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3.7.17

¿Quieres ir a koh Tao?

Ha querido el destino, siempre caprichoso, que la bonita isla tropical de koh Tao saltara a las primeras páginas de los diarios de todo el mundo por hechos ciertamente luctuosos y que llaman la atención por su frecuencia. La última víctima ha sido una joven mochilera belga de 30 años, elise Dallemagne, encontrada en plena selva medio devorada por los lagartos salvajes de la isla. Como es habitual, la Policía dictamina suicidio porque les resulta más cómodo, como en el caso del ciudadano francés que apareció en su bungalow colgado y con la manos atadas a la espalda.
Pasaporte de la joven belga colgada y devorada por lagartos salvajes.


Pero el caso que puso koh Tao fue la violación y brutal asesinato de una pareja de británicos que dejó estupefacta a la sociedad británica y puso en un gran compromiso a las autoridades tailandesas reputadas por su incompetencia. Dado que para la Policía tailandesa, no es posible que un connacional cometa un crimen y menos si éste es miembro de una reputada familia.



La muerte de Luke la atribuyerona un simple ahogamiento porque lo encontraron flotando en la piscina de un hotel también en Sairee Beach. Ellos mismos ven que tanto suicidio no resulta ya creible para nadie. Como  sucedió en el caso de la joven Christina Annesley de 23 años que fue encontrada muerta en su cama. En este caso fueron más imaginativos y lo atribuyeron todo a una mezcla de antibióticos y alcohol porque la joven sufría un dolor pectoral.


En cualquier caso, parece que la ínsula haya sido objeto de una maldición porque tanta muerte en extrañas circunstancis en tan poco tiempo, da qué pensar. No es sin duda el lugar donde te puede dar una profunda depresión que te conduzca al suicidio.
Las autoridades británicas, las más afectadas han pedido explicaciones, pero el que tenía que darlas se ha suicidado...

3.5.17

NO a la corrupción de pegatina.

Desde el pasado año vengo observando, repartidos unos adhesivos que pretenden influir positivamente en todo el que allí trabaja.
 

Es notable la infantilidad que rodea el mensaje, y no digamos ya el dibujo. Si vas al baño, ahí está la pegatina, si entras en la sala de deuncias, ahí está la voz de la consciencia. 
Nos tememos que con soluciones de este tipo, no vamos a llegar a ningún lado.

22.4.17

La justicia tailandesa

Tailandia tiene muchos defectos, pero por lo que se refiere a la aplicaqción de la justicia, no hay queja. Excepto para Frank que tiene a la madre de sus hijos encerrada por una cuestión muy turbia que envuelve a la mafia thai.
En el caso que nos ocupa hoy, el mezquino y salvaaje asesinato de Davida Bernat por parte de Artur Segarra, ningún taialndés ponía en duda que sería condenado a la penaa máxima, y así ha sido. PENA DE MUERTE. Pero en este país no se aplica desde hace casi una decena de años porque para formar parte de los países "civilizados" se considera que no se debe. 
 

Pero estoy seguro que en más de una ocasión habrá preferido la muerte a estar de por vida en Bang Khwang. Por cierto, los tatuaajes no le han protegido de nada.

10.8.10

Un día en comisaría 1

Hace ya un tiempo que la vida me brindó la posibilidad de trabajar en una comisaría en Bangkok. Ni corto ni perezoso, ahí me presenté. Tras una extensa explicación por parte del responsable, me dispuse a tomar posesión de mi puesto. Ahí empezó la diversión. No era un trabajo nuevo, puesto que en España, mi jefe en última instancia, se llama Rubalcaba.




Dejando al margen lo que pueden ser los aspectos negativos de trabajar en una comisaría de cualquier parte del mundo (atender y consolar a víctimas, consolar a personas en momentos difíciles, etc.), prefiero comentar las anécdotas más llamativas y/o graciosas que me han sucedido en los últimos tiempos.

Tal y como es de esperar en uno de los distritos con más prostitución enfocada al turismo, la mayoría de casos llamativos, tienen relación con el instinto más básico del ser humano. Claro que como se suele decir: la realidad supera en muchas ocasiones a la ficción.



Sin ir más lejos, uno de los casos más recientes que registramos en el archivo, es el de un hombre occidental que vino a denunciar el robo de sus objetos personales por parte de unos “katoeys” (travestis) en un hotel de Bangkok. El caso no habría llamado la atención, y habría pasado a sumar un número más en el archivo, si no hubiera sido porque el hombre en cuestión vino acompañado de su mujer. ¡¿Quién va a una comisaría a denunciar que ha sido objeto de robo en un hotel por parte de dos travestís acompañado por su mujer?! ¿Le podía más la vergüenza de no hablar el idioma que asumir que se había ido con unos travestís de parranda dejando a su mujer en casa? ¿Espero la mujer a que se pusiera la denuncia para darle la paliza al marido? Y luego me pregunta la gente por qué les hacemos repetir las cosas en comisaría.



Siguiendo en la misma línea, apareció el otro día en comisaría, un sujeto italiano que no podía acercarse a una llama por el peligro que suponía que la combustión empezara en cualquier momento, dado el alcohol que desprendía por todos sus poros. Por su estado, sólo era capaz de repetir una frase. “Que detengan a la puta que me lo ha robado todo”. No había forma de sacarle dato alguno. Sólo quería que detuviéramos a la puta. Y claro, en una ciudad de 14 millones de habitantes, encontrar a 1 puta que le ha robado, sin más datos, resulta algo harto imposible. El asunto se resolvió con 100 bahts (2 euros) y un taxi que le llevó de vuelta a su hotel para que durmiera la mona. No volvió a aparecer. Supongo que por vergüenza.



Me llama sobremanera la atención la cantidad de casos de extranjeros objeto de robo por parte de profesionales del sexo. No por el hecho de que estas aves nocturnas busquen a su presa más fácil, sino por lo tonto que puede llegar a ser un hombre cuando huele a “chumino” (o lo que se supone que debería ser “chumino”).


Las denuncias por asuntos comerciales ocupan, a no mucha distancia, el segundo lugar en denuncias por parte de extranjeros (dejando de lado las sustracciones y robos con violencia, que no comento por no tener un ápice de gracia). Recuerdo a una nipona que acudió alarmada a las dependencias policiales porque había sido agredida con una calculadora en un comercio durante un regateo. Realmente, creo que en muchas ocasiones, los idiomas son un invento del diablo, excepto para los que vivimos de ellos. Más que nada por los desentendidos que se producen, y que pueden llevar a situaciones desagradables como el de la nipona agredida por una Casio.

No hace mucho vino una pareja de individuos muy alterados. Uno era un turista italiano, y el otro el vendedor de un puesto del mercado de Suan Lum. La cuestión es que el comerciante le reclamaba al visitante el importe de una bolsa supuestamente de cuero, y éste se negaba en rotundo, algo lógico si vemos lo chamuscado que estaba el complemento objeto de la disputa. Para entender la génesis de todo el asunto, hay que explicar que es práctica común por parte de los vendedores hacer delante del cliente “la prueba del mechero”, consistente en pasar un mechero por todo el bolso, en este caso, para que el potencial comprador vea por sus propios ojos de que se trata de auténtico cuero, y no de una falsificación. El problema residía en que la prueba no salió como era de esperar, y el bolso se tornó en antorcha. A pesar de todo el hombre quería su dinero. En el informe se señaló como dato importante que el mechero era del propio comerciante, no se fuera a pensar nadie que el turista llevaba consigo un mechero “trucado” con la facultad de quemar cuero auténtico. El italiano no pasó por el aro.



Está visto que los italianos tienen cierta tendencia a pasar por comisaría. En este caso, una pareja vino acompañada de los responsables de seguridad de unos grandes almacenes acusados de robar un secador de pelo. Es bastante común encontrarse con gente que fuera de su país hace cosas que no acostumbra a hacer en el suyo, y este parece ser el caso. La cuestión es que la pareja no entendía a qué venía tanto follón. Según ellos habían pagado todo lo que se llevaban, pero según los vendedores del establecimiento, entre los objetos que se llevaban al hotel, había un secador de pelo que no había pasado por caja. Ellos, muy indignados, pagaron el objeto en cuestión, y se atribuyó todo a un problema idiomático. ¡Viva la diplomacia!

El caso que más me ha sorprendido este mes, es el de un hindú que vino muy alarmado a la comisaría para denunciar que le habían hipnotizado, y posteriormente robado, claro. Curiosamente hacía dos días que había visionado un episodio de CSI Las Vegas en el que se trataba un caso similar. El hindú no podía haber visto el mismo episodio porque el mío estaba bajado de internet. De todas formas me llamó la atención la sincronicidad de los hechos. Estas cosas pensaba que sólo pasaban en las películas, pero observo día a día que es bien cierto que la realidad supera a la ficción con creces.
Lo cierto es que ya sabemos en la comisaría que la gente se inventa los disparates más grandes con tal de esconder un hecho vergonzoso, engañar a un seguro, buscar una coartada ante la pareja, etc.



He observado con el tiempo la influencia negativa que tienen numerosas series de televisión sobre la población en general, y los jóvenes en particular. Me explico. Hace menos de 48 horas, vino un grupito de jóvenes chinos pijos (sí, hasta los pijos han podido con el país de la Gran Muralla) a denunciar la pérdida de una cartera que contenía una tarjeta visa y poco más de 1000 bahts (unos 20 euros). Gracias a un guardia de seguridad del recinto habían logrado averiguar que un taxista había recogido la mencionada cartera y se la había llevado. Dicho guardia había logrado apuntar cuatro números de la licencia (que en Tailandia está en números grandes pegados en el cristal posterior del vehículo, algo prohibido en Europa). El grupo de jóvenes, influidos por Hollywood, nos pedían que con esos cuatro números localizáramos al taxista en cuestión. De poco servían mis explicaciones respecto al hecho de que en Bangkok hay alrededor de 100.000 taxis, y sin dos letras adicionales del alfabeto thai, que tiene 44 consonantes, era imposible localizar a nadie. Dada la insistencia de los chinos, y mi paciencia que es inversamente proporcional a los años que cumplo, no me quedó más remedio que decirles del mejor modo posible, aunque algo airado, que: “la localización de vehículos instantánea y las pruebas de ADN en 5 minutos siguen siendo patrimonio de los CSI, y que al mundo real todavía no han llegado”. Una vez sacado el genio latino, los asiáticos agradecieron la colaboración que amablemente prestamos durante casi una hora para cancelar la tarjeta VISA, dieron media vuelta y emprendieron el regreso al hotel. Sin embargo, la principal damnificada todavía tuvo fuerzas para dirigirse de nuevo a mí y decirme algo llorosa: “Es que era Christian Dior …”. “Lo siento, pero Christian Dior todavía no incorpora GPS en sus carteras” tuve que decir respirando profundamente para no levantarme y sacarla a gorrazos de la comisaría. Para trabajar en una comisaría, se impone mucha paciencia antes que mucha valentía.

29.7.10

Un día en comisaría 2

La vida en una comisaría es un constante suceder de claroscuros que nunca dejan indiferente a todo el que deba vivir determinadas situaciones, aunque sí debo admitir que con el paso de los años, uno se vacuna involuntariamente, y no se deja trastocar por hechos que al común de los mortales le supondría un peso duro de soportar. No se trata de ser “un hombre duro”, sino que la reiteración de determinadas situaciones hace que la gente que trabaja en comisaría pueda parecer indiferente frente a los casos que se le plantean, cosa que no es así, aunque lo pueda parecer en muchas ocasiones. Esta aparente frialdad o carencia de emociones es lo que ayuda en muchas ocasiones a llevar los casos como se debe. Si los afectados nos contagiaran en cada ocasión sus emociones, saldríamos cada día del recinto policial con pistola en mano y disparando a todo lo que se moviera.



Pero aquí no nos vamos a ocupar de lo que nos irrita o entristece. Nos merecemos algo mejor. Y por esto, he rebuscado en los archivos para dar con los casos más sorprendentes y llamativos que creo pueden interesar al lector.

Hace pocos días se presentó en comisaría un ciudadano de Mali, bastante angustiado. Acababan de robarle un bolso con 14.600 dólares USA. Todo ocurrió mientras estaba en plena oración. Yo empezaría a plantearme la existencia de Dios, en el caso que nos ocupa, la existencia de Alá. Y peor lo tienen los musulmanes con sus cinco rezos diarios. No tenemos pruebas de momento, pero nos da la impresión de que el autor del robo debe de ser un correligionario, más que nada por el lugar en que ocurrió, una zona frecuentada mayoritariamente por seguidores del Islam.



Llegada la noche, sobre las 21:15, aparece un inglés borracho como una cuba. Dice que no sabe dónde vive. De momento, la policía está dotada de armas pero no de poderes paranormales que les permitan adivinar la procedencia de la gente con sólo tocarla.
Con la lógica y coherencia que caracteriza a las personas en estado ebrio, el británico sale de comisaría tal y como ha venido. Lo peculiar del caso es que al rato regresa tras haber ido a comer a un restaurante, y se queda a dormir en las dependencias policiales. Como no molesta y por lo visto es una práctica habitual entre los borrachos extranjeros (los thais huyen de las comisarías como los gatos escaldados huyen del agua fría), se le deja que duerma la mona.

La generosidad no conoce límites. Hace unas semanas apareció un ciudadano estadounidense con dos chalecos anti-balas. Se trataba de un ex – oficial de policía que quería donar las prendas a los agentes tailandeses. Dado que es prácticamente imposible que un policía tailandés rechace un regalo, ahí se quedaron los chalecos. ¿Tan necesitada vio el hombre a la fuerza de orden siamesa? Porque lo cierto es que estos chalecos pesan lo suyo y ocupan bastante espacio en las maletas.

Paseando por las dependencias policiales, veo en un trastero un gran paquete con un montón de cartoncillos negros. “Es un millón de dólares” me dicen. ¡Extraño lugar para dejar semejante suma de dinero! Realmente se trata del “botín” incautado a un grupo de africanos dedicados a las estafas. Estos individuos centraban su actividad en el timo de los billetes tintados, un engaño tan antiguo como el de la estampita, y que no conoce fronteras. Para el que no lo conozca, lo resumiré brevemente. Se presentan uno o dos africanos con aspecto impecable de hombres de negocios, y entablan conversación con su potencial víctima en un lugar como puede ser el lobby de un hotel o un restaurante. Tras ganarse su confianza con el paso del tiempo, que pueden ser meses, le proponen un estupendo negocio que hace perder la razón a cualquier avaricioso. Por cuestiones político-económicas de su país, se han visto obligados a sacar de su país una suma importante de dólares. Para hacerlo de forma ¿disimulada? Los han impregnado en una tinta negra especial que los hace indetectables en los escáneres de los aeropuertos. Para su limpieza se emplean líquidos también especiales y caros. Para acabar de convencer al primo de turno, lo llevan hasta su habitación, y ante sus ojos, efectúan la prueba definitiva. Cogen uno de los billetes tintados y lo limpian, convirtiéndose el cartoncillo en un flamante billete de 100 dólares. Como prueba de buena voluntad, y con el fin de que no existan dudas sobre la autenticidad de la moneda, se la entregan y le invitan a que vaya a un banco a cambiarlo. Dicho y hecho. Si el banco acepta el billete, no cabe duda de que los africanos tienen en su habitación una fortuna. El avaricioso está ya convencido. Pero los truhanes tienen un pequeño problema, se les ha acabado el líquido especial para limpiar billetes. Éste cuesta unos miles de dólares. Ni cortos ni perezosos, le piden el montante al primo con la promesa de compartir el dinero una vez limpiado. Reciben la suma, y como prueba de buena fe, le dejan al ingenuo el paquete con el millón de dólares. Como es de esperar, los africanos no vuelven a dar señales de vida, y el primo se queda con un montón de cartulinas negras, y una mala hostia que no le cabe en el cuerpo, supongo.
Parece increíble, pero sucede a lo largo y ancho de nuestro planeta. Todos queremos dinero rápido y fácil, pero parece inverosímil que haya gente tan ingenua, gente que no parece tonta en absoluto pero a la que la avaricia le anula el raciocinio.
Lo bueno del asunto, es que muchos se atreven a denunciar el hecho. Y claro, en comisaría, se les ve incrustado en el capirote un enorme neón multicolor parpadeante que reza: “Soy un tonto del culo”. Vivir para ver.




Allá por donde vaya me encuentro con muchos suecos, y Bangkok no es una excepción. A veces me pregunto si en Suecia queda algún sueco. Al margen de beber cantidades considerables de alcohol, los suecos no son excepción y son amantes de la amplia oferta sexual de la noche bangkokiana. Claro que cuando uno mezcla alcohol y putas, el resultado no siempre es el esperado, y eso lo sabe bien la policía tailandesa.
Hace un par de días se presentó un sueco a formular una denuncia por haber sido objeto de un robo por parte de dos hetairas que había tenido a bien invitar a sus aposentos. Craso error, nunca hay que llevar putas a la habitación del hotel. La cuestión es que el denunciante afirmó haber sido drogado mediante alguna droga que le mezclaron en la bebida. Todo un clásico. Supongo que el litro de vodka que se metió entre pecho y espalda no tuvo nada que ver. Yo lo entiendo, de alguna manera hay que justificar la enorme cogorza y sus consecuencias. El pobre hombre, además de no haber consumado, se quedó sin dos móviles, dos cadenas de oro, el anillo de CASADO y un reloj. Para hacer el trance más llevadero, el escandinavo venía acompañado de un amigo que era el que se ocupaba de relatar el percance. Por lo visto, además de los objetos de valor, le habían quitado el habla.

Los borrachos, descerebrados y demás gente de vida extraña, son aficionados a visitar las comisarías. Tal vez en éstas encuentren refugio de la dura vida callejera. La cuestión es que por aquí pasa todo tipo de elemento.
El último en “agraciarnos” con su visita fue un inglés que en estado totalmente ebrio y adicto a diversas drogas, apareció de pronto en la oficina afirmando que no sabía quién era ni dónde vivía, además no portaba ni teléfono, ni pasaporte, ni nada que pudiera identificarle. Interrogado, confundía las fechas y no sabía ni dónde estaba, pero había llegado al puesto policial por gracia de …… (rellene el lector lo que le venga en mente). Por lo menos sabía que era inglés, un buen punto de partida para contactar con la embajada. Realizadas varias gestiones, se nos aseguró que la madre iba a llegar en dos horas y media. Eso es puntualidad británica, y lo demás son tonterías.

Extrañas situaciones se viven en todas las comisarías del mundo. Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención desde que estoy en una comisaría thai es la carencia de medios materiales. Me parece asombroso que se sigan realizando las denuncias y demás trámites a mano, como los antiguos escribanos de la edad media. No es que no haya ordenadores, que los hay, pero la tradición se impone hasta ese punto. No me extraña que a la hora de tomar una denuncia, los agentes pongan cara de: “ya me toca otra vez escribir algo que no va a servir para nada”.


Así son las hojas de denuncias, a mano.

Ayer vi a un individuo esposado, con la camiseta manchada de sangre, y con aspecto de haber pasado una noche en el hotel gratuito que tengo al lado de la oficina. La explicación la pueden encontrar más abajo.



Se encuentran un marroquí, un tunecino y un árabe. El primero le dice a los otros dos que ha sido timado por un argelino, el segundo hace lo mismo y así el tercero. Deciden buscar al argelino. Lo encuentran y le dan una paliza que casi lo matan. No es un chiste. Pasó ayer.

21.7.10

Un día en comisaría 3

Hace unos días recibí una llamada. Procedía de la comisaría de Bangkok en la que habitualmente desarrollo mi labor. No me pilló de sorpresa. Recientemente había leído en la prensa thai que un grupo organizado colombiano había sido detenido tras un atraco a una entidad bancaria. A raíz de tal suceso se empezaba a estudiar la posibilidad de crear una división especial dedicada a la investigación de grupos sudamericanos en territorio tailandés, dada la afluencia de oriundos de dichos países que se dedican a actividades “poco claras”.
La llamada en cuestión me hizo recordar que contaba todavía con un cuaderno de apuntes sobre las horas pasadas en las dependencias policiales. He aquí algunos de los extractos.

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Un día del mes de febrero se presenta en comisaría un individuo danés con el objeto de presentar una denuncia contra su mujer, dado que ha vuelto a ser objeto de malos tratos. Y digo “ha vuelto” porque no es la primera vez que aparece por aquí. En vista de la reiteración de los hechos se le aconseja que acuda a un abogado. El hombre no es un “Gran Danés” (chiste malo) y se tiene que ir con el rabo entre las piernas. Aquí no existen leyes sobre violencia de género. En España, teóricamente, se habría procedido a la inmediata detención de la mujer, aunque con lo de la discriminación positiva, no me atrevería a afirmarlo

Recuerdo el día en que una pareja de neozelandeses acudió a denunciar el robo del que había sido víctimas en el ya conocido soi 4 de Sukhumvit. Todo se desarrolla con la normalidad propia en este tipo de procesos, hasta el momento de rubricar el documento con la firma de los afectados. Éstos se niegan a estampar su firma por estar la denuncia redactada en tailandés. Nadie entiende nada. Nadie sabe cuál es el problema. Dado lo peculiar del hecho se llama al subteniente para que a través de un intérprete se les haga entender que como en cualquier otro país del mundo, los documentos oficiales se redactan en el idioma oficial; algo de cajón que los “Kiwis” se resisten a entender. Con paciencia (creo que demasiada) se les dan unas explicaciones que yo personalmente me habría ahorrado mandándolos a una calle cercana donde el rey es el “Anal Intruder”. Acceden los muy gilipollas, pero a regañadientes. ¿Qué creían? ¿Qué firmaban una autorización para ser sodomizados por cualquier funcionario thai?

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Es corriente que en las comisarías exista “el otro cuarto”, “el cuarto oscuro”, “el sitio”, “la habitación sin nombre”, ese lugar que nadie quiere conocer, donde los segundos parecen horas y el silencio es atronador. En Bangkok, los ciudadanos originarios de Oriente Medio, en especial de Irán, suelen ser “estrellas invitadas” frecuentes de tan lúgubres y reveladores lugares. El narcotráfico es su actividad predilecta, y existe una auténtica mafia organizada que se mueve por los alrededores de los sois 3 y 5 de Sukhumvit. Muchos de ellos hacen sus “negocios” en los bajos del hotel Grace del soi 3. Y no son pocas las ocasiones en que son detenidos por ajustes de cuentas entre ellos.
En este día de enero, un iraní se presenta en comisaría en busca de un compatriota suyo que había sido detenido días antes por estar en territorio tailandés con el visado caducado (sí, en Siam se cumplen las leyes sobre inmigración). Nadie sabe nada sobre el paradero del individuo. Ha desaparecido. En un país “normal” no pasaría nada, pero en algunas naciones el hecho de “desaparecer” puede llegar a ser algo más que preocupante. En vista de que no hay rastro del “Jomeini” le invitamos a que se acerque a las oficinas de la policía de inmigración.

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Foto: Bangkok Post

Hay ocasiones en que los desaparecidos no lo son. Como muestra el caso de un francés que un buen día apareció por la comisaría a denunciar su “no desaparición”. Unos días antes, un primo suyo se había presentando alarmado por la ausencia de su familiar y se había cursado el pertinente parte. Muchos son los que “desaparecen” en Tailandia. Es frecuente ver, sobre todo en la zona de Khao San, carteles fotocopiados pegados por familiares o amigos de alguno de estos desaparecidos, que acaban apareciendo en alguna isla “fumaos” y acompañados de alguna putilla. Las desapariciones voluntarias son harto frecuentes en un país en el que los placeres te hacen perder los sentidos.


Para algunos, una comisaría es un espacio multiusos donde pasar la tarde, refrescarse, charlar un rato, desahogarse, visitar al “psicólogo” gratis, etc. Para otros, se trata de un lugar donde creen que van a encontrar la panacea, el lugar donde todo se puede solucionar, desde los problemas más nimios hasta cuestiones más graves que requieren largas investigaciones. Otros creen literalmente que acuden a centros de beneficencia. Sin embargo, la realidad es bien distinta. En Bangkok, como en España o cualquier otro lugar del mundo, BÁSICAMENTE, una comisaría no deja de ser una dependencia administrativa en el que se transcriben y “oficializan” declaraciones efectuadas por individuos. Obviamente, de tanto en cuanto, se arregla algún que otro entuerto

Como ejemplo del uso terapéutico de una comisaría, tenemos el caso de un ciudadano noruego de 69 años que acudió todo enfurecido en busca de ayuda, a finales de enero. Según relataba, paseando por la calle Silom (zona de tenderetes para turistas), un vendedor de la calle le dijo: “Fuck you”. Además de insultarle, le iba siguiendo por la calle. El hombre estaba realmente indignado y pretendía que la policía limpiara las aceras de vendedores. Tras escucharle, disimulando las carcajadas con amplias sonrisas o bostezos, se le aconseja que acuda a la Policía Turística que es la que debe ocuparse de estos menesteres. Una vez desahogado el hombre, parece más relajado y contento, simplemente por haber tenido una audiencia de media docena de personas. Ya tendrá algo más que contarles a sus nietos.

NYPD

Los que se creen que la policía es una sucursal de Cáritas son los borrachos occidentales. Acuden simulando haber sido atracados y piden dinero. Son despachados sin más contemplaciones, aunque con la sonrisa que caracteriza a los thais.
Algo más curioso es el caso de un británico que a principios de marzo se presentó en comisaría declarando que lo había perdido todo y que no se acordaba de nada. Con tan pocos datos y en vista de que se estaba convirtiendo en un bucle que no llevaba a ninguna parte, se contacta con la Embajada del Reino Unido para que se haga cargo del súbdito de su Graciosa Majestad. Aunque supongo, simples elucubraciones mías, que graciosa era la que se llevó anoche al hotel y se pasó echándole la droga en la bebida.

Una comisaría también puede hacer las veces de consultorio matrimonial. Muchas parejas thai/farang (las parejas thais no se molestan) vienen a dirimir sus disputas ante los agentes de la Ley. En esta ocasión, una chica thai acude para reclamar a su ex novio alemán la cantidad de 100 Euros. Obviamente, ante situaciones como ésta, que rozan el surrealismo, poco pueden hacer las Fuerzas del Orden, hay que limitarse a escuchar y a asentir con la esperanza de que las aguas vuelvan a su cauce de “motu proprio”.

El surrealismo parece ser algo que va aparejado a la comisaría indefectiblemente. A mediados de enero, un ciudadano birmano (el país se llama ahora Myanmar, pero no sé el gentilicio y seguro que suena raro) de 32 años viene a presentar denuncia contra una prostituta (sic) se ha quedado con sus 2300 bahts. El hombre no habla, ni inglés, ni chino, ni ningún idioma de los hablamos los allí presentes. Se intenta buscar un intérprete, pero no hay forma. A pesar de que en Tailandia hay multitud de birmanos aunque casi todos son inmigrantes ilegales que pocas ganas tienen de ver gente uniformada. El hombre se hace entender y se deduce que pagó pero no pudo meter el churro en el horno, o sea que su cabreo es monumental. A un hombre le cabrea que le roben, pero que le cierren las puertas del paraíso en sus narices, le saca de quicio. El hombre insiste en que se le devuelva el dinero. El oficial de turno empieza a estar cansado e intenta “derivarlo” a otra comisaría para que dé la tabarra allí. Pero el hombre erre que erre. Para que le quede más claro el asunto y nos deje en paz a todos, se le explica que la prostitución es ILEGAL en Tailandia, por lo que si denuncia el hecho, se está autoinculpando de un delito. Fin de la discusión. ¿Alguien ha visto nadie denunciar a su camello por la mala calidad de la droga suministrada? Pues el mismo principio es aplicable al caso del birmano birlado.

Curioso fue también el caso de una pareja de japoneses que venían desde el país nipón a denunciar a unos compatriotas suyos empleados de Panasonic porque la casa que les vendieron en Japón tiene defectos. Como es lógico, el oficial al mando no ve indicios suficientes como para cursar una denuncia, más que nada porque ni la casa está en Tailandia, ni la policía sabe de defectos de construcción. De todas formas, y para contentarlos, se redacta un escrito en el que se detalla lo expuesto por los súbditos del Emperador, y se les hace entrega. Tal vez les sirva el documento para tapar una grieta.
Hay gente que no escarmienta, y si no me creen vean el caso de Leroy T.H. un ciudadano estadounidense que se aloja en Raja Mansion, sugerente nombre para un hotel ubicado en una calle llena de prostitutas. Este ciudadano de color negro (nunca me ha gustado lo de “un hombre de color” ¿será violeta?) denuncia que fulanito le ha robado su móvil. No pasaría de ser una sustracción más si no fuera porque el mismo hombre denunció a la misma persona por el mismo hecho hace un tiempo. Si ya te han robado una vez, estate al loro y más si sabes que el que te ha robado anda por los alrededores.

Lumpini_HP

En resumidas cuentas, las historias de comisaría no tienen fin. Si no fuera por el trasfondo trágico que tienen estos lugares, se podría decir que un establecimiento policial es un auténtico cabaret.