de paso hay señoritas que te dan conversación. Lo que suceda luego, ya es cosa de los dos participantes en el contrato. Unas veces las señoritas están dispuestas al acercamiento, y en otras no. Nada que ver con lo que dicen ciertos periodistas mal informados acerca de la prostitución en el sudeste asiático, aquí nadie obliga a nadie. ¡Los reportajes se hacen con el tiempo necesario para la investigación! ¡No con una semana de vacaciones con los gastos pagados! ¡A ver si aprendemos, señores del Mundo TV! Parece mentira, tanto medios y tan poca cabeza.

El Zanzi Bar es uno de los bares de nueva generación. Todas las “azafatas” apenas tienen poca experiencia en el negocio, cosa que se agradece. Su labor se limita a dar conversación y, en su caso, a jugar a alguno de estos juegos insoportables y odiosos como el “cuatro en raya”. No sé, o soy raro o los demás son gilipollas. Para ser bueno, optaré por la primera posibilidad, aunque no entiendo como se lo pueden pasar bien metiendo fichas por una ranura, cuando podrían meter otra cosa por otra ranura, y pasarlo la mar de bien. No quiero hablar del amplio repertorio de juegos con los que cuentan estos bares porque lo mío es ir al grano. Sí, ya sé. No es lo correcto, no soy un caballero. Para ser un caballero, que me inviten a la Zarzuela y verán cómo despliego mis artes protocolarias. Pero estamos hablando de un semi-burdel e Phnom Penh, soy correcto y amable, pero no me pliego ante las sugerencias de las anfitrionas, supuestas putas de profesión.


El Zanzi- Bar, un lugar a visitar

Mi compañero de la noche se acomoda en un sofá, frente a mí, junto a una supuesta “novia” suya. Yo me preocupo de lo mío, de lo que nunca me abandona, de mi compañero fiel: Johnnie Walter Black Label. Sí, alguna atrevida se sienta junto a mi regazo. Sin embargo, yo, sin faltar a mi corrección caballeresca, le doy conversación sin halo de esperanza de un encuentro cercano ni futuro. No vengo aquí a buscar una relación con visos de futuro. Mete, saca, y a casa. Éste es el lema que predomina en Camboya. No con ánimo de menosprecio, sino con una perspectiva de la vida lo más realista posible. Es de tontos llevarse a engaños fatuos que no conducen a ninguna parte. La conversación es limitada, más que nada por cuestiones idiomáticas. Hago el paripé hasta que decidimos cambiar de local.
“Ahora vamos a un sito donde las tías son más marchosas, bailan incluso encima d ela barra” me dice mi acompañante. “¡Sorprendente …, eso lo veo cada día en Bangkok! Pienso en mis adentros.
Nuevamente subidos en dos motocicletas, nos desplazamos unos cientos de metros hasta otro tugurio. El aspecto no es malo. Es uno más de los nuevos bares que se han abierto en estos últimos años, coincidiendo con la aparente estabilidad que está alcanzando el país. Lejos está la posibilidad de llegar a tener bares como los que se pueden encontrar en Bangkok o Pattaya, pero a falta de pan, buenas son tortas.
Algunas de las jóvenes lucen una extraña indumentaria; una especie de vestiditos con minifalda pero mallas debajo, por lo que la visión de “paisajes interesantes” queda descartada.
- “Ahora empezarán un show” me dice excitado el americano.
- “¡Ah! ¡Qué bien! Le digo mientras miro algo extrañado a mi alrededor.
“¿Qué show van a hacer? ¿Dónde? ¿Para quién?” me pregunto al observar que no hay ni algo que se asemeje a un escenario, y el público se reduce a nosotros dos y un par de extranjeros más que probablemente no tengan a nadie que les espere en casa.
Yo, inmerso en mis pensamientos, me despreocupo de lo que sucede en mi entorno al tiempo que doy continuos sorbos a mi copa.
Súbitamente, tres mozuelas se suben a la barra y comienzan una coreografía en la que, como es habitual en Asia, cada una baila según le da, a pesar de que la intención primaria es bailar conjuntamente. Ni que decir que ni siguen el ritmo y tanto les da que la música se pare; ellas saben que tienen que moverse allí encima, y eso hacen. Indudablemente, la constante amenaza de que la policía se presente en cualquier momento a interrumpir esta actividad ilegal ¿?, no contribuye a que el espectáculo resulte distendido.


Seguridad ante todo, los taxis nos lo recuerdan

Bueno, hacen el numerito y yo ya empiezo a hartarme del “puterío light”. Le comento al americano que me parece que ya es hora de cambiar de ambiente. Apuramos las copas y nos aprestamos a dirigirnos hasta lo que debería ser la estación terminal de la noche: el “Martini’s”, un bar ya mítico en las noches de Phnom Penh.
El tan renombrado local ha cambiado de ubicación. Sin embargo, al entrar, apenas se perciben cambios. Todo parece igual: un patio central rodeado de chiringuitos con una oferta gastronómica diversa, una amplia barra, una mega-pantalla, diversos televisores, unos billares, y una reducida discoteca de la que entran y salen constantemente señoritas que buscan amigos.
No son de mi agrado las discotecas pequeñas, oscuras y ruidosas, justo lo que es la disco del Martini’s, pero por deferencia a Ed, el americano, hago una excepción y me meto en la cueva. Pedimos las copas y ya empiezan los follones, habituales con el servicio en Asia. Pido un whisky con Sprite “as usual”, y el pobre camarero me trae un whisky y un Sprite.
- “Muy bien chaval, pero te has equivocado”, le digo apelando a la paciencia que me infunde San Trankimazín.
- “¿Qué pasa? Whisky y Sprite es lo que me pidió usted” responde algo cariacontecido.
- “OK, OK, OK. Mira, ahora te llevas el vaso para el Sprite y me dejas la lata que yo me encargo de meterlo en el vaso del whisky y hago un whisky con Sprite. ¿Entiendes? ¿Sabes ahora lo que es un wisky con Sprite?” Le digo con cierto tono magistral.
- “Sí, sí, sí” se va diciendo el joven al tiempo que supongo que piensa en lo raros que somos los blancos.
Cierto es que tendemos a dar por obvio cosas que no tienen por qué serlo, aunque también es cierto que en ese local, el 99% de la clientela es occidental por lo que el joven debería estar acostumbrado a las “extravagancias” de los hombres blancos.

Mientras estaba con el toma y daca con el camarero, me ha parecido ver una cara conocida. Eso de que todos los asiáticos son iguales deja de ser cierto cuando uno lleva unos cuantos años por estas tierras. Es la bella Lii. La saludo haciéndole una seña tímidamente con la mano, pienso que es probable que no se acuerde de mí. No tarda ni dos segundos en aproximarse.
- “Eres Lii, ¿verdad?” le pregunto retóricamente.
- “Sííí, ¿qué tal estás?” me responde algo nerviosa, sin parar de moverse.
- “Bien, he llegado hoy y me quedaré unos días” le digo algo desconcertado por su extraña actitud. No me cuadra con la Lii que yo conocía.
- “Es increíble que me acuerde de tu nombre y tú no del mío” sentencia alegremente.
Su respuesta acaba dejándome totalmente desconcertado. Algo no va bien en su cabeza, y no tardaré en confirmarlo.
Me pide que la invite a algo. No suelo acceder de buenas a primeras, pero en este caso es diferente, la conozco hace años y nunca me había pedido nada. Quiere una cerveza, y en cuanto la tiene en su mano, desaparece. Extraña actitud la suya. Aunque bien visto, ardua labor sería la de encontrar a alguien “normal” circulando por aquí.
El local no está muy concurrido. Le digo a Ed que voy a dar una vuelta por fuera a ver qué me encuentro. Me acerco hasta la barra por tratarse de mi medio ambiente natural, el lugar donde me siento como en casa. Es un poco alta para mi gusto, incluso estando sentado en un taburete. El destino quiere que me sienta en casa más todavía, echan por la tele el partido Betis-Osasuna. Un encuentro que estando en España no despertaría en mí el más mínimo interés, pero que aquí viene a representar casi el cordón umbilical con la patria. Es curioso, cuanto más lejos y más tiempo estamos fuera de casa, más importancia adquieren las cosas más anodinas.
A mi vera se encuentra un grupito de chicas. Mi interés futbolístico, apenas existente en España, tiene su límite, y éste termina cuando las hormonas se ponen a hervir. Le doy la espalda al Ruíz de Lopera e inicio un acercamiento con damiselas. Por las características propias del local, no procede la típica pregunta: “¿Estudias o trabajas?”. Sería muy retórica. Aquí se estila más preguntar: “¿Eres camboyana o vietnamita?”. Tan curiosa interrogante se debe a que las masivas inmigraciones debidas a la guerra conllevaron una presencia masiva de vietnamitas, que con el tiempo llegaron a obtener la nacionalidad y la condición de camboyanos. Por regla general, las meretrices son de origen vietnamita en su mayoría, no resulta imposible encontrar una puta camboyana, véase el ejemplo de Lii, pero son más raras y preciadas; algo parecido a lo que está sucediendo en España, donde las prostitutas inmigrantes han desplazado a las ibéricas.
Afortunadamente, las muchachitas hablan algo de inglés. Observo que se quedan mirando mi pelo con cierta fijación, incluso intentan tocármelo un poco poniendo cara de asco. ¡Joder! ¿Qué pasa? Lo tengo peinado para atrás con cera. Entiendo entonces que para alguien que vive en un país donde los productos de cosmética más habitual son una pastilla de jabón y polvos de talco, el aspecto de mi cabello es el de una persona que no se ducha hace tres meses. Les explico que es gel (lo de la cera sería todavía más incomprensible para ellas), una cosa que se pone en el pelo para que esté duro. La más enteradilla, asiente y se lo explica a las demás. Es la primera vez que mi pelo sirve para iniciar una conversación, conversación que no tarda en derivar hacia otros derroteros. Como le que no quiere la cosa, nos ponemos a discurrir sobre el vello púbico. La mujer asiática, de escasa pilosidad por lo general, no es ajena a su importancia en la estética femenina. La escasa implantación de la cultura sexual occidental, es decir, las películas porno, hace que un pubis rasurado resulte una extravagancia inimaginable. “¡Poco pelo tengo, como para que quieran que me lo afeite!” Piensan ellas. Sin embargo, quiero ver hasta dónde llegan sus convicciones. “¿Y por 20 dólares no te afeitarías las partes pudendas?” inquiero. “No” responden al unísono. Pero es bien sabido que todos tenemos un precio. Sigo la puja hasta que llego a los 100 dólares de vellón. Ahí empieza a haber disensiones de pareceres. Una, por lo menos, afirma que por esa cantidad aceptaría. “Claro, haces muy bien. De todas formas el pelo vuelve a crecer” le digo para reafirmarla en su convicción. Otra se queda con la duda por si decido seguir subiendo. La tercera se ratifica en su decisión de no dejarse tocar un pelo, nunca mejor dicho, por nada del mundo. ¡Ni que le estuviera hablando de cortarse los dedos de una mano! Obviamente, todo se trata de un juego. No pienso gastar ni cinco centavos en ver un pubis rasurado, más que nada porque en Bangkok, casi hay que pagar para ver a alguna pilingui con vello.
Dejo a las jóvenes hablando de sus asuntos, y vuelvo a entrar en la discoteca para decirle a Ed que aquí “ya huele”, que mejor si cambiamos de local.
Salimos del Martini’s y se nos acercan los clásicos pesados que quieren vendernos lo que sea o trasladarnos hasta nuestro próximo destino. Dejo el asunto de transportes en manos del americano, no me apetece regatear. A pesar de ello no dejan de acosarme diversos motoristas. Me llama la atención uno de ellos. Es bizco. “¡Joder, hay que tener valor para montarse en la moto con él!” pienso en mis adentros. Es como pedirle a un manco que te cosa un botón. Tal vez lo consiga, pero no seré yo su cobaya.


Las camboyanas, siempre alegres

Vamos hacia el “After Darkness”, el disco-pub más decente de la ciudad, allí donde van casi todos los occidentales residentes y turistas, incluidos los de las ONGs que tanto abundan en este país. Capítulo a parte merecería el comportamiento de los representantes de estas organizaciones humanitarias. Llama la atención ver los modernos 4X4 “humanitarios” aparcados frente a un local en el que el 90 por ciento de las mujeres son prostitutas, muchas de ellas con la mayoría de edad reciente.
A la entrada, numerosos “seguratas” controlan que nadie entre con una pistola. Hasta hace no mucho tiempo, eran relativamente frecuentes los tiroteos en las noches de Phnom Penh. Recuerdo incluso una discoteca en la que se podía depositar el arma a la entrada, arma que se retiraba a la salida, igual que una guardarropía pero de armas cortas. Todo se ha calmado bastante, y las noches se caracterizan por ser tranquilas y animadas a la vez.
Dado nuestro aspecto, ni siquiera nos cachean. No sé si tomármelo como un halago o un desprecio.


After Darkness, siempre se encuentra compañía

El local está hasta la bandera. Mi necesidad de ingerir alcohol va en aumento a medida que pasa la noche. Me aproximo a trancas y barrancas hasta la barra. No me hacen mucho caso. Saco un billete de 20 dólares y lo agito para hacerme ver. No tarda en llegar la camarera. Pido mi copa, y ya reconfortado tras el primer sorbo, empiezo a recorrer el lugar para hacerme una idea de cómo está el ambiente. Me voy hacia los billares, luego la pista de baile, aprovecho para dar un par de saltitos como si estuviera bailando, y termino yendo hacia la zona más tranquila donde se sienta la gente a charlar. Yo, como ya es habitual, me acomodo en la barra. Ya he perdido a Ed, da igual, ya conozco el territorio. Entablar conversación no es muy difícil, si bien las prostitutas que allí se encuentran, oficialmente no lo son, de lo contrario no se les franquearía la entrada, por lo que no le entran descaradamente a nadie. Veo a una chica con su amiga. Inicio una conversación que tal vez me lleve a buen puerto. Mi dicción empieza a fallar, pero en esa torre de Babel, apenas se nota, si bien el “acento de borracho” es algo universal. Le hago las preguntas de rigor, las que se harían a cualquier señorita que se supone no se dedica al oficio más antiguo del mundo. Sus respuestas son breves, no obstante correctas. Sin embargo mi sexto sentido de putero me dice que algo falla. Con la falsa valentía que da el alcohol, me lanzo y le pregunto: “¿Pero tú eres un tío, no? Me arriesgo a que me tiren la bebida encima o me insulten, pero Johnnie tiene esos riesgos. Un silencio no muy prolongado desemboca en una respuesta desconcertante y abrumadora a la vez. “Sí” contesta mientras asiente tímidamente con la cabeza. No se me cae el alma a los pies porque ya estoy como estoy. Me quedo petrificado y con una sonrisa de gilipollas que no sabe cómo reaccionar. ¿Y ahora qué le pregunto? ¿Si todavía tiene polla o se la ha cortado ya? Como caballero que soy, mi mente hace un esfuerzo por seguir una conversación que se ha visto truncada por una respuesta que no quisiera haber oído. Permanezco con esa sonrisa de bobalicón durante unos eternos segundos. ¡Ella/él podría decir algo, hostias! No, se calla y espera a que yo reaccione. No puedo marcharme sin decir nada, iría en contra de mis principios morales. Sí, los tengo aunque muchos no lo crean. Sólo se me ocurre decir: “¿Y eso cómo se lleva aquí en Camboya?”. “Pues mal” responde lacónicamente. Ya puestos, me lanzo: “¿Y todavía tienes laaa …, eeeel …, eso de ahí?”. “Sí” vuelve a responder con el mismo entusiasmo. Para quitar hierro al asunto intento hablarle de los transexuales en Tailandia, que comparados con los camboyanos, tienen más facilidades, dentro de lo que cabe, para someterse a la operación que tanto ansían. Charlo un rato más y me desmarco, no sin dejar de mirarla/lo porque realmente no sé todavía qué ha sido exactamente lo que me ha indicado que aquello desprendía más testosterona que estrógenos. Realmente era muy guapa/o, y sobre todo fue sincero/a, cosa que siempre le agradeceré. No quiero imaginarme la situación en una habitación de un hostal cualquiera viéndolo/a salir de la ducha. La embajada española habría tenido que ocuparse de mi repatriación porque me habría quedado helado, de piedra, mudo, sordo, ciego, insensible a cualquier estímulo. Me entran escalofríos sólo con pensarlo.


Nadie se aburre en el After Darkness

Como un flash, se me aparece la sonriente Lii. La daba por perdida, pero Phnom Penh, por mucha capital que sea, es un pueblo en el fondo. Me buscaba hace rato, según ella. Dado su cambio de comportamiento respecto a años pasados, no me apetece en demasía gozar de su compañía en un catre, pero en estos casos, no es siempre la razón la que rige. “¿Me vas a llevar contigo? , ¿me vas a llevar contigo?” me pregunta sin cesar. “Sí, pero antes me quiero tomar unas copas” le digo con aires de Padrino.
Pasan ya de las cuatro de la mañana Ya he visto todo lo que quería ver y he oído todo lo que tenía que oír. Apuro la última copa y muerdo con gusto los trocitos de hielo que quedan. Lii está pendiente de mí a la espera de que el semáforo se ponga en verde. Le hago una señal con la mano y presta y veloz acude a la llamada. Ya no es esa joven ingenua que conocí hace unos años, pero algo se hará. Salimos juntos y acordamos desplazarnos a un hostal dedicado principalmente a dar cobijo a parejas ansiosas de conocerse, en el sentido bíblico del término. Nos montamos los dos en la misma moto, más que nada porque el recorrido es corto. Curiosamente, el hostal de marras es el que está situado justo encima del Mikado, el bar en que comencé mi ronda nocturna. Pago cinco o diez dólares y subimos a la habitación. Un cubículo pequeño, sin ventanas y con un cuarto de baño sin puertas que cuenta con un lavabo, una ducha y un inodoro. Me despojo de la escasa ropa que llevo y me ato a la cintura una toalla que, por sus dimensiones, parece una de manos. Decido ducharme, o más bien remojarme, el primero. Prefiero que sea ella la que se entretenga en la ducha mientras yo me fumo un cigarrillo y me pongo a pensar en la vida. Antes de que termine de asearse, preparo mi cámara de fotos para pillarla “in fraganti”. ¡Flash! Después de la cara de sorpresa, viene la de cabreo. “Son cinco dólares la foto” me espeta con arrogancia. Vaya, pues sí que ha cambiado la chica, ¿dónde está esa Lii inocente y afable que conocí tiempo atrás? “Yes, yes, later” le respondo con indiferencia mientras sigo disparando. Ya puestos, hay que aprovechar para que pierda la cuenta de las fotos que le hago. Dejo la cámara y me refresco la cabeza y la cabezita. Cuando regreso al cuarto, ya se encuentra ella tumbada a la espera de realizar su trabajito de la noche. El alcohol y las benzodiazepinas hacen estragos a la hora de mantener relaciones sexuales. Tras un par de intentos semi fallidos. Opto por la comodidad de las relaciones orales. “Antes de correrte, me avisas” me previene con firmeza. Y con firmeza agarra el mástil y empieza su “monólogo”. Cierro los ojos y me concentro en la labor. De tanto en tanto, levanto ligeramente los párpados para cerciorarme de que no estoy en un sueño. Siento por momentos que estoy a punto de alcanzar el clímax. Reprimo cualquier signo que le pueda dar pistas sobre mi nivel de excitación. Desde siempre me ha gustado gastar la clásica de “broma” de disparar a traición. “Torpedo uno”, “lanzado”, “torpedo dos”, “lanzado”, “torpedo tres”, “¡el enemigo se retira! Con indignación y malos modos, echa la cabeza hacia atrás mientras dirige el “lanzatorpedos” hacia el otro lado. Tras varios escupitajos y una corta visita al baño, empieza una sarta de insultos y reproches hacia mi persona. Lo único que acierto a entender es: “¡Te dije que me avisaras! “Sí, ya me acuerdo de queme lo dijiste, jejeje” le digo con una amplia sonrisa de una oreja a otra. Ella, nerviosa y contrariada se pone la ropa. Yo, henchido de satisfacción, me voy vistiendo parsimoniosamente. Le doy la cantidad acordada y cinco dólares por la foto, cantidad que le habría dado de igual modo como propina. Bajamos hasta la puerta del hostal y nos marchamos cada uno por nuestro lado.


Lii, ¿Quién te ha visto y quién te ve?

Phnom Penh todavía me depara muchas sorpresas.