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10.9.08

Arrea con la gonorrea

Hay veces en las que uno no logra discernir entre realidad y fantasía. Son eso momentos en los que uno se siente inmune y no calibra los riesgos al considerarse un ser sobrehumano, o algo parecido.
Y esto es lo que inconscientemente me pasa esta noche. Como es ya habitual en las noches de Phnom Penh, acabo de saciar mis ansias de alcohol en el Walk-about. Un lugar entrañable en el que acabamos los “restos de serie”. 24 horas abierto con comida, bebida y, dado el caso, habitación. El lugar perfecto para acabar una noche de desenfreno… mental.
Como el que no quiere la cosa, observo a una damisela de pelo negro y corta estatura a cierta distancia. Como un ofidio, y a sabiendas de que le había echado un ojo, la lagarta alcanza el taburete que se encuentra a mi costado. Se entabla la clásica e insustancial conversación que no conduce a ningún lado, o sí. La cuestión es que charlamos durante un tiempo hasta que mi imaginario sensor de alcohol indica el punto máximo.


Bellezas khmer

Las normas básicas y elementales del putero asiático experimentado excluyen la posibilidad de que cualquier hetaira o similar tenga acceso a las dependencias privadas, pero mi amigo Johnnie me juega malas pasadas, y caigo en el error de proponerle pasar la noche conmigo. Obviamente, los primeros momentos son memorables, por una parte por poder despojarla de sus ropas, y por otra por percatarme de que ya no tengo 20 años y que las erecciones ya no son las de antaño, partiendo de la base de que pueda haber erección…
Ente una cosa y otra llego a cumplir. Cumplir conmigo mismo, porque no sé, ni me importa, se la señorita llegó a percibir algo. La cuestión es que mi ingenuidad hizo que pensara que tras un breve reposo, mi acompañante ocasional iba a desalojar mi cueva. Al segundo ronquido, entendí que la cosa iba para largo. Por vicio o desconfianza no soporto que nadie duerma conmigo, no hablemos ya cuando nos referimos a putas. Ya veía por delante una noche, mejor dicho mañana, sin pegar ojo. Ordenador, móvil, cartera, cámara de vídeo, todo ahí a merced de una puta que podía resultar ladrona. ¡Madre de Dios! ¿Dónde me he metido por meterla? Cómo en las películas, intento dormir con un ojo abierto. Pasan pocas horas y ya esta la jovencilla pidiendo más guerra. Entre la resaca y la falta de benzodiacepinas en el cuerpo, no sé de qué manera alcanzo a reaccionar. ¿Quieres guerra? Pues ahí estoy yo empujando como un jabato, eso sí, un jabato jubilado. Todo bien. Menos la conciencia. Estoy en plena faena y con la sangre casi limpia estoy cumpliendo bien. ¿Bien? Bien jodido estoy. Por pereza, inconsciencia o dejadez no me he puesto un condón. “Por una vez no pasa nada” es la clásica sentencia de los que se quieren engañar a sí mismos. Claro, no pasa nada si la fémina está sana. ¿Y si no lo está? Nunca es sido un temeroso del SIDA, pero existen múltiples enfermedades de contagio sexual que no son el SIDA. Pero en eso momento, cuando el “churro” está en caliente, quién piensa en estafilococos, hepatitis, gonorrea, herpes, blenorragia, etc. . Nadie, lógico.


Estampas de la vida cotidiana en Phnom Penh

Sin embargo, tras el patético polvo, sólo tengo una cosa en mente: “¡QUE SE VAYA YA!”. Pero mi educación como caballero (sí, putero, pero caballero), me impide echarla a gorrazos de la habitación. Aguanto, pongo la tele a un volumen considerable y en francés, abro las cortinas, en resumen de cuentas, hago todo lo posible para que se sienta incómoda. Obviamente no le hago cariñitos ni nada que se le parezca. No sé si por agotamiento o por ansias de ver a sus seres queridos, toma la decisión de marcharse. Aunque sea ateo le doy las gracias a Dios, por fin voy a poder dormir en condiciones, es decir: SOLO.
Paso el resto de la mañana dormitando. Sólo quiero estar en condiciones de operatividad la noche venidera.
Phnom Penh es un pueblo, grande, sí, pero un pueblo al fin y al cabo. Por ello no es de extrañar que en cualquier esquina te encuentres al que estuvo tomando copas contigo ayer o a la guarra que penetraste el día anterior.
¡Tachán! Me paseo en los alrededores del nuevo centro comercial y ahí está Tawán (la de la noche maldita). Me hago el loco y sigo mi camino. Si le hago caso ya se me pega hasta el día del Juicio Final.


Un dato a tener en cuenta

Sigo paseando hasta entrar en el nuevo centro comercial. Es asombroso. No por su tamaño, sin duda, ya que para nosotros no sería más que un emulo de hipermercado banal. Cómo ya es mi costumbre, me detengo a observar el comportamiento del vulgo. Lo primero que me llama la atención, algo ineludible a la vista de un foráneo, es el hecho de que en cada escalera automática haya una o dos personas a modo de instructores sobre la utilización de tamaños artefactos. Entiendo que para el neófito en estas tierras resulte el hecho irrisorio, sin embargo para los que estuvimos por estos lares hace una quincena de años, nos resulta algo llamativo, aunque totalmente lógico si recordamos que cuando llegamos apenas había cuatro calles asfaltadas en este país. Las “multinacionales” allí instaladas no son tales. Son empresas tailandesas que se están apoderando del país. Supongo que para los Mc Donald’s y compañía el negocio no resulta rentable, o son ellos mismos con otro nombre. ¡Vaya usted a saber!
La cuestión es que el desfile de aspirantes a modelos que acabarán de putas, es incesante. Da gusto sentarse a tomar un batido de vainilla, e imaginarse a las sujetas en las posiciones más obscenas. Esto ya es síntoma de que me estoy volviendo viejo, jajaja.


Figuras de la noche en el Heart of Darkness

Llega la noche, bueno, más que llegar es una constante en mi vida. Hago el ya habitual recorrido de bares “phnompenhnianos” y acabo en el “Walk-about” reducto de neófitos y deshechos de la vida camboyana, como es bien sabido, pertenezco a la segunda categoría, por llamarla de alguna forma. Ya sé cómo voy a terminar la noche. Miraré con lástima a los que son más viejos que yo (siendo consciente que en el mejor de los casos acabaré como ellos), contemplaré los cuerpos de las damiselas que juegan al billar poniendo su trasero en pompa y sus pechos en posición horizontal descendente, y me volveré a la habitación tratando de ubicar lo que sería una línea recta en un espacio indefinido (al asfalto de la calle me refiero). Pero algo interrumpe mi poco optimista previsión. Cómo las víboras, un ser se acerca sigilosamente hasta mi posición. Apenas me percato de ello, pero a estas horas, “todo el monte es orégano” y tanto me da ocho que ochenta. La cuestión es que aparece en escena y hace acto de presencia Tawán. Como es lógico, aspira a pasar una noche más en mi compañía, cosa que mi escaso raciocinio del momento no logra entender. Si ayer mi compañía le reportó 0 (cero) euros, dólares, riels o lo que sea, ¿para qué quiere pasar otra noche conmigo? De lo que estoy seguro es que no es por mis “dotes”, más bien lo contrario. No es mi propósito que se me tenga lástima, pero hay que contar las cosas como son. ¿Para qué nos vamos a engañar?
La cuestión es que Tawan intenta camelarme una vez más. No, me niego. Cometí el error de llevar a una hetera a mi lugar de pernoctación. No volveré a caer en el mismo desatino. Mejor es irse a casa sólo que con la duda de amanecer con lo puesto.


Tawán, sin comentarios

Si algo no falta en Phnom Penh, es la diversión. Obviamente no es Disneylandia, pero los que ya somos algo talluditos, el divertimento no es algo que nos deba preocupar. A pocos metros de mi hotel hay multitud de bares con chicas guapas dispuestas a todo por una módica suma. El “problema” está en que la cuestión de cortejar (aunque sea a una puta) se quedó para mí en algo de los ’80. Siento ser muy bruto, pero yo voy a meter con los preámbulos estrictamente necesarios. Aquí te pago aquí te mato (follo). Ni más ni menos. Y en el fondo es lo que ellas esperan. No hablo sin conocimiento de causa.
Si hay hoteles que te alojan por cinco dólares durante unas horas, para qué complicarse la vida.
La vida en Camboya es muy dura. Uno no sabe nunca en qué bar reparar ni a qué fémina penetrar, es muy duro.


Publicidad khmer

Lo cierto es que Phnom Penh, la capital, es realmente como un pueblo, sobre tod par alos extranjeros que nos movemos en áreas muy restringidas, y que además nos follamos a las mismas tías, cosa de la que nos percatamos unos días después. Menudo pueblo es Phnom Penh.
Recuerdo la noche en que me robaron el móvil en el nuevo “mall”. Inocente yo, fui a pedir algo de comer en un sucedáneo de Mc Donald’s, y al alejarme de la caja, me percaté de que mi Nokia N70 había desaparecido de mi cinturón. Removí tierra y cielo, pero el hecho es que mi aparato no apareció por ningún lado. Incluso ofrecí una recompensa de 200 dólares a los pavos que siempre están delante del hotel. .Nada, resultado cero patatero. Hijo/a de puta el que me lo robó. Estaba hundido. Realmente los datos que había en el móvil estaban registrados ya en mi ordenador, pero era la rabia. No tenía ganas de nada, sólo quería quedarme en la habitación y dormir. ¿Iba a arreglar algo con esta actitud? Obviamente no.
¡Me dio el punto! Mi desequilibrio mental me conduce a llevar a cabo ciertos actos que no serían de recibo en mentes biempensantes. Tonterías.


Diversión al estilo khmer

Tumbado frente al televisor, viendo cualquier chorrada, pienso. “Basta ya, vámonos de marcha a ver lo que pasa”. Dicho y hecho. Me incorporo, me lavo y me visto. Peor hoy es una noche especial, más que nada porque así lo he decidido. Me enfundo mi uniforme de aviación, cosa que no hago a no ser que viaje. Me da todo igual y estoy de mala leche. Sólo espero que alguien se meta con mi uniforme para saltar.
Me paseo de bar en bar, veo a ciertos individuos esbozar una sonrisa, que delata su envidia al no poder lucir galones de ningún tipo. Me da igual, lo único que quiero es olvidar que mi móvil ha sido robado. ¡Qué les den a los que quisieran tener algún uniforme digno de ser llevado!


Hale, toda la familia junta

Camboya puede no ser tierra de perdición para el que llegue con cierto equilibrio mental y las ideas claras sobre qué viene a hacer. Caso que no es el mío, como bien sabe el que haya seguido mi carrera por estos lares. Yo ya sabía donde me metía, y no me equivoqué. No diré si para bien o para mal, la cuestión es que ya he incluido Phnom Penh en mi ruta de lugares de obligada visita., tanto para bien como para mal. Entiéndase el mal como un eufemismo para la buena vida malsana, creo que me explico suficientemente.
Las “atracciones” turísticas de la ciudad ocupan, en la agenda del típico turista, apenas un día entero. Para el que gusta de investigar la noche, el límite lo determina la propia capacidad física. Cada año nacen nuevos lugares dignos de ser visitados, pero los habituales, solemos ceñirnos a los locales “de toda la vida”. El problema en Camboya no es si vas a copular o no; es con quién lo vas a hacer La verdad es que Phnom Penh puede ser denominada la Sodoma y Gomorra de este siglo. ¡Menuda lujuria! El que no penetra es tonto o está pasado de alcohol …
Las noches pasan una tras otra. Y mi vida sigue degenerando a marchas forzadas, me da igual. Sé que adentrada la noche estaré hasta arriba de whisky, y todos mis dolores y penas quedarán anegados por el precioso líquido. Me dará igual ocho que ochenta.
Cuando la vida es pura diversión, aunque muchos no lo crean, la cuesta resulta más pronunciada. Paradojas de la vida.


Bellezas autóctonas

Hoy me paso por el nuevo centro comercial a encargar algo de comida en el sucedáneo de Mc Donald’s que han montado los tailandeses en tierra khmer. Lo cierto es que lo único que me interesa son los cartones Marlboro nueve (9) dólares., pero como adicto consumista que soy, me paseo por todo el supermercado en busca de productos. Mi s secciones favoritas son las de aperitivos (Cheetos) y refrescos “extraños”. En la primera me topo con unos Cheetos picantes jamás vistos en España, una delicia. En cuanto a refrescos, al margen de los habituales que se pueden encontrar en cualquier supermercado español, encuentro una lata de Fanta Lychee, una pura ambrosía que no creo que se llegue a catar en Europa. También encuentro ”Coke Vainilla”, es decir , Coca-Cola con un regustillo final a vainilla, otra delicia que no creo se que se llegue a catar por las tierras del viejo continente.

Una vez hecha la compra sólo me queda volver al hotel, lo que supone “batallar” de nuevo con la legión de moto-taxis que me esperan a la salida. Visto desde una perspectiva lejana, resulta estúpido y vergonzoso regatear por 40 céntimos de euro, pero hay que hacerlo en pro de los que vendrán más adelante.
Pero un percance se entrepone en mi feliz existencia. En la cola del Burger XXX me afanan el móvil. ¡Hijos de puta! Busco entre la morralla que me circunda, pero no. Le digo adiós a mi Nokia N70. Desesperadamente busco a los agentes de seguridad del centro comercial, reclamo la presencia de la policía. De paso aviso a otros extranjeros de que hay ladrones por la zona, me consta de que toman cuenta del asunto. Todos mis movimientos son en vano. En el fondo lo sé, basta ver a los que nos “protegen”. Apenas me preguntan sobre el aspecto de los que me pueden haber robado. “Tenían cara-chinos como vosotros, hijo de puta” era lo que se me ocurría decirles, pero la corrección obliga a mantener la compostura hasta en los peores momentos. Hace unos años esto no pasaba en Camboya, pero la llegada de centros comerciales y su modernidad conlleva estos riesgos. Ya quedo sobre aviso. Y quien me lea ya sabe que debe levar el móvil a buen recaudo.
¡Maldita sea! El obvio disgusto me hace dejar la comida encargada en su lugar. Lo único que quiero es volver al hotel y encerrarme en mi habitación a pensar lo gilipollas que he sido al dejarme robar el móvil. No quiero saber nada de nadie. Pongo la tele, creo que TVE, y me tumbo mientras me fumo un cigarrillo.
Hay una verdad que con el paso de los tiempos he comprobado que es irrefutable: “La cabra tira al monte”, y no lo digo por nada. Si bien mi decisión es no salir por lo contrariado que me siento, poco a poco voy mascullando entretelas la posibilidad de hacer una escapada. Pero no va ser una excursión cualquiera, no señor. La mala hostia me sigue corroyendo por dentro, y cuando se da esta situación, sé que suelo hacer cosas "raras” aunque no peligrosas, ni para mí ni para mi entorno.
¿Qué hago? Pues me voy a ir de parranda con mi uniforme de aviación. Soy consciente de que voy a ser el objetivo de múltiples chanzas y chascarrillos por parte de los occidentales, que vestidos como un turista propio de la Playa de Palma en pleno mes de julio, envidiará mi indumentaria. ¿Y qué más da? Estoy aquí para desahogarme y de paso reírme de todo el que me lance una mirada de desaprobación. Hago mi ronda habitual para acabar en el “Heart of Darkness”. Como tengo ya archicomprobado, un uniforme siempre impone. Pero claro, uno nunca sabe hasta qué punto una simple camisa y unos galones pueden resultar de utilidad.


Todo local tiene sus normas

Lo cierto es que hoy me lo he enfundado como un acto de rebeldía o más bien de reafirmación de mi vilipendiada seguridad. Sí, ya sé que voy a ser el objeto de todas las miradas, pero tanto me da.
Una vez e el local, trato de ubicarme en mi lugar habitual. Curiosamente todos mis movimientos resultan más fáciles que cuando voy de “paisano”. Pero las sorpresas inesperadas sólo acaban de comenzar. Parece mentira lo que hace un simple y vulgar trozo de tela … En mi rincón predilecto se suelen ubicar negros (siempre he odiado el eufemismo “de color”), generalmente dedicados al tráfico, no al urbano precisamente. Y no lo digo en balde, sino por informaciones de los lugareños, conocedores de las actividades de cada uno. Para más INRI, dichos sujetos hacen gala de un poder económico nada propio del lugar, y se a esto le añadimos que siempre están rodeados de mujeres de aspecto impecable y de su raza, la conjunción de todo estos elementos nos lleva sospechar. Pero en el fondo me da igual, no he venido aquí a ver lo que hacen unos africanos en Camboya. Lo único que me llama la atención es que por el simple hecho de llevar un uniforme con galones, los negros que ayer no me miraban ni de reojo, hoy me acogen como un hermano de toda la vida. Me invitan a su mesa. Me ofrecen bebida. Uno de ellos, el jefe, supongo, me casi me conmina a llevarme a una de sus mujeres “gratis total”. Tanta amabilidad me abruma y me contraría a la vez. ¡Ojalá me hubiera encontrado en semejante circunstancia otro día en el que no estuviera del humor en el hoy me encuentro! “Gracias, gracias” no paro de repetir. Ahora ya lo sé. La próxima vez que salga, iré con mi uniforme. Seguro que “pillo cacho” sin tener que pasar por caja. No acabo de creerme que una simple prenda resulte tan determinante en tantas situaciones, lo último que me esperaba era tener putas gratis.


Por las calles de Phnom Penh

Volvamos al asunto que centra nuestro relato de hoy: Tawán.
Siempre he pensado, como la mayoría de los seres biempensantes y que se rigen por la lógica, que no hay nada gratis. Desde el primer instante me llamó la atención el hecho de que Tawán no me pidiera ni un real. Bueno… puede ser que le haya caído en gracia y mis penosos “polvos” le hayan hasta hecho gracia, aunque tiendo a pensar que es más bien la comodidad de mi alojamiento, con su amplia cama y un baño con agua caliente, con el “bonus” añadido de tener la posibilidad de pasar unos días gozando de estas comodidades. No sé me da igual. Pero claro, la vida no es de color de rosa. Además de su extraña ninfomanía, comprensible hasta cierto punto, había algo más. Algo que le hacía cambiar de pareja con cierta asiduidad.

Al igual que los huevos Kinder, Tawan guardaba una “sorpresa” en su interior. ¡Ah, claro! No podía ser otra cosa de otra índole. Llegó el día y la siempre inoportuna y repelente gonorrea hizo acto de presencia. Fue durante mi estancia en territorio nipón, en concreto frente a un ultramoderno retrete electrónico con chorros regulados, en intensidad y temperatura, según el gusto del cliente. Todo ello en plena ciudad de Osaka. ¡Maldita sea! Tanto ímpetu y pasión puso la camboyana ,para luego transmitirme unos estafilococos tan perniciosos. Afortunadamente (desdramatizando la situación), no era la primera vez que me sucedía, por lo que no me alarmé como un neófito en cuestiones venéreas, simplemente me indigné, no por ella (pobre criatura) sino por mí, por haber sido tan imbécil de copular sin protección. ¡Maldita sea mi suerte! Pensaba frente al ultra-moderno evacuatorio. Ahora voy a ir paseando mi blenorragia por medio mundo, rumiaba en mi interior.
Hasta cierto punto me da igual que se hagan campañas para la prevención del SIDA, porque la realidad es que se atrapan más enfermedades venéreas de otro tipo (véase mi caso) que no la enfermedad maldita.
Muchos son los que predican la inexistencia del SIDA, allá ellos y que les vaya bien. Pero que no me vengan a predicar estos mismos sujetos la inexistencia de la gonorrea, la hepatitis, la sífilis y demás ETS, que acabaré agarrándolos por el cuello y les presentaré a un par de amigas para que las penetren sin preservativo, a ver si hay huevos. No los habrá, obviamente.
No es la primera ni la segunda vez que por mi falta de raciocinio (a las seis de la mañana con más elementos químicos que leucocitos en la sangre) he cometido el error de “entrar en una casa en ruinas” y pagar las consecuencias.
No quiero que mi discurso resulte moralizante. Me remito a MI propia experiencia. El que desee eyacular fuera de una bolsa de plástico, que lo haga en el rostro de una bella damisela, cosa que resulta enormemente gratificante.
¡Cuánta gente he conocido que han pasado largos meses desesperados pensando en que podían haber sido contagiados de SIDA por una noche de locura! Lo curioso es que nadie me habla nunca de la hepatitis C que se queda permanentemente en el cuerpo humano y limita las funciones hepáticas. Las enfermedades venéreas son múltiples y existen a ciencia cierta, ni los negacionistas del SIDA pueden rebatirlo, por ende es obligatorio el uso del preservativo. Pero “en casa del herrero, cuchara de palo”, y como es de suponer en mi caso, hago oídos sordos a mis propios consejos. Ahí cada cual con su conciencia.



No sé si es por mala suerte o es un designio divino, tanto me da por mi condición de ateo. Pero frente a los designios insondables que guían nuestras vidas, y a la más pura resignación que pueda asumir un ser humano, por putero incondicional que sea, y frente a la indeseada e involuntaria costumbre de contraer enfermedades propias de su condición, sólo me queda exclamar: ¡Arrea con la gonorrea!

21.4.08

Camboya, un país de rima fácil

Suerte tiene Camboya de no tener como idioma el español, de lo contrario, los compositores de himnos nacionales lo tendrían crudo para que el populacho no destrozara la letra haciendo la rima fácil.
Pequeño país de grandes virtudes, es un “must” (perdón por el anglicismo) para mi y para el que quiera juerga, esparcimiento y diversión a todas horas, tanto en la selva como en la playa, sin dejar de lado su floreciente urbe que está viendo cómo se empiezan a construir fastuosos rascacielos patrocinados por los coreanos, mientras la población todavía está aprendiendo a utilizar las escaleras mecánicas del primer, digamos, gran centro comercial de la capital.
¡Oh sí amigos! Camboya deja atrás su turbulento pasado como refugio de pederastas y gente de mal vivir, para convertirse en un importante centro turístico, aunque para que llegue a los niveles de su vecina Tailandia, todavía le quedan unos lustros. Tanto progreso conlleva indefectiblemente a una pérdida de encantos que residían en su primitivismo, visto desde una perspectiva positiva. Sin embargo, sin ser muy ducho en aventuras en países de tal carácter, todavía se puede encontrar la esencia khmer en muchas esquinas de cualquier pueblo de esta gran nación.


Las ONGs empiezan a ser objeto ya de burla en este país

Lo que me lleva a hacer regulares visitas a Camboya resulta de lo más prosaico. NO. Ya sé en qué piensan vuesas mercedes … bueno … un poquito sí. Pero no, lo cierto es que dicho país es el más cercano a Tailandia. La cuestión reside en que los que vivimos por temporadas en Bangkok debemos salir una vez cada 30 días del país por una cuestión de visados. ¿Birmania? Comunistas y militares, descartado. ¿Laos? No se han enterado de que el muro de Berlín ya cayó, descartado. ¿Malasia? Musulmanes y careros, descartado. ¿Qué queda? Pues el Reino de Camboya. No quiero decir que el resto de países que he mencionado no merezcan una visita, de hecho los he visitado todos, pero cuando uno ha cumplido con el rito de hacerse cuatro fotos y recorrer sudando la gota gorda los lugares más emblemáticos, una nueva incursión se hace innecesaria, sobre todo para mi que vivo más de noche que de día, y en estos países la vida acaba con la puesta de sol o casi.


Y cuando no hay nada que hacer, pues se puede leer un libro

Por 80 euros, Air Asia ofrece un billete de ida y vuelta a Phnom Penh. ¿Qué más se puede pedir? Yo pedí el pasado año al buen Dios que pusiera vuelos por la tarde, y dciho y hecho. Te pegas la juerga padre en Bangkok, duermes la mona, te tomas un Alka-Seltzer, y al aeropuerto rumbo al país vecino. Comes algo, echas una siestecita y a vivir la noche “phnom peniana”.
Como ya es costumbre en mí, en los vuelos continentales, me enfundo mi uniforme para gozar de esas pequeñas ventajas de las que no gozan los pasajeros comunes, algunos de los cuales no deberían ni poder subir a bordo por ir con chancletas y pantalón corto. ¡Por Dios! No pido que la gente vaya de etiqueta a la hora de hacer un viaje, pero un mínimo de decoro no perjudica a nadie.
Este año, Air Asia ha introducido el llamado “boarding express”. Por una pequeña suma (unos 4 euros) los pasajeros “express” son llevados cómodamente al avión en minivan y suben los primeros con lo que pueden escoger los asientos a su gusto. Yo no he querido pagar nada y en principio debo ir con la masa en unos viejos autobuses destartalados y conformarme con los asientos que quedan libres. Pero ya son muchos los aeropuertos recorridos y los años trabajados en dependencias aeroportuarias, y de algo vale la experiencia. Comienza el embarque y los primeros en acudir son los VIPs, yo me sitúo cerca de la puerta a la vista del personal de embarque. Obviamente no estoy pidiendo nada de forma explícita, cosa que resultaría de una extrema vulgaridad y denotaría una gran mala educación por mi parte. Pero sé cómo funciona, o debería funcionar, la gran fraternidad aeronáutica mundial. Pasados los primeros pasajeros, observo cómo el personal de tierra murmulla algo mientras me mira, sólo acierto a entender la palabra “captain”. Me hacen una seña para que pase junto a los VIPs. Cómo es lógico ninguno de los ciento y pico pasajeros restantes protesta. ¡El poder del uniforme! Una vez más saco “rédito” de la ropa que muy gentilmente me cedió una compañía alemana que a su vez también sacó provecho de mi buen hacer. Una vez a bordo, dispongo de dos asientos para mí sólo. Tengo la impresión de que algunas personas tienen cierto reparo a sentarse junto a alguien uniformado … no sé, tal vez sean ideas mías.


La belleza caracteriza a las azafatas de Air Asia

El primer cabreo lo tengo nada más salir por la puerta del aeropuerto. No hay nadie del hotel esperándome. Después de media hora, tomo un taxi, son apenas cuatro euros o dos whiskies, según se mire. Llego al establecimiento hotelero, el Flamingo de mi amigo el señor Kim, y pido explicaciones, algo que ya sé resulta inútil en esta parte del continente asiático. Se miran unos a otros hasta que digo: “Bueno Ok, venga, dame la llave de la habitación”. Subo, dejo mi equipaje, bajo a picar algo a la “cafetería”. Pido un sándwich de jamón y queso. Rebosa grasa por todo su perímetro, pero el hambre puede más que las ganas de conservar una salud medianamente aceptable. Sin terminarlo decido subir a la habitación a echar una cabezadita. Pongo la tele y me encuentro con que no está TVE sintonizada, segundo o tercer cabreo, ya ni me acuerdo. No importa, pondré la francesa que también va muy bien para dormir.

Mis “ansias copulatorias” me impiden conciliar el sueño de forma regular. Me despierto a cada momento pensando en quién o más bien cómo será mi víctima propiciatoria de mis fracasos anteriores. Algo que tengo claro, es que para no tener otro “fracaso”, llámese gatillazo, no debo ingerir más de una copa de whisky antes del intercambio de fluidos. Molestan los gatillazos, pero cuando son “previo pago”, molestan el doble aunque avergüenzan la mitad. Total, en un lupanar, uno no queda bien por lo mucho y/o bien que copula, sino por la celeridad con la que efectúa el pago, y cuanto mayor, mejor.
Sigo en mi intento de conciliar el sueño mientras de fondo oigo las aventuras y desventuras de Sarkozy, mi mente se desplaza repetidamente hasta la entrada del Cyrcée, una cueva de meretrices muy conocida en la capital, y de la que ya he hablado en alguna ocasión. En estado de duermevela veo la puerta de cristal y las enormes cortinas que separan una calle, mal asfaltada llena de baches, de lo más parecido al paraíso que les prometen a los musulmanes si mueren inmolados, a diferencia de que las jovencillas del “paraíso” distan mucho de ser vírgenes e impolutas.
¡Basta ya de soñar! Que nunca un sueño ha sido tan fácil de realizarse. Me pongo algo de la escasa ropa que he traído, reviso mi equipo básico de ave rapaz nocturna, véase: dólares en distintos bolsillos, cámara de fotos, móvil, alprazolam, tabaco, mechero, condón y una tarjeta de débito por si me da un calentón y tengo que acudir a algún cajero.

En la puerta del hotel hacen guardia los chavales de las motos, siempre dispuestos a ofrecerte, al margen del transporte, cualquier cosa que haga más placentera tu estancia en su país. Se arremolinan a mi alrededor como abejas en un panal. Escojo a uno al azar. Lo cierto es que el Cyrcée está a dos pasos, pero mi pereza es más grande que la misericordia de Dios. Además por 40 céntimos no voy a cansarme inútilmente, si me canso, que sea por una buena causa como el buen yacer. En apenas dos minutos ya me encuentro frente a la puerta del antro. Los porteros, llamémosles así, me dan la bienvenida y me dan paso.
Este año observo cierto recato, tanto en la indumentaria como en el comportamiento de las “ladies”. Me reciben bien, como es costumbre, haciéndome una radiografía de arriba abajo. Supongo que hay un acuerdo tácito entre la docena de demoiselles por el que se turnan a la hora de atender a los caballeros que acuden en busca de relajo. Es habitual que acudan en pareja e incluso en trío. En este caso se me acercan dos mozuelas, que antes de hacer las preguntas de rigor, que por otra parte son las únicas que saben en inglés (¿De dónde eres?, ¿Cómo te llamas?, ¿Cuánto tiempo te quedas?, y un par más), me echan mano al paquete y se refriegan contra mi cuerpo como gatas en celo. ¡Quietas! Les digo. Tanta afabilidad me agobia y acaba desconcertándome. Necesito mi espacio. El lugar es ya de dimensiones escasas, es una cochera reconvertida en puticlub, con esto lo digo todo. Yo necesito mi espacio para estar a gusto. Claro que tantas explicaciones no se las doy, me limito a gesticular. Con este idioma internacional que nos ha dado el Señor comprenden que tanto atosigamiento acabará por producir en mí un rechazo. Venga, una a cada lado y las manos se pueden pasear entre la cintura y la rodilla, el resto del cuerpo debe quedar incólume ante la pasión desenfrenada (y falsa) que exteriorizan las muchachitas.
Dado que la conversación dura en torno al minuto y medio, aprovecho la pausa para saludar al dueño/encargado que tuve la ocasión de conocer la primera vez que acudí al local. Es un buen tipo, pero tiene pinta de ex-presidiario, es de los que más vale tener como amigos.


Las mozuelas del Cyrcée,bueno, las que salen en su web

Sigo conversando con las chiquillas. Es obvio que nuestra conversación no versa sobre la última cotización del Dow Jones. La más experta intenta “venderme” a la recién llegada ( que no significa la más joven), eso es compañerismo y lo demás son mariconadas.
Tengo claro que he venido a poner el churro en aceite (¿existe esta expresión?), por lo cual no demoro demasiado mi toma de decisión. Por educación, que la tienen, me preguntan con quién me quedo insinuando a la vez si me quedo con las dos. Consiente de mis posibilidades, designo a sólo una, la más novata, como candidata a ser penetrada por mi decadente órgano sexual.
Dicho y hecho. Allí no se andan con tonterías. Subimos al primer piso, donde está la habitación VIP (por llamarla de alguna manera), está ocupada. No pasa nada, pienso yo. Seguimos subiendo por unas angostas escaleras hechas, a mi entender para asiáticos, si no, no se entiende que debas agachar la cabeza a cada momento para no fracturarte el hueso frontal o parietal.
Llegados al segundo piso, me indica la mozuela de cuyo nombre no puedo, ni quiero, ni necesito acordarme, que puedo pasar a un habitáculo, casi un zulo, en el que sólo veo una cama y una mesita de noche. Bien, de acuerdo. ¿Y dónde nos limpiamos las gónadas y sus alrededores? La joven me proporciona una minúscula toalla, propia de sauna gay, y me indica que suba al piso superior. ¡De perdidos al río! Ya todo me da igual. A saber que me voy a encontrar allí. Así, en paños menores, al cabo de la escalera me encuentro a dos chavalillas comiendo sopa y enfrascadas en una disquisición sobre sabe Dios qué. Paso por allí, me saludan como uno más, y siguen con su conversación que presumo no iba sobre el futuro económico el país sino más bien sobre el suyo.
¡Chof, chof, chof¡ Ya estoy limpio. Poder, hace menos de una hora que he salido del hotel, y poca cosa tengo que limpiarme. ¡Pim, pam! Para abajo que ya es hora de meter. ¡Vaya! Ahora le toca a ella hacerse una limpieza de bajos, mejor. No sé por qué “carreteras” ha circulado previamente. Cuanto más limpio mejor.
“Gratia Deo” veo que el momento del ayuntamiento está próximo. Finalmente nos encontramos juntos sobre esa cama de repelente raso. Los dos con una toalla cubriendo nuestras partes pudendas, hasta que de “motu propio” me despojo de mi escasa vestidura para ofrecerle en todo su esplendor el máximo exponente de mi virilidad.
No existe ninguna ley escrita, sin embargo es universal el hecho de que el falo, en primera instancia, debe ser sorbido, en cierta medida, hasta la consecución de un estado de excitación próximo al orgasmo sin llegar a éste. ¡Quieta, quieta, quieta! Le digo sin reparo. Ya sé que para ellas lo ideal es que el hombre eyacule sin llegar a la penetración, pero yo soy ESPAÑOL joder. Y tengo que meterla, aunque sea un par de segundos, si no, a ver como explico que he ido de putas y no he follado. ¡Ponte mirando pa’l techo! Le digo. Ahí va la primera embestida. ¡Pim, pam, pim pam! Vaya, parece que mi precioso líquido tiene cierta premura por salir. Cambio de posición. ¡Ahora te vas a poner mirando a Battambang! (Como puede suponer el lector, Cuenca es desconocida por las camboyanas, por lo que ha sido sustituida por una ciudad equivalente).
¡Aaaaahhhhh! ¿¡Pero esto qué es!? Recuerdo a Matías Prats Jr. en un directo recogido por multitud de “zappings” diciendo la misma frase. El locutor no era capaz de asimilar lo que le estaba sucediendo. Lo mismo me pasaba a mí. ¿Qué era eso? ¡El pelo le iba del obligo hasta la rabadilla sin pausa alguna! ¡Santo Dios! Mi líbido pasa de 100 a 0 en menos que el coche de Alonso. Contengo mis emociones, no vaya a ser que la pobre chica se traumatice, y opto por una actuación rápida, como los GEOS. Le cierro las piernas, para perder de vista el horripilante espectáculo, y la sitúo de lado. Mis pretensiones de una penetración anal se diluyen como un azucarillo en un vaso de agua. La empitono en la posición que la he dejado, es decir, por atrás pero sin tener que contemplar el velloso ojete. Podría denominarlo un falso anal. ¡Pim, pam, pum, fuera1 O eyaculo ahora o no lo conseguiré en toda la noche. Gozo, no voy a negarlo. Pero esa escabrosa visión me persigue todavía hoy en día.
¿Subes a lavarte? Me pregunta. “No ya me apaño con la toalla” le digo. Aprovecho el momento en que ella va a asearse para encender un pitillo y analizar la situación que acabo de vivir. ¡Santo Dios! Nunca había visto en una mujer tanto pelo junto. Me recordaba mi infancia en la escuela cuando aprendíamos los ríos: “Nace en tal y desemboca en cual”. Pues aquí era lo mismo: “nace en el ombligo y desemboca en la rabadilla” ¡Qué espanto! Pero la chica no tiene la culpa, aunque podría cuidarse un poco más.
Le doy la última calada a mi Marlboro camboyano (70 céntimos de euro la cajetilla), me visto y nos vamos para abajo. Pido la cuenta. 17 dólares, copa, chica y cama incluidos. Me parece caro y pido explicaciones, más que nada por charlar un rato. Resulta que la tarifa de la habitación ha subido un dólar. ¡Ah, ok, no problem! Les digo Lo cierto es que para estar dentro de la legalidad, en la cuenta sólo aparecen la copa y la habitación, el cambio se lo doy a la chica, pero éste no llega (por céntimos) a los 15 dólares (su tarifa), y de ahí la reclamación y todo el barullo, un barullo que se arregla con un dólar y muchas sonrisas. Una vez sacado de mi ser mi líquido más precioso, es hora de tomar otros rumbos. “Garçon, al Martini” le digo al mototaxi que espera en la puerta. Seguro que allí me esperan nuevas experiencias que son ¿calificadas para menores o protagonizadas por menores? ¡A saber! Yo no voy a ir al registro civil camboyano para saber si estoy incurriendo en una ilegalidad, me basta el sentido común, y confío en que no me engañe. Además, la dirección del Martini’s asegura que no hay menores en su local. Me fío, aunque en ciertos momentos llego a dudarlo, más que nada porque me da la impresión, por momentos, de estar en el patio de recreo de una escuela de secundaria.

Me tomo un par de copas, sin embargo me siento algo decaído, no triste, sino cansado. Ya he descargado mi simiente en un triste receptáculo de látex, por lo que mi líbido esta bajo mínimos. Estoy en el Martini’s, más que nada para hacer una primera inspección ocular en previsión de venideras incursiones con fines muchos más lúbricos.
Echo un vistazo, tomo un par de copas y opto por regresar al hotel, más que nada porque mañana quiero hacer algo “útil” como ir de compras. Llego al hotel y veo que no hay nadie para darme la llave de la habitación. Hay alguien, sí. Pero está sobado en el sofá de la entrada. Hay una llave, sí. Pero está colgada en un panel tras el mostrador de la recepción, y me da cierta aprensión meterme donde no me corresponde. Siempre hay gente fuera del establecimiento, con señas y algunas palabras en inglés, les hago entender la situación. Serviciales como son, se apresuran a despertar al encargado de supuestamente atender a los turistas rezagados. Debo admitir que yo no soy un turista rezagado, SOY EL ÚLTIMO. En el momento en que me entrega mi llave, entre mil perdones, echo fugazmente un vistazo al panel de llaves correspondientes a las habitaciones, y me percato de que no queda ninguna. Sí, lo sé, lo asumo, soy el más perro del hotel, pero parafraseando a Jeannette puede proclamar a los cuatro puntos cardinales que: “Yo soy putero porque el mundo me ha hecho así, porque Johnnie Walker así lo dictó y mi mente nunca lo negó”.


Con las chicas del Howie's, la pasada navidad

He empezado mal el día, tampoco es muy extraño tras la noche anterior. Sin embargo es algo extraño. No, no me ha pasado nada insólito, extraordinario, singular o excepcional, de momento. Pero algo flota en el ambiente (“energías negativas” dirían los crédulos) que hace que no me sienta a gusto en este contaminado cuerpo que la naturaleza me ha dado y yo me estoy encargando de destruir. Sólo una cosa puede poner remedio a esta desazón: ir de compras. No es, desde luego, el hecho de comprar o gastar sumas astronómicas inabarcables en ciertas ocasiones, sino el pasear en de tienda en tienda fantaseando con lo que podría hacer si tuviera X.


Chicas camboyanas "normales", alejadas del alboroto nocturno

Hoy voy a ir al Russian Market (no se si algún día hubo vendiendo, si lo que se vendían eran rusos, o se vendían productos originarios de dicho país). Además del mercado propiamente dicho, me interesan las diversas farmacias ubicadas en los derredores, porque ya saben mis lectores que el asombroso mundo de la farmacopea es una de mis debilidades, con fines investigativos, claro (como reza en las páginas dedicadas a reventar sistemas de encriptación de señal televisiva). Estoy interesado en saber qué me pueden vender, para mis investigaciones, repito. Para ser escueto, sólo diré que hubiera sido más fácil preguntar qué no me podían vender.


Estampas de la vida rural khmer

El mercado ruso, donde al final del nefasto período de la dictadura maomarxistaleninestalinista y de Pol Pot, se vendían los restos de la guerra, y no precisamente gorras y chapas. Desde AK-47 a “bazookas” o a sabe Dios qué, todo con sus respectivos complementos. Lo cierto es que hoy en día se siguen vendiendo, pero para qué ir armado si todos vamos armados, la gracia es ser el único del pueblo, digo yo.
Toda la parafernalia militar a dado paso a la colección de la serie completa de “Los Soprano” en versión mandarina por 12 euros el pack completo, sí sí, un pack como Dios manda, de cartón duro y plástico, de hecho, creo que no son copias sino originales que se han despistado por la ruta de la seda. Obviamente lo he ingenuamente preguntado como si me pudiera fiar de la respuesta. ¡Si busca una serie, vaya al mercado ruso de Phnom Penh, y si le gustó “Alvin and the chumpkins”, pues también! La práctica totalidad de series tiene la opción de cambio de idioma a español, lo que no indica es en qué parte del extenso mundo de habla hispana se ha hecho el doblaje; les aseguro que hay situaciones dramáticas que se tornan en cómicas por una simple cuestión fonética.


Las chicas del mercado

He venido sin apenas ropa, total en cuanto puedo me la quito, por lo que me voy al puestecillo que oferta buenas copias de Docker’s, Ralph Lauren, Camel, etc. Les aseguro que en más d una ocasión he pregutado: “¿No tiene lo mismo, pero sin marca?” Pues no, estamos condenados a ser hombres anuncio con Alonso, Pedrosa o Nadal, sólo que a nosotros nos cuesta una pasta gansa, bueno …. en este caso no puedo exagerar 24 euros por dos camisas y dos pantalones no es demasiado. Sin embargo aquí siempre hay pensar que es caro, no hay que hacer como algunos listos que están pagando a las putas sumas astronómicas y nos dejan a los demás a la altura del betún. “¿No estaba bien cuando les pagabas 10 dólares y se iban más contentas que unas Pascuas? ¿Pues para qué le das 30, tontolaba?” pienso yo cuando veo a uno de estos “benefactores” que desestabilizan mercados; aquí no hay euribor y las meretrices no pagan hipotecas. Y si u día las pagan tendrán que volver a venderse por 10 dólares gracias a aquél que le dio medios para entramparse en la compra de un piso. ¡Santo Dios, cómo hace desvariar el pasar cuatro días en este bendito país!


Paseando por la ciudad te puedes encontrar "bellas flores"

Llega la noche, mi entorno natural. Como cada anochecer, me pongo algo de ropa, bajo hasta la puerta del hotel y allí se agolpan todos los que están dispuestos a acompañarme en mi aventura noctívaga. Así como el día en Phnom Penh ofrece escasas opciones, la noche es el reverso de la moneda. Desde hace pocos años, florecen bares a diestro siniestro, aunque los veteranos, como Sharky’s o Martini’s se llevan la parte del león. Los nuevos bares ofrecen compañía femenina a tutiplén , sin embargo la calidad deja mucho que desear, no en cuanto al físico de las féminas, que puede resultar espectacular, sino a la nula interacción verbal que pueda existir (salvo raras excepciones). Además, por aquí, solemos decir (¡es que somos malos!) que cuanto más inglés saben, más putas son. No nos basamos en meras especulaciones, pero he de reconocer que es un comentario malévolo.
La cuestión está en que el que va a Phnom Penh por poco tiempo, debe visitar los dos bares antes mencionados, si no es como ir a Madrid y no visitar el Prado (sí, ya sé que muchos no lo hacen, pero estamos hablando de necesidades básicas y no de pinturas que estarán allí “at vitam eternam”).
Esta noche toca el Martini’s. No es el mismo de antes, pero sigue siendo un clásico de visita obligada, y seguro que alguna sorpresa me depara.