Follow by Email

1.6.06

Operación Malaya

Una vez más la línea aérea escogida es Air Asia. No son muchas las que cubren el trayecto Had Yai-Kuala Lumpur y en todo caso es la compañía más económica con diferencia. Como ya he expuesto en otras ocasiones, un uniforme resulta muy útil en determinadas circunstancias. Air Asia utiliza el sistema de “free skating”, es decir: corre si quieres sentarte donde más te gusta. Un hombre con uniforme no se cuela, accede a los lugares por derecho adquirido en virtud de su indumentaria. ¡Todavía hay clases! La cuestión es que suelo ser de los primeros en acceder a la aeronave. Me sitúo en el tercio posterior y en asiento de ventanilla. Desde allí puedo observar el paisaje, hacer fotografías y ser el primero en ver que el motor se incendia, llegado el caso. Las tripulaciones de estas nuevas compañías de bajo coste son extremadamente jóvenes, no porque las compañías quieran dar una oportunidad a la juventud sino porque son más baratos. Puedo escribirlo en mayúsculas pero no más claro. La vista lo agradece, pero no sé lo que sucedería en un caso de emergencia. No quiero crear inquietud entre los pasajeros, pero es un elemento a tener en cuenta. Que algunos tripulantes sean jóvenes me parece estupendo, sin embargo, que la media de edad de toda la tripulación (comandantes incluidos) no supere los 25 años da que reflexionar.


KLIA Kuala Lumpur International Airport

Aparto de mi mente estos pensamientos, no por temor, sino más bien por no estar cada día de mi vida pensando en aviones. Me acomodo en mi estrecho y no muy confortable asiento. Por los 30 euros que he pagado, no puedo esperar gran cosa. Antes de despegar tengo la costumbre de leer u ojear todo lo que tengo a mi alcance. En este caso lo primero que leo es la consabida etiqueta adherida a la mesa plegable “Su chaleco salvavidas se encuentra bajo su asiento …”, pero me hace gracia la versión en malayo, porque el avión es malayo, no tailandés. El idioma malayo escrito emplea nuestro alfabeto con diversos acentos para pronunciarlo adecuadamente. La cuestión es que en esa frase leo la palabra “kemelamatan”. ¡Joder! Bonita palabra para alguien que está ya rodando a 300 kilómetros por hora y a punto de levantar el vuelo.
La travesía transcurre sin novedad, aunque debo destacar la amabilidad del personal de vuelo que me ofrece de balde una botella de agua sin haberla solicitado. Gracias. Y gracias a la compañía alemana que me facilitó estas camisas, lo que no pudo pagarme en metálico lo estoy recuperando yo con creces por otro lado.

El aeropuerto de la capital malaya o KLIA (Kuala Lumpur Internacional Airport) como lo llaman ellos, es considerablemente moderno. La riqueza del país, a pesar del crack de 1997, se palpa en el aire. Las flamantes instalaciones dan una idea bastante precisa de las condiciones del país. Lo más engorroso en cualquier viaje es la espera frente a los mostradores de inmigración. La eficiencia del funcionariado malayo se demuestra desde la llegada. Apenas tengo que hacer cola. Me planto frente a la repisa, a la distancia adecuada para que la “webcam” capte bien mi rostro. Un rostro neutro. En estas circunstancias conviene adoptar una actitud estoica. Cualquier muestra de disconformidad por el tiempo esperado o por el motivo que sea resulta contraproducente. De igual modo que una excesiva alegría, por estar de vacaciones, por ejemplo, puede interpretarse como nerviosismo por algo que se quiere ocultar. Hay un hombre, que es quien me atiende, y una mujer que me llama poderosamente la atención. Porta un velo sobre su uniforme. Es algo que choca hasta que llegas a acostumbrarte. El funcionario me mira. Lo veo de reojo porque en Asia está mal considerado mirar fijamente a los ojos, se considera un desafío. Habla con su compañera y pronuncia algo como: “Sala kera xxjjyjx SPANIA jjkxhxlt”. Tras consultar el ordenador y sellar mi pasaporte, me lo entrega mientras me dice: “Bienvenido a Malasia, tiene usted tres meses para estar aquí”. A lo que yo respondo: “Gracias, pero sólo me voy a quedar unos días”.


Belleza malaya

Tenía entendido por mi amigo Paco, que vive entre Bangkok y Kuala Lumpur, que daban únicamente un mes. ¿Será otra ventaja de la indumentaria? Mientras voy a recoger mi maleta, llamo a Paco. “Shiquillo, ¿por dónde andas?” oigo por el móvil, “pues ya he llegado a Kei El” (KL en inglés, que es como llaman a la ciudad los anglófonos). “Oye que me han dado tres meses pa’ quedarme. Tú me dijiste que sólo daban un mes” le digo yo. “¿Y eso?, pos a mí siempre me dan un mes” me replica con cierta indignación. “Paquillo, lo que tienes que hacer es cortarte le pelo, las barbas, ponerte un buen traje y viajar en avión, ya verás como te dan tres meses” le indico con cierto tono académico. “Pues será eso” acierta a decir. Quedamos para ir a cenar esta noche. Mi maleta ya está dando vueltas por la cinta. La recojo. Salgo algo de dinero del cajero y me voy hasta el quiosco que vende los billetes de tren hasta el centro de la ciudad. Enseguida se me acerca un amable caballero. “¿En qué hotel se aloja, señor?” inquiere. “Pueeesss, el Renaissance, creo” respondo yo. “Le puedo ofrecer billete de ida vuelta hasta la estación central y luego taxi por 100 ringgit”. 1 ringgit son 0,20 céntimos de euro. No es caro, pero si él me lo ofrece a ese precio significa, sin lugar a dudas, que si me busco mínimamente la vida, me va a costar la mitad o menos. Dejo al hombre plantado. Justo al otro lado del mismo mostrador circular hay una joven. Me dirijo a ella como el que lleva allí toda la vida, “un billete de ida a la estación central, por favor”. “Serán 15 ringgit, señor”. ¡Joder! Y el otro ya me quería clavar 100, aunque fuera ida y vuelta y con taxi incluido, eso era una puñalada trapera. Además, llevo años trabajando en un aeropuerto y sé muy bien que todo lo que contrates en un chiringuito allí ubicado, es más caro por necesidad.
Antes de salir compro un cartón de tabaco y Armani, mi perfume de toda la vida. Me hacen descuento, como ya es habitual, por ser de aviación. Los precios son similares a los de Tailandia.


Kuala Lumpur en su esplendor

Con mi billete en la mano, bajo hasta el subsuelo del aeropuerto, lugar donde se encuentra la estación de trenes. En menos de media hora ya me encuentro en pleno centro de la capital. Me contraría que durante todo el trayecto, no me ha dado la sensación de estar en Asia. Edificios modernos, autopistas, y toda una serie de elementos que podrían ubicarse en cualquier ciudad occidental. No es que llevara una idea preconcebida de lo que podía ser Malasia, pero tanta occidentalización me sorprende. Tengo la impresión de que KL es una ciudad a medio camino entre la ultra-moderna Singapur y la más “primitiva” Bangkok, cierto es que geográficamente está ahí, a medio camino entre una y otra.
Me bajo del tren y voy en busca de un taxi. Como cualquier hijo de vecino, salgo, veo una fila de personas que esperan ordenadamente los taxis que van llegando y me pongo el último. Llegado mi turno, me monto en el que me corresponde. “Hola, ¿a dónde le llevo?” me pregunta. “Al hotel Renaissance, en la calle …”. “Sí, sí y asé donde está. ¿Me da el ticket?” dice el hombre. En un primer momento no lo entiendo, “¿cómo, qué ticket?” acierto a decirle tras hacerle repetir la pregunta un par de veces. “¡El ticket! ¡El ticket del taxi!” insiste ya cabreado. “No sé de qué me está hablando” digo balbuceante sin saber de qué me está hablando. “¿Usted no ha comprado un ticket para el taxi en la estación, en el mostrador al lado de la puerta?” me pregunta con ciertos aspavientos. “Pues no. A mí nadie me ha dicho nada y yo no he visto ningún chiringuito de venta de billetes. Es la primera vez que vengo aquí y si nadie me dice nada, yo no puedo saberlo”, esta vez soy yo el que está cabreado. Mientras el taxi sigue avanzando. En vista de que discutiendo no vamos a llegar, figuradamente, a ninguna parte, el hombre ya se calma y me explica lo que nadie me había explicado antes. La cuestión es que al llegar se debe comprar un ticket para utilizar un taxi. Una medida muy sabia que evita la picaresca a la hora de tratar con turistas. El precio es fijo (12 ringgit) de este modo no cabe la posibilidad de timar al incauto recién llegado. “Mire, le llevo porque ya estamos en marcha” me anuncia. Toda la conversación se desarrolla con cierta fluidez, no porque mis conocimientos lingüísticos lleguen hasta el malayo, sino porque la práctica totalidad de la población habla inglés, un inglés más que decente. Llegados al hotel, me encuentro sin cambio. El taxista, se esmera en su trabajo y va él mismo a buscar cambio al interior del hotel, igualito que en España. No le doy propina porque no procede en ese país, o eso creo. La cuestión es que el cabreado taxista, se ha convertido en cuestión de segundos en un hombre amable y servicial. Menos mal. Las primeras impresiones en un país nuevo son fundamentales.
El hotel es de un lujo que echa para atrás. ¡Madre mía! Todo lleno de botones a la vieja usanza, techos altos, columnas dóricas, mármoles y metales pulidos que dañan los ojos.


Las famosas Torres Petronas. Una visita obligada

Me temo que voy a tener que buscar otro sitio, esto parece prohibitivo. No soy de los que se alojan en la pensión más barata de la ciudad, pero uno tiene sus límites. Pero ya que estoy allí, preguntaré en recepción cuáles son las tarifas. “Hola, ¿tienen alguna habitación individual libre para unas noches?” pregunto con seguridad, como si estuviera en mi salsa. “¿Es usted tripulante de aviación?” inquiere ella. “Sí, claro” le respondo señalando mis galones en las hombreras. “Un momento …, mire si quiere una habitación con cama doble le va a salir más caro. Las de camas individuales son más económicas.” Me comenta la chica. “Bueno, yo quería una cama grande, pero me conformaré con la sencilla, y … ¿cuánto cuesta?” pregunto algo temeroso de oír una respuesta que me obligue a inventar una excusa para marcharme a otro sitio. “La tarifa es de 350 ringgit (70 Eur.) Pero para el personal de aviación es de 180 (36 Eur.)”. “Ah, bien, me quedaré cuatro noches” respondo con aire de potentado acostumbrado a manejar grandes cifras, pero por dentro me digo: “Joder, joder joder, ¿cómo puede ser? Si esto es un cinco estrellas con toda clase de lujos y en pleno centro de la ciudad. Esto es alucinante”.
Formalizado el registro, viene un mozo de botones relucientes que me acompaña hasta mi nuevo aposento. La moqueta es tan gruesa que se hunde medio zapato a cada paso. Los ascensores están forrados de madera y las partes metálicas están tan pulidas que parecen un espejo. Entramos en la habitación y lo primero que veo son las camas individuales. Si éstas son las individuales, ¿cómo serán las dobles? Allí se puede hacer un combate de pressing-catch sin caerse de la cama. Un escritorio de ejecutivo con conexión a internet completa el mobiliario que cuenta, lógicamente con un gran televisor. ¡Pero no hay TV5MONDE, joder! Pero bueno, tanto lujo podrá suplir esta falta, me contentaré con el Discovery channel y alguno de películas. La vista no tiene desperdicio. Desde el gran ventanal contemplo en todo su esplendor las torres Petronas. Voy al cuarto de baño para darme una ducha. Aquello también es de película, bañera para baloncestistas, ducha con paredes de cristal, grandes espejos y al lado uno de estos con efecto lupa para verse la cara en toda su amplitud, cosa que me recuerda la cara que tengo al usar uniforme en horas no laborales.
Me doy una ducha, uso todos los potingues que ponen a mi disposición y me meto en la cama para echar un sueñecillo antes de ir a reunirme con Paco. Estando tumbado, algo me llama la atención en el techo. Parece una mancha. Pero no es posible en un lugar tan impoluto. Me levanto y me pongo de pie sobre la cama contigua. No alcanzo a ver esa extraña cosa. Como cuando era niño, me pongo a saltar sobre la mullida cama, para ver si de este modo mi vista logra descubrir de qué se trata tan extraño signo, porque forma irregular de mancha no tiene. Si se trata de una cámara espía, no se han esmerado mucho en disimularla. No sé. Los saltos que doy procuran un efecto de reactivación de mis neuronas. Parece una flecha, una flecha que señala hacia algún lugar. En “El Código da Vinci” no dicen nada de flechas en las habitaciones de los hoteles, o sea que no creo que me encuentre ante un gran misterio que deba descifrar. En mi último salto, que uno tiene un límite para cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, acierto a ver unas letras: N y S.


¿Hacia dónde miro?

Con las neuronas a pleno rendimiento, ato los cabos. Estoy en un hotel de un país de mayoría musulmana, los huéspedes son en gran parte musulmanes. ¿Y qué hacen todo el día los musulmanes? ¡Pues rezar! O así debería ser, como ellos preconizan. Misterio resuelto: la “mancha”, es una flecha que indica en qué dirección está la Meca, algo que me trae a la mente la famosa frase: “… y ahora te voy a poner mirando hacia la Meca”.
Ya lo he dicho antes, este hotel está repleto de detalles, y éste es uno más de éstos. Cierto es que para el profano, aquello más bien parecía una cucaracha pegada al techo. Pero que no se sulfuren los lectores mahometanos, que lo digo con todo respeto. Hoy en día no está el mundo para enmendarles la plana a los seguidores de esta religión.
Por el ejercicio realizado y el cansancio acumulado me introduzco en la acolchada cama poniendo el aire acondicionado a nivel suficiente para tener la cara fresca y el resto del cuerpo caliente. Pongo el Discovery Channel y mientras “disfruto” de una interesante documental, interrumpido cada 10 minutos por anuncios de auto-promoción, sobre cómo los norteamericanos trasladan enormes casas de un sitio a otro sobre camiones que circulan por carreteras y pueblos de EEUU., no me extraña que luego, con un poco de viento, esas casas salgan volando como cajas de cartón. Cuando van por la segunda casa, el cansancio puede conmigo. Sin apenas haber tomado ninguna sustancia estupefaciente, logro conciliar el sueño, pero creo que me he pasado con el aire acondicionado, tengo la cara como un témpano. Espero la llamada de Paco, pero como ya me lo conozco, pongo el despertador para que suene a las 8, de la noche, obviamente.
Suena el teléfono. Me despierto. Abro los ojos. Los flashes de los anuncios de la televisión son el colofón a un despertar con tintes de película surrealista. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasa? ¿Quién llama? “Shiquillo, que voy a tardar un poco, que he tenido musho trabajo” oigo al otro lado del hilo telefónico. “Nada, no te preocupes. Yo estoy ya casi listo” miento sin pudor ni motivo. “Cuando llegue al hotel te llamo a la habitación” termina diciéndome Paco. Tambaleándome, no por haber ingerido nada extraño, sino por el “jet-lag” que supone para mí haberme levantado antes de las dos de la tarde para ir al aeropuerto, voy hasta el baño, no voy a decir que para refrescarme la cara, pero sí para despejarme un poco dándome una rápida ducha. Tan rápida que dura 10 segundo y consiste en mojarme el pelo. No sé qué ponerme. Tengo el uniforme colgado en el armario. ¡Pues uniforme que me pongo! Total que más da. ¿Qué más da? No tardo en averiguarlo. Recibo la llamada de Paco. Está en el hall esperándome. Tomo el ascensor y bajo hasta la planta baja. Ahí está mi amigo esperándome, y junto a él, la tripulación completa de un 767 (supongo) de Austrian Airlines. La cortesía obliga a que salude, aunque sea someramente inclinando la cabeza. “Paco, vámonos de aquí” le digo algo nervioso. No estoy cometiendo ningún delito, pero no vaya a ser que la numerosa tripulación quiera entablar conversación conmigo. Después averiguaré que justamente este hotel es el que utilizan la mayoría de tripulaciones para sus días de pausas, de ahí el gran descuento que me han hecho sin apenas preguntarme nada.


Paco y yo en el restaurante callejero

Al otro ad de la calle nos espera un amigo chino-malayo de Paco, bueno, según palabras de Paco, es un discípulo suyo, pero eso es una historia muy larga que se merece otro capítulo. La cuestión es que tenemos transporte por la patilla para toda la noche. El chino no habla español, y aunque lo hablara no entendería nada. Intentamos hablar inglés para que el chaval no se sienta discriminado. Pero ese inglés bético nos acaba llevando a la lengua cervantina a cada momento. Por la ventanilla del micro-coche de marca indefinida, contemplo ojiplático “Kuala-Lumpur la nuit”. Paco me va explicando grosso modo cómo es la ciudad, los barrios, las calles, los puntos de interés tanto para el turista como para el putero. “¿Dónde quieres ir a cenar?” me pregunta. “Pues, la verdad, como no conozco nada, pues me da igual” respondo ingenuamente. Paco y el chino, que tiene nombre pero ¿quién se acuerda de un nombre chino?, hablan entre ellos y acuerdan ir a una calle jalonada de puestecillos que hacen la función de restaurantes. Aparcamos y caminamos por esta larga calle en la que se aprovecha hasta el último centímetro cuadrado para colocar una mesa. Nada me resulta apetecible. Hace tiempo que dejé atrás mi espíritu de gastrónomo aventurero deseoso de probar cosas nuevas, si es que alguna vez lo tuve. Tomamos sitio en un restaurante, llamémoslo así, que según Paco, está muy bien. Confío en que sus virtudes residan en sus platos, porque lo que es mobiliario y decoración…
Se acerca un chino con cara prisas y cara de mala hostia. Nos entrega, como de mala gana, la carta. Afortunadamente son fotos, pero algo descoloridas. Carece de texto o si lo hay no lo entiendo. Paso las páginas como el que mira el álbum de fotos de una boda, mostrando escaso interés. “Paco, escoge tú, que yo no conozco nada de esto” acabo diciendo. El “chino mala-hostia” nos monta la mesa. Platos de plástico duro, cubiertos de metal blando y desgastados hasta lo inimaginable, y unos vasos metálicos con asa con más golpes y arañazos que mi coche, que ya es decir. Todo muy apetecible. Reconozco unas gambas con algo por encima entre las fotos y las encargo. Paco pide pollo al limón y el amigo algo no identificado.
Sentados en unos taburetes cojos por donde los pilles y con los brazos apoyados en una mesa igualmente coja, esperamos a que lleguen los manjares. “¿Y para beber?” pregunta el camarero, obviando cualquier palabra que denote cortesía. “Coca-Cola y un par de cervezas” respondemos. Con pocas ganas de ganarse clientes nos trae una lata de cola y un par de botellas de cerveza. No tardan en llegar los platos acompañados de un gran recipiente lleno de arroz. ¡Joder! En las fotos no apetecían mucho, pero en la mesa no apetecen nada. Por cortesía, me como una gamba y un trocito de pollo. Como algo tengo que comer para seguir la noche, me pongo a comer arroz con la salsa de limón del pollo, es lo único decente que hay sobre la mesa. No es que sea muy sibarita en lo que a comidas se refiere, pero tengo mis manías a la hora de ingerir alimentos. Mientras estamos en la labor, se presenta otro amigo de Paco, chino también. Mejor, así los dos chinos pueden hablar tranquilamente mientras Paco y yo hablamos en español.
No hay servilletas. Le pedimos al encargado de atendernos que nos traiga un par. “Hay que comprarlas” dice con total desfachatez y sin inmutarse. O sea, te pones las manos hechas una mierda comiendo esa bazofia y luego tienes que comprar las servilletas. Ni en un restaurante del barrio más ortodoxo de Tel-Aviv se atreverían a cometer tal desatino. Uno de los comensales saca unas monedas y se las entrega al rata, quien a cambio le da una bolsita con unos kleenex más finos que el papel de fumar. Como en Asia no se usa lo de “postre, café y copa”, terminada la cena decidimos a dónde vamos a ir a tomar un par de copas. Ya me he informado con anterioridad y sé que existen dos bares donde se mueve lo más interesante de Kuala-Lumpur, “The Beach Club Café” y el “Thai bar”, uno enfrente al otro.


El Islam es omnipresente

Antes de levantarnos ya empiezan a decidir. “¿Vamos a the Beach?” dice uno, “donde queráis dice el otro”, así un buen rato repitiendo las mismas frases. Yo me callo, porque soy el último invitado de la fiesta. Pasan cinco minutos, y ya en el coche, se entabla de nuevo este absurdo diálogo a tres bandas. Mis nervios empiezan a alterarse, sin embargo mantengo la calma. Aparcamos el coche en un garaje, y ya en la calle surge de nuevo la pregunta. Ahí ya no puedo más y salto. “¡Bueno. Pues primero vamos a uno y luego vamos al otro, y ya está. No hay problema!” suelto con un tono un tanto irritado. “OK, ¿y a cuál vamos primero? Dice uno del grupo, tan tranquilo. “¡Dios, Dios, Dios! Esto no es verdad, es una pesadilla y me voy a despertar ahora”, pienso mientras contengo la furia ibérica que recorre mis entrañas. No aguanto más y me erijo en director de expedición. “OK, OK,OK vamos a The Beach y luego al Thai bar. ¿OK?” sentencio con cierta firmeza. Recibo la callada por respuesta. Pasados un par de minutos, cuando estamos en el cruce donde se encuentras los bares de marras, oigo una voz que dice: “¿Entonces a dónde vamos?”. No, no y no. Tiro la toalla y me dejo llevar. Se me han quitado hasta las ganas de beber. Como el primero que nos encontramos en el camino es The Beach, pues vamos al Thai Bar. Me está dando la impresión de que me están vacilando, pero no, es que son así. Nos sentamos enana mesa en el exterior. Dentro, la música es atronadora y no estoy dispuesto a que me martilleen los tímpanos después de la irritante situación vivida.
“¿Qué quieres beber?” me pregunta uno de los chinos. “Un Johnnie con Sprite” respondo con la esperanza de que la noche sea más distendida de lo que ha sido hasta ahora saboreando mi bebida predilecta. Charlamos un buen rato. Me comentan las fechorías de los islamistas en Malasia, entre ellas el intento de cambiar la grafía romana actual del idioma malayo por la árabe, cosa que ha irritado tanto a la población (en gran parte de origen no malayo) que han tenido que echarse atrás. Intento sacar algo de provecho de tan peculiar compañía. La casualidad quiere que uno de los contertulios sea trabajador en un “Spa”. En el resto del mundo, un “Spa” es un centro de belleza y cuidado del cuerpo. En Malasia es un puticlub. El chaval es el encargado de informar a los potenciales clientes de las habilidades y tarifas de las distintas hetairas. Por lo que me cuenta, para alguien que viene de Tailandia, la oferta no resulta nada interesante. Gran parte de las chicas son tailandesas y las tarifas pueden llegar a duplicarse. Sus palabras no resultan muy alentadoras, por lo que ni me molesto en preguntarle dónde trabaja. Pedimos la cuenta, que es muy salada, y nos vamos. Cruzamos ala calle y nos plantamos en la entrada de “The Beach”. Una multitud de armarios 2X2 hacen las veces de seguridad del local. Blancos y bien vestidos, no hay problema. Ni se molestan en cachearnos. Por lo que había leído en Internet, el local era de lo mejorcito de la ciudad para encontrar pareja ocasional, tanto de pago como gratis. Me llama la atención un mini-tiburón vivo que hay en una gran pecera situada sobre una de las barras. El nivel sonoro de la música no llega hasta la estridencia del “Thai Bar”, sin embargo opto por sentarme en una mesa de las que están situadas en la terraza exterior. Desde allí se puede ver el ambiente de la calle, que en muchas ocasiones es más atractivo que lo que se puede encontrar en el interior. Llega la camarera y con ella regresa la pesadilla, no por la muchacha sino por mis acompañantes. “¿Y tú qué bebes?” preguntan. A lo que yo siempre respondo lo mismo. Pero ellos dan comienzo a un diálogo propio de los Hermanos Marx. “Pues yo, lo mismo que tú”. “¿Y tú qué has pedido?”. “Pues lo mismo que él”. “Pues yo me pediré una cerveza”, dice otro. Ahí ya tengo que intervenir yo antes de que acaben una vez más con mi paciencia y la de la camarera. “¿Entonces: tres whiskies y una cerveza, no? “No, yo he pedido lo mismo que él, y él ha pedido una cerveza”. “No, no, yo he pedido un whisky también”. “Ah bueno, pues yo lo mismo”. Es una conversación a la que no le veo fin, y mi cuerpo, que ya ha catad el preciado líquido, reclama su dosis. Le digo a la camarera que traiga dos “Johnnies” y dos cervezas. Que se apañen luego a la hora de repartirse lo que llegue a la mesa. Desde mi posición contemplo tanto al las putillas que bailan dentro como a los travestís tailandeses y mendigos que circulan por la calle. Se acercan dos chicas atraídas seguramente por mi uniforme. Están tan borrachas que me causan cierto repelús. No les hago caso y se marchan rápido por donde han venido.
Debo reconocer que mi entrada en la noche “kuala-lumpuriense” no es un éxito. El cansancio me vence y opto por la retirada. Otro día saliendo solo, sin la compañía del trío calavera, tal vez mi visión sea distinta, aunque ya se sabe que la primera impresión es la que cuenta.


Auténticas maravillas arquitectónicas están sembradas por toda la ciudad

Me acompañan hasta el hotel. Les agradezco su grata compañía y quedo con Paco en llamarnos cuando vaya Bangkok.
Por el alcohol ingerido, la resaca será apenas perceptible, cosa que me permitirá gozar más tiempo de esta ciudad que promete ofrecerme grandes momentos de esparcimiento.